El mar ya no es lo que era desde que la navegación por satélite relevó a la astronómica y los motores fueraborda a otros motores marinos pesados/complejos. Y más cuando el GPS se incluyó en los smartphone hacia 2007 y se fueron plagando de aplicaciones para navegar: información meteorológica, cartas electrónicas, sistema de identificación automática de barcos y estaciones costeras (AIS), llamadas de emergencia…, máxime cuando los teléfonos satelitarios podían aprovechar todo ello también lejos de la costa, en alta mar. Tampoco era muy complicado el suficiente manejo de los fueraborda. Total, que la navegación acabó popularizándose y cientos de miles de migrantes se echaron al mar Mediterráneo confiando su destino a la suerte. Primera vez en la historia en hacerlo sin expediciones armadas previas. Nunca había sido tan accesible “La conquista de los mares (5.000 B.C. -1935 A.D)”, de H. van Loon).
Incluso con embarcaciones precarias se puede pasar a cientos de personas del sur o este del Mediterráneo a las costas europeas. Y ya puestos, navegar hasta casi mil millas desde la África nororiental a las Islas Canarias. El resto lo explican las trasgresiones que permiten el mar y sus líneas de costa, siempre que se asuman serios riesgos de morir, aparte de las penalidades sin cuento que añadir a las que tuvieron que sufrir desde lejos y durante mucho antes de embarcar.
Las redes mafiosas de transportistas podían así ofertar llegar por mar a Europa sin visados ni controles, solo con pagar lo que pidiesen y hacer caso a lo que les ordenasen. Caro o barato, eran los únicos que les vendían muchas probabilidades de poner un pie en “El Dorado” europeo. El patrón, por lo general, alguien con título para pesca o menos, un apañado, se hace responsable del pasaje y, si es caso, de contactar con los barcos oenegés o del SAR, también con voluntariosas personas en tierra. A partir de aquí, los inmigrantes ilegales quedan en manos de las autoridades europeas que les reciben y de las leyes que les apliquen. La alternativa en el Mediterráneo, Canal de la Mancha… es desembarcar clandestinamente, adentrarse en el interior y escamotearse entre la población. Todos ellos son sobrevivientes del peor tramo de la odisea de nuestro tiempo que empiezan quienes desde Asia, África y América emprenden por millones la aventura de entrar y asentarse en Europa o Estados Unidos.

Superada la prueba de saltarse los controles, la odisea continúa durante años hasta lograr la ciudadanía europea, y no siempre del todo si sus peculiaridades delatan los orígenes foráneos. Porque la inmigración masiva ha ido provocando una crisis in crescendo que plantea la represión reforzada, las causas, ventajas e inconvenientes, los asuntos legales de pertenencia y sobre todo la identidad propia del Viejo Continente. Todo ello en un fuego cruzado proclive también a la propaganda, al ventajismo político, a mitos, medias verdades y silencios.
Es obvio que hay que gestionar la inmigración también con medidas de rechazo porque no parece haber a mano otra alternativa complementaria menos lesiva. Desde el momento que el eje del debate gira sobres sus causas, ventajas e inconvenientes se relega a segundo plano, a decorado, la prioridad de los derechos humanos, la solidaridad, la igualdad…, pues los intereses de los europeos priman sobre los extranjeros. El pragmatismo del dejar hacer, dejar pasar, de ponerse del lado del débil, del inmigrante ilegal, tiene sus contradicciones, sus propios límites por encima de las cuestiones económicas y demográficas.
¡Mitos, mantras!, los que quieras
Cuando la sacudida de la inmigración ha alcanzado de lleno al mapa electoral en Europa, el sociólogo Hein de Haas (Países Bajos, 1969) publicó el pasado agosto “Los mitos de la inmigración: 22 falsos mantras sobre el tema que más nos divide”. Parte de que el efecto llamada es la disponibilidad de puestos de trabajo debido al envejecimiento de la población, al hundimiento de la natalidad, a los sectores que precisan mano de obra extensiva y que rehúyen muchos europeos porque no les merece la pena (agricultura, hostelería, turismo, servicio doméstico). No le falta razón. Aun así, las críticas son inevitables al tratarse de un tema interdisciplinar, con humanidades de por medio, esquivo a conclusiones taxativas. También porque algunos de sus argumentos son discutibles, inexactos… al punto de que sus mitos pueden pasar por mantras y lo que considera para rebatir mantras son mitos.

