Al cumplirse cien años de su muerte, el 3 de agosto de 1924, en Bishopsbourne, para llegar a conocer con un aceptable grado de precisión qué clase de ser humano era Joseph Conrad, contamos con una herramienta inestimable: su copiosa correspondencia recopilada y editada poco después de su fallecimiento por G. Jean-Aubry. Ya en el prologo de su obra, Jean-Aubry señala que Conrad era “uno de los más extraños espíritus de su tiempo”, anticipando la dificultad de desentrañar algunos aspectos de la trayectoria vital de Jósef Teodor Konrad Korzeniowski (1853-1924).
Efectivamente, no es fácil entender cómo un niño nacido en el seno de una familia de la pequeña nobleza rural polaca, en una ciudad hoy ucraniana y entonces bajo dominación rusa, acabó siendo uno de los más importantes escritores en lengua inglesa de primer cuarto del siglo XX. Era hijo de un poeta y periodista comprometido con la causa de la independencia de su nación y, por ello, encarcelado y luego desterrado junto con su esposa e hijo a una remota y gélida región de Rusia.
Aquella temprana experiencia vital, con su padre Apolo y su madre Ewa vistiendo siempre de negro en señal de riguroso luto por la patria irredenta, falleciendo ambos prematuramente por la tuberculosis contraída en su penoso destierro y dejando a su hijo Jósef de once años a cargo de un tío materno, imprime ya en la mente de aquel niño la idea de un mundo cruel y amoral. Años más tarde, en su obra literaria, esa idea está presente de forma constante. Con frecuencia, sus libros nos hablan de un mar implacable y hostil, incansable devorador de hombres y barcos pero, aún así, no deja de considerar que el mundo en tierra es todavía mucho peor y despiadado. Uno de sus personajes, el capitán Anthony lo expresa de forma contundente: al declararse “enemigo redomado de la vida en tierra firme, perfecta imagen del terror para un hombre sencillo con sus modas, sus ceremonias y sus convenciones. Sólo en el mar encontraba descanso, paz y seguridad”

Caben pocas dudas que en la infancia de Conrad se encuentra el origen de una depresión crónica que perdurará toda su vida y que tiene claro reflejo en su correspondencia. Su tío pretende darle una buena educación y llegar a hacer de él un abogado, pero Jósef se muestra mal estudiante, interesándose sólo por una asignatura concreta: la geografía. De forma sorprendente para un chico que siempre ha vivido a centenares de kilómetros del mar, convence a su tutor de que quiere ser marino y éste accede a enviarle a Marsella, donde una nutrida colonia de exiliados polacos puede ayudarle a obtener un barco donde iniciarse en la carrera náutica. Además, Jósef, como casi todos los polacos de su clase social, domina bien la lengua francesa.
Así, con diecisiete años, el adolescente Korzeniowski se embarca en un velero marsellés y efectúa dos viajes a las islas francesas del Caribe, seguidas de una expedición frustrada de contrabando de armas para los carlistas en las costas catalanas. Complementa su magro sueldo con la pensión que le remite su tío pero, aun así y a pesar de que no se le conocen líos de faldas ni inclinación por beber en exceso, parece tener cierta querencia —que será una constante en su vida— a administrar mal sus recursos y en vivir por encima de sus posibilidades. Este problema, unido a sus tendencias depresivas, hará que se dispare un tiro en el pecho en Marsella, bajo el peso de las deudas que le agobian. Su tutor acude presuroso ante un hecho tan grave como un intento de suicidio y le fuerza a un cambio radical de tipo de vida y de ambiente, logrando que sea aceptado como simple marinero en un buque británico. Con ello, el rumbo de su vida dará un viraje trascendental y perdurable.
Entre 1878 y 1895, Jósef navega principalmente en buques de vela de bandera británica, adquiere la nacionalidad y supera los exámenes hasta convertirse en capitán de la marina mercante, cambiando finalmente su nombre al de Joseph Conrad. Ya en tierra, contrae matrimonio con la inglesa Jessie George, que le dará dos hijos.
