La basílica Santa María del Mar (S.XIV) y la parroquia Virgen del Puerto (S.XI) tienen en común que sus patronas son advocaciones marianas surgidas de los dos primeros entornos marítimos de Barcelona: Los barrios de la Ribera y de La Marina (Sans-Montjuic), a un extremo y otro de la ciudad portuaria. Solo desde hace unas décadas tienen un barco sus respectivas estatuas que presiden el altar. La primera, colocado a sus pies (1986); y la otra, en el brazo derecho (1942), a pesar de que estos templos han dejado de estar vinculados a la gente de mar y al comercio marítimo. Hoy evocan sus orígenes ligados al mar y a quienes durante muchos siglos sintieron devoción por ellas.

Ambas advocaciones vendrían a datar de la misma época si consideramos que la basílica de Santa María del Mar se levantó sobre la iglesia Santa María de las Arenas, documentada en 985, también bajo el patronazgo de la Virgen María. Por entonces Barcelona no tenía otro puerto, de poder llamarlo así, que el abrigo de la montaña de Montjuic daba hacia la zona de la desembocadura del río Llobregat, el mismo tramo ribereño que los romanos aprovecharon para sus barcos. Y su comercio marítimo debió ser importante en torno al año mil cuando Ramón Borrell II construyó allí un castillo para defenderlo, siendo su capilla dedicada a la Virgen del Puerto, a falta de evidencias, el presumible primer altar mariano al que las gentes que allí vivían del mar tuvieron ocasión de ir a rezar.

La catedral no tan del pueblo
El artículo publicado en La Vanguardia (05.07.1918) destapó que Santa María del Mar fue construida gracias también al trabajo desinteresado de los bastaixos/macips de la Ribera que hasta pie de obra llevaron sobre sus espaldas los bloques de piedra traídos por las barcazas desde las canteras de Montjuic a la playa cercana a la iglesia. Podría decirse que Santa María del Mar es la obra insigne de todo un pueblo, en especial de quienes vivían del mar y del comercio marítimo en el barrio extramuros de Barcelona conocido como Vilanova del Mar. Era tan inusual este proceder que la Junta de Obra, la encargada de la construcción, obtuvo del obispado la “colaboración canónica” para que los vecinos pudieran trabajar en las obras, además de contribuir económicamente. A eso se llama devoción popular. Y más porque se terminó la basílica en un tiempo récord de 55 años a pesar de las duras adversidades: sequía, hambrunas, peste negra y otras epidemias, crisis del comercio marítimo…

