Nikolaos Argyropoulos era el jefe de máquinas del PRESTIGE, un hombre alto y delgado con esa mirada que adquieren quienes están habituados a mirar de frente los mecanismos prácticos de la ciencia, a veces absorta, siempre atenta. De pocas palabras y gestos contados, sereno, incluso adusto.
Cuando el capitán del buque decidió abandono del buque, en riesgo cierto de zozobrar en medio de un temporal frente a las costas de Finisterre, advirtiendo que Mangouras se quedaba a bordo para intentar salvar el mar de la carga que el petrolero transportaba en sus tanques, el bueno de Argyropoulos y el primer oficial, Ireneo Maloto, decidieron quedarse con él, por fidelidad también, pero sobre todo por solidaridad. Los malos momentos se afrontan mejor juntos.
Salvaron el buque, consiguieron adrizarlo con grave riesgo y esperaron que alguien del país cuyas costas veían cada vez más cerca les enviara la ayuda que necesitaban. Apareció un remolcador buscavidas, un buitre que no dudó en esperar a cierta distancia hasta que el armador del PRESTIGE y la empresa de salvamento holandesa que aseguraba controlar el remolcador buitre cerraron un contrato de salvamento.
Las horas pasaban lentas. El remolcador no podía enganchar la proa del buque. La radio y el VHF bramaban órdenes y contraórdenes que sonaban autoritarias. Pasaron la noche en blanco. Ya de día volvieron a bordo algunos de los tripulantes de máquinas que habían abandonado el buque la tarde anterior. Ponga la máquina en marcha les ordenó un tipo bajito y mal encarado que llegó en el helicóptero repitiendo sin ton ni son que él mandaba, mandaba mucho, obedezcan, sométanse porque si no vendrá la guardia civil, unos policías españoles implacables, mucho implacables. Obedezcan. El capitán intentó explicarle que las vibraciones de la máquina agravarían la vía de agua, una herida de casi 20 metros muy cerca de la línea de flotación, entre los tanques 3 y 4 estribor. Obedezcan, repetía el perdonavidas, si no guardia civil. Por un momento el capitán y Argyropoulos tuvieron la impresión de que el sujeto apenas hablaba inglés y seguramente no les había entendido. Bueno, pensó el jefe de máquinas, vamos a arrancar para que este tontito se tranquilice. Y pusieron en marcha la máquina principal y el intruso, que estuvo en el puente la mayor parte del tiempo, mandó rumbo 230, tu tri cero insistía, ante el estupor del capitán y el jefe que no comprendían a dónde les llevaba aquella derrota. Días después supieron que querían hundirles en el quinto pino.

De regreso a tierra, el brabucón, un subinspector de la Capitanía Marítima de La Coruña que en tiempos lejanos había estudiado la especialidad de máquinas y motores marinos, un pobre diablo necesitado de un poco de gloria, aunque sea robada, contó que él, sólo él, un héroe, había logrado encender las máquinas infernales del petrolero en dura pugna con la hostilidad del capitán y la oposición del jefe, sobre todo del jefe, que había boicoteado su trabajo. Aunque todo el mundo sabía que era un botarate, a quienes estaban al mando de la emergencia, el primero un tal Arsenio Fernández, les pareció de perlas el cuento: Serafín ha puesto en marcha las máquinas; los griegos son unos delincuentes. Hemos hecho bien en lanzarlos al abismo.
Con esa patraña, una historia que todos sabían mentira, pero que convenía a quienes gestionaron la emergencia con un prejuicio, mucha ignorancia y numerosos embustes, los jueces desenvainaron la pluma y empuraron a Mangouras y, como no, a Argyropoulos. Algo había que hacer, aquello no podía quedar así, el barco tenía la culpa de los errores que ellos habían cometido, de eso no había duda, ¿y quienes gobernaban el buque? Pues eso.
A Mangouras le endosaron un delito de desobediencia más falso que el Iscariote y ya puestos añadieron un delito ecológico que era imposible que el capitán del buque hubiera podido cometer. Recurrieron a la fórmula del delito por imprudencia, que todavía hoy, veintidós años después de los hechos, ningún conocedor de los buques y de la navegación sabría explicar de qué y de dónde la tal imprudencia. ¿Y a Argyropoulos, Nikolaos? Estuvieron varios días dándole vueltas al asunto y ya cansados aceptaron, qué más da, imputarle los mismos delitos que al capitán y basados en los mismos hechos. ¿Acaso no sabían todos que eran dos griegos delincuentes que habían venido a ensuciar nuestras costas? ¿No habían oído a la comisaria europea, Loyola de Palacio, denunciar que los malvados griegos se dirigían a Gibraltar? Un puerto de conveniencia, decía la comisaria, aunque bien hubiera podido hablar más claro: Gibraltar era como la isla Tortuga, un nido de piratas, la guarida del lobo malo, británicos todos. Que el supuesto destino a Gibraltar fuera un bulo atroz no tenía importancia. Eran piratas, los griegos, y el barco una basura gibraltareña. Las mentiras de Serafín sobre el caballero, jefe de máquinas Nikolaos Argyropoulos, eran agua pasada, mejor ni mentarlas.

Pasaron las semanas, los meses se cayeron del calendario, dejaron libre a Mangouras aunque no podía volver a su casa, era un rehén, y los juzgados y tribunales empezaron el arduo trabajo de dilucidar con hechos, documentos, informes y testimonios la actuación de los dos acusados, porque eran dos, aunque todo el mundo hablaba sólo de Mangouras. El jefe de máquinas no existía.
A los diez años del suceso empezó la vista oral del proceso a Mangouras. De refilón, algunos hablaban de que también estaba procesado el director general de Marina Mercante cuando el Prestige se averió, José Luis López Sors. Nadie hablaba de Nikolaos Argyropoulos, ni siquiera sabían quién era aquel hombre callado que acompañaba a Apostolos Mangouras. No recuerdo si le hicieron declarar, aunque es de suponer que siguieron el trámite. Debieron bastar unos minutos, cualquier pregunta de la acusación podía tornarse en contra, ¿cómo se habían atrevido a encausar a un inocente, ajeno a las conductas que en el magín del fiscal García Ortiz merecían 12 años de prisión? Y por parte de la defensa serían suficientes un par de preguntas breves para que todo el mundo, sumido en la perplejidad, se miraran con asombro, incapaces de entender qué hacía allí aquel caballero. El tema lo resolvió el tribunal de La Coruña que vio el caso: declaramos a Nikolaos Argyropoulos inocente de los cargos que se le imputan. Inocente. ¿Inocentes también quienes le acusaron? También, según el Tribunal Supremo, porque el Estado nunca es temerario y jamás actúa de mala fe. Acusaron porque algo había que hacer para espantar sus propios yerros, una conducta comprensible y, por supuesto, disculpable.
El error Argyropoulos no fue el mayor escándalo de aquel suceso, pero quizás fue el más ilustrativo del monumental despropósito en el que se empeñaron las autoridades políticas del Gobierno del señor Aznar López (Partido Popular), y con ellas la Fiscalía y la Abogacía del Estado, para ocultar la desastrosa gestión del accidente.

