Todas las tempestuosas pasiones de los albores de la humanidad, el amor al botín y el amor a la gloria, el amor a la aventura y el peligro, junto con el gran amor a lo desconocido y los fabulosos sueños de dominación y poder, han pasado, como imágenes reflejadas desde un espejo, sin dejar el menor rastro en la misteriosa faz del mar”. («El espejo del mar». Ediciones Hiperión, S.L. 2ª edición,1986. Pág. 160)
El final del centenario de la muerte de Joseph Conrad coincide con la Comisión Europea criminalizando a las controvertidas organizaciones humanitarias que, como Open Arms, se dedican a paliar las tragedias de los refugiados e inmigrantes empeñados en desembarcar en las costas europeas. Esta medida, entre otras, refleja la impotencia de Europa para controlar los flujos migratorios en el Mediterráneo, también para atajar la contestación de tintes racistas y xenófobos que este descontrol de la inmigración provoca cada vez más entre los votantes a pesar de que la mayoría de quienes arriban al sur de Europa se van acomodando al cabo sin insalvables dificultades.
Europa da, pues, otro paso de tuerca a las onegés humanitarias, que operan en el mar Mediterráneo, para pretender zanjar la crisis de los refugiados por la vía expeditiva de cerrar también el coladero que por la puerta lateral obtienen de los socorristas (no institucionales) quienes se echan al mar por su cuenta y riesgo. Porque no es lo mismo rescatar náufragos o a quienes están en peligro obvio de serlo que prestar ayuda humanitaria en el mar para llegar a Europa en previsión de lo que les pueda ocurrir a quienes navegan en precario; algo así como buscar a los probables náufragos anticipándose al trágico acaecimiento para salvarlos como si de un naufragio se tratara.
Entre socorrer al náufrago y ayudar en el mar al refugiado/inmigrante hay una controvertida zona gris que la Comisión Europea pretende eliminar atenazando a las onegés, tipo Open Arms, aunque esto suponga impedir el decisivo y preventivo socorro que prestan en primera instancia frente a las costas de donde parten los inmigrantes (Open Arms ha perdido el juicio contra el entonces ministro del Interior del Gobierno italiano, Matteo Salvini).
Otra careta fuera, ya quedan menos, antes de que quizás el Mediterráneo refleje sin ambages el egocéntrico rostro identitario de Europa con una solidaridad, aunque real, no exenta de conveniencias forzadas/inevitables porque más allá es caridad. Actitud en alza y confirmada por las elecciones europeas del pasado junio y remachada por la reciente victoria electoral de Donald Trump. Se rechaza que por la vía de la solidaridad y de los hechos consumados se imponga una sociedad multicultural que cada vez más europeos la consideran menos propia y cohesionada, más impredecible y vulnerable. No les compensa el balance de enormes ventajas colectivas que aporta la inmigración incluso ilegal, mientras a ésta si le vale la pena correr los riesgos y penurias de afincarse en el Viejo Continente para con su trabajo y rectitud aprovechar las claras oportunidades que se les presentan.

He aquí el conflicto humano, el mayor planteado por la globalización, que de algún modo refleja Conrad también en el libro “El espejo del mar” (1906) al exponer retazos autobiográficos de marino en el escenario de la lucha del hombre contra la dureza incompasiva del mar que le pone a prueba. Porque el escritor polaco no se limita a exponer sus recuerdos e impresiones, pues al igual que en sus novelas, aprovecha el mar a modo de espejo para exponer la naturaleza humana. Por eso afirmó antes de morir que su producción literaria no versaba tanto sobre el mar/marinos como de las virtudes y las bajezas de las personas y sociedades plasmadas en el medio marítimo.
Estos aspectos que pueden leerse en las obras de Conrad también se proyectan en la película “Mediterráneo” (2021), basada en los inicios de Open Arms. Cambian los personajes, los retos, la época y lugares, no así el cómo responden los principios básicos de la naturaleza humana cuando están sometidos a situaciones extremas, más aún si el escenario es el mar que, cuando vienen mal dadas, penaliza sobremanera los errores, demoras, las indecisiones, las flaquezas de carácter… toda vez que «el mar nunca ha sido amigo del hombre. A lo sumo cómplice de las inquietudes humanas» (pág. 159). Nos lo recordó hace cuatro meses el superyate BAYESIAN, prototipo de la coquetería del mar, que se hundió en la bahía de Porticello (Sicilia) cobrándose siete vidas.
