La parroquia de la Bonanova, barrio de San Gervasio, fue también un santuario para las gentes de mar de Barcelona hasta que la destruyeron en 1936 erradicando cientos de exvotos marineros ofrecidos a la Virgen como prueba de su devoción agradecida. La iglesia se reconstruyó (1942-1962) con una preciosidad inspirada en el estilo florentino propio de la basílica Santa María la Mayor, de Roma. No así el fervor de los marinos a esta advocación. Tanto cayó en el olvido que hoy cuesta imaginarse, por ejemplo, a los pescadores de la Barceloneta que durante siglos subieron a rezar e interceder ante esta protectora. Y como ha sucedido en los otros templos que he visitado para saber de la devoción de la gente de mar, obtuve poca información. Faltan archivos; también deseos de remover la enorme tragedia que supuso el asesinato de sus sacerdotes y no pocos de su feligreses. Eso es perdonar. Aún así insistí y abordé en la sacristía a mossèn Sebastián Calzada Badía (nacido en 1932) para preguntarle qué sabía de ello. Al salir me señaló el ático del altar mayor con imágenes relacionadas con el mar. Y sí: el ancla, la Estrella símbolo inmemorial de la Virgen y el barco velero con náufragos a su costado rememoran el vínculo de los marinos con Nuestra Señora de la Bonanova.

Las principales localidades costeras de Cataluña tienen de antiguo ermitas o santuarios para rezar a sus santos patrones. Barcelona no podía ser menos, pero extrañándome de que fuese a tantos kilómetros del puerto pregunté al capitán de la marina mercante David Jou i Andreu por qué habría sido elegida la iglesia de la Bonanova. Me explicó que los marinos preferían que esos templos estuviesen en una cima con vistas al mar. A pesar de contar durante siglos con varias ermitas en Montjuic (San Beltrán, Santa Madrona, Virgen del Puerto…), alguna razón habría para decantarse más por la iglesia de la Bonanova. Sea por su mayor ostentación o porque estaba a una distancia propicia para romerías o para mostrar su devoción peregrinando con sacrificio, el caso es que acabó siendo la preferida de la gente de mar de Barcelona, como el santuario de Cisa de Premià de Mar para los de Masnou.

Desde los primeros gozos de alabanzas dedicados a la Virgen de la Bonanova en el siglo XVIII, una constante es que contienen una o dos estrofas relacionadas con los avatares de la navegación y la protección de los marinos; además suelen estar ilustrados con barcos veleros, incluso, cosa rara, uno aparece con un vapor atestiguando la vigencia de sus rezos entre los marinos durante la última época de los buques de vela. La incógnita es cuándo empezó esta devoción a un culto que tardó en tener altar propio y su nombre primigenio era Virgen de los Afortunados. De hecho, la primera Virgen de la Bonanova en Barcelona fue la venerada en el convento de la Bonanova de los trinitarios descalzos de la Rambla (1633), que tuvo cofradía a su nombre (1769) y su estatua con el hábito trinitario, aunque no la original, sería la que hoy está en la Iglesia de San Agustín, pues al ser malparado su convento por la bullanga de 1835 se desperdigó su patrimonio, tal que su altar mayor acabó en la parroquia de Sant Boi, incendiado en 1936.
La creciente devoción a la Virgen de la Bonanova de San Gervasio no sólo eclipsó la advocación de la Virgen titular del convento trinitario. También fue relegando en su parroquia a los gemelos santos Gervasio y Protasio que eran los patrones desde que se fundó el templo como capilla de un castillo (S.XIII). Fue la veneración de los pescadores la que a partir de 1600 dio creciente preminencia a Nuestra Señora de la Bonanova al extremo de ser declarada en 1883 copatrona de la parroquia junto con los otros dos. Según cuentan, a la derecha del altar hubo una barca donde los pescadores se sentaban cuando llegaban al templo después de alguna situación difícil. (“Una iglesia afortunada”, Carles Sauró, 28.10.2015).

Gracias a esta relevante advocación conocemos algo más de las creencias populares de la gente de mar, pues desde siempre sus celebraciones y fiestas religiosas apenas se registraron, fueron efímeras o no transcendieron por ser un colectivo que pasaba desapercibido. Las muestras de devoción a esta Virgen fueron tan apabullantes que fue imposible obviarlas, máxime cuando esta parroquia contaba con medios por radicar en zona de ricos, tal que celebrar en 1896 un certamen público exponiendo la veneración a la Virgen de la Bonanova: “Los exvotos tapizaban las paredes y los ornatos del antiguo camerino, destacándose entre ellos con sorprendente mayoría los que conmemoran maravillas obradas por los atrevidos hombres de mar en sus navegaciones arriesgadas…”. Se refiere a las tablillas pintadas ofrecidas a la Virgen en acción de gracias por haberles salvado.