El legendario esfuerzo gratuito de los bastaixos/macips de la ribera debió de ser tan excepcional porque la Iglesia se lo recompensó a perpetuidad en la basílica esculpiéndoles su imagen en varios capiteles y en figurillas de bronce incrustadas en la puerta principal. También teniendo asiento en la Junta de Obra y con prerrogativas eclesiásticas como tener la llave del Sagrario durante los oficios de Jueves y Viernes Santo, llevar el viático a sus agremiados ni que fuese de noche… y, sobre todo, concediendo a su cofradía una capilla en la girola, zona de paso ininterrumpido entre el ábside y la trasera del altar, zona favorecida porque se podía visitar sin ser interferidos por quienes acudían a misa y porque esa capilla era más espaciosa que el resto para celebrar sus juntas y asambleas, pues tenía espacios libres por colindar con los recintos de la Santísima Eucaristía y de la sacristía. Por los capítulos firmados por el vicario perpetuo y los bastaixos (11.03.1366), estos se comprometían a edificar esa capilla de San Matías y Santa Tecla (patrona del gremio) y pagar el coste del altar.
A pesar de que este gremio tenía baja consideración social porque algunos de sus miembros aún eran libertos/esclavos, carecía de prohombres y su mérito radicaba en la fuerza bruta, su cofradía fue la única que acogió inicialmente Santa María del Mar. Al resto de las gentes de mar no se les concedió en la primera época ninguna capilla de las treinta y cuatro que había. Se entiende que los principales gremios, tal que, de los navegantes, pescadores, carpinteros de ribera…, prefiriesen tener sus cofradías en los conventos y no en Santa María del Mar por carecer esta iglesia de un crucero y de estancias ajenas a las tres naves centrales y con capillas de poco fondo y abiertas al espacio común de los feligreses.
Así que mientras las calles aledañas a la basílica era un elenco de gremios, estos tuvieron sus cofradías fuera de la parroquia que habían construido con su dinero y esfuerzo. Por el contrario, pagando o con dádivas, fueron los prohombres de la Ribera, en su mayoría mercaderes, armadores y demás relacionados con el comercio marítimo quienes coparon la casi totalidad de las capillas con sus altares, blasones señoriales y sus sarcófagos.
Porque la denominada catedral del pueblo la financiaron sobre todo las clases pudientes del barrio, aparte de la contribución del Ayuntamiento y de los reyes. Como puede comprobarse en las tres primeras claves de bóveda tras entrar por la puerta principal. Ya en las arquivoltas de la nave principal, una de las claves muestra el escudo de Barcelona y otra, un rey a caballo estampado con las barras cátalo-aragonesas. En la primera clave, justo en el umbral de la entrada puede adivinarse el emblema del Consulado del Mar, indescifrable por lo ennegrecido y quizá reventado tras los once días que en 1936 estuvo ardiendo la basílica; quedan restos de la capa blanquecina con que fue recubierto el interior, de modo que no es posible descifrar si el color original era blanco perla o blanco marfil. En ese emblema, también considerado propio de la Ilustre Junta de Obra, figura el escudo de Barcelona sobre las olas del mar; puede verse porque se halla en la parte baja de todas las vidrieras que no se rompieron o que fueron reconstruidas respetando las originales. Con diferente diseño, ese emblema ha perdurado hasta hoy con la Cámara de Comercio, Industria y Navegación, quien además refundó en 2008 el Consulado del Mar y su Consejo de los Veinte para dar lustre al prestigio de Barcelona.

Y puestos a recobrar tradiciones, estos entes celebran en la basílica sus misas y actos conmemorativos a cuasimodo de como durante siglos lo hizo con toda la solemnidad el genuino Consulado del Mar. La basílica también tiene esculpido dicho escudo al menos en otra parte. Y por si queda duda de su relación con el Consulado del Mar, en unas excavaciones abiertas en el presbiterio apareció el mismo emblema en el frontal del altar que se colocó en 1631 y se retiró para suplantarlo por uno tardo barroco (1783), destruido en 1936. Habría que saber si este escudo provenía de la Universidad de los Prohombres de la Ribera (1258), sociedad de mercaderes instituida por Jaime I para velar por la seguridad del puerto y regular el comercio marítimo, y que en 1348 se le renombró Consulado del Mar con similares cometidos.
El protagonismo del Consulado del Mar y de los bastaixos/macips de la ribera (mucho después conocidos por faquines y hoy por estibadores) respecto a la basílica eclipsan la devoción que las otras gentes de mar tuvieron por Santa María del Mar. Se dice que la iglesia tuvo en alguna época la campana de San Pedro, “La Pescadora”, que al sonar se voceaba tres veces ¡pescadores a la mar! Leyenda o no, algo de ello habría porque el mercado central del pescado estuvo en las inmediaciones de la basílica.