Salvo por la crítica de doble moral a los poderes públicos, a modo de la “Carta abierta a Europa: un continente atrapado en el destino de Dr. Jekyll y Mr. Hyde” (poeta búlgaro Ilija Trojanov, 2019), Hein de Haas se posiciona a favor de la inmigración sin demasiados considerandos, con algunas premisas dominantes más propias de las oenegés, organismos internacionales (ej. ONU) y partidos dizque progresistas, proclives todos ellos al activismo, más que a un debate imparcial.
Se niega que la inmigración esté desbocada y para ello se manipulan las estadísticas, obviando las evidencias de la creciente inmigración del 15 al 20% de la población ya en algunos países claves y en el caso de España aún más claro. El titular en portada de El País “Una marea que no cesa” (08.08.1999) fue tildado de alarmista, pero de entonces a hoy la población española ha aumentado en ocho millones, del todo por los extranjeros, principalmente por la inmigración del Sur Global. En Cataluña, en dos millones; y la población de Barcelona cuenta con un tercio de residentes extranjeros. Mientras el País Vasco, con otro modelo de desarrollo, solo tiene 150.000 residentes más desde el año 2000.
Los argumentos a favor de la inmigración masiva se esgrimen como inevitables cuando otros contextos lo desdicen (Australia, Japón, Golfo Pérsico). No eran una fatalidad las decisiones neoliberales de abrir mercados, reformar las relaciones laborales, cambiar las leyes de extranjería. Y menos cuando han dado lugar a economías de bajos salarios y menor productividad que perjudican a las clases populares europeas porque los inmigrantes se pueden permitir trabajar más por menos a cambio de beneficiarse de derechos, servicios sociales y perspectivas de futuro que no tendrían en sus países de origen, mientras a los de aquí les pertenecen de base. Se quedan así con los trabajos penosos, precarios y de largas jornadas contribuyendo a una economía de baja productividad, en parte sumergida, y en todo caso aportan sobre todo a las arcas del Estado, a las grandes empresas y a las clases pudientes con la consiguiente mayor desigualdad social.
La Europa de los tres tercios de pasadas épocas está dando lugar a otra donde también se descuelgan algunos sectores de las clases medias y profesionales desde que la apertura de empresas y negocios (tiendas, talleres, peluquerías, despachos especializados) son abiertos u ocupados por inmigrantes, vengan o no con la selectiva “visa azul”. Mitos y mantras, los que quiera Hein de Haas, la realidad en parte los rebate con el creciente descontento entre quienes las reformas y sus inmigrantes les han abocado a ser perdedores natos. Entre ellos, jóvenes bien formados y con sueldos bajos, devaluados, que no pueden comprar una vivienda ni formar familias sin endeudarse de manera absurda, y a cambio obtienen ciertas compensaciones o licencias: viajar, tardear, consumir bienes asequibles, mirar pantallas y festivalizar sus días en lo posible.

Los mitos y mantras plasman la vulnerabilidad de un modelo de progreso insuflado también por el barracón de mano de obra del Sur Global. Se crea riqueza y bienestar, pero también han contribuido a desalentar, por falta de incentivos, a los parados, a la reserva de trabajadores que hay entre la mitad de las personas capaces hoy de ponerse manos a la obra, de jubilados sin serias limitaciones, de discapacitados útiles. Los inmigrantes no roban los puestos de trabajo, más bien su descontrolada apuesta por ellos sisa un modelo alternativo de desarrollo más sostenible, justo y cohesionado para los europeos. Se ha ido a lo fácil, a bajar sueldos y condiciones laborales a la espera cierta de que aquí o allá, lejos siempre, habrá a quien le interese (fábula de “El Sabio”, de Esopo, tan pobre y mísero que se sorprendió que tras sus pasos había quien recogía las yerbas que él arrojaba).
Otra carencia de Hein de Haas es no entrar de lleno en los problemas identitarios que la inmigración genera en las naciones europeas, menos aún mira la línea de sombra parda que se vislumbra sobre el horizonte del Viejo Continente. Poca broma, porque es el actual caballo de batalla que no hay que obviar a nada que contextualicemos la crisis actual con el pasado de Europa y se analizase, a lo Arnold Toynbee, con las ondas largas de la historia. Tema que merece un último artículo (y 4): “Las guiñadas de la Europa autoritaria”.
