Salvo por la nueva estatua de San Miguel colocada en su hornacina (1992), la fachada barroca de la iglesia San Miguel del Puerto sigue como la dejaron los anticlericales milicianos en 1936, sin signos religiosos: desacralizada. Faltan la cruz que presidía el templo y sus remates decorativos que la escoltaban, las dos campanas y las estatuas de San Telmo y Santa María de Cervelló que mantenían cada uno un barco en el brazo por ser protectores de la gente de mar. Son dos de esas advocaciones, hoy olvidadas, que durante siglos gozaron de la devoción de los marinos en Barcelona, al igual que Santa Madrona, también representada con un barco en el brazo, y, en menor medida, San Raimundo de Peñafort.
Coinciden en que vivieron la misma época, entre 1175 a 1290, salvo Santa Madrona muerta en el año 300. Tres de ellos son considerados barceloneses con similar auge y caída en la devoción de la gente de mar. Recibieron culto canónico solo siglos después para decaer conjuntamente su popularidad religiosa con la crisis de las cofradías y la secularización de las costumbres.

Santa Madrona, de la leyenda al olvido
Santa Madrona es una virgen y mártir que murió en el año 300 y no se le rindió culto público ni se redactó su hagiografía hasta doce siglos después. Su vida es mucho más una leyenda que fruto de la tradición. Dicen que nació en Montjuic, quedó huérfana, marchó con su tío hacia Roma y acabó esclava en Tesalónica sirviendo a una dueña hebrea que la mató por ser cristiana. Es fantástico que, allá por la Edad Media, el barco que traía su cuerpo santo a Marsella acabó frente a la costa de Montjuic a causa de un temporal y no había forma de que reemprendiese el viaje a Marsella. Los marineros sacaron la conclusión que la Santa quería quedarse allí y la depositaron en la ermita de San Fructuoso (documentada en 1048), supuesto lugar próximo al de su nacimiento.

Tanta devoción le tenían las gentes de mar que dicha ermita se llenó con sus exvotos y acabó llamándose Santa Madrona (1403). Su devoción se consolidó con la imprenta cuando su imagen se presentó para siempre con el atributo de portar un barco velero. El Libro del Consulado de Mar, edición de 1518, contiene dos grabados de la santa y la nombra entre los patrones e intercesores de los navegantes, junto con San Elmo, San Nicolas, San Antonio y Santa Clara. Seis años después, con la publicación de la vida de santos catalanes Flos Sanctorum, su leyenda acabó cada vez más hagiográfica, conforme a una época en que a los devotos les encantaba saber su vida y milagros, ni que fueran especulaciones, y más si se les aseguraba que la santa era de Barcelona y su cuerpo santo se podía venerar en la ciudad. Se desató el fervor popular y en 1530 se sacó su cuerpo en procesión para que la santa intercediera contra la peste.
El Consejo del Ciento logró en 1564 que fuera declarada, con Santa Eulalia, copatrona de la ciudad y día festivo (15 de marzo), y tuteló su culto apoyando a las órdenes religiosas que de continuo gestionaron su ermita o convento de Montjuic; y desde 1723 a 1835 en el convento capuchino de la Rambla (hoy Plaza Real/esquina calle Ferrán). Así que de intercesora de los navegantes pasó a ser ante todo taumatúrgica protectora de la ciudad contra la sequía, las epidemias, las plagas, la defensa de la ciudad…, para lo cual incluso las autoridades municipales procesionaban con toda solemnidad su cuerpo santo entre la ermita/convento de Montjuic y el centro de Barcelona pasando por el portal de Santa Madrona, hoy la única puerta que subsiste de la antigua muralla.