Santa María del Mar también participaba de la festividad anual de San Elmo/Telmo, patrón de los navegantes, bajando sus presbíteros a la Barceloneta para bendecir y repartir gratis las aguas del pozo homónimo. Y el Asilo Naval, para niños huérfanos de marinos que estaban internos en un buque fondeado en Barcelona (1877-1937), solía inaugurar el curso escolar con un solemne acto religioso en la basílica; además ellos rezaban, en clara alusión, el gozo “Santa María de la Mar”, que sepa, el único canto a esta advocación que hoy queda con referencias a las gentes de mar. Habría sido una de las últimas manifestaciones públicas de devoción a esta Virgen María por parte del sector marítimo.
Los tiempos habían cambiado mucho antes. Santa María del Mar dejó de ser el centro principal de la gente de mar porque a resultas de la Guerra de Sucesión (1714) se derribó parte del barrio marinero de la Ribera, se suprimió el Consulado del Mar, se construyó la Barceloneta, con su iglesia San Miguel del Puerto que tras la bullanga de 1835 acabó acaparando lo que quedaba de las cofradías y actividades religiosas de quienes trabajaban en el sector marítimo.
El primer desapego con el mundo del mar ya quedó patente, de algún modo, a finales del S.XVI cuando el obispo Dimas Loris ordenó trasladar las imágenes de San Matías, Santa Tecla y Santa Catalina (también entonces patrona de los bastaixos) a la capilla de San Bartolomé para ampliar la del Santo Sacramento contentando así a la cofradía Minerva devota de la adoración al Santísimo. Algunos colectivos de los bastaixos, carreteros y arrieros de mar formaron la cofradía de la Virgen de la Victoria (iglesia Palau Menor)… y hoy los estibadores de Barcelona celebran su fiesta anual el Día de San José Obrero. Por no hablar de la venerable Junta de Obra que pronto el franquismo acabó con ella.

El hecho de relegar a la cofradía de los bastaixos se enmarcó en una Santa María del Mar que iba dejando atrás la iglesia medieval para adecuarla a las nuevas sensibilidades religiosas. Fue también el caso, décadas después, de retirar el retablo gótico, no sin gran polémica, a cambio de un suntuoso altar tardo barroco dedicado a la Asunción de la Virgen María; así como recubrir el interior con un color blanco marfil para darle a la iglesia el aspecto luminoso propio del barroco. A muchos les parecía todo un disparate, y se acabó aprovechando los desmanes de la Guerra Civil para en 1965 retirar en lo posible los elementos que no fuesen medievales y remodelar el altar. La estatua gótica de la Virgen María que estaba en el tímpano de la puerta de la calle Sombrereros se colocó en el escueto altar y en 1986 se puso a sus pies un barco, copia de la coca de San Elmo, para evocar el origen de la basílica relacionado con el sector marítimo. La particular devoción de la gente de mar por esta Virgen María hacía mucho tiempo que se había esfumado, más que la proximidad del puerto comercial solo visible desde las torres.
Una advocación mariana contra viento y marea
Ramón Borrell II, conde de Barcelona, construyó a finales del S.X el castillo del puerto en las faldas de la montaña de Montjuic para defender la costa adyacente y su comercio marítimo. Consistía en un cerco amurallado y una torre circular, además de una capilla dedicada a la Virgen del Puerto, protectora de los navegantes, que Ermengarda, hermana de Borrell, benefició con donaciones al morir (1030). Mil años después y a 300 mts. de su enclave original es venerada con el mismo nombre en la parroquia de La Marina (distrito Sants-Montjuic). Dicho así parece normal si no supiéramos el periplo de esta advocación vinculada a la gente de mar hasta hace décadas y que ahora solo lo evoca la estatua del altar con un barco en su brazo derecho y con un trasfondo que recrea en el ábside el puerto de Barcelona.