Rechazos y recelos
El pasaje de La Odisea que narra el encuentro de Ulises y Polifemo es aleccionador. No solo el propiamente de Homero, para quien el ojo del cíclope no es redondo ni aparece su adorada Galatea, también con las relaboraciones de sus escenas que se hicieron tan populares en la cultura clásica (Ovidio, Lope de Vega, Góngora) y llegan hasta hoy. Salvando todas las divergencias, tal que quienes llegan a la costa son más cultos que Polifemo, desean volver a casa y solo piden hospitalidad para abastecerse, en la Odisea hay paralelismos con la llegada de los inmigrantes ilegales a una Europa que les considera intrusos.
Ulises y sus compañeros irrumpen en la arcadia del cíclope Polifemo, quien gracias a su padre Poseidón, llevaba una vida sencilla y feliz, muy tosca si se quiere, en todo caso tan autosuficiente que no necesitaba a nadie y menos aún a quienes de improviso alterasen sus rutinas y se aprovechasen de sus quesos y corderitos. Aquí arranca el encontronazo que a Ulises le supuso el infortunio de tardar diez años más en volver a casa, y no sin antes superar una heroica carrera de obstáculos y perder a todos sus camaradas.

Él buscaba hospitalidad y se topó con el rechazo depredador de Polifemo, quien a pesar de vivir en la abundancia era muy celoso de lo suyo, en especial del uso exclusivo de su cueva, que fue incapaz de ser comprensivo y acogedor con quienes vio dentro al volver de pastorear. Le faltó la perspectiva propia de quien ve con dos ojos. Su realidad limitada en amplitud y profundidad le induciría a actuar sin miramientos, una alegoría de quienes carecen de perspicacia ante la inmigración. De entrada, se zampó a dos compañeros de Ulises dejando claro la jerarquía de ser el más fuerte y dueño de todo, al extremo de confinar a los intrusos, para ir comiéndoselos, tapando la salida de la cueva con una enorme losa.
La supeditación de los griegos al predominio del cíclope, léase inmigrantes ilegales en manos de las inapelables autoridades europeas, provocó que los intrusos saliesen del paso con tretas. El astuto Ulises miente a Polifemo sobre dónde había dejado las naves y escamotea su nombre auto denominándose Nadie, como quien encubre su identidad al pisar Europa deshaciéndose de la documentación y más tarde se oculta de los controles cuando le conviene. No solo eso. Adormece al Cíclope hartándole de bienestar, ofreciéndole un vino gran reserva, a modo del trabajo a precio de ganga, puesto a exagerar casi regalado, con que los inmigrantes a menudo facilitan la vida a muchos europeos.
Es un colmo de bienestar que adormila y que a la postre le supone al Polifemo perder el ojo porque los griegos aprovechan la ocasión de que está durmiendo la mona para taladrárselo con un troncó preparado a propósito. Y los europeos, en su placidez, no ven que la inmigración ilegal masiva conlleva riesgos si no se controlan los flujos y si su solidaridad con quienes llegan en precario no pasa de ser una verborrea acorde al significado de Polifemo: “de muchas palabras”, pero incapaz éste de dialogar un acuerdo con quienes encuentra en la cueva. O, haciendo paralelismos, con quienes arriban necesitados a una Europa y comprueban que llegado a un punto crítico son solo muchas palabras sus textos fundacionales, sus campañas de concienciación y sus guiños a lo políticamente correcto con que promocionan la solidaridad, la igualdad y los derechos humanos.

Porque esta es la cuestión: el desencuentro inicial con Polifemo y, en el caso de los inmigrantes ilegales con las expectativas puestas en la Europa democrática, aboca a una larga dinámica de miedos que prosigue al terminar el confinamiento, sea en la cueva del cíclope, sea en los centros de internamiento/acogida, antes de buscarse la vida por su cuenta afrontando más odiseas. Porque Ulises no se fue de rositas tras fijarse a la panza del mayor carnero para escapar del cegado Polifemo. Una vez a bordo con sus hombres, se chuleó de él diciendo cómo se llamaba y alardeando de sus orígenes y hazañas. Craso error. Sabiendo ya quien era, el dolido Polifemo le maldijo y pidió a su padre Poseidón, dios de los mares, que acosase a Ulises con una dilatada travesía repleta de enormes peligros. De entrada, le arrojó, sin tino por ciego, un peñasco para aplastarle y hundir al barco con todos dentro. Un aviso de lo que les esperaba.
