En 1620, ciento dos ingleses desembarcaron del MAYFLOWER en las costas de Massachussets. Aunque algunos años antes otro grupo de compatriotas había fundado un asentamiento permanente en el estado de Virginia, el mito fundacional de EE.UU. recae en el de 1620, tal como lo expone uno de los ocho grandes cuadros al óleo que embellecen la Rotonda del Capitolio donde se celebró la segunda toma de posesión del presidente Donald Trump. El título de ese lienzo: “Embarque de los peregrinos” (en el SPEEDWELL, luego pasarían al buque MAYFLOWER) es impreciso porque unos 2/3 de ellos eran colonos movidos por fines económicos y el resto refugiados de conciencia por cuanto eran protestantes (puritanos) que escapaban de las imposiciones de la Iglesia Anglicana. Estos últimos vestían con recato ropas sencillas, mientras parte del grupo denotaba ser de clases pudientes, incluso con ostentación, lo cual no se reflejó tal cual el pasado 20 de enero en la plana mayor de la Rotonda del Capitolio. Todos, menos Kamala Harris y la madre del vicepresidente Vance, sobresalieron por su elegancia, pues hasta los titanes de las plataformas digitales iban con traje y corbata en vez de vestir con su acostumbrada informalidad. Esta escena vino a rememorar el triunfo perenne también económico que terminó alcanzando el grupo anglosajón de los “Peregrinos”.

Otros tres de los ocho lienzos también se refieren a la llegada de europeos a América: “El desembarco de Colón” (1492), “El descubrimiento del Mississippi” (1541) por Hernando De Soto y “El bautismo de Pocahontas” (1614), la de una princesa indígena, esposa de un rico colono que cultivaba tabaco, considerada como la primera conversa al cristianismo en esas colonias inglesas. Los otros cuatro cuadros exponen hitos militares y políticos que a finales del S. XVIII acabaron por forjar EE.UU. y en ellos no aparecen ningún negro; tampoco los indígenas, quienes sí figuran algo en los otros lienzos, aunque sólo en segundo plano o difuminados en la penumbra, salvo Pocahontas de protagonista.
Cuatro siglos después del MAYFLOWER, esta nación ahormada por inmigrantes blancos ha ratificado con Donald Trump su inveterada supremacía étnica y cultural que desde siempre ha contribuido a su poderío sin miramientos: expansionismo por ocupación/guerra/compra, saqueo, no mestizaje, autosuficiencia puritana no exenta de la explotación requerida (esclavitud)…, más sus emprendedoras revoluciones, desde la política de 1776 (primera nación con separación de poderes) a la tecnológica (era digital).

La ceremonia del Make America Great Again (MAGA), celebrada en la Rotonda del Capitolio, corrobora la indeleble impronta que dejaron los primeros anglosajones protestantes (WASP) que llegaron a EE.UU. El America First (primero nosotros) y su destino manifiesto de ser cada vez más poderosos suponen discriminar a quienes no encajan con el mito fundacional. Les obviaron en sus discursos, salvo para arremeter contra los inmigrantes ilegales (expulsiones, militarizar la frontera con México) y no favorecer a los legales (recortes de ayudas sociales, eliminar la discriminación positiva). Y por si no les quedaba claro, las imágenes retrasmitidas confirmaron la inapelable supremacía blanca a pesar de que la sociedad estadounidense es un crisol multiétnico.
Salvo Kamala Harris, perdedora demócrata contra Trump, el expresidente Barak Obama y Sundar Pichai (director ejecutivo de Alphabet/Google), el resto de quienes aparecen a la izquierda y derecha del primerísimo plano, son de origen europeo o figuran a modo de “Pocahontas” por su relación sentimental con los líderes políticos y empresariales blancos, dando ellas a la escena un toque de color que nunca viene mal en democracia.
La comunidad identitaria no se limitó en la Rotonda del Capitolio a la piel y rasgos de la raza blanca. También a sus creencias cristianas, salvo por la intervención de un clérigo judío. Las numerosas referencias a Dios, con rezos, prédicas y biblias incluidos, fueron un aspecto central de la ceremonia de la toma de posesión de Trump, algo similar a la escena del cuadro “Embarque de los peregrinos” que expone la sentida religiosidad del grupo implorando la protección divina, conforme al lema God with us impreso con tenues letras blancas cerca de uno de los puños de la vela que protege la escena en la cubierta del buque (arriba a la izquierda). Lo confirmaría Marco Rubio, secretario de Estado y tiempo atrás adalid del movimiento conservador Tea Party, al presentarse con “la cruz de ceniza” en la frente (inicio de la Cuaresma) en una entrevista televisada por la FOX.

