En abril de 2020, con el pais cerrado por la pandemia y los ciudadanos acorralados, leí en NAUCHERglobal un artículo exquisito titulado “Le llamaban Teide” escrito por el marino y escritor Juan Luis Trassierra. Contaba la historia de un perro, Teide, mil leches aclaraba Trassierra, con un cierto parecido a un setter, embarcado en el VILLA DE MADRID, el mejor buque de la Compañía Trasmediterránea según el gran Ernesto Anastasio, práctico del puerto de Barcelona durante 11 años y presidente de la naviera de 1932 a 1957. Teide figuraba en la lista de tripulantes, tenía una habilidad especial para abrir puertas y hacerse querer y disponía de un chaleco salvavidas rotulado con su nombre.
La historia que contaba Trassiera acababa así:
Teide con más de dos trienios en la Compañía desapareció un año después. Me dijeron que al grito de ¡Teide: una perrita! el perro no se limitó a otear. Parece ser que aquella vez la perrita bien mereció desembarcar para siempre y perderse con ella por las callejuelas del barrio portuario de Las Palmas.
Cuando ocurrieron los hechos protagonizados por Teide que narraba Juan Luis Trassierra, yo me encontraba enrolado como agregado en el VILLA DE MADRID. Ahora les llaman alumnos, pero a mí me gusta el nombre tradicional con el que éramos reconocidos y con el que nos identificábamos durante la realización de las prácticas previas y obligatorias para obtener el título de Piloto de Segunda clase de la Marina Mercante.
En el VILLA DE MADRID, al mando del capitán Salvador Ventura Moreno, durante los meses de verano realizábamos una ruta semanal uniendo Málaga con los puertos de Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife, con pasaje, carga y coches que se embarcaban utilizando las plumas del propio barco.

Yo presumía ante mis amigos de ser el único mortal que tenía el privilegio de bañarme los martes en la playa de la Malagueta, Málaga, de donde zarpábamos por la noche; los viernes en la playa de Las Canteras, Las Palmas; y los sábados en la la playa de Las Teresitas, en Santa Cruz de Tenerife. Y así cada semana.
Recuerdo que en uno de los dos puertos insulares, no sabría precisar en cuál de los dos, cuando a media noche íbamos a partir se notó que no estaba a bordo nuestro querido perro Teide e inmediatamente el capitán nos encomendó a todos los tripulantes que estuviesen libres de guardia, recorrer las proximidades del muelle, ayudados por personal de tierra de la Compañía Trasmediterránea que también conocían a Teide.
La búsqueda resultó infructuosa y finalmente y después de haber retrasado la hora de salida (el barco tenía que navegar moderado para cumplir con el horario previsto), el capitán ordenó suspender la búsqueda, habiendo dado instrucciones al personal del muelle, para que, en caso de aparecer, lo mantuvieran vigilado y cuidado hasta la semana siguiente. El barco desatracó y zarpó con la pena e incertidumbre general de la dotación por lo que podía haber ocurrido. Quiero aclarar que Teide era un tripulante más que incluso participaba en los ejercicios de abandono de buque en el bote que le correspondía, el número 1.
Volví a bañarme en la Malagueta y cuando estábamos a punto de zarpar de nuevo para Canarias, el capitán fue informado de que Teide había aparecido por el muelle sucio y con mal aspecto, pero vivo. La noticia corrió a bordo como la pólvora con gran alborozo de la dotación, todos deseosos de llegar a Las Palmas para ver de nuevo a Teide.
Y así fue. Atracamos en el puerto de la Luz y volvimos a ver a Teide, ya limpio, aseado y bien alimentado, dispuesto a volver a su puesto en el VILLA DE MADRID. Nos informaron que el perro había intimado con una perrita y el amor debió ser tan fuerte que nos abandonó y mientras nosotros padecíamos su ausencia, él ajeno a todo disfrutaba de la compañía de su enamorada. Todos entendimos que a bordo estaba sólo y echaba de menos una compañera. Final casi feliz.
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