El capítulo 3 del último libro, 2021, de Alharilla sobre el marqués de Comillas, “Antonio López y el comercio ilegal de esclavos”, no da para mucho más. Son solo 27 de las 315 páginas centrales que tiene la obra “Un hombre, mil negocios”. Es decir, el 8,6% de un libro motivado por la polémica en torno a la estatua de Antonio López que el Ayuntamiento de Barcelona retiró por haber sido negrero (Capítulo Uno). Podría esperarse que con su publicación rebatiese a quienes le acusamos de que no tenía pruebas contra López. No ha sido así. El autor tampoco ahora puede aportar documentación que involucre al marqués de Comillas con el tráfico de esclavos y, por consiguiente, se agarra a cualquier indicio/sospecha e hincha el número de páginas de ese capítulo tres con el contexto de la trata en Cuba, con barcos negreros ajenos a López y con el modus operandi de la legalización de los bozales. Tanto le cuesta alargar dicho capítulo con pruebas o argumentos que relacionen a Antonio López con la trata que opta por terminarlo con nueve páginas dedicadas a actividades no relacionadas con ella (gestión de comercios, compraventa de fincas, trato familiar con el Padre Claret).
El problema de MR Alharilla nació en 1996 al asegurar sin pruebas firmes, por pura ansiedad ideológica, que Antonio López fue un negrero sin ningún género de dudas. Nadie del mundo académico se había atrevido a tanto contra el marqués de Comillas. Toda una sensación, una primicia, a pesar de que Elena Hernández Sandoica ya había puesto en la picota al naviero cuestionando su enriquecimiento gracias sobre todo a los privilegios que, según ella, recibió la naviera López/Cía. Trasatlántica. Esta historiadora, a su vez, seguía los pasos del prestigioso catedrático de Economía Juan Velarde (nacido en 1927), quien achacó la gran fortuna de López al contexto colonial y a las ayudas estatales al Grupo Comillas.

Alharilla se atuvo a esta visión negativa de Antonio López y la enconó desde su trabajo académico inicial, siendo el primer investigador con fuentes primarias que le acusó de tráfico de esclavos. Pudo inducirle a ello el director de sus dos tesis (tesina 1996; tesis doctoral 2000), Josep Delgado Ribas, catedrático de Historia de la UPF, cuya postura muy crítica con el colonialismo/imperialismo español, con España en general y con los Borbones es sesgada y sectaria a mi parecer. No es igual que sea Paul Preston quien dirija un estudio académico sobre la Guerra Civil a que lo haga Pío Moa; por la misma, la imagen de Antonio López dependió algo o mucho del enfoque que le imprimió ese director de la tesina y de la tesis doctoral. De hecho, Josep Delgado refrenda en el prólogo del libro de MR Alharilla: “Los marqueses de Comillas, 1817-1925” (2000) la perspectiva peyorativa que su doctorando le achaca a Antonio López. Ni que las líneas maestras de ambas tesis del historiador de referencia estuviesen escritas a cuatro manos.
Mi deuda es aún mayor con Josep Maria Fradera, Pere Pasqual y, especialmente, Josep Delgado, cuyos comentarios en la lectura de mi tesina me han sido de mucha utilidad. (1996:10)
El nuevo libro “Un hombre, mil negocios” (2021) corrige en parte esta visión tan negativa que Alharilla ha mantenido de López durante 25 años en cuanto empresario, pero incidiendo más en las acusaciones de negrero. No tiene remedio, acorde a una tesis doctoral (2000) mal planteada por cuanto abarca demasiados/amplios campos de investigación: “Empresa, política y sociedad en la Restauración. El Grupo Comillas (1876-1914)”. Un trabajo de esa índole debería centrarse en un tema más específico para aportar algo realmente nuevo, no dispersarse en amplias derivadas (empresa, política, sociedad) que sobrecargan la tesis con abultada información de toda índole que se cruzó en sus investigaciones. Es chocante la cantidad de datos que aporta sobre personas y hechos anteriores a 1876: valiosa, quizás, para otras obras, hojarasca para la tesis doctoral.
La dispersión induce a cometer errores. Sentenció que Antonio López fue negrero sin haber investigado bastante los fundamentos de esa acusación. Para ser tan contundente contra el negrero López debió antes haber indagado con profesionalidad. Sus fallos parten de una mala praxis que su director Delgado Ribas no le corrigió, quizás porque a este catedrático, aventuro, ya le venía bien esa perspectiva denigrante del marqués de Comillas, de los capitanes generales de Cuba, del colonialismo español y de la Casa Real española.
