Tras el recogimiento del presidente del Gobierno a meditar durante cinco días sobre las denuncias de las actividades de su esposa, a quien un Juzgado de Madrid había abierto diligencias previas a instancias de la asociación ‘Manos limpias’, Pedro Sánchez apareció el lunes 29 de abril denunciando la prensa del fango. La insoportable existencia de medios de comunicación dedicados a minar el buen nombre de las personas con informaciones falsas, medias verdades, insinuaciones e insidias. La prensa del fango. La que recoge, por ejemplo, los reproches a las presiones que la esposa del presidente ha ejercido en favor de determinadas empresas; o la que se hace eco de la noticia sobre cobros indebidos por parte de la esposa del lider del principal partido de la oposición; o la que informa del uso intenso del Falcon por parte de Pedro Sánchez y denuncia a su vez las contradicciones, giros y revueltas de las decisiones del presidente. Meros ejemplos que expongo sin más intención.
Como suele suceder, la expresión utilizada por el presidente del Gobierno ha prosperado entre los medios de comunicación, de modo que estos días cualquier persona informada ya cree conocer la perversidad que contiene la prensa del fango. Y sabe, porque lo ha leído y lo ha escuchado aquí y allá, que la expresión fue acuñada por el escritor italiano Umberto Eco en su novela ‘Número Cero’ , publicada en 2015, un año antes de su muerte.
No es verdad. ‘Número cero’ no recoge en ninguna de sus páginas la expresión maquinaria del fango, ni por supuesto menciona la prensa del fango. La expresión la acuñó Umberto Eco en un opúsculo breve añadido a la novela por la librería donde la compré. Ignoro si ambos textos iban juntos de serie, o fue una iniciatva privada. El opúsculo, breve, era un mero comentario de Eco al argumento de su obra.
Un divertimento del gran escritor
‘Número cero’ (Editorial Lumen, Barcelona, abril de 2015) es una novela menor construida a retazos, un divertimento del gran escritor dedicado a analizar los recursos de la prensa para colar como información las opiniones que puedan interesar a los propietarios o hacedores del medio; y, de paso, Eco se permite una larga digresión sobre las teorías conspiratorias, esa visión de la realidad explicada siempre por la actuación de fuerzas ocultas. Cuenta Eco la teoría de que no era el auténtico Mussolini el hombre que asesinaron los partisanos el 28 de abril de 1945, sino un doble. El verdaero Mussolini siguió viviendo, bien en Argentina, protegido por la CIA norteamericana, bien en el Vaticano.

