Hay objetos que llegan a una casa y terminan formando parte de la familia. Nadie recuerda exactamente el día en que entraron por la puerta. Simplemente siempre estuvieron allí, mezclados con los muebles, con la luz de una ventana o con el olor de una habitación. De niños aceptamos esas presencias con la misma naturalidad con la que aceptamos el sonido del viento o la existencia del mar. No sentimos la necesidad de preguntar de dónde vienen. Nos basta con saber que están.
En el salón de casa había un cuadro.
Colgaba sobre el sofá, frente al balcón desde el que se veía el puerto. Nunca fue un cuadro fácil. Sobre un fondo negro crecían unas formas azules que unas veces me parecían espuma rompiendo contra las rocas y otras raíces, ramas desnudas o el dibujo que deja la marea cuando se retira de la arena. Cuanto más tiempo lo miraba, menos seguro estaba de lo que veía.
Por la noche ocurría algo que todavía hoy sigo recordando.
El faro recorría el puerto y, durante apenas unos segundos, tres destellos atravesaban el salón y se deslizaban sobre la superficie del cuadro. La pintura cambiaba. O quizá cambiaba yo. Pero esos tres fogonazos lo cambiaban todo y el cuadro cobraba otra vida distinta.
Jamás pregunté de dónde había salido.
En casa casi todo tenía relación con el mar. Mi padre había sido oficial de máquinas de la marina mercante. Mi madre había viajado como pasaje en uno de aquellos barcos donde ambos se conocieron. Mucho antes de que yo naciera, el mar ya había decidido cruzar sus caminos. Con los años, cuando mi padre dejó de navegar y eligió quedarse en tierra para formar una familia, el mar siguió entrando en casa de otras maneras.
Llegaban cartas náuticas. Instrumentos rescatados de barcos destinados al desguace. Un viejo telégrafo ruso cuyo timbre todavía sonaba cuando movíamos la palanca. Dos enormes manguerotes de ventilación instalados en la terraza apuntando obstinadamente hacia el puerto. Objetos que parecían negarse a desaparecer en el olvido.
Mi padre nunca había coleccionado cosas. Rescataba vidas.
O, al menos, la memoria de esas vidas.
Quizá por eso aquel cuadro nunca me llamó especialmente la atención. Era simplemente otro objeto llegado del mar.
Muchos años después descubrí que estaba equivocado.
La esclerosis múltiple fue estrechando poco a poco el mundo de mi padre. Después de romperse el fémur, ingresó en el hospital y ya no volvió a salir. Durante casi dos años hablamos mucho. O quizá sería más justo decir que escuché mucho. Conforme el cuerpo iba retirándose, los recuerdos parecían ocupar cada vez más espacio. Volvían puertos olvidados, nombres de compañeros, tormentas, guardias interminables y pequeñas historias que nunca antes habían encontrado el momento de ser contadas.
Una tarde, casi distraídamente, le pregunté:
—¿De dónde salió aquel cuadro?
Sabía que se lo había regalado un pintor. Sabía que el viaje había sido entre América Latina y España. Sabía incluso que aquel hombre había estado experimentando con una técnica nueva que había recibido críticas demoledoras. Pero nada más. Eran datos que a lo largo de los años mi padre había ido plantando como pequeñas semillas.
Guardó silencio, como buscando algún resorte que activara el recuerdo que estaba a punto de compartir.
Después empezó a hablar.
Llevaban ya varios días de navegación rumbo a España. Había terminado su guardia en máquinas y subió a cubierta buscando un cigarrillo antes de dormir unas horas. Imaginé aquel momento con el mismo olor que recuerdo de los años en los que mi madre y yo le acompañábamos a bordo de aquellos mercantes: gasóleo caliente, aceite, metal, tabaco y sal. Un olor difícil de explicar, pero imposible de olvidar para quien lo ha respirado alguna vez.
El barco avanzaba con esa calma engañosa de las largas travesías oceánicas. Con el motor marcando un pulso constante bajo los pies y el viento que se llevaba cualquier conversación antes de que terminara de pronunciarse.
Entonces vio a un hombre.
Estaba solo, apoyado sobre la borda.
El hombre lanzó un bulto al mar.
Esperó unos segundos. Después levantó otro.
Mi padre siguió caminando. No porque sospechara que ocurría algo grave. La curiosidad, simplemente, siempre le hacía caminar un poco más despacio.
Cuando llegó hasta él, le ofreció un cigarrillo.
Los dos fumaron un momento sin hablar.
Me gusta pensar que así empezaban muchas conversaciones en los barcos. Compartiendo antes el silencio que las palabras.
—¿Qué está tirando?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Mis cuadros.
El desconocido le explicó que era pintor. Se llamaba Raúl Tabares y era canario. Volvía de una exposición en América. Durante los últimos años había intentado alejarse de la pintura que todos esperaban de él para buscar otra cosa. Una forma distinta de trabajar la materia y la luz. Él creía que estaba avanzando hacia el lugar donde por fin podría pintar lo que sentía. Al parecer, los críticos pensaban exactamente lo contrario.
Las obras que llevaba consigo representaban ese fracaso. Por eso las estaba arrojando al mar.
Nunca supe cuánto hablaron después y de qué.
Mi padre jamás fue un hombre de reproducir conversaciones. Recordaba los gestos mucho mejor que las palabras. Me gusta imaginar que hablaron de la mar. Del viaje. Del oficio. De la obstinación necesaria para dedicar una vida entera a un sueño que rara vez se cumple como uno lo había imaginado.
Sé que en algún momento Tabares desenrolló uno de los lienzos que todavía conservaba.
Mi padre lo sostuvo entre las manos.
No buscó entenderlo.
Solo lo miró.
Y eso, a veces, basta.
—Quédeselo.
Mi padre respondió que no podía aceptarlo.
El pintor insistió.
—Si acaba ahí abajo desaparecerá para siempre. Si se lo lleva usted, seguirá existiendo.
Mi padre volvió a su camarote con un lienzo enrollado bajo el brazo.
Siempre me ha gustado imaginar que aquella conversación cambió algo más que el destino de un cuadro.
Quizá Tabares, después de regalar aquel lienzo a un desconocido que lo había mirado sin juzgarlo, dejó de lanzar los demás al agua. Nunca lo sabré.
Tal vez el Atlántico conserve todavía algunos de aquellos cuadros convertidos en partículas de un sueño roto y arrastrado por las corrientes. O tal vez aquel gesto interrumpió una despedida. Me gusta pensar que sí.
Mi padre murió pocos meses después de contarme esta historia.
Al volver a casa y sentarme con mi madre en el salón, el cuadro seguía donde había estado siempre.
Me senté delante de él como hacía de niño y comprendí que aquel lienzo nunca había sido solamente un cuadro. Era la huella de un encuentro entre dos hombres que jamás imaginaron que, muchos años después, alguien seguiría recordando aquella conversación.
Desde entonces, cada vez que camino por un puerto o salgo al mar con una cámara, pienso que fotografiar quizá no consista tanto en buscar imágenes como en reconocer aquello que merece ser salvado del olvido.
Porque el mar transporta barcos, mercancías y personas.
Pero, de vez en cuando, también trae hasta nosotros historias que solo sobreviven si alguien decide detenerse a escucharlas.
Jan Latussek
Marine & Maritime Photography · Filmmaking
Visual storytelling for shipyards, harbours, yachts & life at sea

