5.305 duros. Nadie pujó más por el patrimonio del Gremio de Mar/cofradía de San Elmo y Santa Clara en el remate celebrado el 13 de septiembre de 1865. Era el valor de todo lo que tenían sus navegantes después de más de cuatro siglos de monopolio y demás privilegios. El gremio había sido suprimido en julio de 1864 a la espera de que la sucesora de la Junta de Comercio decidiese prescindir de él porque ya no serían necesarios sus servicios. La decisión final se tomó rápido y conforme a la Real Orden se permitió crear una sociedad. Unos patrones de matrícula, tras mejorar varias pujas hasta en 500 duros el precio de salida, se hicieron con el patrimonio del extinguido gremio para fundar la sociedad Beneficencia Marinera de Barcelona Nuestra Señora la Virgen del Carmen, representada por el párroco de San Miguel del Puerto.
El gremio pasó a ser una entidad de apoyo mutuo y, en lo fundamental, se quedó con 15 góndolas, diez lanchas, ocho barcazas, diez barquillas…, todo tipo de pertrechos navales, cinco barracas con su contenido de muebles de oficina, pertenencias de índole religiosa y demás objetos de valor. Las inversiones que tenía en bienes inmuebles en la Barceloneta o en préstamos (ej. para urbanizar la calle Princesa) fueron saldadas para, supongo, hacer frente a las deudas que arrastraba. (“Historia de los gremios de mar de Barcelona (1750-1865)”, Francisco de P. Colldeforns, 1951)
Sí, a esas alturas, el gremio era prescindible porque no hacía falta hacer su trabajo respaldado por el monopolio y los privilegios, pues otros estaban dispuestos a hacerlo en libre competencia. Incluso su balance final probaba su escasa productividad, su ineficiencia como ente económico, pues no había aprovechado el espectacular crecimiento que durante un siglo había vivido el comercio marítimo de Barcelona. A mitades del siglo XVIII había colocado su centro de operaciones en una barraca pegada a la parte exterior del Portal del Mar y en 1865 seguía igual, sin un lustroso edificio como sede que demostrase su pujanza, aunque con algunas barracas más, y más espaciosas. Otro tanto denotaba su cofradía, alicaída en la iglesia San Miguel del Puerto, festejando la festividad de su patrono San Telmo sin el boato ceremonial de antaño ni el dispendio en actividades populares; y celebrando sus reuniones donde podían, en la sacristía, por falta de locales anexos. La bullanga de 1835 y la consiguiente desamortización del convento de Santa Catalina les habían dejado sin su mejor sede.

El prolegómeno de la crisis final del gremio de navegantes fue en 1832 cuando los comerciantes se negaron con éxito a pagar por los trasbordos de carga si la realizaban las propias tripulaciones de los barcos. Dos años después, también perdieron la exclusividad en el trasporte de mercancías dentro del puerto. Y, peor aún, en 1862 se abolió el derecho de San Telmo por el cual el gremio cobraba un tanto por las operaciones de carga y descarga, así como de lastre y deslastre de los barcos. No pudo defender este privilegio que desde siempre le brindaba una fuente de ingresos vital para sostener el culto a sus santos patrones y la generosa solidaridad para con los cófrades necesitados: enfermos, accidentados, ancianos, viudas, cautivos, dotes para algunas hijas.
Las leyes de beneficencia (1849) y de sanidad (1855) cubrían gratis a costa del Ayuntamiento y de la Diputación las necesidades asistenciales básicas, aunque para los navegantes quedaban muy por debajo de las que disfrutaban en su cofradía. La adversativa era que tanto los gastos de índole asistencial/benéfica como los religiosos debieron ser una rémora para la viabilidad del gremio de mareantes cuando perdieron la red de seguridad económica que le aportaban los privilegios. Fue el último gremio de mar en ser abolido, también el más importante de todos ellos y, sin embargo, no superaron la prueba de hacerse valer después en el tráfico portuario y en el trasporte de mercancías. En 1851, habían comprado barcazas que se remolcaban con botes a remos porque había aumentado el tonelaje cargado a bordo de los barcos. Hasta allí llegaron en innovación. Ni tuvieron ocasión de aplicar el vapor al transporte portuario. El Gremio de Mar hacía tiempo que pertenecía a otra época cuando lo abolieron.
