Murió este mes de julio Carlos Martínez Campo. Como otro amigo me dice en cada occiso: cada vez disparan más cerca. En fin: es el curso de la vida. Damos la bienvenida a los nietos y nos vamos los abuelos: Nihil novo sub sole.
Quien esto escribe anduvo buscando en internet el tanatorio para saludar a sus deudos y darles las más profundas condolencias, pero, o no se publicó, o no supo encontrarlo. Abrazado a esta primera posibilidad -que la familia lo haya despedido en la intimidad- he esperado para escribir este obituario al recién estrenado agosto porque en estas fechas siempre se escribe como en voz baja, desde la humildad gozosa de saber que, acaso, no te lee nadie. Formar parte de la discreción; acaso, de la intimidad.
No me extrañaría nada esa discreción porque Carlos era tan vivo que era imposible amortajarle de muerto, ni despedirle de muerto. Imposible: Una vitalidad que iba y venía de los negocios al vino, del vino a la literatura, de la literatura a la vida… Fueron muchas las conversaciones y todas brillantes, limpias y afiladas como de diamante. Nos contábamos tantas cosas… En nuestra última conversación, después de decirme que, hablando conmigo le parecía hablar con su abuelo, nos tomamos un bogavante de postre. Era así. Éramos así.
Ya se ha escrito en los obituarios sobre su éxito profesional. Yo sólo quiero recordar que publicó su enciclopedia documentada del vino, con todos los tipos de uva y las soleras y todo eso, y su novela “El caso de la chica de ojos de color de miel”. Era la faceta que, fuera de su profesión, cultivaba: compartir su conocimiento. Se excretaba a sí mismo en un aura de conocimiento, de simpatía, de cercanía, de proximidad…
Quiero quedarme con el hombre culto, cultivado a sí mismo, el niño que preparaba los cafés en el negocio familiar en Salamanca, con el joven que quiso hacerse a sí mismo en San Sebastián, en Alemania, en Barcelona, con el gourmet, con el hombre lleno de vida.
Sería muy fácil recordar a García Lorca y decirte: te has muerto para siempre como todos los muertos de la tierra, como Ignacio Sánchez Mejías. Es verdad, te has muerto para siempre y me duele. Pero, es el camino.
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