La devoción de la gente de mar por Santa Madrona debió quedar en segundo plano con los gozos (versos en alabanza) a la santa rezados durante el barroco intercediendo por los navegantes. Cayendo para los barceloneses en el olvido con el liberalismo de sesgo antirreligioso, con las desamortizaciones, con la secularización y, no menos, con las fiestas populares de la Virgen de la Merced como única patrona de Barcelona (1868, siendo concejal de Cultura Rius i Taulet).
Cuenta desde 1888 con la iglesia neogótica, apodada la catedral de Poble Sec, donde fue a parar el cuerpo de la Santa y que la Semana Trágica lo redujo a cenizas (1909), salvándose una reliquia. La iglesia volvió a ser vandalizada en 1936 y hoy da culto a la Santa con una nueva estatua en el altar que resalta su origen marinero.
También cuenta con una sencilla ermita en las inmediaciones del palacete Albéniz, en Montjuic, construida en 1734 sobre las ruinas del convento Santa Madrona que fue arrasado en 1713 en la Guerra de Sucesión. Sin olvidar la pequeña escultura de la Santa que hay en la hornacina del portal de Santa Madrona que mira a las Atarazanas. Por fortuna, la política de recuperar las tradiciones ha revivido las fiestas populares de varios días en honor a esta santa, organizadas en marzo o abril (cuarto domingo después de Pascua) por entidades del barrio además de la parroquia, cuyo acto central es la romería a la ermita/misa y comida vecinal en las inmediaciones.
Su simpático cartel de fiestas que desdibuja la imagen de la santa, identificable por el barco en su mano, plasma su modernidad cada vez más ajena a lo religioso. De su época dorada como copatrona de Barcelona, Santa Madrona pervive en el nomenclátor, en vidrieras (Ayuntamiento) y en los frescos de varias capillas. No así en los nombres de pila de las barcelonesas, ni en la devoción de los marinos.

Santa María de Cervelló, un anhelo aristocrático
Santa María de Cervelló (1230-1290) es una protectora de la gente de mar en Barcelona a pesar de que, por lo que ha trascendido, no acogió cofradías de marinos, ni estos le llevaron constantemente exvotos en agradecimiento, ni participaban con notoriedad en su festividad (19 septiembre). Y eso que su cuerpo incorrupto está desde siempre en la basílica de la Merced, más pegada al antiguo puerto comercial que Santa María del Mar, Santa Madrona o lo estuvo San Elmo y otros santos intercesores de los navegantes.
Algo no cuadra. También porque su imagen preside, solo con las de San Miguel Arcángel y San Elmo, el restaurado altar de la parroquia de San Miguel del Puerto (1965), cuando más le correspondería a un San Telmo con mayor proyección entre los marinos. O por qué no, a la Virgen del Carmen, actual patrona, o a San Pedro, arraigado patrón de los pescadores y con cofradía que tuvo en este templo de la Barceloneta al tiempo que en convento carmelita de la Rambla. El altar de dicha parroquia quizás intenta resarcir a los dos santos que presidieron su fachada hasta que en 1936 fueron derribados por los milicianos, aunque confundiendo a San Telmo con San Elmo.

La explicación de este aparente desatino entre la devoción de los marinos y Santa María de Cervelló, apodada María del Socorro, está en el origen y mantenimiento de su culto relacionado con la élite de Barcelona: la familia noble de ella, la Orden un tanto aristocrática de la Merced y el sesgo de las autoridades de la ciudad en el contexto de la Contrarreforma. Que no haya apenas referencias históricas de la devoción a esta santa no indica que la gente de mar no la venerase, sino que debió ser en bastante menor grado y popularidad que a otras advocaciones a pesar de que le dieran pábulo su Orden de la Merced y los descendientes de los Cervelló. Desde luego no fue una santa que surgiese del pueblo marinero, ni que su culto se iniciara en alguna modesta ermita de pescadores próxima a la costa.
Santa María del Socorro nació en el seno del linaje de los Cervelló, según la tradición en el palacio hoy conocido de los Dalmases (calle Montcada 20), y con 35 años hizo los votos de la Orden de la Merced, fundando su rama femenina. Su primera biografía beatífica, terminada en 1420, encaja en los estereotipos de una beata dedicada a las buenas obras, en especial con los más pobres porque incluso antes de hacerse monja se desvivió por ellos en la casa-hospital de Santa Eulalia, matriz de la iglesia-convento de la Merced. De aquí su sobrenombre del Socorro.