Los navegantes deberían haber tomado nota de los estibadores (bastaixos, faquines), con quienes desde antiguo compartieron las operaciones de carga/descarga: unos transportando las mercancías y los otros manipulándolas de los barcos a las lanchas, y de estas a la playa o muelle. Los segundos, como veremos, tomaron medidas a las primeras de cambio fundando un montepío religioso (1814) para hacerse pasar por una sociedad de socorro mutuo cuando solapadamente seguían comportándose como un gremio irredento a las normas que se les quería imponer. Se adaptaron, tomaron medidas. No así los navegantes. Que se sepa, la Beneficencia Marinera de Barcelona siguió realizando a los barcos al menos las operaciones de lastre y deslastre. Su junta directiva y vocales eran patrones, miembros del gremio de navegantes, que deberían tener por la mano el negocio del tráfico portuario. Aun así, no parece que se consolidase esta sociedad como empresa y debió diluirse no se sabe cómo.

La religiosidad de los marinos corrió similar suerte por cuanto se resintió. La ermita de la Virgen del Puerto (Montjuic, La Marina), por la cual desde mitades del S.XVIII los mareantes tuvieron predilección para sus rezos y también para su esparcimiento, ya estaba desatendida en 1870. Similar destino acabó teniendo la devoción a San Telmo desde que dicha advocación desapareció de la denominación en la última etapa del gremio, siendo conocido solo como Gremio de Mar.
Con la cofradía de San Telmo y Santa Clara desapareció el último reducto colectivo de cohesión y de solidaridad de los navegantes del puerto de Barcelona ligado a la devoción. Ni se volvió a intentar. No obstante, incluso sin gremios ni cofradías tradicionales, pervivieron las fiestas religiosas entre los marinos y pescadores (ej. Virgen de la Bonanova), aunque en las últimas décadas han ido a mucho menos. De hecho, la festividad de la Virgen del Carmen es hoy el único acontecimiento en Barcelona que al menos concita a participar a toda la gente vinculada al mar, incluida la marina de ocio y deporte. Tema que se abordará en el siguiente capítulo para centrarse en el desenlace hasta la fecha de los tres principales gremios de mar, lo cual acabó por afectar también a la religiosidad.
El progreso no sale gratis
5.305 duros. Más de cuatro siglos trabajando todo un colectivo gremial para al final tener en 1865 este modesto balance, cuando por entonces la nómina anual del secretario del Ayuntamiento de Barcelona rondaría los mil duros y el jornal de un oficial carpintero de ribera se acercaba a los cinco duros, cuando siete años después el industrial Juan Güell Ferrer dejaría a sus 72 años una herencia de 1.200.000 duros. Eh aquí la cuestión. El magnate se había dedicado toda su vida al medro personal mientras el gremio de navegantes se atuvo siempre a la economía social donde la finalidad última no era el lucro, menos todavía el individual, sino la cohesión, la solidaridad y el bienestar de todos sus agremiados y de sus familias, incluida también la vertiente espiritual.
Sólo ha trascendido el patrimonio final y las vicisitudes últimas del gremio de navegantes por ser el más rico y numeroso. Cabe suponer que el resto de los gremios de mar ni siquiera hicieron un balance final, sea porque vivían al día y sus medios de producción eran de escaso valor, sea porque fueron abolidos cuando ya habían sido desposeídos tras haber entrado en crisis por estar sometidos a una avalancha de cambios incompatibles con sus valores y con los hasta entonces contextos favorables.
Los desenlaces difieren, las causas son las mismas. Las revoluciones liberal, industrial, laica, sindical dieron al traste con todos ellos, máxime cuando tuvieron en contra al poder político, la prensa, los entes económicos y las ideologías dominantes. A los gremios de mar no les quedó otra que plegar velas ante el vendaval que había entrado en el puerto de Barcelona, antes y con más fuerza que en otros sitios, imponiendo el libre mercado, la iniciativa personal, las relaciones laborales obrero/patrón, la marginación-indiferencia cuando no hostilidad con las creencias religiosas, las agrupaciones sindicales de los trabajadores por clase social… Justo lo contrario a los valores y al acontecer diario de los gremios.
La quiebra empezó con la disolución del gremio de sastres a finales del S. XVIII, cuando todavía era legal, anticipando el destino que les esperaba también a los gremios de gentes de mar. Su cofradía de Santa Magdalena había pasado del convento del Carmen al prestigioso convento mercedario de la Merced, prueba de que era más próspero; consecuencia del boom que por entonces gozaba la industria textil con sus atractivas telas indianas que sobrepasaron al sistema de producción gremial. En 1789 se liberalizó el sector textil y en 1802 se creó el Gremio de Maestros de Sastres, que de gremio no tenía nada, pues era el puro corporativismo de los mejores sastres de la ciudad, una vez desembarazados de las costosas servidumbres solidarias del gremio tradicional al que habían pertenecido.
