La reciente tragedia del batiscafo TITAN de la compañía OceanGate, mientras descendía a 3.800 metros de profundidad en el Atlántico y en circunstancias suficientemente conocidas, nos ha traído de nuevo a la actualidad el naufragio más famoso del siglo XX: el hundimiento del RMS TITANIC el 14 de abril de 1912, con una pérdida de vidas humanas de —en números redondos— unas 1.500 personas y sólo 700 supervivientes.
Entre quienes sobrevivieron se hallaba un hombre, Arthur John Priest, nacido en 1887, cuyas posibilidades de salir con vida de la catástrofe eran inicialmente más bien escasas, por no decir nulas. Formaba parte del grupo de los 150 fogoneros del barco, es decir de los hombres que realizaban el trabajo más humilde y penoso de todos: alimentar a fuerza de músculo y con la ayuda de una simple pala y montones de carbón (600 toneladas al dia) las 29 calderas del gran buque.
En 1964, cuando el autor de estas líneas inició su carrera náutica a bordo de un vetusto buque de vapor, el empleo de fogonero, e incluso un grado todavía más modesto como era el de palero, aún permanecían presentes en los roles de los barcos mercantes y en la reglamentación de la marina mercante española. Los vapores habían ya dejado de quemar carbón en su sala de máquinas para sustituirlo por el fuel oil, pero los encargados de velar por el correcto funcionamiento de los mecheros de las calderas seguían siendo los muy mal pagados fogoneros y paleros.

Volviendo a la aciaga noche de abril de 1912, Arthur Priest estaba fuera de servicio y descansando en su litera cuando, algún tiempo tras la fatal colisión con el iceberg, cundió la alarma general a bordo y ya todo el mundo se percató de que la nave se hundiría irremediablemente. Tiempo justo para que nuestro hombre, a través de un largo y tortuoso trayecto desde las entrañas del barco donde se alojaba, llegase a cubierta casi en paños menores. Otros 43 fogoneros también lo consiguieron. La mayoría de sus compañeros que estaban de guardia en las salas de calderas no tuvieron la misma suerte: casi todos perecieron ahogados. Priest fue rescatado por el CARPATHIA con una pierna lastimada y algunos dedos de los pies afectados de congelación.
Entre los citados 700 supervivientes, se encontraban dos personas cuyas vidas volverían a cruzarse —como veremos más adelante— con la de Arthur John Priest: la camarera argentino-irlandesa Violet Jessop y el marinero de cubierta Archie Jewell.
Aquel no era el primer incidente grave sufrido en la mar por este fogonero natural de Southampton; ni siquiera era el segundo ni el tercero. En 1908, empleado en el mismo duro trabajo en la salas de calderas que ocuparía durante toda su vida marinera, Priest estaba a bordo del RMS ASTURIAS, cuando el buque sufrió un abordaje y graves daños en su viaje inaugural (el maiden trip) a Sudamérica, dato éste último coincidente con lo sucedido al TITANIC. Luego, tres años más tarde, estaba a bordo del RMS OLYMPIC, gemelo y precursor del Titanic, cuando colisionó con un crucero de guerra británico, el HMS HAWKE, y sufrió una grave vía de agua bajo la línea de flotación. La camarera Violet Jessop, por cierto, también prestaba sus servicios a bordo del trasatlántico.
En 1914 estalló la Gran Guerra Europea, luego llamada Primera Guerra Mundial. El fogonero Priest fue enrolado —ignoramos si como voluntario o mediante conscripción— en un mercante armado destinado a colaborar en el bloqueo de las costas alemanas. Era el RMS ALCÁNTARA, que se hundió tras un enfrentamiento a cañonazo limpio con un homólogo alemán que también acabó en el fondo del mar, el SMS GRIEF, en febrero de 1916, frente a las costas de Escocia. Nuestro protagonista tuvo más suerte que 70 de sus compañeros que perecieron, ya que sólo sufrió algunas heridas de metralla durante la enconada batalla entre los dos mercantes artillados.

