El viaje que realizó el ISLA DE PANAY a Filipinas entre agosto y septiembre de 1896 fue una experiencia para olvidar, un viaje fatídico. ‘La Vanguardia’ del 26 de septiembre de 1896 informaba que el ISLA DE PANAY, que llegará á este puerto procedente de Filipinas dentro de pocos días, en su viaje de ida á Manila tuvo una serie de incidentes y episodios desgraciados que afectaron profundamente á los pasajeros y tripulantes.
En Adén, cuando más entretenido se hallaba el pasaje viendo á los muchachos indígenas que nadaban alrededor de los buques sumergiéndose y buceando en busca de monedas que desde a bordo les arrojan, ocurrió uno de estos desgraciados accidentes. Desde la proa arrojaron una peseta; se lanzó al agua un muchacho de unos doce años, y cuando, después de haberla cogido, iba a saltar á su piragua, teniendo ya las manos puestas en la borda, apareció un enorme tiburón, en cuya boca desapareció la mitad del cuerpo del infeliz; le arrastró al fondo, y tiñéndose el agua de sangre, denunció el fin que había tenido. En el cabo de Guardafui, donde tan temibles y formidables son las tempestades, se levantó una que hizo naufragar a un magnífico buque de tres palos que, sin gobierno, a merced del temporal, á la vista del PANAY y sin que éste pudiera prestarle auxilio ninguno, se sumergió con todos los pasajeros. Dos días antes de llegar a Colombo desapareció del barco un piloto que venía agregado a la dotación del correo haciendo las prácticas de su carrera. No se volvió a encontrar, presumiéndose que, por un descuido o por un accidente, cayó al mar sin advertirlo nadie. Por último, a la entrada de Singapur se atravesó un barco al PANAY al cruzar uno de los estrechos canales que dan el puerto natural, y gracias a la habilidad del capitán del PANAY, se pudo evitar el accidente.
En el viaje de vuelta, el ISLA DE PANAY presenciaría el viaje a España del doctor José Rizal, héroe de la independencia de Filipinas. El trato a bordo a Rizal, escribe Sanahuja, fue cordial, solo empañado por la actuación de algunos pasajeros que se negaron a sentarse con él en la mesa, por lo que el capitán Alemany tuvo que concederle otro sitio en el comedor. En la prensa se le tildaba de agitador y filibustero, mientras en su país era un patriota moderado. Rizal fue mártir y poeta de la revolución filipina, un buen hombre, moderado y de honor, fusilado en lo que fue uno de los episodios más miserables y mezquinos de la política española en la época colonial, influida siempre por una determinada ideología militar y el adoctrinamiento, económicamente interesado, de la iglesia; semper ídem. La prensa nacional pedía sangre y criticaba duramente al general Blanco por blando, lo que era toda una ironía; de nuevo, semper ídem.

La Biblioteca Nacional de España, en el año 2011, realizó una exposición titulada ‘Entre España y Filipinas: José Rizal. Escritor’, en que citaba sobre el eminente personaje:
José Rizal (1861-1896) fue un gran líder político y social, hombre ilustrado y humanista, profundamente comprometido con la sociedad filipina. Fue considerado impulsor de la modernización y de la construcción nacionalde su país. Se licenció en Medicina y en Filosofía y Letras, y ejerció como médico oftalmólogo. Fue investigador de historia y gramática llegando a hablar más de diez lenguas y un incansable viajero. Más allá de su dimensión política y social, Rizal fue un destacado literato, autor de dos grandes novelas, ‘Noli me tangere’ y ‘El filibusterismo’. También cultivó otros géneros: poesía, ensayo, artículos periodísticos, libros de viajes y fue autor de un amplio epistolario.
Su fusilamiento dio la vuelta al mundo en los diarios y, resumiendo, pues no es de interés a la vida marítima del ISLA DE PANAY, se gestó de la siguiente manera. Rizal estaba preso en Dapitan, en Filipinas, y solo vino a España por un pacto entre caballeros entre el general Blanco y él mismo, que mantuvo su palabra de honor, aun a sabiendas que el viaje no acabaría bien.
