El viajero Juan Potous Martínez sigue explicando las experiencias y emociones que vivió a bordo del ISLA DE PANAY en su libro ‘De Tetuán a Manila’, que con buen criterio reproduce Vicente Sanahuja en su biografía del PANAY .
La travesía del mar Rojo. Desde que abandonamos el golfo de Suez, la tierra va. alejándose de nuestra vista, y aun cuando sabemos que a nuestra derecha se extiende el Sudan egipcio y a la izquierda las costas de la Arabía, ambas son invisibles para los ojos del viajero durante las largas jornadas que dura la travesía de este Mar Rojo, que aunque parezca una contradicción es constante, intensa y hermosamente azul. Sin embargo, el no ver tierra no quiere decir que vayamos solos; no. En todas direcciones cruzan ante el ISLA DE PANAY infinidad de vapores, que hacen alegre y animada la travesía. (…) A medida que nos internamos en el mar Rojo, la temperatura aumenta constantemente, alcanzando su máxima altura antes de ayer, en que el termómetro en el puente, a la intemperie y cara al viento, marcaba treinta y dos grados a las nueve de la noche. No necesito decir que en los camarotes la atmósfera es irrespirable, y los que nos hallábamos por la noche sobre cubierta, pudimos contemplar pintoresco espectáculo, pues en aquella fueron apareciendo, luciendo los más variados trajes de dormir, todos los pasajeros y pasajeras, que el ISLA DE PANAY transporta a su bordo. Sillas, sillones, butacas, bancos, todos los sitios útiles para el descanso en una palabra, fueron asaltados por los viajeros que deseaban descansar en sitio donde se pudiera respirar, huyendo de las terribles literas, en las que materialmente se abrasa uno. Desgraciadamente nuestro descanso duró corto tiempo, pues el viento del desierto, el terrible simún, comenzó a soplar con extraordinaria violencia, alborotando las aguas del mar y haciendo bailar a nuestro buque la más desagradable de las danzas sobre las furiosas olas (…) Por la mañana, Manuel, el toldillero, nos mostró la finísima arena roja que el viento había depositado sobre la caseta de popa y a la que sin duda debe su nombre este mar que estamos recorriendo (…) Todo cuanto se me había dicho del calor que se siente aquí, es poco, comparado con la realidad. Yo nunca lo he sentido igual. No solamente la almohada, sino las sábanas de nuestro lecho, amanecen empapadas del sudor que nuestro cuerpo ha destilado durante la noche, y mis lectores supondrán lo agradable y cómodo que es el sueño en estas condiciones climatológicas. Según se me informa, antes de ayer hubo el médico de abordo de prestar sus auxilios profesionales a dos fogoneros, que padecían de calambres, como consecuencia de la enorme temperatura que se sufre en las calderas. Verdaderamente es terrible la vida de estos hombres, que no sé cómo pueden soportar la existencia en las profundidades del buque, al pie de encendidas calderas y de la ardiente maquinaria. Por fortuna ha amanecido algo más fresco el día, aun cuando la temperatura aumentará a medida, que avancemos en nuestra marcha, pues según mis informes, esta tarde a las cinco pasaremos el Estrecho de Bab el Mandeb, que dicen quiere decir en castellano La puerta del infierno (…)

Nos enfrentamos con la monzón. Acabo de levantarme de mi litera, donde he permanecido tres días con sus mortales noches, terriblemente zarandeado, sufriendo enormemente del mareo, y en la absoluta imposibilidad de tenerme en pie, tanto por aquella causa, como por los horribles bandazos que ha dado nuestro buque, movido como una cascara de nuez, a impulsos de la monzón.Y, ¿qué es la monzón?, preguntarán aquellos de mis lectores no versados en los secretos de la geografía y de la navegación. Pues la monzón es un violento viento del Sudoeste, que sopla constantemente durante los meses de mayo, junio, julio y agosto en el Océano Índico. Una especie de temporal de Poniente que se llaman en España, pero centuplicada su fuerza y sufriendo sus rigores en medio de verdaderas montañas de agua. Procuraré reunir mis recuerdos para trasladar a mis lectores las impresiones que he experimentado y los acontecimientos que han ocurrido. El domingo último, después de rezar devotamente sobre cubierta el Santo Rosario los pasajeros y la tripulación del ISLA DE PANAY fuimos advertidos de que en las primeras horas de la madrugada del lunes, pasaríamos del golfo de Adén al océano Indico, abandonando el famoso cabo Guardafui, de fatídico renombre, terror de buques y navegantes. La advertencia equivalía a indicarnos que desde la madrugada enfrentaríamos la monzón y sufriríamos sus incómodos efectos (…) Próximamente a las dos de la madrugada, despertóme un horrible bandazo que por poco me saca de mi litera, y desde aquel momento ya no hubo instante de tranquilidad para mí. Agarrado con ambas manos a los hierros de la litera, no pude pegar los ojos un momento, procurando librarme de los violentos embates de las olas, que imprimían al buque continuos movimientos, en las más encontradas direcciones.
