La Armada celebra cada año en Barcelona la festividad de la Virgen del Carmen en la iglesia castrense de la Ciudadela. Le acompañan representaciones de los ejércitos de Tierra y del Aire, y de los Cuerpos de Seguridad del Estado, incluido los Mossos d´Esquadra, además de asociaciones civiles vinculadas al mar. La relevante presencia de uniformados, realzada por la cuidada belleza del propio templo, confiere al acto una especial solemnidad que dignifica el día de la patrona de la gente de mar.
Por guiños de la historia, esta ceremonia tiene lugar donde, desde 1236 a 1714, radicó el convento de San Antonio y Santa Clara, en cuya iglesia estuvieron las cofradías de los navegantes (San Elmo), de los pescadores (San Pedro Apóstol) y de los carpinteros de ribera (San Juan Bautista), siendo la primera de ellas la más importante, y cuyo patrón San Elmo fue el primigenio y más directo antecesor de la Virgen del Carmen para los marinos en Barcelona.
Un centenar de metros separarían la actual capilla del Carmen de la Ciudadela con la ubicación que tuvo la de San Elmo, cuya inicial devoción nos retrotrae a una Barcelona en plena expansión bélica y comercial en el Mediterráneo; cuando sus gentes del todavía en ciernes barrio de la Ribera conformaban con sus diferentes oficios y cometidos el primer cluster marítimo de la ciudad, además de ser su centro financiero con su plaza de cambios.
Aún no se habían construido los edificios góticos: la iglesia Santa María del Mar, la Llotja de Mar, las Atarazanas (astilleros reales) … y las monjas clarisas ya tenían su convento a orillas del mar, a las afueras de la Ribera, que ofrecía un prestigiado recinto de oración, seguridad y custodia para acoger a las nuevas clases enriquecidas por el comercio marítimo, las conquistas navales y los adelantos en navegación (timón, brújula, cartas náuticas), así como a sus trabajadores agremiados.

Cuenta la leyenda que las monjas fundadoras, las italianas Clara de Janua e Inés de Peranda, llegaron a Barcelona solas y pobremente vestidas en una barca sin velas ni remos, es decir, encomendadas a la Santa Providencia (Véase nota 1 al final del artículo). Acertaron y su convento llegó a ser el más esplendoroso de Cataluña. Habían sido llamadas por un grupo de beatas barcelonesas y nada más llegar les apoyaron reyes (Jaime I) y obispos, también los mercaderes y demás prohombres del sector marítimo, quienes tenían incluso lazos familiares con las monjas. Empezaron a levantar su convento en torno a una ermita existente dedicada a San Antonio Abad, un lugar al que según una leyenda posterior (1341) había llegado desde Tebas (Egipto) subido a una nubecita. El convento se creó en 1236 bajo el patrocinio de San Antonio de Padua y de Santa Clara de Asís, ambos de la Orden Franciscana.
En este contexto surgió en Barcelona la devoción de los marinos por San Elmo, apelativo de San Erasmo (+ 303), obispo y mártir italiano sin ninguna relación con Cataluña. Había nacido en Formia, predicó en Antioquía donde fue torturado en varias ocasiones, evadiéndose en barca alguna vez. Sus restos, tras un largo periplo, acabaron en Gaeta (824), puerto próximo a Formia.
No tengo constancia de cuándo empezó a venerarse San Elmo en el convento de las clarisas, pero sí hay una explicación. La corona de Aragón conquistó el reino de Sicilia en 1282 y Nápoles en 1443, donde este santo era popular por su proximidad a Gaeta; siendo, mucho antes, estrecha la interrelación de los marinos entre Barcelona e Italia lo que pudo contribuir a que la devoción de San Elmo prendiese en el barrio de la Ribera. Tanto más cuando las dos fundadoras del convento eran unas carismáticas italianas; y su abadesa Inés lo fue durante décadas.