Su relación con los navegantes, que le valió el atributo de portar un navío en su mano, se debe a los milagros que hizo para salvar, al menos, a dos barcos metidos en plena tormenta. Uno de ellos en vida, cuando apareció sobre las alas del viento para evitar un naufragio calmando las aguas a pesar de estar al mismo tiempo rezando en el convento (bilocación). Y el otro, según atestiguaron dos frailes de la Merced que en 1291 volvían de rescatar cautivos en Argel, su barco se salvó en una tormenta tras haberse encomendado ellos a la santa. La leyenda de los milagros que amainaba los temporales animaba a que los marinos le intercedieran antes de salir a navegar y que la colmasen de exvotos. También se le atribuye que en 1617 aplacara el vendaval marítimo que amenazaba con inundar la calle Ancha de Barcelona.
Otra faceta de Santa María del Socorro relacionada con los marinos es la liberación de los cautivos, en su gran mayoría gente de mar desde el S.XVII a principios del S.XIX. De hecho, hay imágenes de la santa que la representan con un barco en una mano y unos grilletes en la otra recalcando su pertenencia a la Orden de Nuestra Señora de la Merced y de la Redención de los Cautivos, razón de ser de esta congregación desde su propio nombre, pues en sus orígenes “hacer merced” significaba redimir a los cautivos cristianos. También realizaban esta labor en Barcelona los Trinitarios (convento donde hoy está El Liceo) y la Hermandad de los Esclavos creada por las cofradías de navegantes, pescadores y carpinteros de Ribera. Pero los mercedarios/redentoristas contaban con la ventaja de estar mejor relacionados con los mercaderes, quienes tenían contacto directo con los puertos sarracenos y, por tanto, conocían los cautivos/esclavos que había, las condiciones que exigían sus captores para ser rescatados y los viajes previstos para ir y volver con seguridad. Sería otra explicación del atributo del barco que lleva la Santa, pues los rescates solían hacerse por mar.
La rama femenina de la Merced no participaba en los rescates yendo a tierras lejanas, aunque sí gestionándolos en Barcelona, dado que sus monjas también hacían el voto específico de la Orden de redimir a los cautivos. Y siendo mercedaria Santa María del Socorro, sobraban razones para que la gente de mar pidiese su intercesión habida cuenta de que era su protectora. Uno de ellos fue el ilustre marino Sinibald Mas i Gas (1736-1806), fundador y primer director hasta su muerte de la Escuela Náutica de Barcelona (1769). Siendo joven tuvo la mala suerte de ser apresado por los ingleses justo empezar a navegar como oficial. Y al poco de ser liberado cayó cautivo de los corsarios argelinos que le embarcaron con ellos seis años hasta que fue rescatado por mediación de los mercedarios, aunque fue la cofradía de Sant Elmo de su pueblo, Torredembarra, la que contactó con los mercedarios y pagó el rescate.