Tres caminos… nos había dicho don Antonio Vives, nuestro experto capitán, que existían para atravesar la zona barrida por la monzón. El camino de los valientes, que nosotros no seguiríamos pues aunque fuera el más corto era también el más expuesto. El camino de los cobardes, que tampoco seguiríamos pues nos apartaría demasiado de nuestra ruta, y el camino de los prudentes, por el que entraríamos nosotros, alejándonos del centro de la monzón, pero. sin separarnos demasiado del rumbo trazado. Los acontecimientos, superiores siempre a la voluntad del hombre, dispusieron las cosas de otra manera y nos obligaron, como verá el curioso lector, a tomar si no la ruta de los cobardes, alguna muy próxima a ella. Apenas hubimos abandonado el resguardo de la isla Socotora, nuestro vapor cayó en plena monzón, siendo entonces los golpes de mar, más grandes, fuertes y continuos que los que hasta allí habíamos sufrido. El valiente ISLA DE PANAY saltaba materialmente de ola en ola, pero los embates del mar eran durísimos, especialmente durante la noche, que fue terrible, en la más amplia acepción de la palabra. A las dos de la madrugada un extraordinario golpe de mar por la parte de proa, nos hizo embarcar más de cuarenta toneladas de agua, y don Antonio, que se hallaba en su camarote, subió inmediatamente al puente, ordenando enseguida cambiar el rumbo, inclinándonos varios gradospor el camino de los cobardes.

La impresionante isla de Minicoy. El capitán del ISLA DE PANAY nos señala en el horizonte un punto verde que se alza sobre el mar. Era la isla de Mínicoy, la mayor del archipiélago de las Maldivas, pequeños trozos de tierra perdidos en la inmensidad del Océano Indico, y distantes del país más próximo cerca de quinientas millas marítimas. A medida que nos acercábamos, íbamos distinguiendo los peligrosos arrecifes que rodean la isla, el precioso bosque de palmeras de coco que la cubre por completo, hasta el punto de que algunos de aquellos árboles crecen tan próximos al mar que parecen salir de este, los islotes llenos también de palmeras, que semejan un ramillete, el blanco faro que advierte a los navegantes los terribles peligros que allá existen, y el rio que serpenteando al pie de la torre, viene a confundir sus aguas con las del mar. Indiscutiblemente la isla de Minicoy forma uno de los más pintorescos paisajes del mundo, y tan grande fue el atractivo que sobre mi ejerció, que en Colombo procuré informarme de la vida política de aquel archipiélago. Forman este, gran número de islas, muchas de ellas deshabitadas, regidas por un Sultán, que goza de absoluta autonomía, bajo el Protectorado de la Gran Bretaña, que no mantiene en el archipiélago autoridad alguna de la metrópoli.
El único signo de dominación es el tributo que anualmente envían los habitantes de las Maldivas al gobernador de Ceylán, y que es conducido por una de las embarcaciones de aquellas islas, lujosa y grandemente engalanada con banderas y gallardetes. El hijo mayor y heredero del Sultán de las Maldivas, ha permanecido nueve años en Colombo, estudiando, bajo la vigilancia de las autoridades británicas, que han tenido buen cuidado de formar un excelente aliado del futuro soberano del archipiélago, dando a aquel una educación muy superior a sus súbditos, cuya mayoría se compone de pescadores y agricultores. Como dato curioso, apuntaremos que en todo el archipiélago de las Maldivas no hay un solo europeo, pues hasta los torreros del faro son indígenas.
NOTA DEL EDITOR. Todas las fotos y citas, salvo que expresamente se diga otra cosa, han sido obtenidas de los libros de Vicente Sanahuja, glosados en el Proyecto Trasatlántica. La foto de portada es una acuarela del vapor ISLA DE PANAY, obra de Jordi Colomer, publicado en la contraportada de la obra de Vicente Sanahuja sobre el buque.
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