Aparte de ser más cauto con las fuentes, falta la objetividad/imparcialidad que se requiere de un trabajo académico. Es lo que lleva arrastrando Alharilla y de lo que se han aprovechado los responsables del Ayuntamiento de Barcelona para retirarle a Antonio López la estatua, la plaza e incluso la avenida. Esto último sin venir mucho a cuento porque la Avenida del marqués de Comillas en Barcelona sería más un reconocimiento a Claudio López Bru por formar parte del equipo gestor de la Exposición de 1929. Por el mismo motivo que en el nomenclátor de esa zona de Montjuic aparecen personalidades relacionadas con dicha Expo: los arquitectos Josep Puig i Calafach y Carles Buïgas, sin olvidar la avenida María Cristina en honor a la reina madre, quien murió en 1929. Antonio López no pintaba nada con una avenida en Montjuic casi medio siglo después de morir; y sí, Claudio López Bru, segundo marqués de Comillas.
Las acusaciones de negrero lanzadas por Alharilla han sido muy útiles para quienes querían en Barcelona dar un golpe de efecto contra la esclavitud, el racismo, el colonialismo… sin tocar la médula de los esclavistas/negreros catalanes, de los de casa. Ni tampoco al almirante Cristóbal Colón. ¡Ah!, a esos, no. Para ello sólo contaban con este historiador de la UPF que presentase pruebas contra López. Que estas fuesen consistentes o no, tampoco importaba tanto si se hacía una campaña adecuada y el profesor Alharilla se prestaba, como un activista más, a colaborar con el Ayuntamiento participando con trabajos firmados para la Consejería de Memoria Democrática, con entrevistas y conferencias… ¡Mira que llevaba dos décadas sin profundizar en sus investigaciones sobre la implicación de López en la trata! Daba igual. Era el tonto útil, el imprescindible para dar la patada certera a la estatua del marqués de Comillas.
Bastaba con que no parase de pasear la cabra del negrero López por los medios de comunicación, conferenciando aquí y allá, pues siempre habrá quienes luego dirían la suya, quienes se apuntarán a dar palos a quien sea tildado de negrero poniéndose a rueda del investigador de referencia y del Ayuntamiento. No hacía falta ni citar las fuentes donde abrevaban sus datos incriminatorios. Bastaba con atenerse a una machacona posverdad, estilo Joseph Goebbels, para que pareciera que muchos historiadores y expertos habían investigado el caso. ¡Qué va! Solo uno y desde que era joven no había aportado un dato nuevo. Nadie se molestaría en cuestionarle revisando a fondo sus acusaciones. ¡Excesivamente fatigoso ir a contracorriente para defender a un naviero del siglo XIX cuya imagen apenas importa a algún que otro de sus muchos tataranietos!
El historiador orgánico de referencia
A finales de junio de 2017 me presenté en la sede de Paisaje Urbano (Museo Parés), ente del Ayuntamiento de Barcelona, pidiendo información sobre la defenestración de la estatua de Antonio López, pues desde ese centro habían promovido una consulta popular al respecto. No me dieron ninguna, no la tenían. Me dijeron que las acusaciones de negrero contaban con el aval de un investigador de prestigio y que me remitirían lo que pedía. Solo recibí algunas fotocopias, sin criterio, de la bibliografía de la tesis doctoral de Alharilla. Me sentí burlado e insistí. Obtuve el e-mail de este profesor y tras un cruce de correos no contestó más, quedándome la sensación de que carecía de pruebas. Habría que remitirse a 2017 para considerar al profesor Martín Rodrigo Alharilla un historiador orgánico de referencia; en todo caso ha terminado siéndolo. Lo reconfirma el que haya sido nombrado por el Ayuntamiento comisionado de las jornadas “Esclavismo en Barcelona” (El Born, noviembre 2021).

Es el único historiador señero en la Cuba esclavista y sus indianos que ha contribuido a que el Ayuntamiento tirase abajo la imagen del marqués de Comillas. Incluso asegura que el monumento a Antonio López fue contestado, polémico, desde que lo erigieron. Según él:
Prácticamente desde que se acabó de inaugurar aquella efigie levantada en Barcelona en memoria de Antonio López, su oportunidad fue puesta en cuestión. La opinión pública de la capital catalana aparecía así dividida entre defensores y los detractores del primer marqués de Comillas. Y de su estatua. El conjunto monumental situado en la rebautizada plaza de Antonio López fue objeto de discordia prácticamente desde su inauguración.