La primera referencia fehaciente a San Elmo data de 1424, cuando Alfonso IV aprobó los estatutos del gremio de San Elmo, lo cual quiere decir que la cofradía y la asociación sociolaboral de los navegantes eran anteriores, evidente si los gremios de menor rango (pescadores, carpinteros de ribera, bastaixos) figuran con bastante antelación. A fin de cuentas, los monarcas regían estos entes a posteriori para controlarlos y no abusasen de su posición de predominio. A requerimientos de la Real Junta Particular de Comercio, el gremio de San Elmo alegó hacia 1800 que el origen de sus derechos se remontaba a Pedro III de Montcada (1240-1285), lo cual constaba entre los pergaminos guardados en un arcón destruido por la bullanga de 1835 que no solo la emprendió contra los centros religiosos, también contra los monopolísticos gremios.
Una contradicción básica
Lo que sí consta en los archivos del convento de San Antonio y Santa Clara, hoy del monasterio de Sant Benet de Montserrat, fue la muy temprana y estrecha relación que mantuvo la comunidad de las clarisas con la gente de mar. Hubo prohombres del comercio marítimo que desde el primer momento llegaron al extremo de entregar sus bienes e incluso su persona a beneficio del convento (los “donados”). No extraña, pues, que la abadesa Inés rezase, dicen, en especial para los navegantes y que el convento fuese tan floreciente que Elisenda de Montcada al fundar el monasterio de Pedralbes (1327) quiso que su claustro fuese igual de grande y aspecto al de San Antonio y Santa Clara, de dos pisos y balconera superior.
La prosperidad de este convento por sus altas rentas, por el origen aristocrático de algunas de sus monjas y por la fuerte pujanza económica de La Ribera suponía una contradicción básica con las estrictas reglas de pobreza y clausura de las clarisas. No les bastaron ni las reiteradas dispensas concedidas por algunos papas para mitigarlas. La comunidad acabó en 1513 pasándose a la orden Benedictina porque la Regla de San Benito suponía una disciplina más benigna, prudente y abierta a un entorno en el cual la construcción en 1477 del primer exitoso muelle en el arenal había dejado a las hermanas clarisas pegadas al acontecer portuario y de la gente de mar (ver plano).

Las fluidas relaciones de las monjas con su entorno marinero repercutieron en beneficio propio. Las tres principales cofradías de mar: navegantes, pescadores y carpinteros de ribera, vinieron a copar la iglesia con sus capillas propias y con otra para la Hermandad de los Esclavos creada por las tres para redimir a sus cautivos. Aparte de estas cuatro, apenas quedaron dos capillas ajenas a la gente de mar: la de Santa Clara de Asís fundadora de las clarisas y también ligada a los navegantes por presidir el gremio de Santa Clara y San Elmo; y la de San Miguel, creada desde el origen del convento porque así lo pidió la gran benefactora Leonor de Sicilia. Y no sólo eso, en el segundo piso de la Iglesia estaba la tribuna de San Elmo con su balaustra confrontada abajo con la capilla de San Elmo.
El convento devino casi en un coto cerrado para las cofradías importantes y más ricas. No solo la de los navegantes, quienes admitían también armadores y gente del comercio marítimo, por no hablar de los marinos de guerra por indistintos que fuesen con los mercantes. Los pescadores, hoy del decaído y único del sector primario en Barcelona, formaron durante siglos un próspero colectivo. Como también fueron pudientes los carpinteros de ribera/calafates dedicados a la construcción y reparación de naves.