Los cuatro clérigos que intervinieron, por invitación de Trump, no le afearon pidiendo que favoreciese a los inmigrantes. Quien sí lo hizo fue la obispa episcopal Miriann Budde cuando el nuevo presidente acudió a misa al día siguiente y tuvo que escucharla con exteriorizado fastidio que velase por los inmigrantes, los niños y los transexuales. Le echó en cara que ser cristiano es incompatible con la insolidaridad, la intolerancia y la discriminación, es decir, que la supremacía de ética religiosa, de ostentarla desde las altas esferas de la política, tiene sus ineludibles servidumbres espirituales/humanitarias.
Lejos de ello, el marco conceptual que Donald Trump expuso en la Rotonda del Capitolio era para rechazar y meter miedo a quienes no pensasen como él o retasen el predominio de la declinante mayoría de la población blanca (62%). Algo así como adaptar el iniciático sesgo de no compartir los beneficios del poder político ni tampoco mestizarse en masa con quienes no son blancos. Consiste en expulsar y/o contener a los inmigrantes, a modo de como lo hicieron los colonos anglosajones desde 1620 eliminando o invisibilizando en las reservas a los indígenas que durante más de 12.000 años poblaron Estados Unidos; o aprovechándose de la esclavitud tan sólo cuatro décadas después de desembarcar, iniciando el tráfico negrero a 40 kms. (Boston) de donde arribó el MAYFLOWER.
Etnopolítica
La belicosidad con que embarcaron los primeros colonos en el SPEEDWELL, patente en el cuadro con el soldado, el yelmo, la coraza y el mosquete, se reflejó en la Rotonda del Capitolio al anunciar Donald Trump que enviaría al Ejército a la frontera mexicana y declararía el Estado de Excepción contra la amenaza (¿?) de invasión por parte de inmigrantes ilegales. Por si fuera poco, el predominio blanco en el partido republicano está respaldado por el mayoritario voto popular y, por consiguiente, por el control de ambas Cámaras, hoy también del Tribunal Supremo y del preferente apoyo entre las élites empresariales, en especial las que dominan las imponentes redes digitales como nuevas armas de enriquecimiento y dominación.

Los inmigrantes nunca lo han tenido peor en EE.UU. toda vez que la etnopolítica les cuestiona a cara descubierta principios y valores democráticos que les favorecían y se consideraban irrefutables desde hacía décadas. Ya no. La supremacía de los blancos esgrime nuevas formas de exclusión que consisten en aplicar o cambiar la legalidad según convenga, es decir, sin recurrir al odio descarnado del Kus-Kus-Klan ni a la vejatoria segregación de los negros (leyes Jim Crow, 1876-1965), aceptada por la Corte Suprema argumentando la engañifla de que “separados pero iguales” era constitucional (1896). Hoy se recurre al rechazo y a la discriminación institucionalizadas gracias al mayoritario voto supremacista en las elecciones democráticas tras fracasar en 2021 imponerse por la fuerza bruta (asalto al Capitolio).
Donald Trump deporta inmigrantes ilegales y desfavorece a los legales sin por ello saltarse las leyes ni el dictamen de los jueces. Siempre le quedará, si es caso, el recurso de cambiar la legislación y de presionar a la Corte Suprema para avalar sus decisiones. Porque lo relevante para él es impedir que en un futuro próximo nadie pueda cuestionar el ininterrumpido predominio blanco, tal como hizo también Abraham Lincoln garantizando el poder de los terratenientes y demás plutócratas a pesar de declarar la emancipación de los esclavos sin, por ello, sacarlos de la marginación y la precariedad.
El corolario actual es que los inmigrantes sigan siendo, mediante la etnopolítica, una minoría sin opciones de poder. De aquí las deportaciones masivas que se propone Trump, la militarización de las fronteras, la negativa a conceder visados que permiten la entrada provisional en el país, la supresión de las políticas de inclusión y diversidad que aúpan primordialmente a la gente de color. Racismo y xenofobia quedan así blanqueados con cambios legislativos aprobados por vías democráticas. Porque son palabras que los regímenes liberales no pueden ni pronunciar su nombre y sin embargo tienden a regirse por ellas, sobre todo en EE. UU., ante la aporía que el constante flujo y asentamiento de inmigrantes plantea a los derechos humanos, a la seguridad/cohesión nacional, al supremacista estatus quo.
