“El Cielo en el suelo” es el título del sermón que el teólogo Josep Rovira Arnella dio en Barcelona con ocasión de la festividad de la Merced de 1704. Hacía referencia al milagro que San Pedro Nolasco contempló en Barcelona la noche del 1 al 2 de agosto de 1218 cuando la Virgen descendió del Cielo rodeada de ángeles para encomendar a los mercedarios la liberación de los cautivos. En su panegírico, Josep Rovira afirmaba que ninguna otra ciudad gozó del excelso beneficio de ser sacralizada gracias a la descensión de la Madre de Dios. De aquí, el sugerente título “El Cielo en el suelo” porque, según él no sé si el Cielo se ha bajado a ser Barcelona, o si Barcelona se ha subido a ser el Cielo, al extremo de no saber calificarla si celeste tierra o terrestre cielo.

La historiadora Montserrat Zamora Bretones desarrolla esta idea central del mercedario Josep Rovira por cuanto el cristianismo impregnó durante siglos la vida de los barceloneses. (“La ciudad y el templo: religión cívica en la Barcelona moderna (XVI-XVIII)”, 2020. Universidad de Gerona). El catolicismo poco menos que monopolizaba la moral, la caridad, la educación, las fiestas, el trabajo de los gremios… Siendo en este contexto tan religioso que las principales cofradías de la gente de mar alcanzaron el culmen, su cielo, hacia 1704, poco antes que, a la par que sus gremios, sufriesen por primera vez el persistente acoso y derribo que fue acabando con ellos durante el S.XIX, incluso con el principal y último, el de mareantes, en 1864.
Nunca sería lo mismo, aunque durante buena parte del siglo XVIII la devoción de la gente de mar siguió teniendo mucho a favor por parte de los poderes públicos, del pujante sector marítimo, de las capas populares, de la bonanza económica desde 1680, de las corrientes ideológicas (barroco, contrarreforma, absolutismo) y del denso entramado para la oración por cuanto Barcelona suponía, a finales del S.XVIII con su algo más de 100.000 habitantes, la mayor concentración religiosa de España: 130 instituciones, catedral, 82 iglesias y capillas, 26 casas de religiosos, 18 conventos de monjas, 130 cofradías/hermandades… Súmase a ello en el espacio público las capillitas vecinales y las itinerantes, los oratorios, las hornacinas, las procesiones, los porta viáticos, las fiestas religiosas, los por doquier santos protectores en fachadas… y los barceloneses de esta ciudad tan sacralizada obtenían su devoto cielo con solo pisar sus calles.
De repente, las cofradías/gremios de la gente de mar empezaron a sufrir una creciente y sostenida adversidad que en siglo y medio (1714-1864) acabó fulminando el contexto que había sustentado la devoción de los marinos. El vuelco empezó con la Guerra de Sucesión española. Cataluña se decantó en 1705 por el bando austracista a pesar del buen acuerdo logrado antes con el borbón Felipe V. Y el desembarco ese mismo año de la flota inglesa en Barcelona involucró de lleno a Cataluña en un conflicto bélico y civil que acabó en 1714 con la victoria sin condiciones de los borbones imponiéndose también a los gremios/cofradías de mar, tanto más por haber participado en la ciudadana Coronela que defendió Barcelona contra los borbones.
La decisión de Felipe V de impedir a las monjas la reconstrucción de su monasterio de San Antonio y Santa Clara, dañado en 1714 por la guerra en el barrio de la Ribera, supuso dispersar y socavar a las tres principales cofradías de la gente de mar que tenían allí sus altares y sedes. No incido en ello por haberlo tratado en el artículo III. Este varapalo fue agravado, en el marco de tabula rasa del Decreto de Nueva Planta de 1716, por la tercera Ordenanza de Matrícula de Mar (1751) y sus Reglamentos, de Manuel Zalvide (1773) y de Luis Muñoz (1786), que conllevaron para la devoción de la gente de mar la primera gran ruptura con sus consuetudinarios usos y costumbres.

