Estábamos un jueves santo en la piscina, sentados en el borde con los pies en el agua.
De pronto se me ocurrió dado que el día se presentaba agradable, podríamos
aprovechar para navegar en el 420 de Joaquín, que estaba varado en la playa.
-¡Ey chicos, qué os parece si salimos a navegar en el 420 de Joaquín!
-¡Ostras que buena idea!
-Las velas y los aparejos están en el almacén de Eulogio, dijo Ricardo.
-¡Vamos!
¡Ahí estaba!, un poco sucio pero de buen ver.
Íbamos con los bañadores y unas camisetas para cubrirnos los hombros y la espalda.
Aparejamos el velero y nos echamos a la mar, Luci se sentó en proa apoyada en el
mástil, Ricardo en la borda de barlovento, yo también pero en popa para gobernar el
timón.
Soplaba un terral de unos 6 nudos que hacía navegar al velero con facilidad, aunque
fuéramos tres a bordo, la verdad es que yo era el más rellenito de los tres y Luci y
Ricardo no sumaban más kilos que yo.
Salimos de la bahía y viré a babor para aprovechar el viento de través. ¡Gozábamos!
Llevábamos una media hora navegando, cuando empezó a nublarse y el viento, a
arreciar.
Aquello no me gustaba, estábamos en el Golfo de San Jorge. ¡El Cierzo!
Efectivamente, comenzaban a verse “borreguitos” en la superficie y estábamos a unas
4 millas mar adentro.
-Luci, ¡atenta que vamos a virar!, siéntate al lado de Ricardo, cuidado con la botavara.
-¡Voy a trasluchar
-¿Qué?
-Voy a virar poniendo la popa al viento.
¡Krack!
-¿Qué ha pasado?
-¡Se ha soltado la botavara!
Arrié la mayor, porque la botavara estaba dando bandazos y temía que nos hiciera
daño. Como pude me acerqué al mástil descubriendo que el pinzote se había roto.
Amollé el foque, tenía que estudiar la forma de arreglarlo, pero no tenía un miserable
cabo para poder sujetar la botavara al mástil. A todo esto, al no navegar, la bañera se
estaba llenando de agua.
El viento arreciaba y el mar estaba comenzando a ser marejadilla.
Enrollamos la mayor a la botavara para colocarla al eje, de manera que pudiéramos
tener cierta comodidad. Ricardo y Luci estaban empezando a tiritar, yo no notaba el
frío, estaba luchando por controlar el velero, pero el foque solo, no me permitía controlar
la dirección del barco, nos alejábamos cada vez mas de tierra.
¡Además!, no habíamos avisado a nadie.
¡Si arrió el foque, no nos verán desde tierra!
Estábamos los tres aterrados, Luci tiritando, sin poder ni hablar y Ricardo casi igual, la
bañera estaba completamente llena de agua. Yo no sabía qué podía hacer, y.
¿Ese sonido? La ví, la proa de una barcaza de pesca en rumbo fijo hacia nosotros…
Me cayeron las lágrimas, venían a rescatarnos.
En tierra les avisaron con pañuelos y manos alzadas y señalando en una dirección.
La barcaza se colocó de costado y unas fuertes manos izaron a su bordo a Luci y a
Ricardo, a mi me pasaron un cabo que lo até al mástil, para remolcarme. La barcaza
viró y lentamente cambió de rumbo dirección a puerto La escota al tensarse provocó
una ola en el interior de la bañera, y el velero se hundió por proa hacia las
profundidades, un marinero me agarró por las axilas y me izó a bordo. El patrón de la
barcaza paró la marcha y el velero volvió a superficie.
En la movida no pensé ni en la orza ni en el timón.
Tiraron de escota y empezaron a subir el velero, pero la orza atascó la maniobra, y el
mastil se partió. Ahí estaba el 420 amarrado por la amura de babor a la barcaza roto,
destrozado.
El patrón nos dio una taza de café caliente a cada uno de los náufragos y me comentó.
Tu xaval, has tingut molta sort avui. Hem sortit a testar el motor i aquí que a terra ens
assenyalaven cap a mar. Jo vaig veure un mocador. Per cert, tu hauries resistit demà,
però la noia i el noi no. Heu tingut molta sort.
Des de llavors, sempre que surto a la mar, consulto el temps.
Carlos Torralva

