Sí, Europa es un jardín. Hemos construido un jardín. Todo funciona. Es la mejor combinación de libertad política, prosperidad y cohesión social que ha construido la humanidad (…) La mayor parte del resto del mundo es una jungla, y la jungla podría apoderarse del jardín (…) Los jardineros deben ir a la selva. Los europeos deben comprometerse mucho más con el resto del mundo. De lo contrario, el resto del mundo nos invadirá, de diferentes maneras y por diferentes medios” (…) Mantengan el jardín, sean buenos jardineros. Pero su deber no será cuidar el jardín en sí, sino de la selva de fuera.
(Discurso de Josep Borrell en la apertura del curso de la primera promoción de diplomáticos de la Unión Europea. Colegio de Europa, Brujas, 13.10.2022)
Josep Borrell, siendo alto representante para Asuntos Exteriores y Seguridad de la UE, se metió en un jardín hace más de dos años y tras casi medio siglo metido en política. La cita recoge el inicio, las ideas centrales y el cierre de un desinhibido discurso del que luego, ante las graves críticas recibidas, adujo que había sido mal entendido. No fue así. Se explicó y se le entendió a la perfección porque la crisis de la inmigración ilegal se refleja tal cual en el Mediterráneo, en el Atlántico, en el Canal de la Mancha… a modo de jardín y jungla, de invasión, aunque esta visión tan descarnada soslaya otros aspectos tanto o más esenciales.

Lo incompresible fue la brutalidad con que se expresó Borrell en un tipo de discurso que, leído o no, se sopesa el mensaje, más si iba dirigido a los futuros diplomáticos de la Unión Europea. Tampoco se entiende bien que se expresara así un exponente de la generación socialdemócrata, la que durante las últimas décadas ha marcado como nadie el rumbo progresista de Europa a favor de los inmigrantes. Borrell confirmó otra guiñada autoritaria que el Viejo Continente está dando para ir sorteando el estrecho paso que, sin margen de error, delimitan a banda y banda la solidaridad y la represión con quienes quieren llegar a Europa para labrarse un futuro mejor también para sus familias. A más solidaridad, más necesidad de reprimir para frenar el flujo migratorio que propicia la generosidad; y viceversa porque victimizar a los ilegales genera, a su vez, empatía hacia ellos. Es un nudo gordiano que el Pacto sobre Inmigración y Asilo intentará romper en breve aplicando su eurocentrista rechazo a la inmigración que desveló mucho más de la cuenta el indiscreto Borrell.
Bruselas lleva metiendo cada vez más el timón hacia la represión conforme la contestación popular le advierte en las urnas electorales que no es suficiente y le exige incluso la deportación masiva de los inmigrantes ilegales. Tanto es así, que hasta parte de la izquierda centrista europea (Reino Unido, países nórdicos…) va renunciando a sus postulados y entra en connivencia con la italiana Georgia Meloni; aparte del nuevo partido alemán de izquierdas (BSW) que se desmarca de los progresistas.

