En este mes de agosto, Christopher Nolan está llenando las grandes pantallas con su Odisea, mientras Ceuta llena las pequeñas con las imágenes de su particular avalancha migratoria.
La Odisea, escrita o recopilada hace unos 2.700 años, narra la aventura de Odiseo —Ulises para los romanos— durante su largo viaje de regreso a Ítaca después de la guerra de Troya.
Si Troya existiera todavía, compartiría con Ceuta algunos paralelismos: ambas ocupan una posición geográfica privilegiada en los extremos del Mediterráneo; ambas son ciudades portuarias y ambas han sido, en distintos momentos de la historia, centinelas de importantes rutas marítimas.
Emporio e imperio.
Emporio procede del griego clásico empórion, que significa mercado o lugar de comercio, y está relacionado con émporos, el mercader que viaja para comerciar. Es, en esencia, el mismo concepto que encontramos en la palabra viajante, que durante décadas designó en España a aquellos esforzados vendedores que recorrían continuamente ciudades y pueblos ofreciendo sus productos o los que representaban. Comerciar, desde siempre, ha estado estrechamente ligado a viajar.
Imperio, en cambio, no procede del griego, sino del latín. Su raíz está relacionada con imperium, el poder de mandar o ejercer autoridad. En términos geopolíticos, existe un imperio cuando un Estado ejerce su dominio, es decir impera, manda sobre otros territorios o naciones.
Jugando con ambos conceptos, los historiadores nos dicen que Troya fue, sobre todo, un emporio de enorme importancia comercial. Su riqueza y su posición estratégica hicieron necesario dotarla de poderosas murallas y probablemente le otorgaron una considerable influencia sobre los pequeños reinos de su entorno. Sin embargo, nadie la ha considerado propiamente un imperio.
Su extraordinario valor estaba en la ruta marítima —y, por tanto, comercial— que controlaba gracias a su privilegiada ubicación junto a los Dardanelos. Por eso, en la película de Nolan, el inteligente Odiseo le susurra a su esposa que el rapto de Helena no fue realmente la causa de la guerra, sino la excusa: lo que Agamenón quería eran los derechos de paso marítimo de Troya.
Troya fue sitiada y finalmente conquistada por la coalición de los reinos griegos, comandada por Agamenón, rey de Micenas.
Y si de Troya sabemos lo que nos han contado primero los vencedores y luego los arqueólogos, de Ceuta sabemos bastante más.
Ceuta no es hoy un emporio —aunque lo fue durante distintas etapas de su historia, especialmente bajo dominio islámico— y mucho menos un imperio. Si dejamos por un momento a un lado los sentimientos y la mochila histórica, su valor actual es esencialmente estratégico y político. Es como una carta de valor relativo —dependiendo del palo que domine la partida— en un juego de naipes que dura ya siglos.
Estuve en Ceuta en 2019, cuando atravesar la frontera con Marruecos constituía para muchos europeos toda una experiencia emocional. Por un lado, quienes lo hacíamos en coche; por otro, quienes cruzaban a pie. Y entre estos últimos, ferozmente visibles, estaban las llamadas mulas: aquella legión de mujeres que, cargadas con enormes fardos, atravesaban diariamente la frontera con productos españoles que posteriormente se vendían en los bazares de las poblaciones próximas.
Era la frontera entre la Europa rica y el África pobre: quizás el mayor escalón económico del mundo. De tanto en tanto, una mujer estallaba en gritos y llantos cuando, por alguna razón, un agente de la frontera le requisaba el enorme saco que cargaba. Ella intentaba inútilmente retenerlo y terminaba cayendo al suelo entre lágrimas. Alguna otra mujer se acercaba para consolarla; la mayoría no. La inmensa mayoría continuaba su camino, aliviada porque aquella vez no les había tocado a ellas.
Atravesar aquella frontera era contemplar, en directo, la dramática fotogenia de la pobreza.
Ahora, con el muy potente (y eficiente) puerto de Tánger Med en sus proximidades y con el paso de mercancías por la frontera terrestre prácticamente cerrado, Ceuta se ha convertido en el fondo ciego de un saco.
Sin la posibilidad de actuar como una vía de entrada complementaria de mercancías hacia Marruecos y debido también a su reducido tamaño, Ceuta recibe hoy, por vía marítima, fundamentalmente mercancías destinadas a su propio consumo. Desde el punto de vista de la logística marítima, ha quedado convertida en un apéndice cuyo abastecimiento llega casi exclusivamente de Algeciras.
Consecuencia de lo anterior, el número de comercios capaces de sobrevivir en Ceuta se ha reducido considerablemente. Las enormes naves que en otro tiempo albergaban a los mayoristas en el polígono del Tarajal, por las que llegaron a pagarse alquileres de alrededor de 40.000 euros mensuales, han perdido buena parte de su valor y de su utilidad.
Pero no todo es negativo.
Gracias a sus ventajas fiscales, Ceuta está consiguiendo atraer empresas de juego online. Esta actividad representa ya, según las autoridades locales, entre el 9% y el 12% de la economía de la ciudad y da empleo a más de 1.300 personas.
El sector está adquiriendo tal importancia que este mismo año Ceuta ha celebrado su propio evento internacional de iGaming, Bet On Ceuta 2026, presentado por sus organizadores como un éxito.
Y no podemos olvidar que debido a su especial circunstancia, Ceuta tiene el doble de empleados públicos que la media de las ciudades españolas. El Estado en sus diversas formas (municipal, autonómica, nacional) está siempre presente y visible.
La Odisea es el extraordinario relato del largo viaje de Ulises de regreso a su hogar. Los subsahariano, asiáticos, magrebíes… que vemos hoy en Ceuta están viviendo una odisea inversa: no regresan a casa, sino que intentan llegar a un lugar, a un emporio, en el que imaginan tendrán un futuro.
El mensaje permanente de los dioses en La Odisea es la sagrada ley de la hospitalidad: la obligación de acoger al extranjero, al que llega de lejos, al que pide refugio.
Casi tres mil años después, en Ceuta se está poniendo a prueba, una vez más, el antiguo mandato de Zeus y Atenea.
Víctor Rubio