Los gremios perdieron la autonomía que gozaban desde siempre y quedaron supeditados a las necesidades de la Armada, es decir, se desvirtuaron. Conservaron el monopolio de sus ocupaciones, los privilegios de orden financiero (ej. cobro del derecho de San Telmo) y la labor benéfica y asistencial de sus cofradías, parte tan consustancial de los gremios que en S.XVIII pasaron por asimilarse. Si algo tenían éstas últimas, por ser legos sus miembros y representar a sus bases, era su independencia de los poderes eclesiásticos, de la realeza y de la Inquisición tanto en sus fines y estatutos como en sus nombramientos y en la gestión económica, aunque al menos desde el Concilio de Trento estaban formalmente supervisadas por el obispo.
La Matrícula de Mar se inmiscuía en todo. Las autoridades de la Armada podían incluso nombrar, cesar o sortear los cargos elegidos o no por los agremiados, tenían una de las tres llaves de la caja de caudales de los gremios/cofradías, revisaban los balances contables, resolvían los recurrentes pleitos entre los colectivos de mar, convocaban si procediese las juntas gremiales en salas relacionadas con Capitanía Marítima. Lo que no lograron fue crear un genérico Gremio de Mar que integrase a los mareantes, cargadores y pescadores (1758) por haber demasiados intereses creados y contrapuestos entre ellos. Sin embargo, a los carpinteros de ribera y a los calafates los integró en un mismo gremio bajo el nuevo patrocinio de San Pedro y San Félix (1761), quienes con anterioridad habían tenido de patrones a San Juan Bautista y a Santa Catalina.
Los Reglamentos de Muñoz y de Zalvide también pretendieron controlar las cofradías al punto de dictarles que tuviesen cuidado para que no se introdujera en el culto la pompa y la vanidad mundana en unos oficios que debían consistir en unas vísperas al Santo titular, una misa cantada en su día o en el que elijan y un oficio de difuntos para sus hermanos. Aparte de fijar sus fines en Dios, el Rey, la utilidad patriótica y el rescate de cautivos.
Los gremios de mar obtenían a cambio de someterse a la Matrícula el derecho preferente de sus miembros, desde los 14 a los 60 años, a trabajar en oficios relacionados con la navegación, los puertos y la construcción naval. Una simbiosis que a la larga les sirvió para, bajo la tutela de la Armada, ir sorteando las reiteradas supresión de los gremios/cofradías que afectaron a otros (1813, 1820, 1834,) por lo que, por ejemplo, el gremio de mareantes de Barcelona aguantó hasta 1864 y solo liquidó su patrimonio en 1873 coincidiendo con la supresión de la Matrícula de Mar.
Cambio de valores: el Ayuntamiento y la Junta de Comercio
El decreto de Nueva Planta también incidió en los gremios/cofradías de mar porque suprimió el Consejo de Ciento y el Consulado de Mar que durante siglos les habían apoyado y compartieron valores. Fueron sustituidos por el Ayuntamiento y la Real Junta Particular de Comercio, quienes aportaron menos ayudas y restringieron las fiestas con la gente de mar donde estrechaban lazos al relacionarse entre ellos conselleres, cónsules y prohombres. Se distanciaron. Ayudas como las 800 libras concedidas en 1706 por el Consejo de Ciento a la cofradía de San Elmo “para socorrer a los pobres miserables” de los marinos de la ciudad, no volvieron a repetirse. Tampoco los aportes del Consulado de Mar para mantener la ermita de San Beltrán (1450) o el pago de ropa para ocho marineros convenido en la festividad de San Elmo (1653). Además, con el Consulado de Mar desaparecieron sus maceros que con mazos de plata y vestidos de capa-túnica (becas) azules participaban en los principales actos religiosos y tenían un lugar preferente en la catedral.
Los cambios de valores del Ayuntamiento y la Junta de Comercio contribuyeron a que Barcelona perdiese su sesgo de ciudad gremial y su acusada vertiente religiosa. El Consejo de Ciento participaba con sus conselleres en más de sesenta actos religiosos al año, tal que las festividades de los patronos de las principales cofradías de la gente de mar. Al suprimirse, se obvió tales rituales y el Ayuntamiento menoscabó enraizadas servidumbres de índole cristiana. De entrada, al suprimirse el Consejo de Ciento en 1714 se abandonó hasta su capilla del Bon Consell que tenía en el Ayuntamiento desde finales del S.XIV; y su retablo de la Virgen de los Conselleres (Lluís Dalmau, 1445) pasó a la Iglesia de San Miguel…; hoy es una joya del Museo Nacional de Arte de Cataluña. Después de mucho más de un siglo sin capilla alguna, el alcalde franquista Porcioles encargó la actual dedicada a la Virgen de Monserrat (1967). Comenzó, pues, en 1714 a soslayarse los sentimientos religiosos, motriz de las cofradías, desde los máximos centros de poder en Barcelona.