Las últimas elecciones europeas fueron el ineludible aldabonazo contra el statu quo que las clases populares dieron a cuenta de la inmigración. Pues el flujo constante de ilegales evidencia el descontrol de las fronteras exteriores y de Schengen, la globalización con su trasiego de mano de obra intrusa, la precarización laboral, el empobrecimiento de los trabajadores autóctonos menos cualificados, la incrustada delincuencia/terrorismo, las mermas de cohesión social y de identidades nacionales. Y, no menos, el desencanto con un costoso proyecto europeo que parece beneficiar más a los extranjeros que se van sumando con la ampliación de la UE y con los aportes del Sur global. Son perjuicios y prejuicios que sectores de la población vinculan con la ineficacia de sus gobiernos de índole moderado y/o coalición centrista con sus apéndices sindicales.
Ni las organizaciones humanitarias ni los activistas a favor de los derechos humanos pasan su mejor época para ayudar a los inmigrantes, a tono con la crisis del movimiento obrero y de los partidos políticos afines en el actual Parlamento Europeo. Perdieron puestos los progresistas (Socialistas, Verdes, no la Izquierda radical) y los centristas/liberales; por el contrario, los tres grupos que componen la derecha, más los equiparables, dieron tan fuerte tirón que casi alcanzan en escaños al vencedor, el centro-derecha PPE, que ganó once. Similar conservadurismo cunde en los Gobiernos nacionales. Empieza a presidir algunos y en otros forma parte de coaliciones tras ceder cordones sanitarios que le boicoteaban. La clave es la polarización del voto que ha quebrado el centro político a favor de la derecha, debido a su vez a sectores de las clases medias que se han empobrecido o desengañado, una deriva que afecta a toda Europa. Solo falta que el previsto ascenso de AfD en las próximas elecciones generales en Alemania apriete el paso de la Europa autoritaria al extremo de que “Otra Europa es posible”, pero la opuesta a la de este eslogan de los progresistas.
“La Jungla” (Upton Sinclair, 1906)
“Sí, Europa es un jardín. Hemos construido un jardín. Todo funciona”. Este triunfalismo de Josep Borrell denota la complacencia de las élites respecto a que todo va razonablemente bien en Europa, salvo por los riesgos que supone tener fuera una jungla al acecho. Son visiones de eurócratas, de quienes todos los días se cambian de ropa interior, acicalan su aspecto… antes de acudir a sus versallescos edificios presididos por una hilera de estrelladas banderas azules. Hay otra realidad. La jungla echó raíces en el presunto jardín gracias también al descontrol de una inmigración que sobrevive con el darwinismo sociolaboral más propio de la ley de la selva que del espíritu de las leyes. Cómo si no se explican el asalto a las fronteras, el chabolismo, la economía sumergida, la explotación laboral, la trata, las colas del hambre, la frecuente redistribución violenta de la riqueza con la delincuencia cuerpo a cuerpo. ¿Por qué si no la derecha conservadora es la opción más votada por los trabajadores menos especializados y por la Europa rural?

La amplia quiebra de la legalidad se permite por conceder a los inmigrantes furtivos e irregulares la bienhadada oportunidad para buscarse la vida. Es lo mínimo que les corresponde como derechos básicos, a modo de desenvolverse en un peculiar estado de excepción. Tan mínimo que se exponen a aceptar trabajos mal pagados, condiciones laborales deplorables y hasta peligrosas que, salvando las mejoras acorde a los nuevos tiempos, rememorarían algo a Carlos Dickens en “Tiempos difíciles” (1854) y, en concreto, a los inmigrantes en Chicago (“La jungla”. Upton Sinclair, 1906) y en Alemania (“Cabeza de Turco”. Günter Wallraff, 1985). Porque haber, la hay jungla europea, la que consiste en sobreponerse en tiempos difíciles con tan pocos derechos que muchos inmigrantes al considerarse víctimas se concitan para tener menos obligaciones e incumplir las normas por fuerza mayor y/o por delincuencial ventajismo, con el consiguiente estigma de ser tomados como cabezas de turco de las frustraciones de los europeos.
Upton Sinclair (1878-1968) expuso las injustas condiciones de vida y trabajo que afrontaban los inmigrantes europeos tras llegar legalmente a Estados Unidos atraídos por “el sueño americano”. El consorcio de empresas, en este caso cárnicas/conserveras, abusaba de ellos con avaricia a pesar de que el país vivía un fuerte desarrollo industrial y comercial; soslayaba las condiciones higiénicas en sus naves industriales; contaminaba el entorno donde habitaban las familias de los empleados, quienes se las agenciaban mal que bien para tener un techo; discriminaba a los empleados según su procedencia considerando inferiores a los del sur de Europa.

Él dijo que escribió la novela/reportaje “La jungla” para denunciar cómo era “La cabaña del Tío Tom” (1852) de su tiempo, aunque en algunos aspectos plasma también la actual jungla sociolaboral de los inmigrantes en el “jardín” de la Europa democrática y hasta pretenciosamente solidaria. Lo confirmó hace cuatro décadas, Günter Wallraff, quien, como Sinclair, se hizo pasar por un trabajador más para investigar el abuso laboral e incluso las insanas condiciones impuestas en Alemania a los inmigrantes turcos subcontratados para las empresas Thyssen y McDonald.
A simple vista parece que en la Europa actual apenas existe jungla desde el momento en que la enorme mayoría de los inmigrantes se conforma, aunque cobren poco en su precario puesto de trabajo y vivan en pisos o estancias de ocasión. Y la más conocida, la “jungla de Calais”, fue arrasada por excavadoras (2021). De hecho, en los sitios céntricos y concurridos apenas se ven miserias ni gente tirada en la calle ni pordioseros… Sería demasiado habiendo servicios sociales que cubren las necesidades básicas a los muy necesitados. Eso no quita que haya chabolismo y tiendas de campaña en solares aledaños al centro de las ciudades e incluso entre matojos en sitios apartados porque a los sintecho solo les queda eso o los edificios abandonados y los recovecos vacíos del espacio público. Así de duro, o como que haya inmigrantes ofreciéndose todas las mañanas como peones en los accesos de los almacenes de materiales para la construcción. Sí, como jornaleros a saldo porque mejor así que perderse ociosos los días al sol. Son aspectos que pasan desapercibidos o se dan por aceptables mientras cada cual va a lo suyo.

