El monasterio de San Antonio y Santa Marta encajó de lleno el asalto final de Barcelona por parte de las tropas borbónicas en la Guerra de Sucesión (11.09.1714). No fue lo peor. Varias hermanas se mantuvieron dentro durante los combates para evitar la ocupación/pillaje de la soldadesca y, de seguido, la comunidad se propuso reparar los daños. Tenía remedio. La catástrofe les sobrevino porque Felipe V les negó la reconstrucción y las despachó sin otra alternativa inicial que ser acogidas en casas particulares. Esto fue el detonante de un viacrucis de 138 años para las monjas benedictinas y del naufragio de las principales cofradías de gente de mar que desde hacía siglos habían estado bajo su amparo espiritual y material en el barrio de la Ribera.
El vencedor había previsto levantar allí la mejor ciudadela de Europa y si no tenía empacho en derribar miles de hogares, menos todavía en expoliar a unas monjas sin valedores. También tenía sus propios planes para los gremios/cofradías: controlarlos, acabando con su tradicional autonomía. Lo que no podía hacer era dejar a las monjas sin compensarlas con un nuevo recinto monacal. Barajó varios sitios y en 1717 aprobó que se alojasen en el Palau Real, con su impresionante sala gótica del Tinell, con el palacio de los Virreyes (hoy archivo de la Corona de Aragón), con la Audiencia de la Santa Inquisición… Sonaba bien, si no fuera porque las propias monjas, al exponer las pérdidas sufridas, consideraban: “nostre monasteri sent ell lo millor edifici de monastirs de religiosas de tota Catalunya”.

Era del todo imposible resarcirlas. Les obligaron a abandonar su esplendoroso y rico monasterio a cambio de unos edificios inconexos y sin adecuar, comparativamente sin espacio, sin los recursos propios que habían tenido (huertas, alquileres, agua…) y, peor aún, que estaban en el barrio de la Catedral, el más pobre y menos dinámico de la ciudad, lejos del mar y de sus feligreses, en vísperas de que el comercio marítimo diese un salto espectacular que hubiese favorecido a las benedictinas de haber seguido en La Ribera o próximas al puerto, tal que en la Llotja de Mar, una de las opciones previstas.
Las primeras dieciocho hermanas y una novicia entraron al monasterio del Palau (29.06.1718) sin solemnidad, acomodándose como pudieron en estancias en obras, un indicio de que no tenían quienes las festejasen ni apoyasen. Por no tener, ni sitio para las novicias; ni iglesia. El Tinell aún estaba ocupado por las tropas y la capilla de Santa Agata, perteneciente al complejo del Palau Real, siguió regentada por los mercedarios. Esta sería la tónica de una comunidad dejada a su suerte y que acabaría vapuleada, traída y llevada por el Trienio Liberal (1820-23), por las bullangas de 1835, por la desamortización (1837), por el liberalismo de sesgo antirreligioso (1869), por la Semana Trágica (1909) y por el estallido de la Guerra Civil (1936).