Este cambio de valores afectó todavía más a las cofradías de mar porque también lo asumió sin complejos la Real Junta Particular de Comercio (1757-1847), hasta cierto punto sustituta del Consulado del Mar también porque mantuvo su logotipo y desde 1767 ocupó la Llotja. Prescindió de los símbolos de índole religiosa salvo en la capilla de la nueva Llotja, si bien la clausuró hacia 1833 conservándose hoy solo su puerta de entrada con el anagrama Ave María de la Virgen y poquito más. Así que la Llotja de Mar, sede corporativa de la Cámara de Comercio, Industria y Navegación, es el único gran edificio histórico de Barcelona sin capilla a pesar de haberla tenido durante siglos. La primera a modo de panteón del almirante Pedro III de Montcada, quien al morir mandó que allí se le construyese una (estaría bajo el actual Salón de Plenos). Tras la ampliación renacentista de la Llotja se construyó otra (1608) y la última es la ya aludida y clausurada, construida hacia 1776.
La nueva Llotja de Mar que englobaba la antigua, finalizada en lo principal en 1802, fue todo un aviso a los navegantes, plasmado en sus estatuas, frescos y seres mitológicos, sobre los valores que iban a presidir el transporte marítimo y la actividad portuaria. Laicismo y libre comercio; loas alegóricas a las Ciencias, a la Industria, a la Agricultura, a la Navegación (ancla, cartas náuticas, faro, compás de puntas, tridente de Neptuno) y, por pleitesía, a la monarquía borbónica porque, aunque hacía no tanto había aplastado Barcelona, para la economía y en especial para el comercio marítimo catalán, 1714 fue una dulce derrota, incluso melosa desde que Carlos III le abrió las rutas al imperio americano (1778).

Lejos de seguir, como lo estuvo durante siglos el Consulado del Mar, bajo el amparo de la Natividad de Jesucristo y de su Madre la Virgen María, La Junta de Comercio se arrogó en una de las salas ser ella misma la protectora del puerto. Más claro agua. Las estatuas de Minerva (diosa protectora por su sabiduría y belicosidad) y de Mercurio (dios del comercio) presiden los frontispicios de las dos fachadas, la principal y la que da a los antiguos Encantes. El mensaje interior y exterior que transmitía la Junta de Comercio con su novedosa Llotja de Mar se contraponía con los valores de los gremios/cofradías basados en el valor del trabajo solidario y en la religiosidad. Era cuestión de tiempo que estos fueran arrumbados por la historia. Se habían dado la vuelta las corrientes de marea que durante seis siglos habían traído un contexto favorable a las cofradías/gremios de mar con monopolios y privilegios incluidos.
La Compañía de Comercio de Barcelona (1755-1785), dedicada con siete barcos al monopolio del tráfico marítimo de Cataluña con algunas islas españolas del Caribe, fue la última importante entidad en exhibir un grabado con santos patronos donde figuraban sobre el perfil del puerto de Barcelona la sierra de Montserrat, más San Severo mártir (obispo barcelonés), Santa Eulalia, La Natividad de Jesucristo y la Madre de Dios (patrona que fue del Consulado de Mar), Santa María de Cervelló y San Antonio de Padua, por entonces ambos también protectores de la gente de mar. Se encargó con ocasión de certificar la compra de acciones de dicha compañía. Es el precioso grabado que encabeza esta serie de artículos sobre la devoción de la gente de mar. Todavía a finales del S.XVIII se fundaban en Barcelona empresas marítimas bajo invocaciones cristianas, como la Cía. de Seguros Marítimos bajo el patrocinio de la Virgen del Rosario (1782). Pero tal práctica iba a menos.
Las Cortes y el populacho, también
El siglo XIX se inició con malos presagios para la devoción de las gentes de mar integradas en los ya debilitados gremios. La Revolución Francesa los había suprimido en 1791 por disfrutar de monopolios/privilegios y las Cortes de Cádiz hicieron lo propio aboliéndolos en diciembre de 1813. Con el país invadido por las tropas napoleónicas, su aplicación debió ser limitada y caótica, pero la decisión estaba tomada por el máximo poder legislativo y no hubo marcha atrás del todo. Fernando VII los restableció en 1815 solo en parte porque restringió que fuesen monopolísticos, es decir, cuestionó la esencia de los gremios.
Para cuando el Trienio Liberal de Riego los volvió a abolir en 1920, estos ya llevaban en Barcelona unas cuatro décadas en retirada, tanto que cuando Fernando VII los volvió a restablecer en 1824, los hubo que no pudieron más y se disolvieron en silencio ese mismo año por decisión propia. Fue el caso de los carpinteros de ribera y calafates, cuyo gremio fue socavado al suprimirse en 1766 el turno obligatorio de elegir y contratar maestros carpinteros de ribera. Además, la Junta de Comercio les había sobrepasado a estos al crear la Escuela de Arquitectos Navales (1789); y el certificado de maestría lo acabó otorgando la Armada a modo de lo que hoy sería inspector de buques.