Este porvenir de Ulises no tiene paralelismo con el que afrontan los inmigrantes ilegales y clandestinos una vez en la Unión Europea. No se les maldice ni les hostiga sin motivos razonables pues están amparados por los derechos fundamentales, hasta cierto punto por el principio de solidaridad (Tratado de Lisboa, 2009) y por criterios de admisión flexibles que dependen de si obtienen un contrato de trabajo… y, al tiempo, con criterios económicos incluso para obtener la “tarjeta azul” que permite viajar entre los estados de la Unión y el reagrupamiento familiar. Visto así, su situación en nada es equiparable a la de Ulises, aunque en abril se aplique el lacerante Pacto de Inmigración y Asilo, aprobado el pasado mayo. Lo inevitable es que los inmigrantes que llegaron ilegal o clandestinamente prosigan su odisea en precario como irregulares, afrontando retos y penalidades al menos hasta conseguir los papeles, la residencia, la ciudadanía y hasta más allá.
El periplo de las primeras barreras legales
Saltar las fronteras exteriores de la Unión Europea es el gran salto adelante de los inmigrantes ilegales. Para muchos, el definitivo porque la gran mayoría de ellos nunca serán devueltos de inmediato ni luego expulsados ni tampoco darán un paso atrás forzados por las circunstancias. Una vez a salvo, inician un proceso de controles: triaje sanitario, humanitario (ropa, comida, cobijo), policial (identificación); y de plazos máximos de detención (siete días), de retención preventiva en los CIEs y/o de ingreso en los centros de acogida (aprender el idioma, formación básica) hasta un máximo de dieciocho meses.
Una vez reconvertidos en inmigrantes irregulares, tienen garantizados los derechos fundamentales, los servicios básicos (sanidad, escolarización de sus hijos…) y la protección del principio de solidaridad (Tratado de Lisboa), todo lo cual les permite salir libremente a buscarse la vida, no sin alguna ayuda pública, hasta que la Administración del primer Estado a donde llegaron resuelva su estatus (acogida, asilo, refugiado) o la deportación por lo general difícil y casi siempre postergada por cuestiones jurídicas.
Este sería grosso modo los primeros pasos de los inmigrantes ilegales, pues depende de cada país y de la multiplicidad de sus circunstancias personales. El siguiente pasaje de sus odiseas es, una vez empadronados, recabar apoyos y contactos en la red de parientes, conocidos, parroquias, oenegés… que les encaucen hacia un techo donde vivir y un trabajo por precario y mal pagado que sea. Así hasta que pasados tres años en el “limbo legal” puedan pedir a la Administración el permiso de residencia, papeles, porque son capaces de demostrar que tienen arraigo familiar, social y laboral ni que sea gracias a las tareas informales (ej. domicilios). Evidencia de una enorme economía sumergida.

Llegados a esta fase los inmigrantes ilegales, incluso los clandestinos, ya se habrían equiparado a los inmigrantes que entraron legalmente (90% del total) con las tretas de visado de turista, estudios, negocios… pero que acabados los meses de estancia permitida no vuelven a sus países, se quedan, por lo que son ilegales y en todo caso irregulares. Unos y otros deberán ir renovando los permisos de trabajo y residencia durante bastantes años hasta que, después de cumplir otros requisitos (ej. conocer el idioma del país) puedan ser nacionalizados.
Los plazos legales para obtener la plena ciudadanía se suelen acortar en la Unión Europea porque algunos Gobiernos aprueban cada un puñado de años regularizaciones masivas de cientos de miles de inmigrantes. No por ser líderes magnánimos, sino por puro interés público, el vil metal. Primero porque es un mal negocio tener, tal que ahora en España, unos 450.000 inmigrantes trabajando en negro, es decir sin pagar IRPF y Seguridad Social, ni cuotas empresariales, mientras esos mismos trabajadores por irregulares que sean les cuesta mucho al Estado en atención médica, escolar, ayudas sociales. Además, con su regularización se palía de rebote la exclusión social y la delincuencia. Este proceder es sabido por todos y actúa de portentoso efecto llamada, pues los inmigrantes sinpapeles dan por hecho que tarde o temprano acabarán siendo legales. La próxima regularización masiva prevista en España es de 300.000, en 2027.