La constante es que en momentos de graves crisis y desafíos aflora lo mejor y lo peor de las personas, desde la extrema generosidad al poso obscuro del género humano. Desde el heroísmo, bondad, solidaridad, lealtad… a la codicia, egoísmo, traición… Siendo el poso más compactado el racismo con su hijuela la xenofobia, fractura o punto de ruptura de la convivencia cuando el miedo, o el simple desasosiego, nos pone en guardia ante quien nos resulta ajeno por etnia, cultura, procedencia…
Joseph Conrad epitimiza este tipo de grave discriminación en su novela “Lord Jim” con la frase: Es uno de los nuestros, razón por la cual los suyos le pasan por alto a este personaje británico que siendo primer oficial de un barco en peligro de naufragar en Asia buscó su salvación personal dejando en la estacada 800 peregrinos que iban de pasaje a la Meca. Su cobardía traicionó también su deber profesional; no obstante, los de su entorno le rehabilitaron como persona y marino en rutas remotas donde se afanó en redimirse con valentía.
Lord Jim plasma tal como somos. Capaces de lo mejor y de lo peor, incluso con la doblez de poder ser cobarde y héroe. También con la quiebra moral de juzgar a alguien según su círculo de pertenencia, evidente incluso aquí y ahora con la pornografía vasca de festejar con ongi etorri (bienvenido) a los asesinos porque a fin de cuentas es uno de los nuestros por muy terrorista que fuera.

Su derivada sociológica sería que al inmigrante, al extraño, no se le pase ni una y aunque no haga nada mal quede bajo sospecha. Caso especial en España es el trato sottovoce en los aeropuertos que se da a los inmigrantes hispanoamericanos dejándoles pasar y luego quedarse con subterfugios porque de algún modo son uno de los nuestros o más nuestro que el resto de los emigrantes, gracias a lo cual suponen el postrer y mejor Potosí del imperio español por tener el valor añadido de ser capital humano.
Esta es la Europa que aflora, la de nosotros y ellos, debido también a la presión migratoria, patente en los 24 millones de residentes extranjeros que hay en la UE (5,3% de la población total) a los que habría que añadir otros 38 millones (8,5%) que ya tienen la ciudadanía europea pero que llegaron siendo inmigrantes. Eso sin contar a quienes a saber cuántos cientos de miles todavía están sin papeles.
Asoma lo que ya estaba, el permanente poso de la naturaleza humana que los puntos ciegos de la democracia impidieron verlo reflotar hasta que ha amenazado con imponerse. ¿De qué sorprenderse? Hay que recordar que no hace tanto el nazismo/racismo fue derrotado por razones geopolíticas y por las vidas y armas de fuera del Viejo Continente, no porque los europeos se alzasen o lo intentasen en masa en defensa de la democracia, la tolerancia y la solidaridad.
¡Tú te lo has buscado!
Joseph Conrad fue un inmigrante huérfano que llegó mozalbete a Marsella por su cuenta con la obsesión de ser marino y se embarcó en una venerable antigualla con la que pasó su primera Navidad lejos de tierra corriendo un temporal en el Golfo de León que «hizo gemir al barco por todas las cuadernas». Su juvenil audacia y entusiasmo le evitó ser consciente del riesgo de navegar en esa galère que hacía agua “por todas partes como un cesto (…) dispuesta a abrirse y tragar tanta agua como le cupiera” (págs. 177-179). Su tío y tutor se inquietó al saber los peligros que arrostraba su sobrino y en una carta burlona e indulgente le dijo: “Tu l’as voulu, George Dandin”, en referencia a la comedia de Molière del mismo nombre propio (1668).