Caso similar sería la fundación de la Escuela Náutica de Barcelona (1769), también por la Junta de Comercio. La formación de los oficios de mar dependió cada vez menos de los gremios, salvo los que por entonces tenían apenas jerarquización: pescadores, cargadores (faquines, estibadores). En todo caso, los pescadores siguieron durante años saliendo a faenar por turnos, pero desde 1774 lo podían hacer por su cuenta desde el 1 de octubre a finales de marzo.
La disolución de los gremios de mar de menor entidad (trajineros, cordeleros, veleros, alquiladores de mulas…) también antes o después fueron plegando velas sin expresar lamentaciones ni subastar siquiera sus modestos patrimonios. Desaparecieron con ellos sus cofradías porque éstas, como todas, se sustentaban básicamente de las cuotas de los agremiados. Quedaban de los gremios de mar, aunque no solo ellos, los navegantes, pescadores y cargadores cuando la bullanga de 1835 les cuestionó por impopulares sus monopolios y demás privilegios. La aprovecharon para pasarles cuentas, sobre todo por parte de los comerciantes y de quienes consideraban que pagaban precios subidos en compras y servicios en la que intermediaba la gente de mar.
En el contexto de las guerras carlistas, el 22 de julio de 1835 el populacho de Reus la emprendió contra el clero, su seminario y centros religiosos. Tres días después se repitieron a lo grande los desaforados actos vandálicos en Barcelona que el conjunto de la población, lejos de zanjarlos, los asumió con su pasividad e incluso los jaleó. La definitiva abolición de los gremios aplicada en 1834 sin cortapisas, salvo para los del mar, contribuyó al éxito de la bullanga porque hasta entonces también se habían encargado de mantener la ley y el orden en la ciudad.

Aunque sus gremios de mar hacía años que ya no se reunían en conventos y sus cofradías, en sí mismas, eran respetadas dada su acción benéfica, la bullanga contra los centros religiosos afectó a los gremios/cofradías de mar que quedaban. Perdieron muchas de las capillas dedicadas a sus santos patrones. Y a rebufo de la bullanga se tiraron abajo en la Barceloneta las barracas del gremio de San Telmo y la barraca que monopolizaba la venta de pescado. Y, en lo que hoy sería la fachada de la estación ferroviaria de Francia, la turbamulta desmanteló los despachos de Aduanas, del Peso del Rey, que cobraban los aranceles y demás gravámenes a las mercancías que entraban o salían del puerto, cuyo control y trasporte dependían del gremio de cargadores (estibadores).
Pasada la bullanga, la Armada siguió protegiendo por interés mutuo a los gremios de mar, no sin que estos quedaran aún más en entredicho. Mejor lo tuvo el gremio de cargadores/descargadores porque el Ministerio de Hacienda necesitaba contar en Barcelona con este colectivo que desde siempre le inspiraba plena confianza dada su profesionalidad, honorabilidad e incluso su disponibilidad a trabajar gratis para la Aduana. Lo acababa de corroborar el edicto del 14 de abril de 1835 (día de San Telmo) firmado por Joaquín Ayerve, del Ayuntamiento, que consideraba privativo de los cargadores llevar e introducir las mercancías del puerto en los despachos del Peso del Rey.

Aduanas, temiendo desbarajustes y que aumentasen los robos y fraudes, no quería ni oír que se liberalizase la faena de los cargadores, lo que a la postre explica, en parte, que la actual coordinadora de estibadores de Barcelona sea el único colectivo portuario y de mar que mantiene las ventajas propias de los antiguos gremios: la solidaridad, la cohesión, los turnos y que el valor y las condiciones de su trabajo, en lo esencial, lo marquen ellos mismos. Pudieron en el siglo XIX con las Cortes y la Junta de Comercio; y hoy con los decretos, las leyes los apremios normativos de la Unión Europea. Todo un privilegio que merece un artículo aparte.
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