M/N INDICO: un barco de 5500 TPM, un barco archipiélago, de tres islas, con bodegas de cuarteles, lo cual tenía ventajas y desventajas.
La isla central, coronada por la cubierta magistral y el puente de mando, presentaba, una vez salvada la puerta estanca en la cubierta principal, una ancha escalera que desde el centro ascendía y se abría a cierta altura en dos a banda y banda, hasta llevarte a la cubierta superior, del luminoso comedor y sala de estar.
Aquí vivían el capitán, los oficiales de cubierta y el radiotelegrafista.
En la isla de popa, estaba la sala de máquinas y cocina, camarotes y comedor de oficiales de máquinas, camarotes y comedor del resto de tripulación.
El INDICO era un barco valiente, como valiente era la naviera a la que pertenecía, Marasia, una naviera creada en los años 60 que se buscaba la vida en el mercado mundial de fletes, en una época en la que, en España, las líneas más importantes habían sido adjudicadas en pago a los servicios prestados.
El INDICO era valiente porque, a una velocidad de 10 nudos en circunstancias a favor, para doblar el cabo de Buena Esperanza había que ir muy al sur, buscando corrientes favorables en la Ruta de los Elefantes, evitando un mal encuentro con algún superpetrolero elefantino, ya que, si pretendía pasar de un océano a otro por la ruta lógica de un mercante, podía permanecer muchas horas viendo el mismo punto de la costa sin avanzar, por la corriente en contra.
El INDICO era valiente para remontar el río Congo hasta el puerto de Matadi, en zonas del río donde, en época de menor caudal de agua, era casi un milagro vencer la corriente.
También la tripulación era valiente, como el camarero que, agarrado a un cabo, se la jugaba llevando unos bocadillos a los tripulantes del centro para que comieran algo, cuando con mal tiempo las olas barriendo las cubiertas no permitían llevar la comida, o como los tripulantes que, durmiendo en camarotes de cuatro literas, con un portillo en el que, con cartones sabiamente colocados, ayudaban a que entrara algo de brisa mientras navegas por climas tropicales.

El INDICO tiene muchas anécdotas, divertidas, trágicas y curiosas.
Fue el primer buque de Marasia que circunnavegó África, con salida de Barcelona el 30 de enero de 1978 y llegada el 11 de mayo de 1978.
Constancia de ello quedó en el despacho del Capitán, una metopa hecha por el primer Oficial en la carpintería del castillo de proa, con vulgar madera de estiba que, después de incontables barnizados y cepillados, nada tenía que envidiar a la mejor caoba.
Otra anécdota sin consecuencias importantes fue la embarrancada en una playa de arena en el Great Bitter Lake, cruzando el canal de Suez, de madrugada, cuando una niebla de muy poca altura hizo perder de vista el canal de boyas al práctico, el cual se vio muy afectado psíquicamente y hubo que encerrarlo en un camarote, camarote que destrozó. A la mañana siguiente, con otro práctico, remolcador y ancla se liberaron y continuó viaje hasta Suez, donde una revisión del casco certificó que no había daños.
Desde el mundo del shipping se insiste en recordar que el 80% del movimiento de mercancías se transporta en barcos. De hecho, gracias a los barcos, y por ende a los marinos, el mundo se ha desarrollado tal como lo conocemos. Los marinos han hecho su trabajo, pero no siempre las consecuencias han sido las mejores para un mejor desarrollo de la humanidad.
Sería inquietante que los navegantes piensen si lo que llevan o traen, procedencia y destino ayudarán a muchos o pocos de este mundo que tanto dicen que hemos contribuido a crear.
Lo dicho puede venir a cuento en la siguiente historia auténtica o ficticia:
Uno de los puertos más atractivos de los viajes del INDICO por Africa occidental era Matadi, por lo que el río Congo representa en la memoria de lectores del marino polaco y gran escritor Joseph Conrad.
Uno de esos viajes, una vez remontada la punta Banana y fondeados frente al puerto de Boma hasta el amanecer, el INDICO viró el ancla y comenzó a remontar el río hacia ‘El corazón de las tinieblas’. Pero, no es el señor Kurtz quien espera en Matadi, eran, como cada viaje, los señores Fernando y Casimiro, consignatarios que se instalan a bordo, por lo que pudiera caer para su familia.
Extraña ciudad Matadi, con sus calles en pendiente hacia el gran río, en donde los ciudadanos te miran con cierto recelo, a diferencia de otros puertos, más amables. Donde se aprecia pobreza, decadencia y restos de una época colonial no lejana, en la que esos ciudadanos que no te miran bien, eran prácticamente esclavos de la metrópoli belga, hasta que decidieron cambiar, haciendo cosas como tirar las monjas por las ventanas.
El INDICO llevaba dos cargas muy distintas: en la bodega número 1 un cargamento de mármol de Carrara para el palacio que se estaba construyendo el dictador Mobutu, y en la bodega número 3, partidas de pallets de alimentos y conservas.
Sucedió que, en un barco como el INDICO, en el que se viven las circunstancias de los puertos y sus ciudadanos, de vez en cuando puede verse la luz más allá de lo habitual y estipulado y una vez pactada la impoluta blancura de los documentos de descarga, parte de esa carga, en forma de cartones de conservas y otros alimentos, alivió la hambruna de la población de Matadi durante algunos días. Parece ser que el bodeguero se había tomado un descanso y que nunca tanta gente y tan rápido había descargado una bodega.
Mientras ello sucedía, el capitán y el primer oficial se tomaban una cerveza a la salud de Mobutu y de su palacio con mármol de Carrara, en el hotel Metropol, desde cuyas ventanas se defenestraron algunas monjas tiempo ha.
Podemos pensar que el INDICO, protagonista de este escrito, quedó en la memoria de los matadinos como un barco amigo, que contribuyó algo a equilibrar la balanza.
¿Qué opináis, colegas? ¿Fue cierta la anterior anécdota?
Añaterve Sánchez, capitán de Marina Mercante