Similar fue el destino del gremio de carpinteros de ribera y calafates. La construcción naval también había despegado con fuerza a finales del S.XVIII, así que siendo sus mejores maestros y oficiales muy cotizados se suprimió el turno obligatorio para contratarlos que suponía repartir el trabajo. Hubo conflictos en este gremio, como en otros, con sus mejores artesanos porque en ocasiones iban también a trabajar por libre. Cuando el gremio se disolvió en 1924 estaba minado por la iniciativa privada.

El afán de lucro personal fue uno de los detonantes que acabó con los gremios de mar. Basta revisar la escala de sueldos que aparece en el estudio que hicieron el urbanista Ildefonso Cerdá y el político Pascual Madoz sobre las condiciones de vida de las clases trabajadoras en Barcelona (1867). Tras los marmolistas, los mejores jornales de la ciudad se los llevaban los carpinteros de ribera, los calafates y los sastres, quienes ya no eran agremiados. Porque esta es otra. El modelo de producción gremial tenía todas las de perder frente al medro personal de los mejores artesanos y eficientes obreros, ya no digamos nada, de la desatada explotación laboral de la libre empresa que si hacía falta se llevaba por delante la salud, el bienestar y hasta la dignidad, muy en especial de los ya de por sí desfavorecidos.
Barcelona también pagó con su propio “Hard Times” (Dickens, 1854) el precio del progreso, algo que hubiera sido inaceptable para los gremios. Empezando por poner a trabajar sin restricciones mínimas también a las mujeres y a los niños. Los gremios de mar solo contaban con el esfuerzo laboral de las mujeres a modo vicario de la faena de los hombres (ej. rederas, vendedoras… en el gremio de pescadores). No era igual en la industria y en el libre comercio donde ellas trabajaban en primera fila con grandes penalidades si era menester o en casa a destajo cosiendo por una peseta al día. (Cerdá y Madoz)
Otro de los costes del progreso fue la quiebra de la economía social propia de los gremios, con su concepto de trabajar para vivir, no al revés. De modo que la productividad y competitividad pasaban a segundo plano y hasta los agremiados se permitían tener días libres por cualquier motivo, tal que el san Lunes y sus bastantes fiestas religiosas, como la que celebraba el gremio de navegantes el 7 de enero con la procesión del estandarte de San Raimundo de Peñafort desde el convento dominico de Santa Catalina hasta el puerto.
No hay que idealizar el sistema gremial. Era compatible con la sopa boba y la pléyade de menesterosos dejados a su suerte también por una economía social que privilegiaba a los agremiados a costa de contener el progreso colectivo que aportaría la liberalización del comercio y la productividad. Aunque tampoco era inevitable la abolición de los gremios de mar dada sus idiosincrasias. No en vano, tanto la Cofradía de Pescadores como la Coordinadora de Estibadores de Barcelona se rigen hoy por modelos de economía gremial.
Resistir o al pairo
5.305 duros. Ni por asomo valía tanto el patrimonio del gremio de estibadores de Barcelona cuando a mitades del S.XIX empezó a perder el monopolio que tenía de las operaciones de carga/descarga de los buques. Tampoco sus miembros contaban con la formación más cualificada de los navegantes. Su capital era otro: la fuerza bruta para trabajar manipulando mercancías, cuando todavía no había grúas hidráulicas, más un largo historial de hacerse valer como profesionales y de no dejarse pisar por nadie gracias a su espíritu combativo.

Los estibadores provenían de los antiguos bastaixos y masips (siervos, esclavos) de ribera, de la escala más baja de la gente de mar. Su capacidad de esfuerzo y sacrificio quedó cincelada en los capiteles de la basílica de Santa María del Mar por haber contribuido a su construcción llevando gratis a sus espaldas los bloques de piedra de Montjuic, desde la costa a pie de obra. Esta fue su carta de presentación en el S.XIII y la que siempre jugaron fuerte para defender celosos su derecho exclusivo a cargar/descargar los barcos y para ir mejorando sus condiciones laborales.
