Los relatos escritos por tripulantes o viajeros constituyen, escribe Vicente Sanahuja, fuentes impagables de datos y emociones que surgen a bordo de un buque navegando. En el caso del ISLA DE PANAY, Sanahuja encontró un arsenal, un tesoro, en el libro ‘De Tetuán a Manila’ escrito por Juan Potous Martínez, que se dirigía a Filipinas para tomar posesión del cargo de cónsul general, publicado por Bota Printing and Co. de Manila
El capitán y la tripulación. Muchos pasajeros sufren los terribles efectos del mareo, y yo -aprovecho el rato de calma que se siente para hablar con el capitán del ISLA DE PANAY, viejo lobo de mar, quien nos facilita amablemente cuantos datos necesitamos para nuestra información. Pero antes que del buque, perdónenos el lector que le hablemos del comandante del mismo, don Antonio Vives, hombre de pequeña estatura, de abundante cabello blanco, naturalmente rizado, con el rostro cuidadosamente rasurado, porque, según dice, el bigote blanco le hacía muy viejo, por lo que, antes de entrar en conversación, me aconseja también que me afeite. Me sonrío benévolamente al escuchar el consejo del capitán, que como todos los marinos es bueno, inocente, franco, sincero, jovial, expresando su alegría con risas abiertas e infantiles. Don Antonio Vives es valenciano, mejor dicho, alicantino, de Benidorm, y (…) nos dice que lleva veinte y siete años al servicio de la Compañía Trasatlántica y que antes mandó un gran barco de vela, que hacía frecuentes viajes entre España, Cuba y los puertos de los Estados Unidos. Tres años y medio lleva mandando el ISLA DE PANAY y es de oír el entusiasmo con que habla de su buque. El más viejo de la empresa, el decano de la Compañía, el barco que nos conduce, merece a su capitán el más elevado concepto. ¡Qué vapor más valiente! repite a cada momento. ¡Cuántos temporales he corrido en él, y que bien se ha portado siempre! dice el Capitán. ¡Qué máquinas y qué adelantos posee! exclama don Antonio, agregando después: ¡Dos millones y medio de pesetas se ha gastado la Compañía en reparar el ISLA DE PANAY! Con ese dinero podría haber comprado un vapor nuevo, y sin embargo ha preferido recomponer este viejo buque. «Ha hecho bien,» insiste el capitán, «porque el PANAY es un barco muy valiente. Yo le tengo mucho cariño», dice don Antonio, «pero esto no obstante, pronto me veré precisado a dejar el mando. Si la línea de Oriente no se hubiera prolongado a China y Japón, yo seguiría siempre en el PANAY, pero ahora es demasiado larga la ausencia de la familia y ya va siendo uno viejo», dice con amargura don Antonio, mientras la fresca brisa juega con sus blancos y ensortijados cabellos (…) Forman la dotación del barco, además del capitán, un primer oficial, un segundo, un tercero, dos agregados, pilotos en prácticas, cuatro maquinistas, dos radio-telegrafistas, pues el ISLA DE PANAY tiene estación de radio-telegrafía y de radiotelefonía, un sobrecargo, un médico y un capellán. Esta es la plana mayor, digámoslo así, pues además nuestro buque conduce gran número de habitantes entre mayordomos, cocineros, camareros, camareras, contramaestres, marineros, grumetes, y otras personas que ejercen los más variados cargos, entre cuyos pintorescos nombres han llamado mí atención, los del cabo de luces y el capitán de ganado. Asciende, pues, a varios centenares el número de personas que habitamos en el ISLA DE PANAY, aunque no sea más que temporalmente. [El capitán Antonio Vives Orts nació en Benidorm en 1868. Tras haber navegado durante nueve años en barcos de vela, Ingresó en Trasatlántica en agosto de 1896, y en esa naviera permaneció hasta la década de los años 40. Fue ascendido a capitán de relevos en enero de 1917, y a capitán efectivo en julio de 1923].

