Deambulando por el barrio barcelonés de la Marina me topé en la puerta de la parroquia Virgen del Puerto con el pictograma de una mano sosteniendo un barco, debajo la cifra 1000 y a un lado la imagen esquematizada de una Virgen María con el Niño Jesús en un brazo y en el otro un barco velero. Entré en la iglesia. En el altar estaba la estatua de la Virgen del Puerto y supe que sus feligreses habían celebrado en 2018 los mil años de dicha advocación. Parecía sugerente indagar cómo había evolucionado la devoción de los marinos en Barcelona desde que en su primer puerto, al abrigo de Montjuic, pudieron encomendarse hace un milenio a la Virgen que presidía la capilla del cercano castillo al pie de la montaña.
Sugerente, sí; difícil, también, y mucho más de lo previsto incluso aceptando que el tema era extenso, complejo e inédito. Me bastó con visitar los centros religiosos de Barcelona más relacionados con la gente de mar para asumir que no podía contar con ningún archivo, salvo el del monasterio femenino de San Antonio y Santa Clara que desde 1236 estuvo en el barrio de la Ribera, luego en el Palau Real (1725-1936) y que en 1952 acabó en plena sierra de Montserrat una vez renombrado Sant Benet.

Las guerras, las desamortizaciones y, sobre todo, el paroxismo anticlerical de 1835, 1909 y 1936 se llevaron por delante vidas de religiosos y feligreses, además de retablos, archivos, exvotos… llegando incluso a destruir numerosos templos y conventos. Las pérdidas del patrimonio marítimo fueron colosales e irreparables en la basílica de Santa María del Mar y en las parroquias de San Miguel del Puerto (Barceloneta), de la Virgen del Puerto (La Marina) y de la Santa Madrona (Poble Sec); también en el santuario de La Bonanova (Sarria-San Gervasio) y, aunque en menor medida, en el monasterio de San Antonio y Santa Clara (Palau Real), todos ellos lugares preferentes de culto para la gente del mar.

Quedaba sacar partido del archivo de San Benet, proveniente del convento San Antonio y Santa Clara, desde 1513 monasterio benedictino con el mismo nombre hasta 1936. No pudo ser del todo porque al menos hay que saber latín en el sentido literal de traducir lo que concierna, amén de dedicarme a ello en demasía, lo cual no es mi caso. Con buen criterio, la hermana archivera Coloma Boada e Irene Brugués, archivera de ACUB, nos habían preparado algunos legajos esenciales sobre la devoción de los marinos a su patrón San Elmo, cuya cofradía estuvo en la iglesia conventual de San Antonio y Santa Clara (en la Ribera, luego en el Palau Real). Fue lo que encontramos Juan Zamora Terrés y yo en una salita tras llegar al monasterio y saludar a la abadesa Maria del Mar Albajar, a quien conocía por sus convincentes charlas en YouTube.
Aparte de lo consultado in situ, he leído también los trabajos de investigación de ambas archiveras y los de Nuria Jornet, doctora de Historia Medieval por la UB. No tratan de las cofradías que la gente de mar tenía en el convento de San Antonio y Santa Clara; sin embargo, colateralmente aportan al respecto datos sustanciosos, aparte de lo mucho que se puede colegir de lo que han publicado sobre el convento en relación con el origen familiar de las monjas, con el comercio marítimo y los centros de poder de la ciudad.

La otra fuente clave para solventar en parte la desaparición de los archivos relacionados con la gente de mar es el trabajo de Francisco de P. Colldeforns Lladó: “Historial de los gremios de mar de Barcelona (1750-1865)”, publicado en 1951, quien recurrió a los tediosos protocolos notariales y escribanías de Marina. Su ingente esfuerzo y oficio explican su excelente obra. Abarca un periodo clave, desde la incipiente crisis de los gremios/cofradías a su desaparición y suplantación por entes sociolaborales sin monopolios ni confesionalidad. También hubo que contar con los archivos de la ciudad de Barcelona (moderno e histórico), más el diocesano, y preguntar qué podría sonsacarse del catedralicio. En total, lo necesario, con lo obtenido en las bibliotecas y otras fuentes, para publicar en NaucherGlobal un modesto trabajo en diez artículos, sin las pretensiones de un libro y, menos aún, de una tesis doctoral sobre la devoción de la gente de mar durante los remotos siglos.
Tampoco fue fácil documentarme sobre el periodo que va a partir de finales de siglo XIX o de principios del siglo XX. Los archivos de la Casa del Mar, del Instituto Social de la Marina, de la Comandancia militar de la Marina… acabaron en Madrid y por ahora no merece la pena desvelarse y viajar expresamente para ello. Como tampoco recurro a un museo marítimo que aborrezco.
Otra imponente dificultad añadida para investigar este tema es la secular invisibilidad de la gente de mar. Tanto hoy como siempre es como si no existiese, dejando así escaso rastro documental. Más aún de sus sentimientos religiosos desde que la secularización los ha ido achicando, el número de marinos y pescadores ha caído en picado, han desaparecido colectivos que durante siglos pertenecieron a la gente de mar, y los hay que desde hace tiempo se consideran profesionales solo relacionados con las actividades portuarias y el comercio marítimo. Además, los crecientes grupos del sector marítimo dedicados al ocio y/o deporte, incluido los profesionales, encajan de otros modos con el sentido de pertenencia de los marinos y pescadores tradicionales.