Prodigios e intercesiones aparte, Santa María de Cervelló tuvo culto local desde que en 1290 fue enterrada en la capilla de Santa Marina en la iglesia, entonces gótica, de La Merced. Como también lo tuvieron las monjas clarisas Clara de Janua e Inés de Peranda, fundadoras del Convento San Antonio y Santa Clara (1236). La diferencia es que estas dos, al contrario que la primera, nunca fueron canonizadas por más que lo intentaron sus devotos. La razón última fue que no contaron con apoyos poderosos en unos siglos en que subir a los altares dependía de ellos.
Santa María del Socorro gozó pronto del favor regio. En 1380, Pedro IV El Ceremonioso donó dos sarcófagos, uno de plata y otro de madera policromada, para acoger el cuerpo de la santa cuando pasó a una capilla propia. Del de plata no se sabe nada; el segundo está en el Museo Diocesano de Barcelona, donde aparece su primera imagen conocida, sin referencias marineras, pero con un orante Pedro III, empequeñecido para con un mensaje simbólico engrandecer la figura de Santa María del Socorro, aparte de respaldar la santidad de la monja y de paso su propio trono.
Todavía tardaría más de tres siglos en ser canonizada (1692). La oportunidad vino con el Concilio de Trento que se propuso sacralizar las ciudades con más iglesias, capillas, procesiones, hornacinas, altares cerámicos, estatuas en las fachadas y esquinas…, algo que se consiguió en Barcelona, como en La Valeta (Malta), convirtiéndola en un espacio de oración hasta que a principios del S. XIX empezaron a cambiar las tornas. Esta iniciativa se complementó con un aumento de las canonizaciones para que los creyentes tuviesen modelos de santos a quien imitar. Santa María de Cervelló es un claro exponente de ello.
Hubo que autentificar reliquias y vestir la santa con hagiografías incluso redactadas por encargo, tal que una por Estefanía de Cervelló (1629) con suposiciones o peor. Lo más importante fue que se podía canonizarla por la vía rápida de reconocer su “culto inmemorial”. La Orden de la Merced aprovechó la oportunidad para subir a los altares, a su fundador Pedro Nolasco (1628) y a Santa María de Cervelló (1692). Tenía todo a favor. Eran barceloneses, pertenecían a una orden religiosa barcelonesa y tenían las reliquias en la ciudad, algo de gran importancia en aquellos tiempos. Además, pujaron por la Santa los descendientes de los Cervelló y las clases pudientes que se identificaban con ambos canonizados, también con Pedro Nolasco por ser hijo de mercaderes franceses afincados en la ciudad. Por su parte, el Ayuntamiento se benefició al contar con santos barceloneses, hasta entonces escasos, entre sus docena larga de patrones y protectores. Hay expertos que consideran que se “fabricó” esta santa (Monserrat Zamora Bretones, 2018, Universidad de Gerona, “Santa María de Cervelló (o Socors): Estratigrafía de una santa barcelonesa del Barroco”).
El fervor político-religioso que envolvió a Santa María de Cervelló relegó su relación con la gente de mar, salvo en la estatua suya colocada en la fachada de San Miguel del Puerto (1755) o la litografía donde aparece en el grupo de santos protectores de la Real Compañía de Comercio (1759), sucesora del Consulado del Mar. La excepción fue la iglesia que tras la Guerra Civil se levantó bajo su patrocinio en la calle Almirante Cervera (hoy Pepe Rubianes). La devoción por la santa acabó recayendo en la Orden de la Merced y en los nobles descendientes de la santa por ser uno de ellos.

Francisco de Montcada, marqués de Aytona, con antepasados Cervelló, encargó el suntuoso altar de la capilla dedicada a la Santa en la Merced (1693, reconstruido con el franquismo). Seguía la tradición de considerarla santa tutelar de la familia. Y quienes han ido heredando el palacio Dalmases han conservado hasta hoy en su planta noble una magnífica capilla construida inicialmente en el S. XV. Es propiedad de la marquesa de Vilalonga, quien la mantiene cerrada al público, y en la que destaca su “bóveda profusamente decorada a base de ángeles músicos en relieve, volando alrededor de la Epifanía de la clave central” (icatm.net).
Tampoco está relacionado con las gentes de mar la hornacina con la estatua de Santa María del Socorro con su barco en el brazo, en la calle de la Seca, la trasera del patio del Museo Picasso. Hace meses que la remozaron y se echa en falta el nombre de la Santa que antes figuraba impreso en la pared. Es de esas advocaciones ajenas hoy a los marinos aunque el cuerpo incorrupto de la santa fuera salvado en 1936 de la quema, junto con la estatua de la Merced, gracias a los contactos y la astucia de la señora Teresa Coll.