Decididamente, a lo largo de toda su carrera náutica, Conrad es un entusiasta de la navegación a vela. La asocia con un modo de vida libre, mejor, como un compromiso personal con el honor, el deber y el compañerismo. La acelerada decadencia de esta forma de propulsión de los barcos, hará que, a partir de 1890, le sea cada vez más difícil obtener embarque. El hecho objetivo es que en 1901 ya el número de barcos a vapor ingleses supera netamente a los veleros. Sus únicas experiencias en navegación mecánica consisten en un breve período como oficial en Extremo Oriente y su contratación para mandar el pequeño buque (poco más que una lancha) llamado Roi des Belges por el río Congo arriba. Una aventura que dará lugar a su gran relato “Heart of Darkness” (título cuya traducción literal debería ser El Corazón de la Oscuridad y no El Corazón de las Tinieblas)
Resulta muy probable que todos o casi todos los marinos mercantes que hoy superamos los setenta años podamos comprender plenamente —incluso compartir en el fondo de nuestro corazón— la aprensión, la melancolía, por no decir desdén, que sintió Conrad ante la fulgurante aparición de los buques de casco de acero y propulsión mecánica, cuando ahora comparamos los actuales mega portacontenedores y superpetroleros con los antiguos barcos de elegantes líneas, razonable porte y propulsión por máquina alternativa de vapor en que nos iniciamos en la vida marinera, allá por los años cincuenta o sesenta del pasado siglo.

En este sentido, resulta fundamental leer los dos terribles artículos que Conrad escribió tras el naufragio del Titanic en 1912. Tras su feroz sarcasmo, su impecable diagnóstico de lo que funcionó mal antes, durante y después del desastre, sus invectivas a los ingenieros navales que declararon al buque “insumergible”, a la comisión de investigación americana incapaz de entender las sencillas respuestas técnicas de un oficial del infortunado barco, a los armadores que él trata de “hoteleros de lujo y simples vendedores de billetes”, asoma un cierto tono de revancha del marino de la vieja escuela de la navegación a vela ante la presuntuosa, ciega y temeraria confianza en los avances técnicos de que alardean las nuevas generaciones de armadores capitalistas de la nueva hornada y de constructores de barcos. Una generación que no duda en derrochar millones en la extravagante decoración de los camarotes y salones de los trasatlánticos pero que considera un dispendio inasumible dotar de un modesto motor a los botes salvavidas, cuando no éstos mismos.
EL MARINO EN TIERRA
Dice un conocido refrán catalán que “qui ho té al nèixer, ho té al crèixer” (quien lo tiene al nacer, lo tiene al crecer). Como en la mayoría de aforismos populares, algo de verdad hay en esa frase.
Un Jósef Korzeniowsk en su más tierna infancia, dedica su fotografía a su abuela y, con caligrafía harto insegura, firma “Jósef, caballero polaco”. Muchos años más tarde el pequeño aristócrata polaco se ha convertido en un gentleman inglés; no puede aspirar a más en una sociedad tan rígidamente estratificada en clases como la inglesa de la época de Eduardo VII (todavía es así, mitigada en buena parte, hoy en día), pero sus gustos son claramente aristocráticos.
Desde 1895 se instala en tierra, contrae matrimonio y aspira a vivir de la literatura. No será tarea fácil (nunca lo ha sido, para un escritor novel) y el primer éxito de ventas que le otorgue cierto desahogo económico no llegará hasta 1913, con la publicación de “Chance” (Azar). Entretanto, se suceden largos años de precariedad y angustia.