El primer embarque de Conrad y la suave regañina de su tío guardan ciertos paralelismos con las condiciones en que se echan al mar los inmigrantes en el Mediterráneo y lo que en el fondo pensamos en general los europeos de todo ello: “Tú te lo has buscado”, un modo de desentenderse incluso de que, solo entre 2014 y 2023, ambos inclusive, al menos 31.000 personas se hayan ahogado al intentar llegar a Europa.

Una de las cuestiones claves es hasta qué punto las democracias europeas, es decir, sus votantes, son responsables de la tragedia cuando consideran que ante la llegada en alza de refugiados/inmigrantes no tienen otra opción que intentar disuadirlos poniéndoselo difícil y peligroso cruzar el mar, internándolos en campos de refugiados, estrangulando las peticiones de asilo y deportándolos en lo posible.
Como con esto no basta, la Unión Europea también recurre a las paladas de dinero con las que se ha acostumbrado a intentar sofocar los problemas, desde los acuerdos con Turquía en 2015 a los otros más recientes con Libia, Túnez…, pagando para que impidan en sus costas la salida de barcos y gomones hacia Europa. Todo bastante en balde, como también su Guardia de Fronteras y Costas (Frontex). Estas medidas a lo más contienen y derivan la inmigración, no la paran ni evitan la tragedia, así que los últimos recursos, por ahora, han sido empezar a externalizar el control de las fronteras y los centros de retención (Albania), además de culpabilizar a las onegés que, de algún modo, en el mar facilitan la inmigración ilegal. Tampoco zanjan la crisis.
Una alternativa a la mano dura sería abrir las fronteras con muchos más visados de entrada, pero quienes aun así fueran excluidos de las vías legales seguirían intentando colarse como hasta ahora. Tanto más cuando están engrasadas las redes de transporte que en África y Asia captan, coordinan y embarcan en el Mediterráneo hacía Europa a quienes asuman el riesgo de morir en la aventura previo pago de un puñado de cientos o miles de dólares, aparte de sufrir penalidades de todo tipo.
Europa no puede contra esta determinación de quienes voluntariamente están dispuestos a pagar lo que les pida la codicia, a asumir una probable muerte, a saltarse a las bravas las leyes que les impidan el paso. Es una opción personal incluso cuando se busca refugio en Europa acosados por las guerras, las carencias básicas, los desastres… En último término, antes de aventurarse al menos tienen la opción de elegir después de sopesar lo que más les conviene.
Basta observar cómo parten ilegalmente para Europa los más capaces, los que tienen sobre todo dinero, fuerza y salud, cuando no también formación y contactos de algún tipo para intentar instalarse mejor tras cruzar el mar. Los refugiados de verdad, o los más merecedores de asilo, tienen en su mayoría menos opciones para inmigrar ilegalmente dada su falta de recursos de todo tipo. A fin de cuentas, el mar es un cedazo para la inmigración de su cuenta y riesgo que pasan quienes se lo pueden permitir e incumplen las leyes, que las hay, aunque lo niegue la canción “Te espera el mar”, tema principal de la película “Mediterráneo”: “Yo creo en la ley de los mares donde nadie es ilegal”. Mentira.
El sector marítimo es uno de los más regulados del planeta, en especial en lo referente a la seguridad de la vida en el mar: desde el disco Plimsoll, que limitó la carga permitida a bordo para preservar la estabilidad del barco (1875), al convenio SOLAS (1914… 1974) debido al naufragio del TITANIC (1912), más las innumerables normativas IMO posteriores que tratan de la seguridad a bordo (ej. capacitación de la gente de mar, inspecciones…). Todo ha pasado a ser ley una vez refrendado por los parlamentos nacionales.
¡Será por leyes! Sin embargo, los inmigrantes ilegales apenas cumplen la de llevar el chaleco salvavidas siquiera para darse la falsa sensación de seguridad cuando en realidad se han embarcado en un ilícito y consciente “tú te la has buscado”. Claro que siempre habrá quienes carguen los muertos, a modo de mala conciencia o fardo de responsabilidades, sobre las espaldas del Hombre Blanco (poema de Kipling, 1899), no siempre sin razón, incluso autoinculpándose.
Y Europa, ¡también tú te lo has buscado!