Rizal envió una carta a Blanco solicitando ser enviado a Cuba como médico voluntario para ayudar al ejército español; éste le contestó afirmativamente el 30 de julio de 1896. El 6 de agosto de 1896 llegaba a Manila y era considerado como huésped a bordo del crucero CASTILLA.
El doctor Rizal debió venir a España en el ISLA DE LUZON, pero por diversos motivos perdió la salida de este vapor y embarcó el día 3 de septiembre en el ISLA DE PANAY. Al llegar a Singapur sus amigos -Pedro Roxas que también viajaba a bordo- le recomendaron que desertara, salvase su vida y se pusiese bajo la custodia de los ingleses, a lo que Rizal contestó que había dado su palabra a Blanco de que no lo haría y éste a su vez le había dado la suya con su protección, con lo que no desembarcó; había sellado su destino.
Mientras el buque atravesaba el Canal de Suez se recibió orden a bordo de arrestar a Rizal. El 3 de octubre de 1896, Rizal llega a Barcelona en el PANAY, vigilado y cortésmente tratado por los oficiales encargados de su custodia a bordo. A partir de ahí, se le lleva a la prisión del castillo de Montjuich, se le interroga por un tribunal militar encabezado por Despujol -sin ninguna garantía legal- y se le reenvía a Filipinas.
El 3 de noviembre de 1896 está de vuelta en Manila a bordo del COLON. El general Polavieja, de distinto talante a Blanco, se niega a indultarle- y a las 07.03 horas, del 30 de diciembre de 1896, después de pedirle al jefe del pelotón de fusilamiento morir de cara a estos, se le deniega esta solicitud, y tras volverse de espaldas, se le fusila; a fructibus cognoscitur arbor, concluye Vicente Sanahuja.
Los años de plomo, 1897 y 1898
En abril de 1897, el PANAY fue destinado a reforzar la línea de Puerto Rico, La Habana y Veracruz. A la vuelta del viaje, a finales de junio de 1897, el vapor-correo traía a la Península 500 pasajeros, 221 soldados (206 enfermos o heridos) y 31 deportados (17 políticos, 13 ñáñigos y 1 cuatrero, ladrón de caballos). En ese viaje tuvo que desembarcar al llegar a Barcelona el vapor, el día 10 de julio de 1897, el capitán Jaime Basté a causa de unas úlceras en una pierna que le impedían estar de pie.
También el siguiente viaje fue destinado el PANAY a la línea del Caribe. Y resultó un viaje maldito, con un regreso terrorífico y el vapor abarrotado de soldados enfermos o heridos en la guerra de Cuba. Reproducimos la narración aparecida en ‘El Regional’, diario valenciano, el día 24 de septiembre de 1897:

Los que regresan a bordo del ISLA DE PANAY. Conforme dijimos, el jueves llegó a La Coruña el trasatlántico de dicho nombre, procedente de La Habana, y cuya travesía fue muy penosa y abundante en sucesos desagradables.
Fueron embarcados en dicho buque muchos soldados desahuciados por la ciencia, lo cual motivó una protesta que firmaron todos los pasajeros que, no pertenecían al mundo oficial.
De La Habana salió el buque el día 30 del mes último a las cinco de la tarde, y cuando llegó a Puerto Rico habían fallecido nueve soldados. El capitán del PANAY, D. Benigno Lavin, se alarmó justamente, y lo mismo con más razón el médico de á bordo D. José María Aranda, quien era único para atender a los 846 soldados embarcados. Cuando el vapor fondeó en Puerto Rico estaban gravísimos casi todos, y a duras penas logró el capitán que le permitieran desembarcar allí 55 de ellos. Luego, decidido ya a cuanto pudiera ocurrir, siguió el viaje.
El temporal que corrió el buque fue muy grande. Un pasajero que ha viajado mucho por mar decía que nunca creyó tan cerca la muerte. El día 9 y el 10 fue cuando arreció la tormenta, y sobrevino un cielo que por poco es causa de la pérdida del vapor. Los bandazos eran temibles y las olas batían la cubierta y salvaban el puente. Se colocaran fuertes calabrotes amarrados en los puntos en que no había pasamanos, para que los supliesen.