Las vicisitudes del nuevo monasterio, llamado a secas Santa Clara hasta que en 1952 acabó siendo Sant Benet de Monserrat, no es tema de este artículo (véase nota 1) salvo si tiene relación con las cofradías. La primera consecuencia para ellas fue que, por años de espera y falta de sitio, se dispersaron. La de San Pedro Apóstol, de los pescadores, recaló en el convento San José de los carmelitas descalzos de la Rambla (hoy la Boquería). Los carpinteros de ribera/calafates se acogieron al convento de los Mínimos de San Francisco de Paula (hoy Palau de la Música), manteniendo su patrón, San Juan Bautista.
La cofradía de San Elmo, por aquello de ser la principal y seguir llamándose desde siempre de San Elmo y Santa Clara, tuvo la opción de asentarse en el nuevo monasterio a pesar de que el Tinell no se convirtió en iglesia hasta 1724, el Palau Real estaba a trasmano del puerto y, por si fuera poco, sus estancias para las asambleas no les eran propias y encima les resultaban tétricas por falta de luz. Los marinos nunca se encontraron allí cómodos ni a gusto. Hasta se quejaban de que las sirvientas de las señoras monjas cotilleaban lo que ellos trataban en las reuniones. No les consolaba del todo que tuvieran altar propio y que las monjas hubiesen salvado de la Ribera los ornamentos de la cofradía, junto con lo más valioso que consideraban ellas: los restos de las dos fundadoras, el altar barroco, el archivo, libros incunables…
Los navegantes sentían que habían perdido mucho. Y tampoco esperaban mejorar su suerte en un monasterio tan endeudado que dependía sobremanera de ir cobrando censales (pagos de misas por sufragios), sin el prestigio del anterior e inmerso en el barrio más viejo de Barcelona, nada que ver con lo embellecido que fue mucho después al crearse la plaza Sant Jaume y la Plaza Nueva frente a la Catedral, al abrirse la Vía Layetana y al “gotificarse” en su conjunto a modo de parque temático.
La nobleza y las clases pudientes, también las relacionadas con el mar, apostaban entonces por las zonas de la calle Ancha (navieras, casas señoriales) y las Ramblas (ej. palacios de la Virreina y de Moya). Y los gremios de mar, a falta de espacio en sus nuevos y alejados centros religiosos, montaron sus sedes oficiales en sus barracas que habían ampliado en los arenales bajo la muralla, cerca de la Puerta de Mar. El monasterio de Santa Clara les resultaba desubicado con el acontecer del puerto, y encima carente de alicientes al serles poco atractivo. La prueba fue que la gente de mar encargaba pocas misas, según consta en el archivo con entradas tipo: “Tinch rebut de uns mariners treinta reales por una missa cantada al altar de Sta. Clara”, o esta otra, “tenim rebut de uns mariners set lliures per una misa cantada ab orga y assistens”. Eran tan escasas que solo moteaban algún día que otro los meses en torno a 1859.

Con anterioridad ya eran tantas las dudas de los cófrades de San Elmo que en 1851 se reafirmaron en seguir en Santa Clara a pesar de todo. Sin embargo, pronto escucharon los cantos de sirena que les llegaban desde el cercano convento dominico de Santa Catalina (hoy mercado del mismo nombre), ofreciéndoles para sus juntas y asambleas el Aula de Filosofía, más una capilla propia en la iglesia conventual, aunque compartida con el dominico San Vicente Ferrer.
La oferta era irresistible a pesar de que, barriendo para casa, suplantaba en parte a San Elmo por San Telmo, santo dominico, también patrón de los navegantes muy aclamado como tal en buena parte de las costas españolas, aunque no en Barcelona. La confusión entre ambos santos que nada tenían que ver entre ellos por su origen, época y apostolado, ha pervivido hasta hoy a modo casi de resultar indistintos.
El convento de Santa Catalina también les ofreció ornamentos y objetos litúrgicos para los oficios, bancos, tumbas para los cófrades y, para más facilidades la capilla de San Telmo/Elmo estaba la primera a la derecha, lado de la epístola, justo al entrar, de modo que incluso tenía acceso directo desde la calle a través de un oratorio pegado a la fachada. No por ello la cofradía se desvinculó del monasterio de Santa Clara. Se mantuvo ambivalente. Para colmo, la inauguración de la iglesia de San Miguel del Puerto en la Barceloneta (1755) supuso tener otra sede más para las tres cofradías que habían estado hasta 1714 en La Ribera. Incluso esta última sede era perentoria porque el Marqués de la Mina, capitán general de Cataluña, les pidió a los gremios de mar contribuir a la construcción de dicho templo y que sus cofradías pasasen al mismo.

