Cuando se produce la rotura de un vínculo asentado en más de 47 años de convivencia y además esta desconexión está provocada por uno de los socios fundadores de la Unión Europea, siempre suele ser compleja, y no vaticina buenos augurios para el resto de los países, ya que, quiebra el convencimiento que teníamos de una Europa Unida y de intereses comunes. Sentimiento que se nos ha inculcado, año tras año, por la clase política asentada en Bruselas.
Esta disgregación crea una brecha importante en el primigenio espíritu con que fue creada esta comunidad de países. Deteriora las relaciones institucionales; divide importantes sentimientos en las relaciones humanas. En un momento en que se tiende a la globalización de los conocimientos y unificación de recursos, produce distorsiones en los entramados jurídicos, en los sistemas productivos y económicos, y crea importantes lagunas en temas como la promoción de la paz, fronteras, impulso del progreso científico, etcétera, tan importantes para una Europa que trata de ser más justa y equilibrada.
Además, esa escisión es políticamente brusca y ha generado una polarización dentro del propio país disgregado: los partidarios y los no partidarios del Brexit. Las negociaciones no han sido fáciles y resulta evidente que los resultados no serán nada satisfactorios y todos saldrán perdiendo, por mucho que se empeñen en demostrar lo contrario el coro de políticos implicados.
Quienes saldrán perjudicados serán los ciudadanos y los sectores productivos de los países miembros de la Unión Europea. Cualquier acuerdo o trato con el país disgregado ya no será lo mismo. El sentido de unidad, de pertenencia a una misma comunidad, está quebrado.
El mes de diciembre siempre es una fecha de esperanza e ilusión, y el ya pasado, quizá más. Aparte de los regalos propios de las fechas, la mayoría de los ciudadanos europeos esperábamos, aunque los auspicios no eran buenos, la firma de unos satisfactorios acuerdos del ya famoso Brexit.
Uno de los temas discordantes que ha estado sobre la mesa de las negociaciones era la cuestión de la pesca. Una materia capital para España.
Por fin, el pasado 24 de diciembre se firmó el tan anhelado acuerdo y, como siempre suele pasar, los responsables de la negociación del mismo hicieron sonar los clarines del buen trabajo realizado, y de lo mucho que habían conseguido cada uno de ellos para sus propios países.
En el capítulo de la pesca y referido a España, yo no estoy tan seguro de esa euforia con las que nos quieren contagiar. Los aproximadamente 3000 barcos de pesca de pabellones europeos que faenan en aguas del Reino Unido podrán seguir haciéndolo hasta el 30 de junio del 2026, es decir por un periodo de cinco años y medio, pero, con un ajuste de disminución del valor medio de las capturas, que alcanzará el 25% al final del periodo de dicha transición. Lo que significa que el Reino Unido, al final, incrementará en un 25% sus cuotas de pesca. Y uno se pregunta ¿qué pasará después del periodo de transición…? Piénsese que en ese copioso caladero se pescan casi un centenar de especies. ¿Cada cuánto tiempo se negociará la licencia y para qué especies? ¿Qué número de barcos podrán pescar y qué cuotas se les asignarán? ¿Qué zonas de pesca se permitirán?

Estamos por lo tanto ante un futuro incierto, muy peligroso para este sector, en el que se necesita conocer sus posibilidades de pesca y poder planificar proyectos de futuro.
El sector pesquero no solo está representado por los pescadores, mano de obra fundamental para extraer la materia prima, sino que también están involucrados un buen número de grupos empresariales: astilleros, empresas que construyen la maquinaria auxiliar de los buques, parques de pesca, talleres de fabricación y reparación de redes, frigoríficos, toda la logística del transporte, conserveras, etcétera. Estamos hablando de un tejido industrial que emplea a cientos de miles de personas, y que cualquier disminución del número de toneladas de captura o del número de barcos en la zona de pesca, creará una gran inestabilidad en el sector y podría complicar su supervivencia.
Todos somos conscientes que los países que tienen en sus aguas caladeros importantes, suelen imponer condiciones restrictivas a los buques extranjeros que faenan en ellas. El Reino Unido es conocedor de la importancia de su zona de pesca. Y en esta negociación creo que ha salido ganando. Se le ha permitido dejar en la ambigüedad importantes cuestiones que una vez pasado el periodo de transición brillarán con luz propia y, cuando esto ocurra, (en el 2026), es muy posible que imponga unas condiciones de pesca bastantes leoninas para faenar en sus aguas. Da la impresión que en el tema pesquero los negociadores han sido laxos y no han sabido negociar con la fuerza requerida un tema muy delicado que afecta a ocho importantes países de la Unión Europea y que, en un horizonte no muy lejano, tendrá una gran importancia en la configuración de la Europa azul.
Otra cuestión que en la negociación ha quedado poco claro es el caladero de las Malvinas, en el que hay un importante número de arrastreros españoles a la captura de merluza, calamar y otras especies importantes para la distribución y consumo en España.
Aceptar el periodo de transición sin ir más allá ha sido una huida hacia adelante; es llevar al sector pesquero hacia una terrible incertidumbre. Lo que se ha hecho es firmar… para cumplir con los plazos. Con estos planteamientos cortoplacistas con que se ha firmado el tema pesquero fácil es augurar tiempos difíciles para el sector de la pesca.
Este tratado pesquero es una horquilla para un país como España, consumidor, por excelencia, de pescado. Podría acarrear el desmoronamiento de una parte importante del sector. Se perderían muchos puestos de trabajo, tanto directos como indirectos, que conllevaría la contracción económica en un segmento altamente cualificado y muy competitivo, considerado entre los mejores del mundo; incluso, podría afectar al precio del producto a la hora de su venta en España.
Por todo esto y por las repercusiones que ello podría tener, el sector pesquero español bien merece que nuestros representantes políticos en Bruselas vayan tomando posiciones para que, cuando llegue el momento de negociar el post Brexit, tengan los deberes bien hechos y sabidos. Se enfrentarán a un negociador muy rocoso.

