Era domingo y llevábamos cinco días atracados en el puerto de Luanda. Si entre semana los camiones que traían los sacos de café llegaban con cuentagotas al costado de nuestro barco, ese día ni siquiera se habían contratado manos para trabajar.
La capital de Angola, la que era orgullo de Portugal, a pesar de los largos años de guerra, no había sufrido combates en sus calles ni en sus alrededores; estaba intacta.
No obstante, eran días extraños y expectantes. Hacía cuatro meses que habían cesado los combates en todas las regiones del país; la independencia total de Angola era cuestión de semanas y, en la capital, mientras los militares portugueses permanecían acuartelados, los soldados de los tres ejércitos proindependencia (MPLA, Unita y FNLA) se cruzaban en las calles y en las instalaciones públicas sin apenas mirarse: armados, pero tranquilos.
Era una situación llamativa y un poco inquietante porque la escasa formación militar de aquellos soldados se evidenciaba tanto en la ausencia de marcialidad como en la anarquía de los uniformes de aquellos jóvenes milicianos que, cuando entraban en los bares para tomar algo, colgaban el Kaláshnikov, despreocupados, en el respaldo de su silla, quedando el arma, huérfana, pero siempre amenazante, apuntando al cliente sentado justo detrás.
O como el soldado de guardia en el portalón de nuestro barco, que, sentado en una silla, con la barbilla bien apoyada en la boca del cañón del fusil ametrallador, mantenía el dedo índice agarrotado en el gatillo mientras dormitaba plácidamente.
Era un domingo soleado. Hacía calor y desde el puerto se veía el largo y estrecho brazo de tierra de varios kilómetros de longitud que convierte en un alargado saco la bahía de Luanda. Le llamaban A Ilha, que, con sus atractivas playas, amables restaurantes y zonas de ocio y barbacoas, convocaba a todos en los días festivos.
Al tercer oficial, al telegrafista y a los dos agregados nos dieron permiso para ir a bañarnos a las playas de la restinga pero, eso sí, tendríamos que regresar antes de que anocheciera.
Los cuatro —el mayor tenía veinticinco años— estábamos encantados y sonrientes, y Luanda lucía luminosa. ¡Toda para nosotros! Y es que estábamos en la excitante y multicolor África negra, el escenario de moda de las grandes películas de aventuras de la época.
El agente nos informó del autobús que debíamos tomar y, en pantalones cortos, toalla al cuello y nuestras novedosas Ray-Ban compradas libres de impuestos en Las Palmas, salimos del puerto.
El autobús llegó pronto y nos sorprendió por tratarse de uno de dos pisos, como los clásicos que ya habían dejado de circular en Londres o Barcelona, pero de color azul.
Miméticamente, nos precipitamos escaleras arriba. No dudábamos de que la visión de la ciudad desde el piso superior sería estupenda.
Como es natural, no éramos los únicos en pensar así y todas las plazas estaban ocupadas. Pero, para sorpresa nuestra, los cuatro primeros asientos delanteros estaban vacíos. Además, el gran ventanal frontal carecía de vidrio y el aire entraba gratificante.
Lo más de lo más, pensamos: la mejor vista y la más ventilada.
No nos costó nada asumir que, debido a la segregación del sistema colonial todavía latente, aquellos asientos, los mejores, estaban destinados a las personas importantes: los blancos, para entendernos.
Así que, risueños y orgullosos, nosotros, los únicos blancos en el piso superior, los ocupamos con la mayor naturalidad. ¡Un regalo más de África!
Luanda lucía estupenda y, después de atravesar calles bien trazadas y plazas con sus terrazas ocupadas por mesas en las que se servía excelente marisco y cerveza bien fría, el autobús atacó la primera curva que daba acceso a la larga recta de la Ilha, una línea de asfalto gris, sombreada por dos hileras de grandes palmeras y con el mar a banda y banda.
Y entonces sucedió todo.
Con un enorme estruendo, una también enorme masa verde entró furiosa por la gran ventana frontal, abatiéndose sobre nosotros y, acto seguido, una segunda ola verde golpeó de nuevo contra el autobús.
Eléctricamente desconcertados, saltamos hacia atrás intentando alejarnos de los ruidosos golpetazos de las grandes ramas que se nos echaban encima.
Al mirar hacia atrás para ponernos a salvo, la visión fue la de veinticuatro dentaduras blanquísimas encajadas en veinticuatro sonrientes rostros africanos.
De golpe —nunca mejor dicho— comprendimos por qué no había cristal en la gran ventana y por qué esos primeros asientos estaban vacíos. Las grandes ramas de las palmeras eran las dueñas y señoras en ese tramo.
El resto del día fue refrescante, amable y placentero, pero, si en aquel todavía dominante entorno colonial habíamos interiorizado algún pensamiento supremacista, les puedo asegurar que se quedó para siempre en el piso alto de aquel autobús de Luanda.
Víctor Rubio
Marino Mercante
P. S.
- Pero, entre nosotros, el principal recuerdo que uno guarda de aquella larga escala fue el descubrimiento de la música de sabor portugués. Desde los fados, enriquecedoramente tristes, pasando por la estremecedora ‘A Bola’, de Luís Cília, o la siempre viva ‘Grândola, Vila Morena’, de José Afonso, para desembarcar, de por vida, en ‘Sodade’, de Cesária Évora, la voz que siempre, siempre acompaña.
- Los tres movimientos armados —MPLA, Unita y FNLA— fueron los protagonistas de dos largas y sangrientas guerras: la de independencia contra Portugal y, seguidamente, la guerra civil entre ellos.