Fronteras de acero, papel y cristal
Para el inmigrante ilegal, las partes decisivas de su odisea en Europa son saltar la frontera exterior de la UE y la barrera de obstáculos legales en el país de acogida hasta obtener la ciudadanía. Pero desde el primer momento de pisar suelo europeo le quedará por superar el posible e insidioso racismo/discriminación que el mexicano Carlos Fuentes contó en “Fronteras de cristal” (1995), obra ambientada a un lado y otro de Méjico y EE.UU. Salvarlas les puede ser más fácil en España a los iberoamericanos, el colectivo más numeroso, porque se ha trasplantado aquí el rodado modelo de convivencia de sus países gracias también a los 3,5 millones de españoles que desde 1850 a 1950 emigraron allí, más los otros muchos italianos, portugueses… que hicieron lo mismo. Sólo más fácil, porque aunque sean de aspecto europeo (ej. argentinos) sus peculiares acentos y giros pueden interponerse marcando distancias y recelos como si fuesen láminas invisibles. En todo caso, lo que pasa en España con los hispanos no deja de ser sui géneris y ello explica la escasa/menor polémica que genera la inmigración.
Los problemas de las fronteras internas que afrontan los inmigrantes aumentan si cualquiera de ellos se pregunta: ¿y yo dónde me siento en Europa si no me interesa seguir en el país de acogida? Será un volver a empezar porque las demás naciones no aceptan porque sí los derechos y permisos adquiridos por los inmigrantes donde fueron acogidos ni que pertenezcan al espacio Schengen. Y volver a empezar es volver a saltarse leyes y fronteras hasta llegar donde se desea. Es un reto tras otro, una odisea expandida en la que Ulises lejos de volver a casa ha cambiado de idea y pretende quedarse donde él quiera a pesar de todo.
La dura realidad es que la Unión Europea está compartimentada en Estados-nación y la libre circulación de personas no se aplica a los inmigrantes, aunque estos aprovechen la falta de controles para pasar de un sitio a otro como si las fronteras fuesen de papel, una raya en el mapa. Esto crea desasosiego incluso en los países sin fronteras exteriores o lejos de las problemáticas, de modo que unos vuelven a levantar los viejos controles, otros estrenan muros y espesas alambradas, y lo que es más inquietante se parapetan con urnas electorales de abierto rechazo a los inmigrantes al considerarlos intrusos.

La generosa acogida que daban los países nórdicos se ha transformado en duras medidas para desincentivar a los que pretendan asentarse allí. Similar vuelco ha dado las naciones centroeuropeas (Alemania, Austria), siendo aún más intransigentes los países con escaso porcentaje de inmigrantes, sea porque no tuvieron imperios ultramarinos, sea porque es reciente su lograda homogeneidad (Polonia, Hungría). Pero estos no son motivos para Reino Unido, Francia, Holanda…; y también estos rechazan a quienes se saltan las fronteras y las normas Schengen. No hay manera. Ni el Brexit evitó a Londres que el año pasado 35.000 inmigrantes pasasen en botes el Canal de la Mancha.
El tema de fondo es que muchos europeos barruntan que los inmigrantes se han tomado sus países como si fuesen Ítaca, que vienen para quedarse, asentarse, y luego con la reagrupación familiar traerse a sus Penélopes y Telémacos. Ya no les importa tanto el porcentaje actual en el conjunto de la población, sino que se vayan acumulando porque no parece tener fin el flujo de personas foráneas que llegan sin permiso alguno. La respuesta política, no solo a través de la extrema derecha, era de esperar porque la actual Europa está forjada a sangre y fuego por los nacionalismos y hasta los irredentos despuntan, cejando menos que nunca.
Esta actitud de rechazo a quienes consideran intrusos concuerda con la que tuvo Polifemo con Ulises y compañía cuando los vio dentro de su cueva. También cuadra con el celoso Polifemo que describió Ovidio (“Las Metamorfosis”) y otros más (Góngora, López de Vega), tan posesivo que mató al bello pastor Acis cuando comprobó que le atraía a Galatea (en griego, blanca como la leche). Si tan celoso de lo suyo se mostró con la cueva, tanto más lo sería como padre de familia de las tres hijas que tuvo con Galatea. Como para dejar entrar en sus dominios a las actuales odiseas del Sur Global. Una alegoría.
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