Para un observador medio, con sólo conocimientos básicos de economía doméstica, resulta altamente sorprendente la lectura de la correspondencia de Conrad alrededor de los años 1905/1907. Su esposa, embarazada de su segundo hijo y sufriendo las consecuencias de una difícil operación de rodilla, es en aquel momento casi una inválida. Su primer hijo Borys, además de contraer todas y cada una de las enfermedades propias de la infancia, padece frecuentes catarros. El propio Conrad, está también aquejado de migrañas y resfriados recurrentes y, lo que es peor aún, unos martirizantes ataques de gota (enfermedad de los ricos y amigos de la buena mesa, se dice) suelen dejarle inútil el brazo izquierdo y le afectan las articulaciones de la cadera. Para tratar de mitigar tantos problemas de salud familiares, Conrad y los suyos se instalan en Capri a pasar el invierno de 1905, cosa que no parece hacerles bien alguno. Posteriormente, en 1906, se instalarán en Montpellier, donde les va mejor, hasta que las afecciones bronquiales del hijo aconsejan viajar a Suiza, primero a Ginebra y luego a un balneario. Todo lo anterior resultaría normal en un hombre de posibles, pero resulta que Conrad no lo es en absoluto. Las cartas a sus agentes y editores declarándose “penniless” y rogando envíos de dinero para saldar la cuenta de los hoteles así lo atestiguan.

Joseph Conrad escribió centenares de cartas, la mayoría a amigos incondicionales, como H.G.Wells, John Galsworthy, Cunninghame Graham o Sir Hugh Clifford. Muchas de ellas transpiran un sentimiento de depresión, agobio y angustia. Una constante de las mismas es indicar a sus amigos cuantas palabras ha logrado escribir en el último mes o las últimas semanas, dependiendo de su estado de salud y de ánimo, lamentándose amargamente cuando ese cómputo no se cuenta por varias decenas de miles. También se queja de forma airada cuando sus agentes, a los que apremia con demandas de anticipos, venden los derechos de publicación por entregas de sus novelas, sus artículos o cuentos cortos a periódicos ingleses o americanos por “un puñado de peniques”. En medio de tanta penuria, se regocija cuando sus amigos influyentes consiguen del primer ministro Balfour una pensión de 100 libras esterlinas para Conrad, “por sus eminentes servicios a la literatura”. Una “paguita” dirían algunos hoy.
Lo que, repito, resulta maravilloso para un observador medio, es que en este contexto tan penoso y lamentable, un enfermo y deprimido Conrad fuese capaz de producir algunas de sus mejores obras: “El Agente Secreto”, la mayor parte de “Chance”, “El Duelo” y, sobretodo, la inconmensurable serie de ensayos que recopiló bajo el título de “El Espejo del Mar”.
No menos maravilloso resulta el hecho de que Joseph Conrad llegase a adquirir tanta maestría en un idioma que no era el suyo nativo. En una carta de 1911 dirigida a un traductor belga de su obra, Conrad se sincera. La cita es larga, pero su lectura vale la pena:
Tenía diecinueve años cuando aprendí inglés. Me hice a la mar bastante tarde, a los diecisiete, pero estuve dos años en el Mediterráneo. Me embarqué en mi primer barco inglés en marzo de 1878. En mayo del mismo año desembarqué en la costa Este, sin conocer a nadie en Inglaterra. Mi primera lectura en inglés fue el periódico, y lo primero que conocí de oído fue el habla de los pescadores, carpinteros y marineros de la zona. Pero en 1880 ya dominaba el idioma lo suficiente como para aprobar el primer examen para oficial del Servicio Mercante, que incluía un examen oral de más de dos horas. Pero “dominar” no es la palabra correcta; Debería haber dicho «adquirido». Nunca en mi vida he abierto una gramática inglesa. Mi pronunciación es bastante defectuosa hasta el día de hoy. Desgraciadamente, al no tener oído, mi acentuación es incierta, sobre todo cuando en el curso de una conversación me siento cohibido. Al escribir, lucho dolorosamente con ese lenguaje que siento que no poseo sino que me posee a mí.
