En julio del 2020, también, desde la tribuna de NAUCHERglobal, publicamos la conmemoración del vigésimo aniversario del fallecimiento de un gran autor de narrativa marítima: Patrick O’Brian. Hoy queremos dedicar un recuerdo a otro notable escritor que el 15 de octubre hubiese cumplido los cien años de vida.
A algunos, o acaso muchos, de los lectores de estas líneas posiblemente el nombre de Douglas Edward Reeman les resulte desconocido. Si en cambio, aludimos a Alexander Kent, el nivel de conocimiento del autor literario al que hoy hacemos referencia será sin duda mucho más extenso. Sin embargo, se trata del mismo individuo, que utilizó su propio nombre para prácticamente la mitad de sus novelas (ambientadas la mayoría en la II Guerra Mundial) y el pseudónimo literario para la otra mitad, en aquellas cuyo escenario es la época napoleónica y la carrera naval de un personaje ficticio memorable: el marino Richard Bolitho. En total, sesenta y ocho títulos publicados entre 1958 y 2011, con la impresionante cifra de treinta y cuatro millones de ejemplares vendidos en veinte idiomas, según Penguin Random House.
Douglas Reeman nació en un pueblo de Surrey (Inglaterra), como hemos ya indicado, el 15 de octubre de 1924. Era hijo de un militar de infantería, lo cual llevó a la familia a residir en Singapur durante un tiempo. En 1940, con sólo dieciséis años, se alistó como guardiamarina en la Reserva Naval Voluntaria en la Armada Real, combatiendo durante toda la Segunda Guerra Mundial a bordo de torpederos y destructores en la dura tarea de protección de convoyes en el Atlántico Norte y el Ártico, en el transcurso de la cual dos de los buques donde servía resultaron hundidos y Reeman herido de cierta gravedad. También participó en la invasión de Normandía de junio de 1944 a bordo de una lancha de desembarco, sufriendo nuevas heridas de consideración por explosión de obús, mereciendo ser citado por sus superiores en los despachos de la acción.

Finalizada la guerra, encontró trabajo como agente de la Policía Metropolitana de Londres, hasta que, iniciada en 1950 una nueva conflagración en Corea, volvió a servir voluntariamente en la Marina, alcanzando el grado de teniente de la Reserva Naval. De vuelta a Londres, reingresó en la corporación municipal de la capital británica, en el servicio de protección de la infancia.
Se dice que su vocación literaria se despertó súbitamente cierto día, mientras trabajaba junto con un amigo en el varadero, reparando una pequeña embarcación que acababa de adquirir. Estaban escuchando un relato marinero emitido por la radio y Reeman exclamó: Yo puedo escribir cosas mejores que esta. Su amigo le respondió: ¿Por qué no lo haces?. No tengo máquina de escribir indicó Douglas. Al día siguiente, su buen amigo le regaló un viejo armatoste, una máquina de escribir de segunda o tercera mano, que Reeman conservó toda su vida como una reliquia de su iniciación literaria. Con ella escribió su primera novela A prayer for the ship, que se publicó en 1958. Hasta su fallecimiento en 2017, a la venerable edad de noventa y tres años, le seguirían muchas más, casi setenta.
Diez años después de la publicación de su primera novela, su editor norteamericano le sugirió escribir sobre la Marina Real de los tiempos de Nelson y Napoleón. Cierto día, Reeman emprendió una excursión con su modesto barquito a Jersey, una de las islas del Canal. En el muelle, un individuo, prototipo del verdadero lobo de mar, se adelantó a ayudarle a amarrar la embarcación. Entablada una conversación entre ambos hombres, el isleño se presentó como Richard Bolitho. Douglas Reeman sintió que había encontrado un nombre adecuado para el futuro protagonista de treinta de sus novelas de éxito mundial, publicadas entre 1975 y 2011. Un protagonista algo solitario y sensible, impregnado hasta la médula de los mejores valores de un oficial de marina: honor, deber, valor y sentido de la responsabilidad.
En sus propias palabras, Reeman indica las claves del sentido de su literatura:
Siempre me piden que explique el atractivo perenne de la historia del mar y su interés perdurable para personas de tantas nacionalidades y culturas. Parecería que el triángulo eterno y a veces esquivo del hombre, el barco y el océano, particularmente bajo la presión de la guerra, produce las mejores cualidades de coraje y compasión, independientemente de lo bueno y lo malo del conflicto… El mar no entiende de causas justas o injustas. Es el enemigo común, respetado por todos los que sirven en él.

A diferencia de Patrick O’Brian, que se inspiró para su personaje de Jack Aubrey en las andanzas de la vida de un marino que existió realmente, como fue Thomas Cochrane, Reeman (o más bien Alexander Kent) no se basa tanto en figuras o hechos históricos, al menos de tanta notoriedad. Junto con C.S.Forester, el creador de Horatio Hornblower, constituyen el gran trio de novelistas de la Royal Navy nelsoniana, pero Reeman es el único de ellos con experiencia propia en la guerra naval. Durante la II Guerra Mundial O’Brian y Forester trabajaron, al igual que otros célebres novelistas británicos de su tiempo, como el Ian Fleming del Agente 007, en los servicios de inteligencia, espionaje o propaganda, del mismo modo que lo hiciera anteriormente W. Somerset Maugham durante la Gran Guerra 1914-1918.
Para sus amigos, Douglas Edward Reeman fue siempre “el almirante” y el gabinete de trabajo del que salieron sus libros, “el puente de mando”. Un puente de mando en el que la fértil imaginación y las experiencias vividas del autor llevaron al papel tantos y tantos relatos que han deleitado a todos los amantes de la literatura marinera.
NOTICIAS RELACIONADAS
Veinte años sin Patrick O’Brian

