Como era previsible a la vista de los prolegómenos añadidos al desafío original de la Copa del América (AC), el Emirates Team New Zealand ha vencido con solvencia al Ineos británico. La 37 edición del evento, celebrado en Barcelona, ha terminado.
Confieso mi admiración por Nueva Zelanda, un país archipelágico, con instituciones modélicas, que ha sabido mantener vivas tradiciones ancestrales como las famosas hakas, cuya exhibición antes de iniciar los partidos de rugby de la selección neozelandesa son celebrados por todo el mundo. Y por eso lamento las mentiras difundidas ayer mismo desde Teledeporte, en la euforia del triunfo, por el potente aparato mediático de los organizadores y ahora vencedores del evento. Un error.

No vinieron a Barcelona para hacernos el favor, ni dejaron Aukland, la capital de Nueva Zelanda, sede de la 36 edición de la AC, con gran disgusto de la ciudad. No era necesario acudir a ese falso relato. Aukland perdió dinero y renunció a una nueva edición, a la que tenía todo el derecho. Pusieron en el mercado el evento con el ojo puesto en los puertos españoles, sabedores de que los puertos italianos, franceses, griegos, norteamericanos, etcétera, etcétera, no se muestran dispuestos a comprar un evento muy caro y nada provechoso. Legítimo y lógico que presionen para que la próxima edición de la AC vuelva a celebrarse en Barcelona. Les ha ido muy bien para su negocio.
Espero que pronto la transparencia de que alardean las autoridades de Barcelona, de Catalunya y de España nos permita saber cuánto pagaron para comprar la 37 AC y con qué criterios decidieron el gasto. Y a cuánto ascienden las perdidas reales. Y con esos datos, decidir si conviene contratar de nuevo el evento o, con la generosidad solidaria que nos distingue, permitir que puedan disfrutar del espectáculo otros países, otras aguas, otros puertos.
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