El buque. Como todos los barcos viejos, el ISLA DE PANAY tiene a popa la cámara de primera clase, formada por un salón, en el que se hallan fijas las cuatro grandes mesas, de diez asientos cada una, que componen el comedor. En una de las esquinas de este se halla un piano de manufactura americana y recientemente afinado en Barcelona, pues en uno de los últimos viajes del buque, un fuerte bandazo en el Océano Índico lo arrancó del lugar donde se hallaba amarrado, haciéndole recorrer varias veces el comedor en distintas direcciones. El comedor, con cómodos divanes y profusión de espejos, es confortable y lujoso, partiendo del mismo la escalera artística, a cuyo pié se hallan dos grandes dragones de madera tallada, que conduce al fumador y a la espaciosa cubierta del barco. A popa del comedor se hallan los camarotes mejores del buque (…) si bien tienen la inmensa ventaja de encontrarse sobre la primera cubierta y ser por tanto, mucho más frescos que los demás, en cambio tienen el inconveniente gravísimo de hallarse muy próximos a la hélice y en cuanto se mueve un poco el barco, cosa que ocurre muy a menudo por ir el vapor con escasa carga, la trepidación nos hace saltar materialmente dentro de las literas cuando estamos acostados. Los demás camarotes se hallan en el piso inferior, como también el baño, ducha etcétera, etc. En el medio del barco y por tanto en el mejor sitio del mismo, se encuentran la cámara y camarotes de segunda clase, y a seguida de estos los de los oficiales de distintos órdenes del ISLA DE PANAY. No lejos, y también en buen sitio aunque demasiado cerca de las máquinas, están los alojamientos de tercera de preferencia, quedando reservada la proa para habitación de tripulantes y pasajeros de tercera (…) La proa del buque, ofrece el más variado y bullicioso conjunto que imaginarse pueda. Sobre el costado derecho se hallan las jaulas, donde gallos, gallinas y pollos, esperan el momento de ser sacrificados para el consumo de cuantos a bordo vivimos. Por el costado izquierdo nuevas jaulas encierran palomas, patos y pavos y al final de dicha banda, tres hermosos bueyes y una ternera se hallan amarrados, aguardando su triste fin, que no puede estar muy lejano. En el centro de la proa se ven colgadas infinidad de jaulas, conteniendo centenares de jilgueros, varios canarios, dos cotorras, algunos cardenales, muchos periquitos y otros ejemplares alados que no conozco. Todos estos pájaros pertenecientes a la tripulación han sido comprados en los vapores que hacen la travesía a Centro y Sur América y sus dueños esperan hacer un gran negocio con ellos, vendiéndolos a buen precio en Filipinas, China y Japón.

