La interesante entrevista de Miguel Aceytuno, publicada hace unos días en NAUCHERglobal, de la práctico del puerto de La Ràpita Miriam da Rosa (en este enlace), además de ser un buen exponente de la creciente presencia de la mujer en el mundo marítimo (o como hoy se suele decir, del empoderamiento femenino en dicho ámbito) me ha traído a la mente el recuerdo de dos nombres: el de Isabel Barreto de Castro, primera mujer al mando de una flota naval y el de Robert Graves, el gran escritor británico afincado en Mallorca durante muchos años, que la convirtió en personaje principal de su magnífica y amena novela Las islas de la imprudencia (1950).
Isabel Barreto de Castro (1567-1612) era esposa del hidalgo y explorador leonés Álvaro de Mendaña y Neyra (1541-1595). Un joven Mendaña, sobrino del presidente de la Real Audiencia de Lima, encabezó una expedición en 1567 hacia el Pacífico Occidental, alentada por la creencia de los indios quechuas peruanos de que hacia Poniente se hallaban unas islas donde abundaba el oro. El resultado principal del viaje fue el descubrimiento de las Islas Salomón, no muy lejanas ya a Nueva Guinea, que Mendaña así bautizó por suponer que en las mismas se hallaban las míticas minas del gran rey bíblico de los judíos. Aunque el explorador no encontró oro en cantidad apreciable, regresó a las costas americanas dos años más tarde, con la idea obsesiva de ocupar y colonizar dicho archipiélago.
Medaña tardó más de veinticinco años en poder realizar un segundo viaje que intentase culminar su proyecto. A pesar de contar con carta de nombramiento como adelantado de la Mar Océana y gobernador de las tierras a descubrir concedida por Felipe II, la actitud obstruccionista de sucesivos virreyes del Perú, dilató la proyectada nueva expedición hasta 1595. La misma se componía de dos galeones: la capitana (buque insignia, en terminología moderna) SANGERÓNIMO, y la almiranta (segunda en la cadena de mando) SANTA YSABEL, además de dos buques menores:la fragata SANTACATALINA y la galeota SANFELIPE. Se trataba de una expedición privada, financiada por el propio Mendaña y algunos comerciantes limeños a los que había interesado en el proyecto; el virrey del momento, Hurtado de Mendoza, sólo había accedido a dotar a los buques de un contingente de soldados y su correspondiente armamento personal y artillería. El piloto mayor era un competente marino portugués, Pedro Fernándes de Queirós, que alcanzaría gran renombre en ésta y en posteriores expediciones.
La flotilla de Mendaña zarpó del Callao en junio de 1595. A bordo de los dos buques de mayor porte viajaban un par de centenares de colonos, hombres, mujeres y niños, inducidos a establecerse en las nuevas tierras de promisión a conquistar. También embarcó en el SANGERÓNIMO la esposa del general, la joven Isabel Barreto, que algunos (entre ellos Robert Graves) suponen nacida en Galicia, mientras que otros creen que nació en Lima de familia gallega, así como tres de sus hermanos y una hermana, que pronto se constituyeron en un clan aparte en el seno de la oficialidad de la flota: el clan de los Barretos.

Doña Isabel, sin duda alguna, era una mujer de fuerte carácter, su influencia e perseverancia ante el virrey había sido decisiva para hacer realidad la expedición. Mendaña era ya entonces un hombre de salud menguante y más que maduro; cincuenta y cuatro años era en el siglo XVI casi el umbral de la vejez (el emperador Carlos V abdicó y se retiró a Yuste con esa misma edad). Su mujer no llegaba a los treinta y, al parecer, muchas de las decisiones que se tomarían en el transcurso de la aventura se acomodaban más al criterio de la resolutiva doña Isabel y su clan familiar que al del propio y débil don Álvaro.
En Las islas de la imprudencia, el inolvidable autor de la serie de novelas de Yo Claudio describe con gran maestría y abundantes pinceladas de humor inglés el clima enrarecido inicial a bordo de la flota y cómo éste mal ambiente iría evolucionando hacia las abiertas discordias, envidias y conspiraciones que aquejaron a la nueva aventura de Mendaña, como también había ya ocurrido previamente en las expediciones de Magallanes, Jofre de Loaysa e incluso la primera a las islas Salomón, citada más arriba, que el propio hidalgo leonés había capitaneado veintiocho años antes.
Tras dos meses de navegación hacia el Oeste, manteniendo la flota en una latitud de 10 grados por debajo del ecuador, Mendaña arribó a un archipiélago que, con gran sentimiento de frustración por su parte, no se trataba de las Salomón, sino de otro grupo de islas que bautizó con el nombre que todavía ostentan: archipiélago de las Marquesas. Continuó avanzando varias semanas más hasta avistar otra isla que sí parecía formar parte del objeto de sus deseos, las Salomón, y a la cual dio el nombre de Santa Cruz (actualmente Nendö). La recalada no podía ser más oportuna, ya que los víveres y el agua empezaban a escasear de forma apremiante, pero se vio ensombrecida por la trágica desaparición, con ciento ochenta almas a bordo, de la nave almiranta SANTAYSABEL, que debió zozobrar una noche por problemas de falta de estabilidad. Los indígenas, inicialmente, se mostraron amistosos con los recién llegados y les ofrecieron frutos, tubérculos comestibles y carne de cerdo o volatería, aunque pronto surgieron incidentes y abusos provocados por algunos oficiales y soldados de gatillo y bragueta fáciles, que acabaron por tener consecuencias fatales para la continuidad de la empresa colonizadora.
En bahía Graciosa de Santa Cruz, en octubre de 1595, falleció un debilitado en extremo don Álvaro de Mendaña, designando como su sucesor… a su esposa Isabel, que así se convirtió en Adelantada y Generala de la Flota.
La malaria y la hostilidad de los indígenas, provocada por los excesos de la soldadesca, obligaron a abandonar bahía Graciosa en noviembre, con la esperanza de poder llegar a Manila con los buques en muy mal estado de navegabilidad. La travesía, que se prolongaría durante casi tres meses, comportó indecibles penalidades, la muerte por inanición o fiebres malignas de la mayoría de los tripulantes del SAN GERÓNIMOy la desaparición sin dejar rastro de los dos buques menores. Sólo treinta y cinco exhaustos supervivientes, de las ciento veinte almas que componían la dotación del maltrecho barco cuando éste zarpó de Santa Cruz, lograron llegar con sólo un hilo de vida a la capital de Filipinas a mediados de febrero. Doña Isabel Barreto fue recibida allí por las autoridades como una heroína. Sin embargo, no está nada claro que su actuación fuese, ni mucho menos, irreprochable. Al cabo de unos pocos meses, volvió a casarse con un sobrino del gobernador del archipiélago y regresó al Perú, donde se supone falleció en 1612.
El único relato escrito sobre el mando de Isabel Barreto procede del piloto mayor Pedro Fernándes de Queirós, a cuya magistral pericia y buena suerte se debió poder llevar el SANGERÓNIMOhasta Manila y, como es natural, Robert Graves se basa en dicho testimonio en su versión novelada de la aventura. Una versión apasionante, que nos presenta a una mujer autoritaria, avariciosa, manipuladora y cruel, carente de los menores escrúpulos. Fuese como fuese la verdad, subsiste el dato cierto que doña Isabel Barreto de Castro fue la primera mujer en la historia de la navegación en ostentar, para bien o para mal, el mando de una flota.