La Comisión Europea ha mostrado su desesperación por atajar la entrada ilegal de inmigrantes al anunciar la presidenta Von der Leyen una ley para endurecer los controles, crear campos de refugiados en terceros países y aumentar las deportaciones. ¿Inhibiciones?, van a menos: más rechazo, más represión, más lo propio de la denostada extrema derecha. De modo que a la desesperación de los inmigrantes se contrapone la desesperación de la UE; a la ilegalidad de aquellos, la nueva ley europea porque, como decía Mahatma Gandhi de los británicos, antes de cometer una ilegalidad cambian la ley que no les conviene.
Europa no ha llegado por casualidad a esta situación límite que vulnera su ideario de solidaridad/tolerancia y cuestiona su modelo de cohesión social. También ella “se lo ha buscado” tras reiterados fracasos (ej. ayuda al desarrollo); por falta de previsión ante el hundimiento de la natalidad; por el error obtuso de considerar a cualquier cosa progreso si crea riqueza y bienestar; y por haber deslocalizado los puestos de trabajo, porque una sociedad rica se lo puede permitir, a pesar de generar insufribles desigualdades y costes humanos entre amplios sectores de la población.
Este desastre que destapa la crisis de la inmigración ilegal también se refleja en “El espejo del mar” por cuanto Joseph Conrad apunta, en pleno apogeo del colonialismo, que incluso los reyes han “adoptado las maneras y las costumbres, carentes de interés, de simples millonarios” (pág. 179) y se vive “encadenado al progreso”. De hecho, el escritor-marino desarrolló estas y otras críticas con ocasión del naufragio del TITANIC. Sus dos artículos publicados poco tiempo después delatan los fallos estructurales del trasatlántico, la ceguera y negligencia de los mandos y técnicos “ante la perfecta exhibición de la vida moderna ciega en la materia y lo artificioso”. Mutatis mutandis puede trasponerse esto a la actual construcción y gobernanza de Europa.
Conrad hace hincapié en los fallos de seguridad mofándose de este barco con tan “buena fama” que incluso se le consideraba inhundible: mamparos estancos que no lo eran porque no llegaban a la cubierta principal, número insuficiente de botes salvavidas que encima eran de madera a remos y vela, en vez de metal y a motor… a pesar de lo cual todos los pasajeros vivían bajo un clima de seguridad. Mucho lujo y oropeles a modo de marine Ritz, pura vanidad a cambio de ahorrar soslayando los fundamentos de la seguridad de la vida en el mar.
En el caso de la Unión Europea, un fallo estructural es no haber previsto las consecuencias del naufragio de la natalidad de los europeos. Es tan profundo y viene tan de décadas atrás que hoy es del todo imposible reflotarla. Y ¿ahora qué? De aquí el miedo que delata la mano dura de Europa para que los inmigrantes no suplanten ni inquieten a quienes no han sido capaces ni de criar su propio relevo generacional. No es que haya invasión, es que sin contar a los inmigrantes la UE perdió medio millón de habitantes en 2019 (antes del Covid), a pesar del aumento de la longevidad y la natalidad de inmigrantes regularizados.
Nadie vio al elefante en la habitación. Tantos asesores, especialistas… en las instituciones europeas para, aun así, seguir complacientes la fiesta del consumo y de la comodidad confiando contra toda evidencia que algunos se molestarán en tener tantos hijos como para no preocuparse.
Resultado: Cataluña ha pasado en 40 años de seis a ocho millones de habitantes con solo la llegada de extranjeros; por el mismo motivo, España ha aumentado su población en ocho millones en este siglo; Alemania y Suiza cuentan con un 30% de población de origen foránea. Gracias que vienen inmigrantes, sino habría que llamarlos o conformar otro tipo de sociedad, como la envejecida y de bajísima natalidad, Japón, con 121.600.000 habitantes, de los cuales pierde al año 700.000 y apenas recibe 175.000 foráneos.
