Continúa el escritor y viajero Juan Potous Martínez su relato de las experiencias que vivió a bordo del ISLA DE PANAY en su libro De Tetuán a Manila, que Vicente Sanahuja reproduce en su biografía del vapor.
Malacca. El rielar de la luna sobre el Océano Indico; el reververar de las estrellas en el inmenso espejo del mar, la fosforescencia de la estela que atrás dejábamos, y la eléctrica iluminación de los relámpagos, constituía panorama que solo los que han viajado por estos lugares, pueden comprender en toda su belleza y magnificencia. Dentro de dos horas entraremos en el Estrecho de Malacca y mañana por la mañana, muy temprano, arribaremos a Singapore, la última estación de nuestro largo viaje en demanda del Extremo Oriente (…) el estrecho de Malacca no es tan estrecho como su nombre parece indicar (…) Por babor, se ve a simple vista una ininterrumpida serie de islas, islotes y tierras bajas, cubiertas todas ellas de espesísima vegetación, y que forman el lado izquierdo del estrecho. Según nos advierte el capitán, aunque la tierra por estribor se halla lejana, la travesía del estrecho es muy peligrosa por el sinnúmero de bajos de arena y el escaso fondo que hay por doquiera, por lo que el vapor marcha estrictamente por el reducido canal que existe, pues a poco que se separe de este podría encallar muy fácilmente. Confirmando las palabras del Capitán, observamos la gran cantidad de faros que existe en toda la costa y aun en las proximidades del canal a que antes nos referimos, habiendo algunos que materialmente surgen del mar (…) Las luces de los faros se sucedían sin interrupción, alumbrando cabos, promontorios e islotes, y en un momento dado vimos fulgurar a un mismo tiempo desde la toldilla del ISLA DE PANAY cinco luces distintas con variados destellos e intervalos. La pericia del capitán y oficiales de nuestro barco, hizo que este pasase sin novedad el peligroso trayecto, y ayer a la madrugada llegamos sin novedad a la entrada del puerto de Singapore. La parada repentina de la hélice, a cuya trepidación ya nos hemos acostumbrado, nos hizo saltar precipitadamente de la litera y subir al puente. Por bien empleado dimos el madrugón, pues ante nuestros ojos se extendía el más maravilloso panorama. A ambos lados del buque divisábanse unas enormes islas, cubiertas de árboles, y sobre las cuales distinguíanse lindas casas, rodeadas de grandes verandas, como aquí se llama a la galería abierta que rodea los edificios y al pórtico que da acceso a los mismos. La decoración semejaba un nacimiento, pues a diferencia de las que encontramos anteriormente, estas islas no son planas, sino erizadas de altas montañas, en la cumbre de las cuales se alzan las edificaciones. Llegó el práctico, y este condujo nuestro buque por los canales que separan las islas, formando los más sorprendentes zig-zags y descubriendo nuevos panoramas de espléndida belleza (…) Por fin, después de serpentear durante largo tiempo, llegamos al muelle donde debíamos amarrar entre dos grandes vapores japoneses que allí se encontraban cargando para su nación.