Nada nuevo. Desde que existe la escritura, las palabras se han utilizado para denotar un significado u otro. Quienes ejercimos el periodismo durante el franquismo adquirimos un gran experiencia en el uso de eufemismos, sucedáneos o metáforas que pretendían expresar aquello que no estaba permitido. Es parte inevitable de la información, sólo controlable por la educación de los lectores. Peor es el mecanismo basado en insinuaciones, en insidias o directamente en bulos o mentiras. Esa maquinaria del fango se da en la prensa, por supuesto, aunque viene contrarrestada por la propia competencia entre distintos medios, de forma que incluso el lector menos avisado tiene la oportunidad de conocer otras historias, otra visión de la realidad. La prensa del fango es un mero instrumento de la competencia política.
Mucho más dañinas, por la dificultad para contrarrestarlas, son las insinuaciones, las medias verdades y las insidias que se cuelan en textos bendecidos por la Academia, libros y artículos en revistas indexadas, en las materias que conocemos como ‘Humanidades’, particularmente en la Historia.
El caso de M. R. Alharilla
En NAUCHERglobal hemos publicado una larga colección de artículos analizando la obra de Martín Rodrigo Alharilla sobre la figura de Antonio López, naviero, fundador de la Compañía Trasatlántica y primer marqués de Comillas. Alharilla es la fuente, la única fuente con apariencia de solvente, que acusa a Antonio López de haberse enriquecido con la trata de esclavos, el transporte de nativos desde África al continente americano cuando esta actividad estaba prohibida. Ya puestos, Alharilla añade que Antonio López fue un empresario ruinoso que sobrevivió de las subvenciones y ayudas del Estado. Ambas afirmaciones son mentira y sospecho que el autor no es tan lerdo como para no ser consciente de ello . Que la casa comercial de Antonio López vendiera y comprara esclavos legales no está en cuestión. En una sociedad esclavista, la mano de obra era objeto de tráfico mercantil; todas las personas con medios tenían esclavos: obispos, párrocos, profesionales de todo tipo, militares, funcionarios, etcétera. La actividad de la trata, que conlleaba la acusación de negrero, era otra cosa, una actividad ilegal a partir de 1820 en Cuba. En caso de una expedición exitosa, dejaba unos beneficios formidables.
Los artículos de Eugenio Ruiz Martínez publicados en NAUCHER sobre ‘La falseada vida de Antonio López’ demuestran que Alharilla sostiene su visión de la figura del naviero López sin prueba alguna, sólo insinuaciones, insidias o directamente mentiras. Insisto: sin pruebas. Sólo con insidias del tipo: como se hizo rico en una sociedad esclavista y era comerciante… obtuvo su fortuna de la trata; como trató con personas que eran probados negreros… él tambien lo sería. Ni siquiera tiene Alharilla datos ciertos que corroboren que López hizo fortuna en Cuba, pero le da igual. Tan sólo en un expediente abierto por un cónsul británico contra un barco cargado de esclavos africanos se menciona el nombre de López, pero tras la investigación pertinente fue absuelto de cualquier cargo. Da igual, Alharilla afirma sin más que las autoridades estaban corrompidas y se queda tan ancho. Por supuesto, silencia el trato amistoso que tuvo López con los gobernadores españoles en Cuba que más se distinguieron por luchar contra la trata, y que su nombre no vuelve a aparecer en la copiosa documentación inglesa, algo inexplicable si realmente López hubiera sido un negrero. Para acabar, la guinda: Alharilla basa su relato del negrero López en un panfleto escrito en 1885, con el naviero muerto desde hacía tres años, por su cuñado Pancho Bru, un individuo enfermo de rencor y de envidia que se pasó toda la vida de adulto intentando destruir a su hermana y a su marido. Pancho Bru escribió tres libelos contra el naviero. El análisis conjunto de esa obra demuestra que lo que cuenta en la tercera, el libelo de 1885, son cuentos, patrañas y mentiras. Alharilla no menciona en sus obras más que la parte de lo escrito por Pancho Bru que le interesa para denostar al naviero, una actitud propia de la maquinaria del fango que aplica en toda la “investigación” sobre la vida de Antonio López. Cojo lo que me interesa y silencio lo que sé y no va en la dirección que quiero dar a mi obra.

A Alharilla lo mencionan muchos historiadores que, dando por bueno su trabajo, lo citan cuando afirman la gran mentira: Antonio López fue un negrero. El Ayuntamiento de Barcelona derribó el monumento al naviero que los empresarios de Barcelona le habían erigido un año después de su muerte porque el primer marqués de Comillas fue un negrero. El fango que rueda y rueda.
¿Cómo oponerse a la maquinaria del fango puesta en marcha desde una atalaya académica? Martín Rodrigo Alharilla es profesor de Historia en una universidad de Barcelona y sus libros se presumen fruto de una honrada investigación, de modo que demostrar sus falacias, su uso continuado de insidias, tópicos y frases del peor periodismo amarillo para conducir al lector a pensar que el naviero López fue un delincuente y un corrupto, constituye una tarea dura y de dudoso resultado a corto plazo.

¿Por qué Alaharilla ha incubado esa inquina hacia el naviero López? Hagamos un modesto ejercicio de la maquinaria del fango: Pudiera ser una reacción a la negativa de la familia heredera de Antonio López a pagar el trabajo del historiador, pues consta que éste ha realizado otros trabajos para pequeñas navieras que, al parecer, no se opusieron a esa contribución y en consecuencia son tratados por el historiador de manera exquisita. Por supuesto tal acusación de envilecimiento intelectual y profesional sólo está basada en una conjetura insidiosa. Ni siquiera se critica la práctica de cobrar de las personas o empresas objeto de la investigación histórica, muy extendida y para la que no encuentro objeción alguna. Pero si emprendes una investigación por tu cuenta, es una canallada que luego te ensañes con esa empresa o esas personas porque se han negado a retribuirte.
Alharilla en sólo un ejemplo. Muchos libros que pasan por ser libros de Historia contienen afirmaciones y conclusiones fundadas en datos parciales, insuficientes e incorrectos, o insidias de corte ideológico que se elevan a la categoría de verdades académicas. Y esa maquinaria del fango resulta mucho más dañina que la utilizada por los medios de comunicación.
NOTA DEL EDITOR. La imagen de portada muestra al vapor GENERAL ARMERO, primer buque de Antonio Lóñez, entrando en La Habana. Acuarela de Roberto Hernández, el Ilustrador de Barcos.