Otro error que incide en la llegada de inmigrantes es pasar, como si nada, del Estado del bienestar a tener también el derecho al bienestar, aunque sea subvencionado o comprometa al futuro de Europa. El cual genera nuevas necesidades y puestos de trabajo para atenderlas, a poder ser a bajo coste, es decir, con inmigrantes sin papeles, sin IVA ni complementos salariales. El servicio doméstico es paradigmático de lo que sucede cuando hay familias que se pueden permitir pagar a una emigrante para cubrir este trabajo a pesar de que lo podrían hacer ellas mismas.
Esta sería una prueba, entre tantas otras, de que Europa está viviendo moralmente por encima de sus posibilidades al renunciar al valor de la cultura del esfuerzo y aprovecharse de las circunstancias indebidas. Sí, ha aumentado la riqueza y el bienestar en amplias capas de la sociedad, pero habría que plantearse, como Conrad, hasta qué punto el actual modelo de desarrollo es justo y sostenible: “Hay un momento en que el progreso, para constituir un avance real, debe cambiar ligeramente la dirección de su curso”.

Lejos de ello, se reincide en proseguir el plan de viaje según lo previsto para crear riqueza y repartir beneficios aun a costa de empobrecer a las clases medias/trabajadoras. Al consorcio de intereses que (también) es la Unión Europea le han salido las cuentas hasta ahora. No así a los colectivos que ha tirado por la borda o dejado al pairo. Empezando por los marinos mercantes de las naciones europeas de tradición marítima que fueron laminados rápido a partir de 1978 con el cambio de banderas y tripulaciones a las de conveniencia. Nos dejaron sin timón; luego se fue perdiendo dientes en el engranaje del sector industrial conforme se deslocalizaban fábricas… Ahora amenazan con llevarse al extranjero el volante y la azada si se sigue cerrando la industria automovilística; y si la Agenda Verde y el acuerdo con Mercosur rebajan a subsistencia las ganancias de los agricultores.
El panorama queda claro. Las clases medias y trabajadoras europeas han perdido el privilegio que tenían a ganar “El salario de la blancura” (David Roediger, 1991) y se consideran perdedores de la globalización. De exigir el aumento de sueldo han pasado a defender su puesto de trabajo, mientras los gobiernos les marcan como conquista el salario mínimo y los inmigrantes no se arrepienten de trabajar en Europa porque se consideran favorecidos aceptando condiciones sociolaborales que son una ruina para los autóctonos.
El ¡hasta aquí hemos llegado! vendría a ser la respuesta electoral que una parte de los europeos está dando al votar a las opciones más extremas, desertando del centro político. No se fían de los líderes que han pilotado las últimas décadas confiando en el aumento de la riqueza y el bienestar sin tener en cuenta que a pesar de todo amplias capas de población están molestas y empobrecidas porque, como diría Conrad, vivían “encadenados al progreso” que les perjudicaba. Señal de que era falso desde que muchos jóvenes con bajos sueldos no pueden comprar casa, tener niños, ganarse la vida como sus padres…
Así que mientras los líderes europeos van sin parar de cumbre a cumbre para poco más que hacerse sonrientes fotos de familia, hasta los ya treintañeros van inconscientes de festival en festival hacía un futuro incierto que esquivan viendo absortos las pantallas del móvil porque al menos les ofrece entretenidas recompensas.
Unos haciendo como que hacen, otros hipnotizados por la diversión… Nadie atento a los retos y problemas reflejados en el espejo del mar Mediterráneo: caída de la natalidad, auge de la economía de bajos sueldos y menor formación conforme se desmantela el sector industrial y tecnológico, gasto poco productivo en satisfacer el derecho al bienestar de quienes viven o no de rentas.
Al parecer solo vieron inmigrantes que se arrojaban al mar aun a riesgo de sus vidas y solo se preocuparon porque eran muchos quienes se colaban. Su ceguera y soberbia llegó al extremo de contribuir a poner a Rusia en el disparadero de declarar la guerra a Ucrania o aceptar que la OTAN pusiera sus tanques cerca del Río Don, también del Cáucaso, y convertir el Mar Negro casi en un lago de la OTAN. Peor, imposible, Europa, “tú te lo has buscado” y la inmigración y la guerra te lo corroboran.
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