Lo que destaca es el jardín europeo ensalzado por Borrell porque nos fijamos sobremanera en la vida cotidiana sin sobresaltos a modo de hipnosis propia de quienes vivimos bien y “no vemos ni oímos a los que sufren. [Pues] Todo cuanto de pavoroso tiene la vida ocurre no se sabe muy bien dónde, como quien dice entre bastidores. Todo es silencio y calma (…) porque los desgraciados arrastran en silencio su duro destino” (“Las Grosellas”, Antón Chejov, 1898). Así hasta que el aguante, medro e incremento de los esforzados inmigrantes ha amenazado a las clases populares europeas porque sin incentivos no siempre pueden competir con ellos de igual a igual por los puestos de trabajo ingratos, por las magras ayudas sociales, por los pisos modestos… y acaban arrastradas hacia una jungla de paro e inseguridad que les ha sobrevenido incluso amenazando su modus vivendi anclado en la identidad y cohesión, lo más propio, lo más que tenían.
Soldados de Salamina (Javier Cercas, 2001)
Los inmigrantes asumen su precariedad adaptándose en lo posible y las clases populares europeas entienden las penalidades que conlleva a los de fuera abrirse paso. Tolerancia rasa de proximidad, quizás porque entre estas últimas hubo quienes lo vivieron cuando muchas décadas atrás pasaron del campo a la ciudad, de una región a otra, de su país o continente a tierras y culturas ignotas. Se evidencia esto en la respetuosa convivencia en las escaleras de vecinos, barrios y centros de trabajo que comparten, como también en los transportes públicos, escuelas… Maravillas que depara la vida.

El rechazo mutuo se manifestaría en indiferencia, recelo, sutil discriminación, rara vez en abiertos enfrentamientos porque las crisis que provoca la inmigración se deben a causas últimas que transcienden a los sufridos trabajadores y a los sectores perjudicados. Tienen que ver con los cambios provocados por la globalización, el envejecimiento y el desplome de la natalidad, en los modelos económicos y las leyes de extranjería, en la mala gestión exterior de la Unión Europea (guerras, Primaveras Árabes), en el gran diferencial de bienestar con los países dejados a su suerte tras el fracaso de las descolonizaciones y de las ayudas directas al desarrollo. Casi siempre en decisiones políticas, en suma.
Por lo mismo, los conservadores europeos protestan no contra las personas inmigrantes en sí, sino contra los gobiernos y partidos democráticos que les han abocado a una crisis de inseguridad, no solo por la pérdida de empleos, de servicios sociales y de buenas expectativas para sus familias. También porque su entorno cotidiano ha cambiado con la inmigración tanto y tan bruscamente que empiezan a no reconocerlo como propio, como si el suyo se lo hubiesen birlado.
Lo que está en litigio, pues, es hoy la abierta y siempre soterrada defensa de unas identidades forjadas por lo civil y cuando hizo falta por lo criminal de guerra, represión y limpiezas étnico-culturales. Un tema inacabado en Ucrania donde se siguen matando entre hermanos. Es la sempiterna historia de Europa desde el combate naval de Salamina (480 A.C.) donde los griegos rechazaron al imperio persa de Jerjes como quienes libran la batalla entre civilización y barbarie, considerando civilización la identidad y cultura de los helenos.