Los archivos están moteados de conflictos que durante siglos mantuvieron y ganaron los estibadores contra quienes intentaban ocupar sus áreas de trabajo. Aún estaban en pleitos de este tipo cuando en 1813 las Cortes de Cádiz abolieron los gremios. Estando engrasados para resistir, en 1814 crearon un montepío de ayuda mutua mientras siguieron defendiendo sus derechos gremiales. Hicieron caso omiso cuando en 1819 les ordenaron suprimir sus turnos de trabajo, tema central para ellos porque les garantizaban la solidaridad, la cohesión y el reparto de ganancias. Esta actitud irredenta la mantuvieron incluso después de perder el monopolio; y así siguen hoy.
Mientras los demás gremios, que participaban en la cadena de las operaciones de carga, acabaron desapareciendo (navegantes, carreteros, trajineros…), los estibadores superaron los últimos tramos del S.XIX y los primeros del S.XX enfrentándose incluso con violencia sin contemplaciones (acción directa) a las nuevas asociaciones obreras y empresas capitalistas que les obligaban a competir y a bajar las tarifas. Por suerte, seguían contando con el inestimable apoyo que la Aduana de Barcelona les brindaba por su honorable labor en el control de las mercancías portuarias.

Como en 1814, cambiaron de nombre para seguir en sus trece creando en diciembre de 1872 la Unión de Bastaixos y Macips de Ribera. Ya la denominación remitía a siglos pasados; encima en su Reglamento se seguían considerando gremio, con su cofradía bajo la invocación de Santa Tecla. Habían cambiado las leyes para imponer la libre competencia, les habían abolido el gremio. Les daba igual, los estibadores no renunciaban a nada de sus derechos adquiridos. Su determinación la plasmaron en sus nuevos Reglamentos (1883, 1887) con unas líneas maestras que, en lo esencial, siguen en vigor: preservar la “responsabilidad y la honradez de que son depositarios los estibadores”; “unión familiar” (endogamia) como medida de seguridad; procurar “por todos los medios conservar el servicio de Aduanas que desde su fundación desempeña el gremio, mereciendo la confianza de sus jefes y del comercio en general”.
Lograron defender sus objetivos e independencia frente a los sindicatos y los empresarios, aunque no pudieron retener todo. Perdieron la carga/descarga del carbón (el 25% del tonelaje portuario) …, pero salieron airosos tan por su cuenta que no les importó retirar las barricadas de la Semana Trágica (1909). Y aprovechando el nuevo marco legal crearon en 1919 el Montepío de San Pedro Pescador, con sede en un edificio noucentista de la Barceloneta, donde allí siguen los estibadores ya como Coordinadora.
No consiste en desgranar la historia completa, sino reflejar cómo gracias a la resistencia del antiguo gremio a perder derechos tampoco se plegaron en los años treinta a las críticas de la UGT de que “estaban minados por la resignación” y «de espaldas al movimiento obrero» (El Socialista, 29.10.1932) ni al atropello de la CNT (cinco muertos en enfrentamientos, 1933); y lograron que el franquismo les reagrupase en un mismo colectivo, les respetase el sistema de turnos de trabajo y su idiosincrasia de índole gremial. A cambio, no serían ellos quienes socavasen el régimen y encima lograron tener una base firme para seguir defendiendo sus derechos en democracia y en el marco de la Unión Europea. Quien resiste gana, bien podría ser la consigna de este colectivo que de antiguos esclavos han pasado a ser la aristocracia obrera del puerto de Barcelona.

El gremio de pescadores es otra historia. No de resistir, si no de aguantar a riesgo de caer en la precariedad. Se disolvió acuciado por las deudas en 1827 y en su último inventario constan: dos barcazas, un laúd…, en total once embarcaciones, más la bandera del Corpus, un vestido de Nuestra Señora del Puerto, el trapo de la bandera del gremio, remos, aparejos de pesca y dos barracas. Su valor patrimonial era de 5.762 libras catalanas.
Ya como sociedad de socorro mutuo, mantuvo su barraca cerca del Portal de Mar hasta que en 1873 le obligaron a quitarla de allí y recolocarla en la playa de la Barceloneta. Nunca había sido un colectivo poderoso ni con jerarquías que le cohesionase, y aún menos lo fue sin cofradía ni monopolio en la venta de pescado, apenas eran una pléyade de empresas familiares que sobrevivían a pesar de que la Barcelona próspera era una gran consumidora de pescado. No pudo ser, carecían de capital social, y los cambios que supuso el vapor y el mayor tonelaje de los barcos de acero abocaron a muchos a la proletarización como tripulantes por no tener dinero para invertir por su cuenta.