Más descriptivo es el artículo del periodista Zeda (seudónimo) tras visitar la Bonanova: Imagínese el lector una especie de Museo, lleno de cuadros infantilmente pintados, conmemorativo de todo género de desastres, hundimientos (…) y de los cuales [el devoto] se ha salvado, por intervención milagrosa del cielo (…) Aquellas toscas figurillas grotescas, con su correspondiente letrero, escrito en una jerga que sería ridícula si no manifestase una religiosidad sincera y convencida, acaba por provocar honda piedad en el que las contempla. (Diario de Tortosa, 10.03.1905).
Arturo Masriera, en “Oliendo a brea” (1926), incide en la percepción de Zeda y ofrece detalles en el capítulo “Los exvotos de las ermitas”. De las dos mil ofrendas, más de mil son tablillas o cuadros y de estas hay un centenar que representan escenas de la vida de mar, que evocan “un sentimiento de bondad, gratitud y piedad y buena fe, hermosamente aunados en la ofrenda del rudo marino que, con el cuadro a cuestas, subió a pie a la Bonanova a traerlo a los pies de la Madre de Dios” (pp. 190-191). Siéndole llamativo las quince maquetas de barcos que colgaban del techo. Toda una colección: una fragata, una bricbarca, un bergantín redondo, dos goletas… realzando la vertiente marinera del santuario” (p. 186).

La Virgen de la Bonanova era la principal, no la única advocación de índole popular a la que se encomendaban las gentes de mar en Barcelona. Las hubo en Montjuic, ermita de Sant Bertrán, y en Montserrat con la Moreneta, ambas datadas de la Edad Media. Esta última no estaba al alcance de todos por exigir más esfuerzo y desembolso económico, según consta en el viaje que hacia 1860 y pico hizo un marino agradecido a la Virgen, junto con familiares y personal de su naviera, desde Barcelona a la abadía, primero en tren hasta Monistrol y después durante cuatro horas en diligencia o carreta hasta el monasterio, donde la comitiva asistió a una misa solemne, dio ofrendas a la Virgen y terminó la romería con una comida.
La ermita de Sant Bertrán estaba, en otro guiño de la historia, cerca de la actual capilla de la sede del Apostolado del Mar- Stella Maris, entre las faldas de Montjuic y la dársena que lleva su nombre. Data de 1313, dio culto al santo titular y a San Elmo y hasta que fue arrasada definitivamente en 1814 por las tropas napoleónicas en su retirada, había sido reconstruida y mantenida su ermita/convento en más de una ocasión a costa del Ayuntamiento y de la concesión de indulgencias por parte de la diócesis. Alguna estrecha relación debió tener con el gremio de San Elmo y Santa Clara cuando en 1461 este refrendó allí su fe por ellos y era apoyada por el Consulado del Mar, quien tenía una cláusula de sólo dar créditos a Santa María del Mar y al culto de San Elmo.
Contaba a favor con que venía de paso para quienes transitaban entre la ciudad y la zona de pesca La Fraga y el delta del río Llobregat. También a quienes iban a las canteras de Montjuic. Tenía, pues, sus fieles y rezos específicos, según se desprende de los gozos a San Elmo (1686) escritos para esa ermita y sus gentes de mar. No volvió a reconstruirse porque, supongo, a partir de 1813 el gremio de San Elmo empezó a estar en crisis y la Real Compañía de Comercio no tenía el sesgo religioso de su predecesora El Consulado de Mar. Se dejó estar, quedando la ermita de San Beltrán como una reminiscencia en el nomenclátor de Poble Sec y en el muelle/dársena del puerto. No más.

Prácticas piadosas y alguna superstición
La religiosidad popular de las gentes de mar abarca, entre otros aspectos, los exvotos, fiestas, gozos de alabanza, rituales en las botaduras, bendición de los barcos y aparejos, preferencia por unos santos y no otros, hornacinas… Son tantos que desbordan los límites de este trabajo incluso si se trata solo las épocas recientes. No por nada, faltan fuentes primarias, tiempo y capacidad personal para un estudio tan complejo y vasto. Se entiende que, salvo que se delimite el tema, se tienda a salpicar el texto como mejor se pueda, aportando algo y evitando tópicos.
Los exvotos fueron en Cataluña una de las expresiones más llamativas del fervor popular de las gentes de mar. Las guerras con sus destrozos y expolios, los anticuarios (ej. coca de San Elmo) y, sobre todo, el anticlericalismo barrieron la amplísima mayoría de los varios miles que había en los centros de culto. Esta costumbre tuvo su época dorada en el S. XIX, cayendo en desuso hace un siglo para luego hasta ser mal vista.
El periodista Zeda y Lluís Masriera acabaron enternecidos al valorar los que había en la Bonanova, no sin antes quedar abrumados por su tosquedad e ingenuidad, fruto de unos navegantes, en su mayoría gente sencilla y analfabeta, que vivían su cristianismo conforme a sus propias creencias algo alejadas del clero y los cultos al uso. Sus tablillas describían lo que les había pasado y lo agradecidos que estaban al Santo o Virgen al que se habían encomendado. Así de simple, en unos tiempos en que navegar conllevaba riesgos enormes de modo que en la mar se alternaban la oración y la blasfemia cuando venían mal dadas, cuando antes de zarpar se encomendaban a su religiosidad y a la vuelta se cumplían las promesas, sea con exvotos o, lo que era más normal, con velas, flores, donativos e incluso censales al morir.