Por si fuera poco, hay que lamentar que últimamente los buscadores de internet han capado las páginas de libre acceso primando las comerciales y limitando al mínimo las entradas en comparación a cuando parecían casi ilimitadas. El Google Académico es menos que un mal remedo. Se entiende porque hay que rentabilizar las inversiones tecnológicas, pagar a los autores y editoriales de los trabajos de investigación y ahorrar en los costes energéticos que conlleva ofrecer una amplia disponibilidad y trasmisión de información.
A modo de presentación
El título de este trabajo es pretencioso. No está al abasto de nadie ofrecer cómo era y evolucionó durante mil años la devoción de la gente de mar; y menos en lo referente a los sentimientos religiosos personales y familiares de los marinos, inalcanzables salvo por sus expresiones de devoción popular. Siendo posibilista, trato sobre todo de las cofradías/gremios, de sus santos patronos, fines, costumbres, fiestas, donaciones… y también de cómo esa devoción ha devenido hoy en Barcelona a una religiosidad en bajamar escorada y apenas afiliada a las organizaciones religiosas.
El primer artículo trata de las cofradías que la gente de mar tuvo durante siglos en el convento de San Antonio y Santa Clara, con gran relevancia hasta finales del S. XVIII. Lo cual no se comprende sin resaltar que esta comunidad de clarisas se fundó en 1236 a orillas del mar, hoy en la Ciudadela, cuando a su lado el comercio marítimo se afianzaba imparable y todavía faltaba un siglo para que se alzase la basílica de Santa María del Mar. Su temprana y privilegiada ubicación, unido al excepcional apoyo que obtuvieron por parte de los reyes, de los obispos y de los mercaderes del Born propiciaron que la gente de mar pudiera contar para sus rezos, fiestas y asambleas con un cercano centro fuera de lo común, que velasen por su religiosidad y encima les prestigiara.
La historia de la comunidad de Santa Clara fue pareja con las vicisitudes de los gremios de mar. De hecho, su iglesia la copaban en buena parte las capillas de sus tres principales cofradías: la de San Elmo (navegantes), la de San Pedro (pescadores) y San Juan Bautista (carpinteros de ribera). Otra capilla, la dedicada a Nuestra Señora de los Esclavos, era de la hermandad para el rescate de sus cautivos que habían creado las tres cofradías mencionadas.
La secular relevancia que tuvieron estos tres santos patrones no quita que la gente de mar se encomendara, incluso antes, a otras advocaciones. Como la ya mencionada de la Virgen del Puerto, cuya devoción mantuvieron los marinos hasta mitades del S. XIX y sigue venerada en el barrio de La Marina a pesar de que ha cambiado varias veces de localización por haber sido sus ermitas/iglesias destruidas, por lo general, debido a las guerras.

