En mis años de navegación, hubo dos ciudades portuarias que representaron en mi ánimo la quintaesencia del Mediterráneo marinero. Esos dos puertos, visitados durante mucho tiempo con cadencia mensual, fueron —con permiso de mi Barcelona natal— Génova y Alejandría.
He querido hacer la salvedad de Barcelona porque en aquellos tiempos (años 1965/1975) todo el mundo reconocía que la capital catalana vivía todavía de espaldas al mar y al mundo marinero, quizás con la excepción del barrio de la Barceloneta y, por motivos muy relacionados con cierto tipo de ocio no precisamente cultural, los tramos bajos de las Ramblas cuando la VI Flota norteamericana recalaba en la ciudad.
Volvamos pues nuestra atención a una de mis ciudades favoritas, que no es otra que Alejandría. Cuando pisé sus muelles y sus calles por vez primera he de admitir que no experimenté la menor sorpresa. Es una sensación que posteriormente he vuelto a sentir en otros lugares, como Paris, Londres y especialmente en Nueva York; urbes que han resultado ser exactamente como la literatura o las pantallas cinematográficas nos las han mostrado 1.000 veces. En el caso de la Alejandría vista por primera vez, no era nada de eso. La sensación de ‘dèjà vu’ no provenía de narrativas ajenas, de imágenes gráficas o fotogramas de origen externo, sino de algo más íntimo, como de un presentimiento o una elaboración mental propia, como si lo que en la imaginación uno se había forjado instintivamente de lo que debía ser y había de ser un puerto oriental mediterráneo y árabe, se viese plasmado en la realidad con una casi total exactitud.

En las primeras horas de un día de primavera de 1967, el barco se aproximaba a la costa en demanda de la bocana del puerto. Obviamente, la costa del Delta del Nilo es muy baja, invisible hasta llegar casi a tocarla con las manos. La calima es frecuente, lo cual tampoco ayudaba a la recalada a menos de que se dispusiera de radar. Gracias a este maravilloso avance de la técnica, pronto empezaban a localizarse las boyas que señalaban el canal de entrada. Fuera de los límites de éste, algún que otro pecio herrumbroso sobresalía de la inmóvil superficie de la mar.
Poco a poco, aparecía el alargado ‘skyline’ de la ciudad que Alejandro Magno fundara hace 23 o 24 siglos. Un perfil urbano del que destacaban los minaretes de las principales mezquitas y la mole del castillo de Ras-El-Tin que domina la bocana de la dársena occidental.
Tras una breve espera, embarcaba el práctico y se entraba en puerto. Una de las primeras imágenes que surgían en el interior del mismo era la de un bello y enorme yate a vapor, que en su día perteneció al rey Faruk y que ahora estaba a disposición del presidente Nasser, aunque dudo que el austero ‘rais’ egipcio hiciese frecuente uso del mismo. Supongo que estaba atracado de puntas en un lugar tan visible por una mera cuestión de prestigio, como muestra de la riqueza y magnificencia del país.
El trayecto hasta el muelle de atraque era más bien breve y la maniobra se realizaba con prontitud. La imagen que se ofrecía al observador novel era, como indicaba al principio, la que en su imaginación se había ya forjado previamente. Junto a los vehículos oficiales de policía, sanidad y aduanas, las collas de estibadores estaban ya dispuestas: grupos bulliciosos de hombres ataviados con la ancestral ‘galabeya’ hasta los pies, turbante y sandalias. Hileras de alargados y estrechos carros de madera tirados por caballos de aspecto poco rozagante, esperando recibir las mercancías que el barco no tardaría en vomitar de sus cuatro bodegas. Ya en segundo plano, otros carricoches con ajadas capotas de lona o hule negros, cocheros de edad provecta y caballos igualmente poco lucidos permanecían a la sombra de los tinglados, con la esperanza que alguien de a bordo desease o tuviese la necesidad de desplazarse al centro de la ciudad y requiriesen sus servicios tras un ineludible regateo en el precio del pasaje. Unos cuantos policías con uniforme de campaña y boina negros se movían con aire aburrido entre el gentío.
Una vez cumplimentados los obligados trámites de entrada en puerto, se autorizaban los preparativos para iniciar las operaciones de descarga y carga. La multitud de estibadores ruidosamente subía a bordo y, con ella, otra turbamulta no menos ruidosa compuesta de vendedores ambulantes. Pronto la cubierta de botes y la toldilla adquirían el aspecto de un zoco árabe. La mercancía expuesta iba desde múltiples artículos de cuero (‘poufs’ multicolores, cinturones, babuchas, etc.) a otros de cobre y latón, como los clásicos ‘narghile’ y las bandejas finamente labradas con motivos faraónicos. No faltaban tampoco los vendedores de plantas en rústicas macetas de barro ni los que ofrecían preciosos canarios amarillos o anaranjados en hermosas jaulas de madera. La algarabía era total. El Oriente en estado puro, tantas veces soñado.