Se entiende que por su posición ventajosa, en especial de los navegantes, las cofradías de mar también contasen con dependencias en el convento para celebrar sus asambleas, elegir sus prohombres/cargos y custodiar sus archivos. De hecho, cuando a finales de S. XVIII perdieron el respaldo de esta comunidad, los gremios otrora ricos se las tuvieron que arreglar como podían, incluso con barracas en la playa. Nunca más estuvieron los principales gremios de mar tan boyantes, prestigiados y espiritualmente atendidos que en el primer convento de las clarisas de Barcelona. Nada se sabe de las lápidas y osarios de los cófrades de las tres capillas para la gente de mar que tuvieron el privilegio de ser enterrados en San Antonio y Santa Clara.
Devoción y dinero
A falta de otras referencias mejores, las donaciones, las fiestas y el boato eclesiástico medirían bien que mal la devoción de la gente de mar a sus patrones, siquiera por parte de los poderosos. Eran tiempos androcéntricos donde las capas medias y modestas no aparecían en las crónicas. Gracias a Sebastián Roger, archivero de Santa Clara entre 1597 y 1600, que ordenó y desveló antiguos legajos, sabemos que casi todas las naves al llegar a las playas de Barcelona donaban al convento recibos de caridad. En todo caso, los cofrades pagaban cuotas también para el mantenimiento del culto (misa diaria, cirios, predicadores, paños bordados para funerales…), aparte de los gastos para comprar bancos, verjas… Es el caso del vestuario de la cofradía, inventariado en 1437, para las solemnes ceremonias litúrgicas: Una casulla verde brocada de oro, túnicas dalmáticas (propias de los diáconos) también verdes con atavíos de terciopelo rojo…
Tampoco escatimaron gastos al encargar a los mejores artistas los ornatos para la capilla de San Elmo. El primer retablo que ha trascendido se le encargó a Jaume Cirera y el siguiente nada menos que a Bernat Martorell (1442), siendo el imaginero Jaume Reig; y Lluis Dalmau pintor de las paredes de esa capilla (1454). Especialmente lujoso fue el de Martorell hoy desaparecido, pero que se puede atisbar su calidad porque pintó otro para el retablo de San Elmo en la ermita de San Quirce y Santa Julita, de Calella, cuya copia parcial sigue allí expuesta porque el original fue incendiado en 1936. La extremada calidad de este pintor es patente en el salterio/Libro de las Horas que “iluminó” para dicho convento de clarisas.

La interrelación de devoción, belleza y dinero confirma lo pujante que a mitades del siglo S. XV era esta comunidad tan ligada al sector marítimo. Un siglo después, la visita pastoral describe la capilla de San Elmo: verjas, bancos de madera, vidrieras y retablo con los emblemas y escudos de la cofradía (barco velero). Y esta interrelación fue a más, patente en el retablo barroco del altar mayor (1698) del convento de La Ribera, desde 1961 colocado en la parroquia de San Vicente de Sarriá tras haber pasado por la iglesia monástica del Tinell (Palacio Real, 1724-1936) y la parroquia de San Jaime. Sus artífices fueron los afamados Andreu Sala, escultura, y Francesc Mas, policromado (Véase nota 2 al final del artículo).
Fiestas cívico-religiosas
La devoción de la gente de mar queda más patente en la solemnidad con que celebraba la festividad del patrón San Elmo y su participación en el Corpus. Eran acontecimientos cívico-religiosos, con sus concomitantes muestras de sincera piedad y compromiso con la Iglesia. El archivero Sebastián Roger apunta a finales del S.XVI que dichas fiestas (2 de junio) se celebraban desde muy antiguo y consistían en tres días de rezos y actos profanos. Empezaban con las vísperas, a la que ya concurría la flor y nata de la ciudad: consellers del Ayuntamiento, cónsules de la Llotja de Mar, la aristocracia mercantil y los prohombres de la cofradía. Antes, se enramaban los entornos del convento, se embellecía el templo… Al día siguiente se celebraba la misa solemne con un predicador pagado por la cofradía y con el coro de monjas y órgano, seguida de la fiesta popular con trovadores, regalo de bebidas, roscones y barquillos de abanico que, supongo, podrían ser estos últimos en honor del obispo San Elmo por cuanto representarían una mitra. El tercer día se celebraba una misa en sufragio por los cofrades difuntos.
La cofradía de San Elmo también participaba en agosto en la festividad de Santa Clara, mientras los pescadores de San Pedro Apóstol, aparte de su patrón también celebraban la festividad de San Andrés y de la Virgen de la Esperanza. En todo caso, no siempre era así, pues variaban de una época a otra. Lo mismo pasaba con la cofradía de San Juan Bautista, inicialmente en el convento de San Agustín y a veces bajo otras advocaciones y juntamente con los calafates.
La realidad de las cofradías de mar en San Antonio y Santa Clara era más compleja de lo que pueda especificar aquí. Por ejemplo, los cordeleros de viola o guitarra (cuerdas para instrumentos), que durante siglos estuvieron en la acequia condal (rec comtal) cerca del convento clarisa, también tenían allí como patrón a San Telmo porque, según la tradición, sus tripas fueron sacadas y estiradas a su mínima expresión. Y cosa curiosa, los carreteros y arrieros de mar, que trabajaban con mulas, tuvieron como patrón a San Antonio Abad en San Antonio y Santa Clara porque, conforme a la leyenda, este abad curó un cerditio tras llegar al lugar en que más tarde se levantó la ermita origen del convento. El caso es que la bendición de sus animales derivó en la cabalgata de Els Tres Tombs, que pasó a celebrarse en ronda San Antonio cuando en 1714 se derribó el monasterio de las clarisas.