Sin apenas tiempo de reponerse del nuevo sobresalto, le destinaron al tercer y último buque de la serie Olympic de la White Star Line, el HMHS BRITANNIC, posiblemente por el conocimiento que Priest ya tenía de los otros dos barcos de dicha serie. Este nuevo gran trasatlántico habia sido botado en 1914 y, al estallar la guerra, estaba en proceso de acondicionamiento de su superestructura e interiores. Tras la experiencia del catastrófico final del TITANIC, se habían introducido algunas correcciones en su diseño, como añadir un mamparo estanco más y prolongar la altura de otros hasta la cubierta principal. Antes de llegar a realizar ningún viaje con pasaje de pago —cosa que nunca llegaría a llevar a cabo— fue requisado por la Royal Navy, siendo desmantelados apresuradamente sus lujosos salones y camarotes para reconvertirlo en un gran buque hospital.
El 21 noviembre de 1916, sólo nueve meses tras el naufragio del ALCÁNTARA, el BRITANNIC se topó con una mina en el canal de Kea, en el mar Egeo, cuando se dirigía a prestar servicio en el frente del desgraciado y sangriento desembarco aliado en los Dardanelos. Perecieron 29 tripulantes, ya que en aquel momento el barco no albergaba soldados heridos. La mayor parte de las víctimas, marineros y miembros del cuerpo médico militar, se produjeron al ser arriados a la mar, de forma muy mal controlada, un par de botes salvavidas que fueron succionados y literalmente triturados por las hélices del trasatlántico, que tras una parada inicial en el momento de la explosión de la mina se habían puesto en marcha de nuevo en un desesperado intento del capitán para varar el buque en la cercana isla griega de Kea.
Entre los que estaban a bordo de uno de esos infortunados botes y lograron evitar una muerte horrible, se encontraban los otros dos supervivientes del TITANIC antes mencionados: Violet Jessop, ahora enfermera, y el marinero Archie Jewell, que se salvaron ambos de milagro con sólo algunas lesiones y medio ahogados. Priest, en cambio, salió ileso del hundimiento del gran trasatlántico, que se produjo en apenas 55 minutos o sea —a despecho de las mejoras estructurales introducidas en su diseño— mucho menos tiempo de las 2 horas y 20 minutos que su famoso buque gemelo tardase en ir al fondo del mar cuatro años y medio antes. Contribuyó a ello que el personal sanitario, aprovechando el buen tiempo reinante en la zona, dejase abiertos los portillos de las cubiertas inferiores para airear los amplios espacios destinados a acoger soldados heridos en su inminente llegada al puerto de destino, Moudros Bay.

La joven Violet continuó navegando como enfermera y de nuevo, finalizada la guerra, como camarera de buques de pasaje, sin más lances que lamentar hasta su jubilación. Escribió un libro de memorias sobre sus sonados infortunios en la mar.
No fue éste, exactamente, el caso de Arthur Priest, que embarcó de nuevo, con su amigo y compañero de aventuras Jewell en un ferry transformado en buque ambulancia, el SS DONEGAL, cuya misión consistía en transportar heridos menos graves del frente de Flandes, desde Francia a los hospitales y centros de convalecencia de Inglaterra. El 17 de abril de 1917 dicho buque fue torpedeado sin previo aviso y hundido en el Paso de Calais por un submarino alemán. Era el período de la “guerra submarina sin restricciones” que las autoridades imperiales alemanas habían decretado en un intento desesperado de quebrar la resistencia británica por falta de suministros. Una decisión ilegal y desalmada que tantas víctimas causó en las marinas mercantes aliadas y también neutrales (entre ellos bastantes buques españoles) y que sólo sirvió para provocar la entrada de Estados Unidos en el conflicto y sellar así la derrota final alemana año y medio más tarde. De las 680 almas que había a bordo del DONEGAL, perecieron 41, entre ellas Archie Jewell, para quien “la tercera fue la vencida”. Arthur Priest se salvó una vez más, con sólo una herida menos grave en la cabeza.
Tras este impresionante historial —cuatro naufragios y dos abordajes serios— lo mínimo que se podía hacer con este paradigma de la supervivencia en la mar era otorgarle la Medalla de la Marina Mercante, cosa que ocurrió aquel mismo año de 1917.
Aposentado en su nativo Southampton, Arthur John Priest no volvió a navegar, según él mismo indicaba con cierto sarcasmo por su fama de gafe, a resultas de la cual nadie queria embarcarse en un barco en el que yo estuviese enrolado. Fundó una familia y obtuvo modestos trabajos en su ciudad. Tras una vida tan azarosa y llena de peligros en la mar, el llamado fogonero insumergible por sus colegas y amigos falleció —en tierra firme y de una prosaica neumonía— en 1937, con apenas cincuenta años.
NOTA DEL EDITOR. La foto de portada muestra al RMS ALCANTARA