No es el caso de la devoción a San Nicolás, un arraigado patrón de los marinos en todo el Mediterráneo cristiano, en especial, ortodoxo. Su primera referencia en Barcelona fue el hospital San Nicolás, con su pequeño claustro y estancias aledañas, que estuvo en lo que hoy es la plaza de Medinaceli y fue englobado a mitades del S.XIII por la construcción del convento franciscano, derruido en 1837 para construir bloques de viviendas y tiempo después el Gobierno Militar de Barcelona. Durante estos siglos este convento franciscano mantuvo el patrocinio de San Nicolás y el nombre de su claustrillo. Su vínculo con los marinos de Barcelona lo corroboró el Consulado del Mar al nombrarle uno de sus santos protectores.
La devoción del sector marítimo a la Virgen Santa María del Mar parece obvia. Por de pronto a la construcción de su templo contribuyeron los vecinos del Born, tanto fuesen nobles y mercaderes como sencilla gente de mar, incluidos los míticos bastaixos (esforzados para las operaciones de carga de las naves) que se prestaron incluso a trabajar gratis para trasladar las piedras desde la playa. Su voluntarismo quedó plasmado en piedra y bronce en diversas partes de la basílica, aparte de obtener prerrogativas religiosas y una capilla para Santa Tecla, patrona de su cofradía. Todavía a finales del S.XVIII, la Real Junta particular de Comercio, sucesora del Consulado del Mar, celebraba sus actos solemnes en dicha basílica.
La estatua de Santa María del Mar que preside el altar tiene en su pedestal un barco, réplica de la denominada coca de San Elmo, aludiendo, como en el caso de Santa María del Puerto con su navío en el brazo, al vínculo que dicha advocación tuvo con el sector marítimo. En total son seis las advocaciones que, en la Barcelona actual sin apenas marinos y pescadores, figuran acompañadas de un barco. Las dos Vírgen María aludidas lo ostentan solo desde recientemente; mientras San Elmo, hoy solo presente a cuerpo entero en el altar de San Miguel del Puerto, fue el primero de todos en mantener uno en el brazo.
Los otros tres santos representados en Barcelona con un navío son: Santa Madrona, Santa María de Cervelló (del Socorro) y San Telmo, apodo del dominico san Pedro González. A la gente del mar no les faltaba a quien encomendarse. También fueron devotos de San Raimundo de Peñafort, del Cristo de Lepanto, de Nuestra Señora de la Victoria (del Rosario), de San Antonio Abad… conforme estaban vinculados a diversos gremios de mar y tradiciones.

Merece un artículo aparte la devoción popular de los marinos, como la demostrada con sus exvotos, en especial a la Virgen de La Bonanova, cuyo santuario hacía de ermita para los pescadores de la Barceloneta. De este tenor también sería la bendición anual de las aguas del pozo de San Elmo/Telmo, situado entre el Plan de Palau y la Barceloneta, y su aprovechamiento por parte de los marinos para baldear ese día con esas aguas benditas sus barcos y aparejos a modo de conjura. Y lo mismo vale para las fiestas cívico-religiosas celebradas por sus santos patrones y con ocasión de la botadura de los barcos. Ni que decir tiene que también es devoción popular los Gozos (hojas impresas a una cara con la imagen del santo o Virgen a que se encomendaban la gente de mar y con unos versos que se recitaban y, en ocasiones, se cantaban pidiendo su protección.
Este contexto favorable a la religiosidad de la gente de mar empezó a desmoronarse en la segunda mitad del S. XVIII. La confirmación de dicho vuelco lo recalco al analizar el paso del Consulado del Mar a la Real Junta Particular de Comercio (1758), patente en la construcción de la nueva Lonja del Mar (1802). La de estilo neoclásico encubrió la gótica. No solo arquitectónicamente, también apostando por los valores laicos, expuesto en todos sus ornatos externos e internos del edificio; al extremo de que se demolió la antigua capilla (1752) y se construyó otra en 1773 de la que solo queda el portal de entrada con poco más que el esculpido anagrama de la Virgen María, y que tuvo culto hasta al menos 1833. Luego no se supo de ella, o lo desconozco.
La desafección religiosa de las clases altas muy relacionadas, aún entonces, con el comercio marítimo fue el prolegómeno del sesgo anticlerical del liberalismo del S. XIX y de las consiguientes desamortizaciones, eliminación de los gremios, pérdida de religiosidad en el público que el barroco había copado con procesiones, oratorios, esculturas, hornacinas… y, por ende, la desaparición en Barcelona de las cofradías dejando al pairo la religiosidad de los marinos y pescadores.

La designación de la Virgen del Carmen patrona de la gente del mar (1901), sin menoscabo de otras advocaciones, vino a recoger los restos del naufragio en cuanto a la devoción de un colectivo que se había quedado sin referentes religiosos propios que les encuadrase y velaran por su fe. El noveno artículo va sobre ello. Es asombroso que esta advocación mariana muy popular desde antiguo en Barcelona hubiera estado referenciada al escapulario y a la buena muerte y acabase acaparando la devoción de unas gentes de mar del todo ajenas a la Orden Carmelita y al propio convento/ parroquia de El Carmen (barrio del Raval) de la ciudad. Aún ahora son mundos aparte.
El trabajo lo cierra un artículo sobre cómo, dónde y quiénes celebran en Barcelona el día de la patrona, el 16 de julio. Consiste en coger el pulso del puerto en esa jornada laboral y asistir a los diversos actos que durante el fin de semana próximo conmemoran a la Virgen del Carmen.