Esto mismo lo escuché por primera vez cuando Ricard Vinyes, comisionado de las Memorias del Ayuntamiento de Barcelona, intervino en una mesa de debate en el Centro Born. ¿Por qué tendría que novelar también así Alharilla, salvo que fuese historiador orgánico? Debería saber que salvo el resentido Francisco Bru y la comedida y divertida crítica por parte del periódico contestatario “El Diluvio” no consta que siquiera una parte de los barceloneses estuviesen en contra del monumento. Y las entonces críticas de “El Diluvio” no hacían referencia a que López fue negrero. Se enmarcaban en la legítima postura de cuestionar que se ensalzase a un magnate empresario a pesar de los problemas sociales y laborales que generaba el capitalismo burgués en los sectores de las clases populares y trabajadoras perjudicadas.
Lo que sí es cierto es que los barceloneses no participaron con igual entusiasmo en el acto de poner la primera piedra al monumento del marqués de Comillas que al monumento de Anselmo Clavé, celebradas por casualidad ambas ceremonias la misma mañana (24.09.1883). La popularidad de Clavé era enorme y se le festejó muy a lo grande, con 22 corales y hasta con la banda de música municipal (léase la prensa). El alcalde Rius i Taulet también intervino en el acto de la primera piedra para Antonio López, pero la ceremonia al naviero fue institucional, nada popular. A fin de cuentas, el marqués de Comillas era un acaudalado empresario al que el privilegiado mundo del dinero le mostraba gratitud y reconocimiento.
No tiene pase que la fría acogida de la ciudadanía al monumento de López fuera signo de discordia y contestación contra el marqués, al extremo de dividir la opinión pública incluso “durante buena parte del siglo XX…” Esta es otra de las injustificadas lindezas de Alharilla. En todo caso, cualquier conspicuo proyecto urbanístico o/y monumental provoca polémica, sean los Juegos Olímpicos, la Sagrada Familia o los carriles bici. Cuestionar, debatir y criticar cimentan la democracia.

Puestos a reforzar la idea de la repulsa popular al monumento de Antonio López, Alharilla afirmó en una entrevista que en el verano de 1936 “un nutrido grupo de barceloneses derribó la estatua original”. Mentira. Esa acción fue llevada a cabo de madrugada o altas horas de la noche por un tan decidido como reducido grupo y en las noticias/fotos del día siguiente solo aparecen unas personas posando junto a la estatua. La contestación popular no aparece por ningún sitio. Y aunque “El Diluvio” (agosto 1936) justificó esta acción en que López fue negrero, la razón real fue el rechazo al capitalismo, la misma que echó abajo otros monumentos y cometió desmanes que nada tenían que ver con la esclavitud (ej. el derribo de la estatua del banquero Manuel Arnús, en Badalona). Lo menos que se puede esperar de un historiador es que se atenga a los hechos; salvo que sea orgánico y entonces ya se sabe: vale todo.
Tampoco tiene pase que tergiverse la postura del Círculo Hispano Ultramarino de Barcelona (1871) respecto a la esclavitud en Cuba. Estaba presidido por Juan Güell, siendo vicepresidente, Antonio López, y figuraba cuajado de miembros pertenecientes a la flor y nata, la creme de la creme, de toda Barcelona. Para Alharilla esta asociación destacó por “la defensa de la institución de la esclavitud”. Y lo afirma sin matizar, sin sonrojo, como si las clases rectoras catalanas fueran perversas y remasen contra la historia por mero interés para sus buchacas. Para Alharilla eran tan malos malísimos que incluso 238 mujeres familiares de ellos, criollas residentes en Barcelona, redactaron un manifiesto advirtiendo al Gobierno de Ruiz Zorrilla de los peligros que corrían las Antillas españolas e incluso los esclavos si se abolía la esclavitud tal cual se proponía en las Cortes (enero, 1873). Si se quiere presentar la peor cara de la clase dirigente catalana, vale con manipular sus actitudes ante la abolición. Pero un buen historiador se debe a los hechos, investigándolos con profesionalidad y explicándolos con ecuanimidad. Cuando para sus propósitos se tiene que meter con estas señoras, amañando en su contra sus sentimientos, queda clara la ruindad de sus argumentos.
Las señoras se atuvieron a las ideas dominantes en su época y clase social, no lejanas al pensamiento racista de Alexis Tocqueville (Obras Completas, 1864), coetáneas del racismo en boga y del sentir generalizado, tan distinto al hoy denominado pensamiento único. Durante esos días, ni los anarquistas ni sus sindicatos llenaron Plaza Cataluña o publicaron manifiestos a favor de los esclavos. Si todavía ahora resulta difícil separar a la persona negra del necesitado, del de fuera, del que viene a que le den trabajo, papeles o limosna, del que le cuesta prosperar a solas por sus propios medios porque está en precario…; tanto más pasaba en 1873 cuando incluso costaba separar negro y esclavo. Al tergiversar las intenciones y sentimientos de esas mujeres criollas, lo que hace MR Alharilla es desacreditarse. Lo suyo es patético.