Un último intento de relacionar a Santa María de Cervelló con la gente de mar fue la susodicha iglesia en la Barceloneta, modesta y funcional con su luminoso mural de un pesquero faenando rodeado de gaviotas. El motivo de revivir la devoción a esta santa en un barrio marinero quizá fue contentar a los marqueses de Vilalonga. En todo caso, cerró en 1996. Una vez desacralizada, siguió dependiendo de la parroquia de San Miguel del Puerto, quien a través de Caritas gestiona el Centro Glamparetes apoyando a unas docenas de niños y adolescentes en precario “en su esfuerzo escolar, con talleres y actividades lúdicas” y estos días ofreciendo también un refugio climático.
San Raimundo de Peñafort, una hazaña, una fiesta
San Raimundo de Peñafort (c.1175-1285) es otro de los santos canonizados (1601) a resultas del “culto inmemorial” que aceptó el Concilio de Trento. Su sarcófago está en la catedral de Barcelona. Sacerdote dominico docto en derecho canónicoes patrón de los juristas y de asociaciones y estudios relacionados con el Derecho. Tuvo especial aceptación en Barcelona porque su tratado moral sobre los negocios aprobaba la licitud de las ganancias tranquilizando así la conciencia de los comerciantes.

No tendría nada que ver él con los marinos si no fuera por su milagrosa proeza de navegar seis horas sobre las olas desde Sóller (Mallorca, recién conquistada) a Barcelona valiéndose de su capa haciendo de casco y vela, y de su bordón como mástil y timón (poesía de Milá y Fontanals, 1853). Razón suficiente para ser popular entre la gente de mar, puede que más porque lo hizo huyendo de la Corte de Jaime I (criticó al rey por mujeriego), algo en que los marinos podían reflejarse cuando son perseguidos por las autoridades de tierra. Su milagro más emblemático, plasmado en varios grabados, ha supuesto que le tomen como patrón de los surfistas. Una leyenda similar tiene como escenario la playa Mar Menuda de Tossa de Mar a donde el Santo llegó de arribada forzosa valiéndose también de la capa, del cañado y “de l´escapulari en fa bandera alta”. Hubo un tiempo en que Tossa celebraba una procesión en honor a San Raimundo como patrón de la navegación.
En los grandes festejos de su canonización participaron los armadores y las cofradías de marineros, de pescadores y otras dos de bastaixos/cargadores. Otra prueba de su popularidad entre la gente de mar era la entusiasta fiesta que se hacía en su honor el 7 de enero. Consistía en celebrar misa en la iglesia con coro, que el santo tenía dedicada paralela a la iglesia del convento de Santa Catalina (lugar hoy del mercado del mismo nombre). Después se cogía el estandarte de “La Colonización” para procesionarlo hasta la playa bajo la muralla del baluarte San Raimundo de Peñafort (más allá de la plaza Antonio López), nombrado así porque fue donde el santo llegó desde Sóller. Una vez allí se rezaba y después de un Padrenuestro el abanderado inclinaba la enseña hasta tocar/besar el agua y se bendecía a los navegantes. Según el etnólogo Joan Amades, para los marineros y pescadores era la manera con que San Raimundo de Peñafort bendecía a quienes malvivían y luchaban.

El estandarte desapareció del convento Santa Catalina devorado por las llamas en la bullanga de 1835 poniendo fin a una tradición popular de la gente de mar. Por la misma también acabó desapareciendo el capitel del claustro esculpido con la imagen de San Raimundo sosteniendo con el báculo la punta de la capa. Hoy cuenta bajo su patrocinio con una iglesia en Rambla Cataluña/Rosellón, trasladada allí a finales del S. XIX desde la zona del Portal del Ángel.
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