Francisco Bru Lassús, nacido en 1832 en Santiago de Cuba, vino a Barcelona con toda su familia en 1846. La vida le pintaba bien. Sus padres eran ricos; él era inteligente, incluso tenía golpes de ingenio como los plasmados en sus libros; y la ciudad ofrecía sobradas oportunidades para un adolescente sin limitaciones conocidas. Máxime cuando a él se le encaminó a la universidad, al contrario que a sus dos hermanos varones: Andrés, el mayor; y Ramón, el pequeño. Pero al fallecer su padre en 1856 algo ya no cuadraba del todo. Con 24 años ni había acabado de estudiar Leyes, una edad que por entonces los hombres con recursos solían haber encauzado su profesión y hasta formado una familia burguesa. Es probable que arrastrase la floja formación lectiva adquirida en Santiago de Cuba y necesitase más de seis años para acabar el bachillerado en Artes que daba acceso, entre otras, a la carrera de Leyes (Derecho). Su expediente académico de la Universidad Central de Madrid (hoy, la Complutense) cubre de 1853 a 1858, saliendo bachiller de Jurisprudencia tras cinco años para aprobar cuatro cursos.
Ignoro por qué estudió en Madrid teniendo la oportunidad de hacer esa carrera en Barcelona, salvo el grado de doctor que sólo era posible en la capital. ¿Cuestión de prestigio? En todo caso, ni siquiera consiguió licenciarse en Derecho, título que daba acceso a los cargos públicos civiles y eclesiásticos y a ejercer la profesión de abogado… Habría necesitado para ello cursar tres años más según el plan Pidal de estudios, en vigor hasta la Ley Moyano (1857) que cambió a fondo el sistema educativo desde la enseñanza primaria a la universitaria.
Francisco Bru fue el primer retoño de la red de familias enriquecidas y entrelazadas en Cuba: los Bru, López, Masó, Güell… que llegó a la universidad. Y lo desaprovechó. Aun así, no era imprescindible ser licenciado para que Francisco Bru tuviera una profesión o empresa exitosa. Su sobrino Rafael Masó Pagés (1851-1915) tampoco acabó la carrera de Derecho y, sin embargo, fue procurador de tribunales, fundó el hoy veterano Diario de Gerona (1899) y entre su numerosa prole figura el destacado arquitecto modernista Rafael Masó Valentí. El éxito de esta familia de indianos se refleja en la actual casa-museo Masó, en Gerona.
De los Bru, López, Güell y Masó que estudiaron, Francisco Bru fue al que menos le valió la pena. Un fracaso. En su libro de 1895 (“El marqués de Comillas, su Limosnero y su Tío”, un título de tintes surrealistas) admite que es un hombre acabado, que pasó por la cárcel dos veces, que huyó de la Justicia otras tantas, que los negocios le fueron mal y le iban peor, que más de una vez la Casa Comillas tuvo que darle importantes cifras de dinero para salir del paso, mantener a su mujer y salvar sus empresas. Se casó siendo cincuentón y no tuvo hijos. Vivió y murió resentido, una tara de personalidad irremediable, similar a esas campanas rajadas que por más que las reparen nunca sonarán bien, salvo que se las fundan de nuevo.
Francisco Bru no cejó en su empeño de vengarse de los Comillas. Tampoco después de que su sobrino Claudio López Bru le ayudase con dinero a pesar de haber publicado dos infames obras contra su padre Antonio López. Era un caso perdido, también de credibilidad. Así que, cuando en 1895 Pancho Bru publicó un libro relacionando sus infortunios con los de Jacinto Verdaguer, éste negó cualquier relación con él y rechazó las repetidas peticiones de dinero que le hacía por carta. Pancho no tuvo arreglo, también por su afición al juego (ludopatía), que él admite como una de las causas de sus desarreglos.

Su vida podría haber sido otra, tal vez lejos de la opulencia de su sobrino Claudio López Bru, pero parecida a la de su emparentado Gaudencio Masó Ruiz de Espejo (1830-1893, cuñado de su hermana Caridad), impresor, procurador de tribunales y origen de la exitosa saga Masó en Gerona, donde recaló en 1871 al fracasar sus empresas en Barcelona. También le fue mejor a su sobrino Amaro Masó Bru, doctor en Medicina especializado en arsenicoterapia, aguas termales y vías respiratorias, ejerciendo de doctor/director de varios balnearios de prestigio. Además, fue vicepresidente del Colegio Médico-Farmacéutico de Barcelona y publicó varios trabajos de sus especialidades.
Y Pancho Bru no medró por falta de oportunidades en la Barcelona más propicia para ellas (1854-1885), ni tampoco por falta de dinero. Heredó más de 20.000 duros por parte de sus padres y de dos tías ricas. En resumidas cuentas, fue incapaz de llevar la existencia holgada propia del hijo de un indiano enriquecido. Acusar de su fracaso a Antonio López denota impotencia, una coartada o excusa para no admitir ni su responsabilidad ni sus errores, la ludopatía y haberse enfrentado, sin pruebas y por envidia, a su poderoso cuñado.