La etnopolítica aplicada por los primeros colonos blancos para desposeer y eliminar/excluir a los nativos se ha actualizado con Trump en rechazar, expulsar, precarizar y achantar…, subyugando, en suma, a los inmigrantes, la mayoría de ellos tan amerindios como los primeros pobladores de Estados Unidos. Del “separados pero iguales” (1896) se ha pasado a iguales, pero con divisorias jerarquías de color. Para empezar, concediendo, a poder ser, solo la ciudadanía estadounidense a modo de privilegio para quienes valgan la pena a ojos de quienes seleccionan las entradas al país.

Es otro modo más de protegerse, de tomar medidas preventivas desde posiciones de fuerza basándose incluso en burdas acusaciones. Como las lanzadas por Trump el 4 de marzo en la sesión conjunta de ambas Cámaras jactándose de haber desplegado en la frontera con México “el Ejército para repeler la invasión de nuestro país” porque antes “cientos de miles pasaban al mes ilegalmente (…) y prácticamente todos ellos eran asesinos, traficantes de droga, pandilleros y personas de instituciones mentales y manicomios”.
El proteccionismo comercial de Trump: “¡los aranceles es la cosa más bonita!”, dijo, tiene su correlato en el proteccionismo étnico, cultural y lingüístico contra los inmigrantes. America is back el ideario prepotente de los colonos, al que paragógicamente le votaron el 46 % de los latinos estadounidenses, la mayoría de ellos, se supone, porque son también blancos o porque aprueban las propuestas electorales de Trump más allá de la política migratoria. Desde luego, ha quedado claro que él no iba de farol en los mítines electorales. No ha engañado a nadie.
Un mar de lágrimas
La Conferencia de Seguridad (Múnich, 14-16 de febrero) tenía previsto tratar sobre todo la seguridad desde la óptica de la defensa militar, en especial respecto a la guerra de Ucrania, más aún al saberse que Trump y Putin habían hablado el víspera por teléfono. No fue muy así dado que JD Vance, vicepresidente de EE.UU., apenas se refirió a ello, sino que lanzó una inopinada filípica identitaria e ideológica contra la clase dirigente europea por claudicar en sus valores y principios, según él, comunes a su país; lo cual, arguyó Vance, supone para el Viejo Continente una amenaza desde dentro mayor “que Rusia, China u otro factor externo”. Expuso su ideario ultraconservador (antiabortista, libertad de expresión sin filtros, aceptación de la extrema derecha…) haciendo hincapié durante buena parte de su discurso en “que no hay nada más urgente que [combatir] la inmigración masiva”.
Vance hizo su particular desembarco de Normandía contra las “envejecidas democracias europeas” en las que, dijo, “ningún votante de este Continente ha acudido a las urnas para abrir las compuertas a la entrada incontrolada de millones de inmigrantes”. Este conspicuo exponente de los europeos que colonizaron con más éxito fuera del Viejo Continente, al extremo de ser EE.UU. la superpotencia del planeta, vino a decir que Europa está en peligro porque además de haber perdido los valores que la hicieron grande, su población se está dejando suplantar por la constante llegada de inmigrantes. Su propuesta ante este reto identitario sería la adoptada por Estados Unidos: férreo control de las fronteras, deportación de los ilegales y acabar con las políticas de inclusión y de diversidad, parte de lo cual figura, aunque atenuado, en el horizonte de la Comisión Europea para contener la inmigración.

La respuesta a esta arremetida de Vance se la dio el avezado diplomático alemán Christoph Heusgen, presidente de esta Conferencia de Seguridad, cuya clausura aprovechó para reivindicar las actuales normas que rigen las democracias europeas, basadas en los principios de la ONU y la Declaración de los Derechos Humanos; admitiendo que “después del discurso del vicepresidente Vance, debemos temer que nuestra base de valores comunes ya no es tan común”. El foso abierto entre los aliados de ambos lados del Atlántico, descrito por Heusgen como una “pesadilla europea”, denota, según él, que “este orden [democrático] es fácil de perturbar”. Tantas lamentaciones y sentidas palabras terminaron por minarle el ánimo cuando iba a acabar su discurso, momento en que se ahogó entre sollozos sin poder hacerlo.
Su desconsuelo, tras 45 años en política, trece de ellos siendo asesor de cabecera de la cancillera Angela Merkel, abarcaría a toda una generación de líderes políticos que se está jubilando tras ser sobrepasada por la guerra de Ucrania y la crisis de la inmigración. Dejan una Europa incapaz de contener en sus fronteras el empuje de la inmigración, ni de afrontar firme las amenazas a su seguridad porque no tiene ejército propio, tampoco tiempo y dinero para formarlo pronto, ni siquiera patriotas para empuñar las armas. Heusgen apostó con Merkel, aparte de por la energía barata rusa del Nord Stream, por la entrada masiva de los refugiados/inmigrantes sirios (2017). Tal alarde de solidaridad contribuyó al auge de la extrema derecha alemana y a que su partido conservador CDU endureciese sobremanera la política migratoria.