Ellas aprobaron su texto días después que los Círculos Hispano Ultramarinos publicaran en cantidad de periódicos españoles el manifiesto “A la Nación” contra la posible abolición sin demora de la esclavitud en Cuba, en vez de esperar como estaba convenido a que acabase la guerra y los cubanos tuviesen representación parlamentaria. Era lo razonable y lo que consiguieron. La abolición solo se aprobó para Puerto Rico, con amplio consenso. Para algo se pasaba los días negociando los acuerdos con el Gobierno el vasco Manuel Calvo Aguirre, en el opíparo restaurante Lhardy (Madrid), en representación de los hacendados cubanos.
Ni las señoras criollas ni sus maridos eran esclavistas tal cual lo da a entender Alharilla. Los miembros del CHU firmaron este comunicado: “Conforme están los que subscriben en aceptar la idea civilizadora de la abolición de la esclavitud, siempre que esto se lleve con tacto y miramiento”. Hay que recordar que la trata había sido abolida de facto en 1866 y que la guerra en Cuba desbarató varios planes, previos y subsiguientes, para acabar con la esclavitud porque el conflicto bélico aconsejaba mantener el estatu quo en la Isla hasta acabar las hostilidades. Es más, la abolición ya estaba en curso desde la Ley Moret, aceptada por los hacendados cubanos: Vientres Libres, libertad de los esclavos a partir de los sesenta años, Junta Protectora de Libertos… (04.06.1870). El siguiente paso fue la abolición en Puerto Rico (1873), antesala del carpetazo en Cuba en cuanto se firmara la paz.
Uno de los proyectos de emancipación completa (10.05.1874) lo propuso el propio Julián Zulueta a Víctor Balaguer (ministro de Ultramar). Nadie defendía la esclavitud, sino cómo y cuándo ir sellándola. La clase dirigente catalana no era, sensu estricto, esclavista ni anti abolicionista. Alharilla lo tergiversa destacando unos aspectos y callando otros para dar una versión más desfavorable de la burguesía catalana y, a lo que va, de Antonio López.

Su actitud de aportar la cara peor posible también de la Cuba esclavista le lleva a decir barbaridades académicas, como esa que repite al ser entrevistado: que en Cuba entraron en total 900.000 esclavos, 600.000 de ellos cuando era ilegal (1820-1866), mientras en Estados Unidos, con toda su extensión, sólo desembarcaron 390.000 bozales. Es un modo de acusar a España de chalanear al por mayor con carne humana, y encima triturando esclavos como nadie. Se explicaría que un activista delirante lance esas cifras y comparaciones. De un profesor universitario, no; salvo que sea un historiador orgánico para, de rondón, perjudicar en este caso la imagen de Antonio López.
Hagamos cuentas. La cifra de 390.000 bozales es falsa porque al abolirse la esclavitud en 1860 había en Estados Unidos 4.000.000 de esclavos, más 490.000 negros libres, es decir, que hubo un crecimiento vegetativo portentoso, inexplicable ni poniendo a parir a las negras criollitos de granja humana. Años después de la abolición aprobada por Abraham Lincoln, las personas de color (negros y mestizos) sumaban 5.400.000 (1870). Ni en la época victoriana de Gran Bretaña se logró semejante milagro demográfico.
Respecto a Cuba, nunca se sabrá cuantos bozales entraron. Las cifras recogidas en los archivos británicos no alcanzan ni de lejos esos 600.000. Rondan (dicen) los 365.000, y se sabe que los cónsules británicos sumaban un tercio al número de desembarcados que les daban sus informantes, lo cual también era estimado. La mortalidad y natalidad de las personas negras en Cuba sigue siendo una gran incógnita. En Puerto Rico las cifras son dispares a las que se suelen dar para Cuba. Pasa igual con el inescrutable tráfico de esclavos interterritorial en el Caribe y golfo de México.
Tampoco se sostiene el mantra de las 900.000 personas bozales traídas a la Isla. En 1842 y en 1862 trabajaban en las zonas agrícolas un número equiparable de esclavos, rondando los 340.000, siendo el total de las personas de color cubanas en este último año unas 540.000. Los censos no son fiables, y en ningún caso cuadran en Cuba; también porque la gente tendía a decir que su color de piel era más blanco del real. El descuadre es evidente en el censo de 1879, cuando la Isla tenía en total 1.300.000 habitantes, de los cuales medio millón eran de color (negros y mestizos). El monto de 900.000 bozales, dado por Alharilla, había quedado en algo más de la mitad; mientras en Estados Unidos, la cifra 390.000 se había multiplicado por más de diez para 1860. Como si todo consistiese en a ver quién dice la más gorda sobre la esclavitud en Cuba con el grabado más horrendo.