Estas salieron del paso celebrando sus fiestas y juntas tanto en sus sedes conventuales como en San Miguel hasta que las bullangas de 1835 y las subsiguientes desamortizaciones no les dejaron otra opción que la iglesia de la Barceloneta. De los quince conventos e iglesias que había en la Rambla solo quedaron dos. También fueron exclaustrados los religiosos, titulares de cofradías de gente de mar, de Santa Catalina, de San Francisco de Paula y de Santa Clara, con la salvedad de que las benedictinas volvieron al Palau Real en 1855 gracias al concordato firmado con la Santa Sede cuatro años antes. Para entonces, la cofradía de San Elmo apenas era para ellas un recuerdo.
Hacía décadas que los navegantes habían empezado a desentenderse en Santa Clara de la festividad de su patrón y a celebrarlo en San Miguel del Puerto. El monasterio había perdido la exclusividad que tenía como sede de la cofradía de los navegantes, había visto que el patronazgo de San Elmo era cuestionado y suplantado por San Telmo y no podía contar con los poderes públicos para que participasen en los tradicionales oficios y fiestas. La Real Junta Particular de Comercio carecía del fuerte sesgo religioso de su predecesora el Consulado del Mar y las nuevas autoridades ya les habían demostrado lo nada que les importaba lo referente a las benedictinas, a las que que habían despojado.
Últimos oficios solemnes por San Elmo
El culto de San Elmo fue languideciendo en Santa Clara y a finales del siglo XVIII dejaron de celebrar su festividad de modo relevante. Y lo hicieron no el día del patrón, el dos de junio, sino al domingo siguiente:
“Mañana Domingo día 5 el Gremio de Mareantes de San Elmo y Santa Clara celebra solemnes Cultos en la Iglesia del Real Monasterio de Nobles Señoras Religiosas Benedictinas de esta ciudad, tributan a su Patrón San Elmo un solemne Oficio a las diez de la mañana, con asistencia de la Música de Santa María del Mar y Sermón que predicará […]; y por la tarde habrá Oratorio con asistencia de la misma Música”. (Diario de Barcelona 04.06.1796)
Un año anterior, el patrón de los marinos se había celebrado igual, solo que por la tarde después del oratorio se dio fin a los rezos con los Gozos a San Telmo. Es decir, nada de celebrar vísperas y dos días más, ni presencia de autoridades ni fiestas populares. Es probable que estos fueran los últimos oficios solemnes por San Elmo en el monasterio de Santa Clara. A partir de entonces, lo conmemoraron sin tanta ceremonia hasta 1835, o nada cuando fueron exclaustradas durante el trienio liberal (1820-1823). Lo corrobora la crónica “14 de abril de 1848 – Fiesta de San Telmo en San Miguel del Puerto”, ya no de San Elmo.

“… y aunque el templo de Santa Clara ha vuelto a abrirse, no se ha restaurado la antigua costumbre, y los marinos continúan festejando a su abogado en la iglesia de la Barceloneta [el domingo siguiente si cae en día laboral], que consiste en un oficio a media orquesta. Antiguamente la solemnidad era mucho mayor, asistían a los oficios los directores y prohombres del gremio, y este hacía demostraciones de alegría; más hoy todo eso ha perdido mucho más de la mitad de su antiguo lucimiento” (Juan Cortada, “El libro Verde de Barcelona”)
El punto final de la devoción de las cofradías de la gente de mar en Santa Clara lo redacta Ramón N. Comás:
“En la iglesia de Santa Clara y en la Barceloneta todavía subsisten los altares de San Telmo, pero lo que es el gremio o la hermandad, sí que hace años que no da señales de vida, al menos en fiestas religiosas ni profanas” (“Lo Pensament Catalá”, 14.04.1901).
Cinco días después de publicarse este texto, la reina María Cristina y el ministro de Marina refrendaron la Real Orden que proclamaba a las Santísima Virgen del Carmen patrona de la Armada Española, lo que habría de devenir también de las cuatro marinas (militar, mercante, pesca y deportiva).
El naufragio de las cofradías de mar de Santa Clara se debió a causas más profundas que las expuestas aquí. Las autoridades borbónicas se inmiscuyeron tanto en ellas que llegaron a presidirlas y a convocarlas en sus sedes. Fue un cambio radical. Las juntas y asambleas de los hombres de mar dejaron de celebrarse en los centros religiosos y la elección anual de sus prohombres y cargos, que solían hacerse el día del patrón, ya no dependió de ellos mismos. Fue un ordeno y mando que las desnaturalizó. Es el caso de la Matrícula de Mar (1751) y su Reglamento Muñoz (1786) que pusieron y condicionaron a los marinos civiles al servicio de la Armada. Todavía fue más determinante para las cofradías los cambios que desencadenó la Revolución Francesa prohibiendo los gremios (1791), a lo cual se sumaron las Cortes de Cádiz (1813) y, a pesar de los altibajos, supuso en 1864 el fin de los gremios y sus cofradías de la gente de mar. Temas que son para otros artículos.
NOTA- 1 En internet: Acub.cat “Credits – Monges a Palau”, de Boada Coloma e Irene Brugués. Es un esmerado trabajo, completo y profusamente ilustrado y documentado por cuanto ambas son las archiveras del fondo documental del monasterio de Sant Benet de Monserrat.
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