El luxemburgués Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea (2014-2019) es otro de los coetáneos de Heusgen que también fue desbordado por el reto de la inmigración. No se jubiló llorando como Heusgen, pero antes admitió que estaba consternado por las condiciones inhumanas de los centros de detención para los inmigrantes que las fuerzas de seguridad de Libia les impedían navegar hacia Italia. Según dijo, no podía dormir tranquilo tras saber esa situación sangrante, incompatible con la solidaridad que debe ofrecer Europa y propuso, sin éxito, incentivar el retorno de los inmigrantes a sus países y abrir vías legales para llegar al Continente a los provenientes de países pobres.
Su relevo, Ursula Von der Leyen, solo cuatro años más joven, no tiene esos cargos de conciencia y aprobó el año pasado el insolidario Pacto Sobre Inmigración y Asilo con que la Unión Europea, entre otros objetivos, intentará taponar el flujo de inmigrantes ilegales, por las bravas si hiciese falta, siempre que el rechazo violento sea ocultado al Viejo Continente gracias a la lejanía y opacidad de las fronteras externizadas de la UE en el Mediterráneo y, llegado el caso, en la costa atlántica de África.
Prevenir sottovoce las llegadas de emigrantes ilegales evita soliviantar a la opinión pública y, de paso, reprimir, internar y deportar mucho menos en suelo europeo. He aquí el cambio respecto a las políticas humanitarias que primaban no hace tanto (ej. acogida en Valencia del barco AQUARIUS con 629 personas, 2018).
Von der Leyen, quienes en Bruselas votaron el Pacto sobre Inmigración y el conjunto de los europeos pueden dormir tranquilos a pesar de tener la certeza de que solo se puede impedir la llegada de los inmigrantes ilegales sin, por lo general, reprimirlos, violar los derechos humanos o provocar incluso muertes entre los furtivos que pretenden desembarcar en Europa o entre los expulsados al desierto de vuelta a sus hogares. Es el modo de desincentivarlos. Ocultarlo, ignorar lo obvio, darse por no enterado de que el Mediterráneo sigue siendo un mar de lágrimas confirman la impostura de tal como somos cuando se necesitan personas solidarias, no en el sentido de dar lo que sobra, sino de ser altruista incluso con lo que más valoramos: el bienestar, la seguridad y la cohesión que nos procura convivir con personas del mismo acerbo étnico-cultural y enraizadas durante siglos en el mismo país.
Es lo que hay. La sociedades europeas no son tan solidarias como para acoger a todos los inmigrantes ilegales que deseen llegar para trabajar y asentarse con sus familias. Ni están obligadas a ello por sus constituciones ni por los tratados internacionales. Así que, en cuanto se sienten muy perjudicadas por los advenedizos y estos siguen viniendo, la solidaridad democrática se convierte en un grave problema que deben resolver los líderes. Caso contrario, quienes se sienten perjudicados votarán alternativas para rechazarlos, incluso para reemigrarlos (AfD, Alemania).
Esto es difícil en Europa porque su predominante sistema electoral prima tanto a las minorías que estas logran ser decisivas (ej. nacionalistas periféricos en España). Además, dada su reciente experiencia con el intolerante y racista nazismo, se han creado cordones sanitarios para impedir que suban al poder los más radicales contra la inmigración a pesar de que esto, lejos de ser una solución, agranda el desafío que antes o después habrá que encarar porque sus causas son más graves que la mayor o menor solidaridad de los europeos: el desplome de la natalidad va a más, la brecha de progreso y bienestar persiste con otros continentes, las guerras inacabables al sur y este del Mediterráneo, la extrema pobreza endémica en amplias zonas de África…
Que Europa no resuelva su relevo generacional autóctono, ni tampoco esté a su alcance pacificar y enriquecer a los países de la emigración, es el prolegómeno de una tragedia mayor. Tanto peor si dedica su tiempo, dinero y atención a “que vienen los rusos”, a costa de 800.000 millones de euros sonsacados de asuntos sociales y ayudas al desarrollo. Como para hacer balances de calderilla sobre si a Europa le favorece económicamente o no la inmigración según se contemple la primera o más generaciones, en vez de encarar de una vez por todas un grave desafió siempre postergado con bizantinismos como éste.