Hoy todo eso es tan relativamente pretérito como sus concomitantes dichos: “El mar/enseña a rezar”; “No vaya por mar/quien no sepa rezar”; “Quien quiera navegar/que aprenda a rezar” … Variaciones sobre el mismo tema para sentir un asidero siquiera espiritual en momentos de zozobra. Era algo tan íntimo que esta costumbre religiosa no dependía inicialmente de las iglesias y cofradías. Se prometía en el ámbito privado, si bien se cumplía por gratitud y devoción en un sitio público para que perdurase durante mucho tiempo a la vista de todos, de modo que una contribución pictórica/narrativa personalísima contribuía a la memoria colectiva y a acrecentar las creencias de la comunidad. (“The Vivid Ex Voto: Divine Healing, Publicness, and Self-Health-Expresssion”, Ana Morcillo Pallarés, 2022).
Otra costumbre religiosa especialmente popular en Cataluña fue recitar, en ocasiones también cantar, una larga oración en verso para alabar y reclamar su apoyo al santo de su devoción. Son los llamados gozos (goigs en catalán) que se imprimían a una cara en hojas volantes. Fueron tan comunes que todas las advocaciones tenían dedicado alguno, si no varios, a nada que fuesen algo popular. Por supuesto, también los relacionados con los navegantes a través de sus cofradías, ermitas y santuarios. El texto era anónimo, salvo excepciones porque los hubiesen escrito autores conocidos, caso de Jacinto Verdaguer con sus gozos a la Virgen de la Merced y a la Virgen de Montserrat.
Los gozos a los patrones y protectores de la gente de mar se atenían al cliché general de ensalzarles, invocarles protección y reseñar aspectos de la biografía del Santo, haciendo hincapié en los peligros del mar (tormentas, rayos, incendios…) y su intercesión para su salvación personal física, que no tanto espiritual. Que se imprimiesen y se reimprimiesen por miles y sin pretensiones estéticas confirman la aceptación que tuvieron para celebrar a sus patrones, en especial sus días festivos, que en el barrio de la Ribera fueron el dos de junio (San Elmo) y el 29 de junio (San Pedro) con sus correspondientes festejos populares de bailes y saraos en calles adornadas, fuegos artificiales, cucaña… similares a las actuales fiesta mayor de los barrios.

Dichas fiestas también se celebraron inicialmente en la Barceloneta, aunque en vez de San Elmo, festejaban San Telmo (14 de abril). Víctor Balaguer lo describe: “Sabido es que San Telmo es el patrón de los marinos. Antiguamente, en el día de este santo, la calle de este nombre [en la Barceloneta] se adornaba con flores, guirnaldas y colgaduras y los marinos celebraban con gran ostentación y algaraza las fiestas de su patrón” (“Las calles de Barcelona”, 1865). En el caso del patrón de los pescadores, además se procesionaba a San Pedro por la playa. La actual celebración del Día del Carmen en la Barceloneta (16 de julio) vendría a rememorarlo, todavía sin ser desamortizada para atraer turistas, como sí sucede en algunas fiestas marineras de Cataluña que siguen la tradición, pero cada vez más despojadas del componente religioso.
Tales festividades eran propicias para bendecir los elementos de trabajo, incluso llevando para ello al altar los aparejos de pesca y de salvamento. Si bien, por entonces la tónica general era bendecir todo. No menos los barcos con ocasión de su botadura en la costa de Barcelona, con su específico ritual religioso de misa y padrinos, con personalidades locales, carpinteros de ribera y sus familiares, con banquete, chucherías para los niños…, al menos en el caso de buques de gran tonelaje.
Valga destacar la bendición de las aguas del pozo de San Elmo abierto al menos hasta 1826, aunque por entonces ya se le llamaba San Telmo. Estaba en la parte más próxima de la Barceloneta al Pla de Palau y con ocasión de la festividad de este Santo los presbíteros de Santa María del Mar bajaban al arenal para bendecir las aguas y repartirlas gratis ese día, lo cual aprovechaban los navegantes para baldear sus botes y enseres, como si de un sortilegio se tratara. No tanto por ser agua bendecida, sino por el esmero de que alcanzase todo, no solo de manera simbólica. Quienes considerasen ignorante y de escasa consideración social a la gente de mar este proceder encajaría con una superstición, cuando venía a ser lo mismo, aunque en fino, que la aspersión con el hisopo con que se bendice a los feligreses en el interior de las iglesias.
Cierto es que había supersticiones que contaminaban las creencias de los navegantes. Una de ellas era la relacionada con la maqueta de la galera que colgaba de un alambre de la bóveda de la catedral de Barcelona y estaba relacionada con la honda devoción que le profesaba la cofradía de pescadores del Cristo de Lepanto/Cristo de la galera de Austria. Había cófrades que antes de salir a faenar acudían a ver qué dirección marcaba la proa de la maqueta creyendo que indicaba el rumbo donde había pesca. La Iglesia no tuvo más remedio que fijar la maqueta con otro alambre para que no se moviese.
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