Escribí hace tres años una crónica apasionada sobre la belleza del puerto de Mahón y quizás su tesoro más preciado: la illa del Rei, la isla del Rey, un islote de apenas algo más de 40.000 metros cuadrados con una maravillosa historia de recuperación que en estos tiempos de zozobra y confusión, nos permite reconciliarnos con la humanidad (El extraordinario puerto de Mahon). Todavía hay ejemplos de solidaridad social, de compromiso cívico, de honorable liderazgo y de decencia política. Por ejemplo, lo que han hecho en la illa del rei en estos últimos veinte años.
Anticipaba entonces el proyecto de dedicar el segundo piso del antiguo Hospital Naval de la isla del Rey, una obra inglesa de 1711, a exponer la historia del puerto de Mahón y su realidad actual. Aunque algunos detalles de la muestra no están acabados, el visitante puede hacerse una idea clara de lo que es la exposición. Aquí tienen ustedes el índice:

Cada número se corresponde con una sala dedicada a las “flotas extranjeras”, los “bizantinos y moros”, los “mestres d’aixa”, «La influencia francesa», etc. El visitante lee y relee sorprendido. ¿Cómo es posible explicar un puerto sin hablar de marinos civiles, de barcos, de comercio y transporte marítimo, de pescadores y barcos de pesca? ¿Acaso el puerto de Mahón fue, es, un espacio que nada tiene que ver con la misión fundamental de los puertos?
Hace poco se inauguró en la población de Castell, antigua Villa Carlos, contigua a Mahón, un pequeño museo al que bautizaron como “Thalassa”. Una iniciativa admirable. Se trataba de explicar el mar y las actividades y oficios relacionados. Y el mismo asombro: ni una palabra de marinos, barcos mercantes y barcos de pesca; como si las embarcaciones se dividieran en “tradicionales” y “modernas”, sin mencionar su utilidad. Naturalmente los marinos no existen, el mar lo trabajan los constructores de barcos antiguos (mestres d’aixa), o los precoces regatistas aficionados que correteaban por el venturoso puerto de Mahón.
No es casualidad. Las autoridades portuarias, ingenieros la mayoría, expertos en hormigón, suelen ignorar que los puertos existen porque hay barcos dedicados al comercio, y que éstos navegan gracias a los marinos. El resultado de esa ignorancia, que contamina la percepción de otras autoridades locales, autonómicas y nacionales, descarta la inocencia. Provoca por ejemplo que los puertos españoles, salvo excepciones, no prevean ninguna facilidad de comunicaciones y transporte para los marinos que tripulan los barcos que atracan en los muelles lejos de la ciudad. Toda la atención a la carga y al hormigón, poca o ninguna a los barcos y a los marinos. El disparate es tal que algunos presidentes y directores de puertos españoles miran por encima del hombro a los navieros (españoles y también extranjeros), a quienes reciben de mala gana y tras incomprensibles esperas. Y es gracias a esos armadores que viven las instalaciones portuarias (más allá de los anómalos beneficios inmobiliarios).

Volvamos a las exposiciones sobre mares y puertos. ¿Sería mucho pedir que se acabara con la sandez de ignorar que los puertos sirven al comercio por vía marítima, posible gracias a los barcos y a quienes los manejan? ¿Cómo pretenden explicar un puerto sin referirse a su actividad esencial? ¿Cómo permitimos tamaño despropósito?
NOTA DEL EDITOR. En la foto de portada se muestra una parte e la illa del rei y el puerto de Mahon; foto tomada desde la segunda planta del Hospital Naval.
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