Cuando sus obligaciones lo permitían, el novel observador se afanaba en visitar la gran ciudad montado en alguno de los coches de caballo estacionados en el muelle, a poder ser en compañía de algún colega veterano que sirviese de guía turístico. A partir de ese momento, el ‘déjà vu’ venía entremezclado con cierto grado de sorpresa ante lo inesperado. Tras el control de acceso al muelle comercial, lo primero que se encontraba era un vasto mercado compuesto de callejas estrechas y alguna calle más ancha por donde circulaban decrépitos tranvías de color terroso. Una vez más, el esperado, impregnado de aromas exóticos y típico ‘souk’ árabe y, a continuación, una monumental mezquita. Pero el escenario cambiaba al cabo de unos 10 o 15 minutos y en ello radicaba la sorpresa. Las calles que conducían al corazón de la urbe adquirían una amplitud europea, cambiaban los edificios que las flanqueaban con un claro predominio del modernismo y el ‘art déco’ característicos respectivamente de finales del siglo XIX, hasta la Gran Guerra, y los años de entreguerras ya en el siglo XX. Poco o nada, salvo el atuendo de muchos de los transeúntes, concordaba con lo dejado atrás apenas unos instantes. Sin embargo, algo saltaba a la vista y nos recordaba que no estábamos en la próspera Europa: el estado de decrepitud, suciedad y abandono de aquellas antaño modernas y bellas edificaciones arquitectónicas.
He de admitir aquí que en mucho de lo que sigue no soy objetivo; soy abiertamente parcial e influido por la nostalgia. Una de mis obras literarias favoritas es ‘El Cuarteto de Alejandría’ de Lawrence Durell, un británico que vivió esa ciudad durante los años de la II Guerra Mundial. Un escritor que en vida gozó de un notable prestigio que con posterioridad a su desaparición ha decaído en gran medida. Mi fascinación por ese extenso conjunto de cuatro novelas radica que en que en su día, a través de su lectura, pude completar mi juvenil visión idealizada de Alejandría, del mismo modo en que ante un viejo cuadro colgado en las paredes de un museo, con su pintura cuarteada, descascarillada y oscurecida por el polvo acumulado a través de los años, un observador curioso puede imaginar y recrear mentalmente el esplendor original de aquella obra de arte.
En 1967, poco quedaba ya de la Alejandría cosmopolita, multicultural y próspera que Lawrence Durrell describió. La mayor parte de la colonia no autóctona: griegos, británicos, armenios, judíos y franceses habían abandonado la ciudad progresivamente, de mejor o peor grado. Quedaban algunas reminiscencias, en forma de algún periódico en francés, alguna pastelería griega como Pastroudis, algún excelente restaurante de cocina europea como el Santa Lucía, algunas sastrerías griegas o algún cabaret como el Monseigneur. Todo ello, sin embargo, impregnado de un notorio aire decadente.
Poco tiempo después, la Guerra de los Seis Días puso los últimos clavos en el ataúd de la Alejandría de Durell. El Canal de Suez se cerró. Los últimos foráneos considerados suspectos huyeron o fueron expulsados, los controles policiales se hicieron más rigurosos, casi paranoicos, dentro y fuera del puerto. Cada 15 minutos se arrojaban cargas de profundidad en las aguas portuarias para prevenir una posible incursión de submarinistas israelíes. La Estación Marítima de pasajeros, donde anteriormente atracaban barcos de cruceros turísticos o vapores regulares del Lloyd Triestino, Adriática di Navigazzione o de la Denizilik Bankasi Tao turca, pasó a ser ocupada por buques de guerra soviéticos.
Sin embargo, la increíble vitalidad del pueblo llano egipcio, acostumbrado desde siempre a una vida dura y de extrema precariedad, no decayó visiblemente. Los vendedores de souvenirs, de ‘poufs’ y ‘narghile’, de canarios cantores y de plantas tropicales continuaron invadiendo las cubiertas de mi barco porque no había más remedio que hacerlo para llevar algo a casa para alimentar la familia, aunque ya no hubiese turistas. Las calesas, con los caballos más escuálidos que nunca, siguieron esperando pacientemente en el muelle. Y yo… seguí enamorado de aquella ciudad.
Joan Cortada, Marino Mercante