Salida de Singapur. En las primeras horas de la mañana del siguiente día, vino el práctico a bordo y poco después nos separábamos del muelle, abandonando Singapore, una de las ciudades más simpáticas y de mayores atractivos que hemos visto en nuestra ya larga peregrinación por el mundo. Cuando yo creía que saldríamos del puerto por el mismo lugar por donde habíamos entrado el día anterior, he aquí que, con gran asombro mío el práctico nos conduce por la bellísima bahía que se extiende enfrente de la ciudad, y en la que se hallan fondeadas numerosas embarcaciones, entre ellas el hermoso vapor de la Royal Mail inglesa MANTUA, que conduce numeroso pasaje de Australia y puertos de la China. Bordeamos una de las encantadoras islas que forman también por este lado la bahía Singapore, nos aproximamos a otras tres o cuatro, situadas casi en el centro del canal que corre a lo largo del estrecho de Malacca, y dando vista a la península de este nombre, entramos de nuevo en aquel. El tiempo y el mar son hermosos, pero ello dura bien poco, pues al siguiente día, al enfrentar el mar de la China, nos encontramos con duro viento, que levantando grandes olas, hace balancear terriblemente de nuevo a este barco, que no sé cómo puede resistir tales embates (…) Ayer nuestra estación de telegrafía sin hilos, recibió un radiograma del almirante americano de Manila, en el que decía que al norte de la isla de Luzón se estaba formando un baguio o tifón, de fuerza y dirección que aún no podían determinarse, y correspondiendo a este aviso, el mar volviose a irritar de nuevo, el tiempo cerró otra vez en agua, y el ISLA DE PANAY comenzó sus bandazos de costumbre (…) La gruesa mar ha retrasado bastante la marcha del buque, dando al traste con las ilusiones que nos habíamos forjado de llegar por la tarde a Manila, pues según nos informa la gente de a bordo, no llegaremos hasta las nueve de la noche y como a esa hora no nos darán entrada, tendremos que pasar la noche fondeados en la bahía.

Entrada en Manila y abordaje del esquife. Mi crónica anterior la escribí frente a la isla de Luzón, considerando y creyendo que la tierra que tenía ante mis ojos, era lo hermosa isla que desde hace muchos años fue codiciada por las grandes potencias que habían puesto en ella sus ambiciones. Poco después de terminada mi crónica, salí de mi error. La isla que por la banda de babor del ISLA DE PANAY se divisaba, no era la de Luzón; era la de Lubang, la mayor y más poblada de las que componen el archipiélago de este nombre, perteneciente al grupo más occidental de las Islas Filipinas. No fui yo solo el que incurrió en el error y en la confusión, a excepción del capitán del ISLA DE PANAY todos a bordo creíamos hallarnos frente a Luzón, y lo sucedido es explicable. Desde nuestra salida de Singapore no habíamos visto el sol, y como es natural, no había podido hacerse observación ninguna, por lo que puede decirse que caminábamos a ciegas, confiando únicamente en la providencia y en la inteligente dirección del capitán y oficiales de nuestro buque (…) Cerca de una hora invirtió el vapor en deshacer el camino recorrido a lo largo de la isla de Lubang (…) y por fin dimos vista a la isla de Cabra, otra de las que forman el archipiélago de Lubang, y desde la que se emprende la ruta directamente a la bahía de Manila.

Las derivaciones del baguío, tifón o ciclón, que con todos estos nombres es conocida la fuerte depresión atmosférica que se hallaba al norte de la isla de Luzón (…) hicieron deshacer en lluvia los grandes nubarrones que sobre nosotros se cernían, y jamás hemos visto descender de las nubes tan enorme cantidad de agua, ni con mayor violencia. Esta cortina, tupida y densa, nos tapó por completo el potente faro de la isla Corregidor, obligándonos a permanecer toda la noche en alta mar, sufriendo los ramalazos del baguío y sus consecuencias. Por fin, al amanecer comenzó a abrir el tiempo y aprovechando una clara, el ISLA DE PANAY penetró en la hermosa bahía de Manila (…) pero como en este viaje todo había de ser accidentado, apenas nos acercamos al muelle, embestimos a una barcaza, que se hallaba en la bahía, echándose a nado los tripulantes de la misma, que perdieron en el naufragio la mayor parte de sus efectos personales. Así terminó el viaje a Manila, en el que habíamos invertido cuarenta y seis días desde nuestra salida de Tetuán.
NOTA DEL EDITOR. Todas las fotos y citas, salvo que expresamente se diga otra cosa, han sido obtenidas de los libros de Vicente Sanahuja, glosados en el Proyecto Trasatlántica. La foto de portada muestra el puerto de Singapur hacia 1890. Johnston’s Pier. Royal Netherland Institute of Southeast Asian and Caribbean Studies.
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