Atravesando el canal de Suez. A las siete de la tarde se dieron los últimos martillazos y se transmitieron las postreras órdenes para el arreglo definitivo del famoso tubo que nos retuvo seis días en Port-Said, y a dicha hora el ISLA DE PANAY se hallaba listo para cruzar el Canal de Suez, por lo que izó la bandera pidiendo la inmediata venida del práctico. No hizo este mucho caso de la petición, pues una hora más tarde no había aparecido, por lo que el capitán de nuestro barco ordenó se izasen las luces pidiendo de nuevo el envío del práctico. No obtuvieron mejor resultado las nuevas señales, y harto don Antonio Vives de esperar, puso en movimiento la sirena, que lanzó sus estridentes sonidos, poniendo en conmoción al pueblo de Port-Said. Un remolcador se destacó por fin del edificio del Canal, dirigiéndose a nuestro buque, descendiendo de aquel el esperado práctico, quien hizo saber al Capitán del PANAY en primer lugar, que hasta las once de la noche, lo menos, no podíamos partir, por hallarse atravesando el Canal un convoy de dos vapores, cuyo arribo era preciso esperar, y en segundo lugar que en cambio de esta espera, nuestro buque formaría convoy con otros tres vapores, lo que nos permitiría atravesar el Canal sin detenernos (…) Mientras llegaba la hora de la partida, se embarcaron a bordo el gran reflector que había de iluminar el Canal a nuestra marcha, la dotación suplementaria de fogoneros y paleros indígenas, que tendrían a su cargo la dura labor de alimentar las calderas durante el paso del Mar Rojo y la lancha de remos con su dotación completa, también indígena, que habría de auxiliarnos en caso de que hubiera necesidad de detenernos en el canal y de amarrarnos en sus orillas (…) El Canal en sus principios ofrece bastante anchura, y se halla separado por una estrecha faja arenosa del lago Menzola, que más bien semeja un mar que una modesta laguna. Una hora más tarde llegamos al lugar denominado El Cántara, sin duda por el hermoso puente que allí existe y que da paso al ferrocarril que une Suez con el resto del antiguo imperio de los faraones (…) Las aguas del Canal despiden en esta parte un olor raro, como de agua corrompida, y correspondiendo con aquel olor, millares de mosquitos invaden el ISLA DE PANAY, los que encarnizadamente se ceban en nosotros, siendo este el recuerdo más desagradable que tenemos del viaje por el Canal de Suez.

El sueño letárgico de Oriente. Los fareros solitarios. Salimos de Suez con tiempo y mar hermosos, internándonos en el golfo del mismo nombre, y teniendo a un lado la península de Sinaí y al opuesto las tierras del Egipto, todas ellas áridas, desiertas, imagen fiel de la desolación y del silencio. Numerosos vapores cruzan constantemente el estrecho golfo, terror antiguamente de navegantes y marinos por los continuos escollos que en él se encuentran, y que hoy, el adelanto y la civilización han cubierto de hermosos faros, que señalan su presencia a los buques. Merecen especial mención los islotes llamados Los Hermanos, dos rocas planas estacionadas en la mitad del golfo, y en una de las cuales se levanta un faro, al que rodean varios edificios, habitaciones seguramente de pescadores que habitan en aquel solitario lugar. La tarde del mismo día que pasamos por Los Hermanos distinguimos también Los Dédalos, arrecifes a flor de agua, cubiertos la mayor parte de los días por ella y donde el ingenio y el amor a la humanidad se han puesto a prueba, para de consuno levantar un faro, que advierta el peligro y haga que los buques se alejen de él. Sobre el arrecife se han alzado cuatro hierros, que sostienen una especie de jaula del mismo metal, que sirve al propio tiempo de aposento a la luz y de habitación a los torreros que allí habitan. Alrededor del faro se extiende un balcón circular, único paseo y expansión de que pueden disfrutarlos seres que en el faro viven, si es que puede llamarse vida a lo quese hace en aquella torre, aislada del resto del mundo. Asombra pensar que haya hombres allí dentro y si la mayoría de los viajeros pasa indiferente por su lado, el cronista les ha enviado de todo corazón el testimonio de su profunda admiración por su abnegación y sacrificio. A bordo del ISLA DE PANAY la vida se desliza monótona y tranquila. En dos palabras podríamos condensar la esencia de aquella, repitiendo la frase del inmortal dramaturgo, La vida es sueño. Es incuestionable que en la atmósfera, en el aire del Oriente, hay algo que sume a los hombres en sueño letárgico. Ya lo habíamos observado en Port-Said. Allí, a cualquier hora del día, encontrareis a los naturales del país que duermen profundamente en todos los sitios donde hay algo de sombra (…)
NOTA DEL EDITOR. Todas las fotos y citas, salvo que expresamente se diga otra cosa, han sido obtenidas de los libros de Vicente Sanahuja, glosados en el Proyecto Trasatlántica. La foto de portada muestra el punto de control en el canal de Suez con las marcas de Aproximación de un vapor. Scottish National Portrait Gallery.
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