La victoria fue tan decisiva que marcó el destino del Viejo Continente. Así consta en los libros y, lo que es más importante, en el imaginario de los europeos. Prueba de esto último es el título de la novelada historia “Soldados de Salamina” (Javier Cercas, 2001) que narra un episodio de la Guerra Civil cuyo protagonista es Rafael Sánchez Mazas (1894-1966), periodista/intelectual, falangista de la primera hora. Los milicianos republicanos le perdonaron la vida cuando ya encaraban la derrota final y él les faltó a la promesa de que escribiría sobre ellos un libro titulado “Soldados de Salamina”, en alusión a los héroes anónimos que vencieron a Jerjes defendiendo la civilización. Se puede interpretar que los republicanos luchaban por la democracia y, en el ideario de Sánchez Mazas, los franquistas lo hacían por los valores tradicionales; por tanto, ambos bandos se arrogaban la defensa de la civilización con la que se identificaban. Todos los contendientes eran soldados de Salamina.
El libro de Javier Cercas nada tiene que ver con la inmigración, sí su sugerente título porque fueron los hoplitas, la milicia ciudadana, no guerreros profesionales, quienes a bordo de los barcos rechazaron la invasión de una cultura que les era ajena. Tanto Europa en su conjunto como los pueblos que la componen han demostrado siempre, a lo hoplita, lo ultra defensores que son de su identidad. Los invasores se quedan solamente si se integran (alemanes, eslavos, húngaros…) al molde de la cultura griega o al imperante a partir de ella. Caso contrario, son expulsados (turcos en los Balcanes, árabes al norte del Mediterráneo) o aniquilados (judíos) o marginados (gitanos). A fin de cuentas, los hoplitas, civiles en armas, no luchaban como los guerreros persas por el emperador, sino por sus familias, sus mujeres y campos, negocios, oficios artesanales… por preservar su identidad, su sistema de vida. He aquí su fortaleza identitaria, también para haber contribuido a colonizar y europeizar parte del planeta.
La actitud hostil de la derecha tiene este trasfondo, al igual que el Pacto sobre Inmigración y Asilo que los centros de poder europeos van a aplicar presionados por el creciente voto popular contra el flujo constante de inmigrantes. Consiste en primar la identidad, antes que la solidaridad, tolerancia e igualdad sin controles. Es una encrucijada histórica. O se acepta que la humanidad converja gracias a los derechos humanos hacia un pueblo único multicultural, mestizo… o, por lo contrario, habrá que defender con fronteras más estancas, amuralladas, las actuales identidades nacionales.

Justo cuando los pueblos europeos han terminado casi por tener su propio nicho que agrupe a los de igual lengua y cultura (final del imperio Austrohúngaro, de Checoslovaquia, de Yugoslavia, partes del imperio ruso, más el trasiego de población entre países del Este…), resulta que los flujos migratorios quiebran sus homogéneas identidades y amenazan con suplantarlas en parte. No son temores abstractos. Los propios europeos saben mucho de ello. La hicieron y la volvieron a hacer a costa de los aborígenes, desbancándoles étnicamente y despojándoles de poder: Cuba, Argentina, siendo los casos más clamorosos Estados Unidos y Australia, ambos tan beligerantes hoy contra la inmigración. Truganini (1812-1876), la última indígena de Tasmania (isla australiana), apenas es un recuerdo.
“La desintoxicación moral de Europa” (Stefan Zweig, 1932)
“Hemos construido Europa, ahora falta hacer europeos”. Esta chanza atribuida a Jean Monnet (1888-1978) tiene aún mucho de veras. Como Padre de Europa, junto a Adenauer, Schumann y De Gasperi, debió constatar el poco entusiasmo popular que hace siete décadas despertaba la creación de la hoy Unión Europea que ellos habían diseñado y aprobado en los despachos. Siguieron en pie los Estados sobre la base de la soberanía nacional y el proyecto europeo no ha dejado de ser del todo una amalgama de intereses que atrae a países con menor nivel de vida o que les supone ganancias y se abandona cuando ha dejado de interesar (Brexit, 2020).

