El cartel “La Bodega” oscilaba frenético en la barra enclavada en la pared; emitía agudos quejidos. Arriba de la taberna, en la habitación de la buhardilla, los oídos atentos de Gregorio seguían aquel vaivén de lamentos que provocaba el viento, y miraba sin ver en la oscuridad descifrando la madeja de sus pensamientos. Un hilo de claror etéreo se introducía por una rendija de la ventana y le sacó de su abstracción. Se levantó y con movimientos felinos se llegó a abrirla lentamente.
Desde la cama, en un gruñido, sonó la voz de Evariste:
– ¿Qué miras tanto a estas horas por la ventana?
Sin volver la cabeza, respondió titubeando:
– El cielo. Hoy el cielo está marrón.
– ¡Tú sí que estás marrón! ¡Pero de puro sucio! Deberías lavarte un día de estos.
Iba a contestarle «tampoco tú eres un portento de limpieza», pero esta vez aguantó la frase en la punta de los labios. Siempre estaban igual, regalándose con aquellas flores casi desde el misma día en que se conocieron en aquel cuchitril que ella regentaba.
Inspiró de golpe y luego deshinchó los pulmones lentamente. Clavó la mirada con intensidad, calle abajo, que se perdía hacia el puerto hasta topar en el acero de aquel buque de vapor que ofrecía su silueta en buena parte, con su alta y renegrida chimenea dejando escapar volutas de humo negro. No le alcanzaba ver el pabellón, ni leer el nombre «Fenicio» en su popa, ocultada tras el almacén de efectos navales del judío Simón Akerman, pero bien sabía desde la noche anterior que así se llamaba el buque español. Cinco tripulantes estuvieron hasta las tantas bebiendo y jugando a las cartas; rieron alegres y se fueron más alegres aún. Que les faltaba un marinero de cubierta, descubrieron. Por su causa había estado en vela, atenazado por una extraña ansiedad que espoleaba su imaginación y los recuerdos sin tregua.
Regresó al lecho. Ella dio un respingo y movió las mandíbulas unos instantes, emitiendo un sonido pastoso, como si masticara una espesa saliva. Gregorio contempló meticulosamente aquel deshecho de mujer con la que convivía y compartía el negocio de la taberna. Era gruesa, le colgaban mollas en el cuello y tenía el pelo revuelto. Algunos bucles caprichosos tapaban la esbelta nariz, y un par de mechones dorados se clavaban en espiral por la entreabierta boca, cráter que expelía calientes bocanadas de aire. Y por entre aquellos estigmas rubio cenizos se enredaban un montón de canas delatoras. Ya era vieja: a la vista estaba. También él era viejo, desde hacía tres años al menos. No podía precisar en qué momento exacto comenzó a ser viejo; incapaz también de determinar si fue un proceso paulatino, un ir arrojando su juventud por la borda a lo largo de millas navegadas en la mar, dejando un reguero de vitalidad mezclado con la espuma; o si tal vez era un estadio al que accedió al pronto, o de pronto se descubría uno en él, como un abrir los ojos a la evidencia: viejo por dentro, y corroído. Viejo desde que comenzó a evocar el pasado y no proyectar nada para el futuro. Viejo desde que huyó del mar. Y viejo también por fuera, aunque hiciese esfuerzos por aguantar el tipo, aparentando más vigor que el que realmente poseía, enmascarándolos tras un ánimo y una actitud que se le antojaban falsos, teatrales… Bien pensado, ya empezó a declinar en Panamá, cuando la construcción de aquel maldito canal, que se cobraba vidas a diario por cada metro que avanzaba, y montones de ellas cuando reapareció la fiebre amarilla. Allí sepultó buena parte de su coraje y facultades. Entonces ya era viejo; ya lo era en la mar… Lo que había estado haciendo era demorar la aceptación del ser, rehuyendo aquel tremendo hecho de la existencia, camuflándolo de vanas sutilezas, de gallardos desafíos al mundo y a la vida. Ahora se convencía que fueron estériles bravuconadas. Y desembarcó ¿O fue por cobardía? ¿O fue sentido común? ¿Cansancio? Recordó: cuando la bricbarca “Vilasar” arribó a puerto cumplió su promesa tomada en pleno huracán: si se salvaba nunca volvería a navegar, nunca más pisaría una cubierta ni tentaría a la suerte. Cuando la ola arrebató al filipino José Sevantino de su lado en la popa, en la rueda del timón, y se lo tragó el mar, sin dar un grito siquiera, y en cambio él pudo asirse de la baranda. Cuando picaron el palo mayor, que quedó peligrosamente golpeando en la línea de flotación todavía sujeto por el acollador, y junto al capitán intentaban soltarlo, la ola que barrió la cubierta no se lo llevó a él sino al capitán. Cuando la espuma se disipó le vio fuera de la borda agarrado como una lapa al cadenote, y con ayuda de aquel camarero de Villajoyosa le asieron y lo salvaron… Y se convenció que si seguía vivo era por eso que llaman milagro. Y se juró más firmemente que si llegaba a puerto no volvería al mar, diría adiós a la bricbarca, y a la ruta del tasajo desde Uruguay y a todas las rutas del mundo. Y tras diez días aguantando desarbolados las enormes olas, amarrados por la cintura para transitar por cubierta tapando agujeros, echando restos de los dos botes destrozados, sin comer más que carne de membrillo, mojados y tiritando, reafirmaron su determinación…
Se levantó y volvió a la ventana, a mirar de nuevo al moderno buque. Los tiempos habían cambiado. Allí estaba la prueba: cada vez se veían menos velas surcando los mares. Ahora eran naves, como la que tenía enfrente, las que poblaban los océanos, con energía en sus entrañas, ruidosos, capaces de desafiar el capricho de los elementos. Los marineros ya no tendrían jamás que trepar, como antaño, en noche oscura o de día, flechastes arriba hasta las vergas, a dejarse las uñas rizando las velas en la tempestad, aquellas lonas henchidas y duras como la piedra. Instintivamente se miró las manos y los dedos, marcados por viejas cicatrices. Recordó el sollado, la camareta de marineros. Y pensó. Era viejo. Y aquel buque volvía a España.
Ella se incorporó al oirle trajinar.
– ¿Qué estás haciendo?
– Hago mi petate.
– ¿Por qué?
– Voy a probar suerte, otra vez.