Los tumbos y las caídas á bordo fueron innumerables. Una señora que estaba acostada en su camarote, fue lanzada, con cama y todo, de un extremo a otro de aquel. Un soldado llamado Baldomero Cerda Mur sufrió una caída por la escalera de primera cámara, y tan terrible fue el golpe, que unido a su delicado estado de salud le produjo la muerte a las pocas horas. Para que pueda apreciarse lo violento del cabeceo del buque, baste decir que un pasajero que en el fumador se había asido a una silla (que están fuertemente sujetas) cayó al suelo con la silla misma. Las escenas que esos días se desarrollaron a bordo no son fáciles de describir. Las mujeres exhalaban gritos de dolor, los pasajeros corrían de un lado a otro procurando infundirles un valor que ellos mismo no tenían. El buque hubiera sido quizá envuelto por las gigantescas olas si el capitán no hubiese dispuesto variar de rumbo. Encaminándose de nuevo el buque a Puerto Rico, manteniéndose a la capa una porción de horas. El estado del mar era espantoso y bien demostró el PANAY sus excelentes condiciones marineras.
Uno de los botes fue desprendido de los pescantes por un golpe de mar, y quedó colgando sobre el agua, suspendido sólo por un lado. Antes de que una ola lo arrebatase, se lanzaron varios marineros a sujetarlo de nuevo. Uno de los marineros estaba colgado de él, cuando el vapor, en un violento tumbo, se hundió por aquella parte. El marinero, sin soltar el bote, fue totalmente sumergido, y cuando el vapor se levantó a los pocos segundos, pudo él saltar a cubierta.
No llegó el PANAY a tocar de nuevo en Puerto Rico. Cuando se vio fuera del radio del ciclón, sobrevino una calma relativa. Se volvió a rectificar el rumbo y se prosiguió viaje a la Península. En suma, el temporal fue terrible.
La chimenea del vapor aparecía blanca casi toda, efecto del salitre de las olas. ¡Júzguese cuál sería la situación de los desdichados que en La Habana habían embarcado apenas sin esperanza de vida! Así se explica que desde Puerto Rico a La Coruña hayan fallecido 55.
El médico de a bordo se portó muy bien atendiendo a tantísimos enfermos.En días de temporal como los corridos no hubiese podido acudir a todas partes, si no le hubiesen ayudado, además de los practicantes, el médico mayor de Sanidad militar, señor Martí Leis, distinguido facultativo, quien regresa por enfermo. Las enfermerías estaban llenas de soldados que se quejaban y demandaban auxilios, y en el sollado ocurría lo mismo. Allí debía ser doloroso, imponente, penetrar.
Tras ese accidentado viaje, el PANAY realizó otro viaje a la línea del Caribe y regresó a Cádiz el 26 de octubre de 1897. En el siguiente viaje fue de nuevo destinado a la línea de Filipinas, de donde volvió cargado de soldados heridos y enfermos, cuya crónica no vamos a repetir pues quedó bien plasmada en los artículos del ISLA DE MINDANAO.
Tal vez para compensar tantas adversidades, el ISLA DE PANAY gozó de un golpe de suerte que le salvó la vida. Llegó a Manila el 9 de abril de 1898, y una vez terminadas las operaciones comerciales salió rumbo a la Península el día 20 de abril, justamente el día que los Estados Unidos de América declararon la guerra a España. El 19 de mayo el vapor daba fondo en el puerto de Barcelona con 181 pasajeros y carga general. Comenta Sanahuja que en el viaje tan solo falleció un soldado.
Consignemos que una vez en España, el PANAY fue destinado a engrosar la graciosa escuadra de Cámara, organizada en Cádiz para dirigirse a Filipinas a hacer frente a los yankis, pero que sólo llegó a Suez. Y gracias.
NOTA DEL EDITOR. Todas las fotos y citas, salvo que expresamente se diga otra cosa, han sido obtenidas de los libros de Vicente Sanahuja, glosados en el Proyecto Trasatlántica. La foto de portada muestra al ISLA DE PANAY fondeado en Barcelona. Museo Marítimo de Barcelona.
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