El castillo y la capilla fueron cayendo en el olvido conforme los sedimentos del río Llobregat cegaron la costa al tráfico marítimo y éste se desplazaba a las playas del barrio de la Ribera. Aunque no del todo así. Del castillo solo queda algún vestigio, pero la Virgen del Puerto nunca ha contado con un templo tan grande ni tan alejado de la costa ni tan desvinculado de la gente de mar después de haber tenido en mil años al menos una capilla, dos ermitas e incluso otra iglesia a las que pudieron acudir pescadores, marinos y operarios del astillero y terminal de mineral, que de todo hubo en las costas de Can Tunis y de la Marina antes de que se convirtieran en zona industrial y portuaria cerrada al paso del vecindario.
Faltan referencias hasta 1496 cuando el mercader Benet Diumer aportó una nueva imagen de la Virgen del Puerto, señal que se había perdido la original (no sería la única vez) o se había deteriorado por estar la ermita en ruinas, lo cual volvería pasar. Porque si de algo puede presumir esta advocación es de resistencia contra los avatares de las guerras, de la dejadez, del vandalismo anticlerical y, de alguna obra pública que la derribó. La imagen gótica era morena, de alabastro policromado, de dos palmos de altura y con el Niño Jesús en el brazo. De la anterior no hay constancia.
También puede presumir de haber acogido explícitamente la devoción de los marinos durante al menos dos siglos. De 1688 data el primer gozo de alabanza conocido en que la gente de mar pedía amparo a la Virgen del Puerto. Uno de los versos de alabanza reza así: “Sou llanterna refplansent// per los pobres navegants,// defenfaulos del torment,// de borrascas, trons y llamps,// La tormenta nois efpanta…”
La vigencia de la devoción a la Virgen del Puerto lo corrobora lo rápido con que se reconstruyó en estilo barroco después de que la anterior fuera arrasada en 1713 durante la Guerra de Sucesión, según constaba en el dintel de la puerta de entrada: “Año 1716, se ha hecho la nueva iglesia en caridad de los devotos”. Y más todavía cuando en 1755 el gremio de San Elmo construyó una casa cerca de la ermita para esparcimiento de sus agremiados y celebrar la festividad de la Virgen del Puerto, primer domingo de septiembre, también con actos profanos (baile en la playa). De hecho, se hizo cargo de su mantenimiento, pagando las misas de los domingos, comprando los ornamentos… Y consta que en 1767 donó a esa ermita de Montjuic el barco de plata de la bandera de la cofradía porque se había encargado una nueva.

Solo se desentendió en 1864 tras la disolución del gremio, por lo cual la ermita acabó en ruinas/profanada y la imagen de Virgen del Puerto desapareció un tiempo a pesar de haber pasado como tenencia a la parroquia de Sants. Una vez rehabilitada fue incendiada en la Semana Trágica (1909), aunque su estatua la salvó el marqués de San Morí (de los Sentmenat). Después, la ermita fue derribada para construir una carretera, a cambio se edificó otra con ayudas públicas y de la diócesis. Fue la que se vandalizó en 1936 acabando con la vida de sus sacerdotes y con la pequeña estatua de la Virgen del Port.
El resguardo natural de Montjuic no quita que también hubiese actividad marítima en el abierto litoral próximo a la ciudad de Barcelona, en la Ribera, a menos de 100 metros de la iglesia Santa María de las Arenas, reemplazada por la iglesia Santa María del Mar (1329-1384). Por su origen ligado a la gente de mar y por quedar hoy apartada del mundo marítimo, tiene similitudes con la Virgen del Puerto, pero solo hasta allí llega el paralelismo entre ambas advocaciones.

Cuando se terminó la actual parroquia Santa María del Puerto (1946), el barrio era otro. Ya primaba la industria cuando en 1953 se instaló la fábrica de SEAT y… pocos años después desaparecieron los pescadores y se impidió el acceso libre a las playas. El puerto comercial de Barcelona ha vuelto en gran parte a la zona en que estuviera mil años antes, aunque sobre el mar. Pero a pesar de la proximidad, no reproduce en la Marina un barrio marinero ni nada por el estilo porque es estanco a los ciudadanos. Es ajeno al barrio por más que la parroquia siga vinculándose a la gente de mar y al comercio marítimo con la nueva estatua de la Virgen María, desde 1942 de tamaño natural, con el navío en un brazo en vez del cetro en la mano y con un decorado portuario en el ábside.
Lo paradójico de La Marina-Zona Franca es que la capilla de la Virgen del Carmen (1945), en su barriada Eduard Aunós, haya cogido el testigo de relacionarse con el mar celebrando la festividad de la patrona de los marinos con misa al aire libre, con procesión recorriendo varios altares populares, con una ofrenda de flores y con un convite vecinal.
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