Entre las causas de su naufragio resalta el emponzoñado enfrentamiento que mantuvo de por vida con Antonio López. Aparte de contribuir a rasgar la familia Bru-Lassús con pleitos que no le dieron la razón, le envenenó la vida y arruinó las perspectivas profesionales más que a nadie de quienes pleitearon por las herencias. Sus libros, publicados en 1857, 1885 y 1895, constatan que no tuvo sosiego. Incluso tuvo que escapar de Barcelona porque la Justicia le reclamaba. Se entiende que por pleitos con Antonio López. No era una buena tarjeta de visita personal ni profesional que en el Diario de Barcelona apareciera esta notificación judicial:
Por tercera vez y último pregón y edicto dicto, llamo y emplazo a D. Francisco Bru Lassús, bachiller en jurisprudencia, natural de esta ciudad [error] y vecino que había sido de la misma, para que se presente en este juzgado (…) a recibir la notificación de la acusación presentada en la causa criminal que contra el mismo se sigue sobre injurias y amenazas de muerte, bajo apercibimiento de pasarse adelante la causa…” (29.09.1860)
No se presentó. Y de creer lo que cuenta en sus libros, fue un alma errante, dando tumbos acordes a su obsesión persecutoria de que los Comillas querían atentar contra él allá donde fuera (Estados Unidos, París). A ello le dedica varias páginas increíbles del libro de 1885.
Poco se sabe de él aparte de lo que publicó sobre sí mismo, eso sí, sin dar fechas ni pruebas ni testigos. Y si no fuera por su obra más conocida contra Antonio López, él habría pasado desapercibido por carecer de relevancia de cualquier índole. En 1862 estuvo en Santiago de Cuba, donde según cuenta publicó algo contra Antonio López y al igual que su hermano Ramón, presentó una demanda ante el Tribunal de Comercio de esa ciudad para finiquitar la empresa “Antonio López y Hermano”, dado que su padre Andrés Bru había sido socio comanditario. El pleito llegó al Tribunal Supremo (10.06.64), que dio la razón a los hermanos López López para mantener el caso en el Tribunal de Comercio de Alicante.
Como empresario, el Ayuntamiento de Barcelona le negó el permiso para iluminar con un sistema a gas una zona del barrio de San Antonio (1865). Dos décadas después mal debían irle las cosas a sus 53 años como para intentar extorsionar económicamente a sobrino Claudio López Bru con la publicación del segundo libro contra los Comillas. Y en 1895, cuando publica el tercer libro, tenía, según cuenta, un ruinoso negocio de placas fotográficas, que bien podría haberle ido mejor porque esta novedosa iniciativa empresarial estaba respaldada por la moda de hacerse tarjetas de visita con la foto, dedicar retratos de recordatorio…
Sólo le faltaba mostrar sus miserias con su libro de 1895, desquiciado final de una vida echada a perder cuando de joven lo tenía todo: contexto favorable, acceso a la universidad, título de bachiller en Leyes, dinero heredado a espuertas, poderosos lazos familiares… para haber tenido sobrada fortuna. Claro que sus hermanos tampoco fueron exitosos. El mayor, Andrés murió relativamente joven. Y Ramón intentó en Barcelona invertir parte de lo heredado en una agencia marítima y perdió dinero en la crisis de 1866 que afectó de lleno a sus acciones colocadas en el ferrocarril de Barcelona a Granollers y Gerona. Acabó recalando en Cuba sin lograr hacer las Américas.

Ramón llegó a ser allí el máximo grado de la masonería relacionada con la Gran Logia de España, pero fue descabalgado cuando entró en conflictos con la masonería de Colón (Panamá), más proclive ésta con los insurrectos cubanos. Por el contrario, cuando presentó en La Habana su iniciativa de crear un batallón para combatir a estos, le fue denegada porque se sospechaba que mantenía relaciones personales con los independentistas de Santiago de Cuba. De nada le sirvió que incluso la colonia española de Méjico le apoyase con 500 firmas dando fe de su españolismo con un texto publicado en el periódico madrileño “La Prensa” (14.04.1875). De todas formas, Ramón Bru tuvo alguna relevancia pública en Cuba y, que haya trascendido, tras el reparto de las herencias, no mostró hostilidad a Antonio López ni mantuvo relación con él. Acabó diluido en el trascurso de una historia que aquí no corresponde indagar. Murió entre los años 1885 y 1895, por lo que cuenta su hermano Francisco.
NOTA DEL EDITOR. Este artículo es el tercer de la serie de diecisiete escritos por el marino y periodista Eugenio Ruiz Martínez sobre la leyenda negra atribuida al naviero Antonio López, a quien sin pruebas, sólo con el testimonio de un texto plagado de errores y falsedades, e insinuaciones propias del cotilleo y del fango, se acusa de “negrero”. La foto de portada es de un busto en mármol de Antonio López y López, fundador de la Compañía Trasatlántica Española.
Esta serie es la continuación de los artículos publicados en NAUCHERglobal sobre el naviero Antonio López que el lector puede leer o releer mediante el buscador y, por ejemplo, el item “Antonio López”