Habría que anotar la importancia que durante siglos tenía la música en las ceremonias eclesiásticas. Al igual que hoy los asistentes a un concierto se pasan horas entretenidos, las interminables misas cantadas también eran del agrado de los feligreses. Eso sí, había que pagarlas, tal que en San Antonio y Santa Clara, según cuantas monjas, novicias y legas participaran, aparte del acompañamiento del órgano.
La celebración del Corpus, durante siglos la Fiesta Mayor de Barcelona, era todo un acontecimiento a cuya profesión promovida por la catedral no faltaban los gremios de mar con sus estandartes (el de San Elmo con su nave de plata), luminarias, cirios y atuendos para la ocasión. La abadesa de San Antonio y Santa Clara invitaba a participar en ella y en las octavas del Corpus a las cofradías de su convento, quienes tendían a hacer ostentación de gastos y capacidad de convocatoria en rivalidad con las demás y con las de otros conventos e iglesias. La de San Elmo no sería la más discreta a tenor de los dispendios que solía proponerse recortar para el año siguiente una vez hechas las cuentas.
NOTA 1.- La sugerente leyenda de que las fundadoras Clara e Inés llegaron pobremente vestidas a la playa de Barcelona en una barca sin velas ni remos no es una pura fantasía sino, acorde a la cultura de la época, un mensaje real, propicio a ser austero y ponerse en las manos de Dios. Es encomiable que la comunidad de Sant Benet de Montserrat, heredera de las clarisas de San Antonio y Santa Clara, siempre haya llevado consigo los restos de sus beatas fundadoras, hoy en un sarcófafgo expuesto en su claustro.

NOTA 2.- Josep Mª Madurell al estudiar el retablo mayor al detalle obvió las dos figuras en altorrelieves del sotobanco, mientras otro investigador consideró que una era el papa Gregorio el Magno y la otra San Isidoro. Nada de eso. Fui a ver el retablo y salí convencido que uno era San Pedro y el otro San Elmo, lo que concuerda con los patronos de las dos principales cofradías que tuvo el convento de San Antonio y Santa Clara. Además, el San Pedro de ese altar lleva la tiara papal lo que coincide con el último estandarte que tuvieron los pescadores barceloneses en el S. XIX: bandera azul floreada con la tiara y llaves de San Pedro. Respecto a la figura de San Elmo queda claro que su mitra y el fuerte color rojo de toda la imagen son una alusión inequívoca a que fue un obispo mártir. Así pues, este San Elmo, en la parroquia de San Vicente, es la única figura antigua que queda en Barcelona del primigenio patrón de los marinos.

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