La historia de la esclavitud vista también desde la exportación de carne humana por parte de los desaprensivos africanos y su compra por los avaros blancos…, más toda la inhumana explotación posterior, necesita un profundo repaso. Hay que buscar sus fundamentos para que no se digan disparates sobre lo que ya fue una barbarie humana tan descomunal que sus nefastas consecuencias perduran sine die para las personas negras.
Se ignora la cantidad de esclavos que entraron en Cuba, también los miles de ellos que salieron de contrabando a los puertos de Estados Unidos que estaban a menos de tres días (Florida, Nueva Orleans), donde su precio podía triplicarse. Este trasiego está documentado y Hugh Thomas propone la cifra de 200.000 esclavos. Los historiadores serios evitan troquelar los guarismos de bozales porque no es fiable ni el registro “The Trans-Atlantic Slave Trade”. Pero Alharilla osa inventarse cifras para Cuba, las más altas y peores para España, acorde a su papelón de historiador orgánico y a la carta.
El diapasón del oportunismo
La parcialidad de Alharilla respecto al cántabro Marqués de Comillas se comprueba al analizar el trato que da a otros presuntos negreros y el diapasón con que les critica según para quién y dónde escriba. Sin ser exhaustivo, es el caso del libro “Los Goytisolo. Una próspera familia de indianos” (2016). Suave, suave con ellos, desde el título. También muestra complacencia con los presuntos esclavistas/negreros catalanes en su libro “Indians a Catalunya: capitals cubans en l´economia catalana” (Fundación Noguera, 2007). Hasta Antonio López sale allí bastante bien parado, y no debe ser casualidad. En según qué ámbitos y qué subvenciones hay que guardar ciertas formas, así que, en vez del vocablo negrero, para la Fundación Noguera abusa de la fórmula “se enriqueció”.

Un caso evidente de ajustarse al guión es su extenso artículo “La arquitectura de los indianos en Barcelona. Barcelona y el legado de los indianos”, escrito en colaboración con Tate Cabré Massot (“Mes a prop”. Boletín de la Cátedra de Cultura Catalana de la Universidad de La Habana, 28-30 de noviembre de 2011). ¡Qué manera de loar a los indianos catalanes! Mejor, imposible. Nada de negros, esclavos, trata, explotación… Son términos ausentes. Ni delata cómo sacaron tantos indianos tanta riqueza. Es el caso de Antonio López: “nacido en Comillas, enriquecido en Cuba e instalado en Barcelona, impulsó y dio nombre a la Naviera Antonio López y Compañía…” ¡Caramba! No era eso lo que escribía para el Ayuntamiento de Barcelona.
Decenas de indianos son catalogados por Alharilla con el genérico “enriquecido” en Cuba. Con decir que el célebre negrero Pedro Blanco (magnífica la novela de Lino Novás) aparece entre ellos como uno más entre los respetables indianos. No tiene reparos en ese texto en blanquear el pasado de los “americans catalans”. Ni que todos ellos hubiesen amasado sus fortunas en una sociedad sin color regida por un idílico Estatuto de los Trabajadores. Algunas referencias se merecían de Alharilla las personas esclavas, los 900.000 bozales, según él. No menta ningún vocablo relacionado con el trabajo forzado en Cuba, ni con el azúcar. Más acaramelado androcentrismo blanco resulta insuperable. Está visto que, exagerando, serviría de historiador orgánico para todos los collares.
Criticar los trabajos de investigación es muy fácil, se juega con toda la ventaja, -vale también para mí, por supuesto- porque quedan al albur de nuevos hallazgos y enfoques, y de una revisión crítica que además de cuestionar la mayor, resalte los inevitables errores, lagunas y despistes. He trabajado muchos meses para defender con honradez la imagen de Antonio López frente a un empleado universitario que la maltrató hasta contribuir a echarla abajo en Barcelona. Y he cargado con fuerza porque le ha faltado ecuanimidad al acusar tan duramente al marqués de Comillas, a quien difama sin que pueda defenderse ni se espere que alguien lo haga por él. Razón de más para que un marino, que navegó en la Cía. Trasatlántica, y el diario catalán de actualidad marítima NaucherGlobal se molesten en salvar la cara del, probablemente, mejor naviero que tuvo el país.
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