También Francisco Rodríguez Consuegra fue un niño que soñaba con la mar. Soñaba con navegar, soñaba con un barco en el que cabía la mayor ilusión. Estudió Náutica y se hizo marino. Y luego recaló en la vida académica, un empleo que suscita pocos sueños, un sector donde no es ajena la soberbia, la envidia y la vanidad, cierto, pero también un sector prestigioso que garantiza estabilidad salarial y comodidad social. Ahora jubilado ha decidido escribir sobre los recuerdos que, a modo de fogonazos fotográficos, las personas guardamos en la memoria.
Ha empezado por recoger su infancia en un libro (“En una calle de Sevilla”, disponible solo en Amazon: https://www.amazon.es/dp/B08BW
El autor se confiesa autobiógrafo, presentando en su obra una sucesión de recuerdos fijados por la emoción y un sucinto trabajo documental sobre la vida de sus padres. Es común la creencia de que nuestra vida daría para una novela. Y es cierto que la mayoría de los novelistas utilizan los materiales almacenados en la memoria para construir total o parcialmente sus relatos. No basta con evocar y reproducir los recuerdos, hay que trabajarlos hasta convertirlos en materia literaria si queremos suscitar la emoción del lector y que éste entienda mejor su propia vida recordada. De otra forma lo que tenemos es simplemente una secuencia de anécdotas hilvanadas.
Francisco Rodríguez Consuegra admite que no ha querido hacer literatura sino entregarse a la nostalgia, pero inevitablemente ha hecho literatura porque todo lo que se escribe lo es con independencia de la voluntad del autor. Literatura es, incluso, la biografía o autobiografía sustentada en los hechos de una vida relevante de la ciencia, la cultura o la política. Y en esa perspectiva, este primer tomo de “La llamada del pasado” será sin duda mejorado. Rodríguez Consuegra tiene talento sobrado para que el tomo que ha de seguir, según propia confesión, aumente el valor de contar la vida preservada en “la olla podrida de la memoria”, como decía Juan Marsé, un escritor que hizo de los recuerdos de su infancia auténticas obras de arte.
En cualquier caso, mi aplauso por la determinación de Francisco Rodríguez Consuegra al acometer el esfuerzo de sacar las cargas y los lastres de la memoria y hacerlo con una prosa acogedora. Cita la célebre afirmación del poeta Rilke, la infancia es la única patria verdadera, pero le da una vuelta de tuerca: la patria de Rodríguez Consuegra no fue su infancia sino la calle, esa calle de Sevilla que ha elevado al titulo de su vida recobrada.