No se había conseguido hacer tantos europeos cuando la inmigración se ha convertido en un sobrevenido disruptor de la idea de Europa. Cientos de miles de personas de la más diversa procedencia siguen entrando y asentándose pacíficamente en el Viejo Continente, como lo hicieron los judíos y los gitanos, por encima de fronteras, credos, culturas, sin un profundo sentido de pertenencia como colectivo al país de acogida por estar dispersos en casi todos. Tampoco como devotos de la UE porque si ésta no termina de calar en los europeos, menos aún cabría esperar de quienes vienen a trabajar para mejorar sus expectativas y tanto les daría un país que otro mientras fuese rico y acogedor. Ni su descendencia parece cambiar mucho dicha actitud, al tiempo que los autóctonos pierden población, con lo que esto supone para la cohesión e identidad en las naciones y en el conjunto del Viejo Continente.
La Europa de ayer, la actual, estaba pensada para agrupar a los pueblos europeos aprovechando como punto de encuentro su acervo cultural común. Los paneuropeístas de entreguerras no tenían otra opción en un continente tan cuarteado por las ideologías enfrentadas (liberales, fascistas, comunistas) que les era imposible acordar al mismo tiempo otro proyecto de unidad ni que fuese a través de políticas económicas, lo cual solo se logró después de la guerra (Tratado del Carbón y del Acero, París,1951).
De todos modos, la cultura común sigue siendo alma mater de la Unión Europea, habiendo sido sus adalides, entre otros, el gallego Salvador Madariaga, fundador del Colegio Europa (1949), y el judío austriaco Stefan Zweig, autor de “El mundo de ayer” (1942). Ambos ni se imaginaron la actual inmigración multicultural ni que esta pudiese interferir en las diversas culturas nacionales del Viejo Continente. De aquí el disloque entre el primer proyecto y su resultado, lo que ha contribuido al ascenso de la derecha y al autoritario Pacto sobre Inmigración y Asilo aprobado con el voto democrático europeo.
Stefan Zweig bosquejó la actual UE con su conferencia “La desintoxicación moral de Europa” que remitió al Congreso sobre Europa organizado en noviembre de 1932 por la Fundación Volta de la Real Academia de Italia. Esquivó comparecer en persona, quizás, para no cruzarse con los gerifaltes del fascismo y del nazismo, tal que Goering y Rosenberg, también invitados a participar. El eje de su conferencia no fue las políticas nacionales ni las ideologías totalitarias, ni el crac del 29. Evitó “reunir las esquirlas” de la pasada guerra y del belicismo rampante; en cambio, propuso abrir otra etapa con la formación de una nueva juventud educada, al “unísono en todos los países europeos”, en libros de historia no nacionalistas y que diesen prioridad a la cultura.
Consistía en desintoxicar la esfera moral de la juventud de modo que en los planes de estudios no apareciesen guerras con gestas y héroes nacionales porque perpetuaban el odio entre países y pueblos; mientras que impartir la historia de la cultura fomentaba el espíritu de las cosas en común. Como complemento desintoxicador propuso, sin llamarlo Erasmus, que las universidades pusiesen a los jóvenes en contacto entre ellos mismos y sus países validando cursos académicos de seis meses a un año hechos en el extranjero. Se tardó 55 años en aprobar el programa Erasmus (1987), pero ha logrado su objetivo pedagógico de que los jóvenes universitarios convivan en una cultura común europea al tiempo que inmersos en las idiosincrasias culturales de sus distintos países.

El problema es que para entonces Europa ya era también un calidoscopio de gentes ajenas a la cultura común del continente y sin mejor pedagogía para la desintoxicación moral de la convivencia mestiza que los valores de solidaridad, tolerancia y derechos humanos. Y no es lo mismo vertebrar Europa gracias a una cultura común de dos mil años de historia que en torno a una novedosa multiculturalidad incluso cuestionada por parte de los europeos porque les genera inseguridad, enturbia la cohesión y diluye los sentimientos nacionales en torno a tradiciones, lenguas y pueblos fuertemente arraigados sobre el terreno.
Además, los valores de solidaridad, tolerancia y derechos humanos no son exclusivos de Europa de tan universales que son. No la identifican, más bien la despojan de atributos propios si por la gatera de dichos valores se cuelan flujos de inmigrantes que diluyen la específica cultura común que, como armazón, propusieron los paneuropeístas de entreguerras y ahora defiende la Unión Europea con el rechazo a la inmigración ilegal.
He aquí el nuevo conflicto, volviendo a la conferencia de Stefan Zweig, en un continente avezado a odiar, a tener siempre un enemigo y a buscarse otro si ya no le valen los anteriores: invasiones, cruzadas, reconquistas, más las guerras de religión, imperiales, nacionalistas e ideológicas, pogromos (judíos). Hoy son los inmigrantes ni que sean como cabezas de turco. He aquí, según Zweig, la arraigada tendencia europea de ultrajar y criminalizar al otro. Al inmigrante (… de mierda) y a quien le rechaza (facha), con la consiguiente tendencia europea de ultrajar y criminalizar al otro, con la consiguiente necesidad de desintoxicar moralmente Europa para evitar seguir haciendo la actual ciaboga hacia el autoritarismo.
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