La Unión de Pescadores (1896) y el Sindicato de Pesca Marítima (1910) tampoco evitaron las malas condiciones sociolaborales de la mayoría de los pescadores, evidenciadas por el temporal que el 31 de enero de 1911 se cobró 35 vidas sólo de la Barceloneta. Meses después, la galerna que asoló la costa vasca con 143 muertos fue el aldabonazo definitivo para que el Gobierno tomase medidas para mejorar la suerte de este colectivo de mar. Consistía en reflotar la flota pesquera dando créditos blandos a los pescadores que formasen cooperativas (pósitos, 1915-1930). A tal fin se creó la Caja Central del Crédito Marítimo, germen del Instituto Social de la Marina. Ni el amparo oficial evitó que la gran mayoría de pósitos naufragase en un mar de deudas. Similar destino corrieron las navieras de pesca de altura que desde 1907 habían tenido su puerto base en Barcelona. Un desastre que el franquismo solventó al apoyar la pesca junto a todo el sector del mar (marinos, pescadores, estibadores, astilleros, conserveras…) por ser la niña de sus ojos. Una prueba de ello fue la construcción en la Barceloneta de 150 pisos para familias pescadoras en el solar de un antiguo cuartel (1951-1962).
La cofradía de pescadores que el régimen impuso tras la Guerra Civil para agrupar al sector, fuesen armadores o marinos, consistía en un asociacionismo propio de la economía social, con el sui generis reparto de beneficios “a la parte” (1963). Con la democracia han pasado a ser corporaciones de derecho público, pero en lo fundamental mantiene lo básico: ser un ente sin ánimo de lucro que defiende y coordina los intereses de todos sus miembros, regula las faenas de pesca y gestiona los aspectos empresariales (ej. venta de pescado en la lonja). Las cortapisas que le imponen la administración catalana y la Unión Europea van de sí con la tutela, que por otra parte, le ampara tanto más cuando la cofradía va a menos en número de miembros.

Quien no resistió ni aguantó agrupado fue el gremio de navegantes. Imposible, a pesar de intentarlo a finales del S.XIX. Sus asimilados serían hoy los profesionales residentes en Barcelona que navegan a bordo de remolcadores, gabarras (búnker, provisiones, gestión de residuos), yates, barcas (amarradores, personal de limpieza), botes de prácticos, barcos de recreo y de instrucción náutica (clubes/escuelas) … Sería ocioso que formasen siquiera una coordinadora porque difieren mucho sus profesiones, además son numerosos y diversos sus cometidos.
Caso aparte son los marinos mercantes. Los residentes en Barcelona tienen dos asociaciones de mandos, de Puente y de Máquinas, que, por tanto, no agrupan a todos con independencia de sus cargos y títulos a bordo. Tampoco influyen en las condiciones laborales de sus miembros en activo. Y esto es todo porque el destino colectivo de la marina mercante de la ciudad no es ajeno al del resto de España. Está al pairo desde hace décadas.
Mientras los pescadores y estibadores acabaron reagrupados, gracias al franquismo, los marinos mercantes han sido incapaces de aunarse. Y no sería por no intentarlo desde la Asociación para el Fomento y la Defensa de la Marina Mercante (Barcelona, 1876), Centro Náutico y Asociación de la Marina Mercante (1884), la primera huelga general (1914), el Pósito Marítimo de Barcelona, Casa del Marino (1932) …

Tampoco fue posible durante la transición política cuando se disponía de más marinos, navieras y flota que nunca. Lo intentó el Sindicato Libre de la Marina Mercante (1975), pero los fallos estructurales que adolecía todo el sector naval, la larga crisis internacional del petróleo (1973), la irresponsabilidad del Gobierno de vender o desguazar el 90% de la flota (1983-1991) y las políticas de la UE de liberalizar el comercio marítimo, también el cabotaje y las líneas de soberanía… terminaron con las esperanzas de agrupar y mejorar las condiciones de embarque. Todo ello sin apenas resistirse los propios marinos. El colofón en Barcelona ha sido que la naviera Grimaldi se hiciese con las terminales y líneas a Baleares de Trasmediterránea. Con la excepción de la naviera Balearia, muchos días no hay un barco con pabellón español atracado en el puerto y son contados los marinos barceloneses que estén embarcados en buques mercantes.
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