Parece claro que ni los pubs de los puertos de la costa Este o de los London Docks, ni las cámaras de oficiales de los veleros británicos en que Conrad navegó son precisamente la Universidad de Oxford. ¡Qué enorme fuerza de voluntad y cuantos cientos de horas de paciente y atenta lectura fueron necesarios para alcanzar tal nivel de profundo conocimiento de un idioma extranjero en edad adulta!

Rudyard Kipling, también buen amigo de Conrad, hizo una observación que se me antoja muy acertada. Decía que al leer alguna de sus obras, tenía la impresión de estar leyendo una magnífica traducción de una obra extranjera. ¡Muy cierto! Aparte el idioma en que ambas novelas fueron escritas, nada tienen en común “Nostromo” (que algún lector inadvertido podría atribuir a García Márquez) y “La Saga de los Forsyte” de Galsworthy, amigo entrañable de Conrad. La frase de Kipling tiene mucho sentido: al ser un autodidacta del inglés, nuestro autor adopta frecuentemente un lenguaje que no es precisamente el del hombre de la calle, utiliza a veces vocablos algo arcaicos o ya en desuso, que quizás ha tomado de una lectura de Shakespeare, junto con otros de origen académico.
EL NOVELISTA GLOBAL
La historiadora Maya Jasanoff, autora de un interesante y galardonado ensayo sobre Joseph Conrad, nos propone un ejercicio práctico: ¿Nos sorprendería abrir el periódico cierta mañana y leer los siguientes titulares?:
-Explosión en Londres. Posible acto terrorista.
-Revolución en cierto país de América Central para derrocar al presidente.
-Buque con centenares de migrantes a la deriva en pleno océano.
-Brutal explotación de nativos en una factoría de África central.
Sin el menor asomo de duda, ninguno de esos titulares nos parecería insólito. Sin embargo, todos ellos —hechos reales, por añadidura, acaecidos hace siglo y medio-— están en la raíz de los argumentos de algunas de las novelas más aclamadas de Conrad (“El Agente Secreto”, “Nostromo”, “Lord Jim” y “El Corazón de las Tinieblas”).
En base a ello, Jasanoff afirma que la originalidad de Conrad estriba en ser el primer novelista de la globalización propiciada en su época por el enorme incremento del comercio y las comunicaciones mundiales. Los escenarios de sus obras de ficción abarcan prácticamente todos los Continentes y, por contra, apenas ninguna se desarrolla en Inglaterra (“Chance”, “El Agente Secreto” o “Amy Foster” serían las excepciones). Paralelamente, sus personajes también tienen los más diversos orígenes geográficos, siendo comparativamente pocos los británicos.

Alguien podría objetar que, en este aspecto, también su contemporáneo Jules Verne podría ser considerado un autor hijo de la incipiente globalización, pero las diferencias entre ambos autores son enormes. El francés apenas se movió de Nantes durante toda su vida, era un entusiasta del progreso científico y un visionario del futuro tecnológico. Conrad, por el contrario, vio los avances técnicos con cierto escepticismo y halló las fuentes de su inspiración en sus veinte años de marino, en las gentes que había conocido viajando alrededor del mundo y en anécdotas escuchadas a bordo y procedentes de sus compañeros de navegación. Su escritura pone énfasis en la psicología, a menudo atormentada, de sus personajes; un aspecto en el que Verne casi nunca profundiza, limitándose a ser un ameno divulgador popular de las nuevas maravillas surgidas de la revolución industrial.
El carácter cosmopolita y globalizador de Conrad, además de la potencia de sus argumentos y personajes, hace que muy posiblemente sea el autor de su generación literaria –—a caballo de los siglos XIX y XX— más leído en todo el mundo todavía hoy. Muchos de sus contemporáneos, como Rudyard Kipling, John Galsworthy o Anatole France, a los que Conrad admiraba sinceramente y que fueron laureados con el premio Nobel, seguramente no gozan de tanta popularidad fuera de sus respectivos países (salvo quizás Marcel Proust y Oscar Wilde) como el genial marino polaco.
NOTICIAS RELACIONADAS

