La industria mundial del transporte marítimo de contenedores atraviesa una paradoja que pone en cuestión uno de los conceptos más utilizados en logística desde la pandemia: la resiliencia. Mientras las grandes navieras y operadores portuarios han reforzado su capacidad para proteger sus resultados financieros frente a las crisis, la red logística internacional se ha vuelto estructuralmente más frágil.
Los datos son elocuentes. Según los análisis de la plataforma Sea-Intelligence, cerca de 1,8 millones de TEUS de capacidad permanecen actualmente fuera de servicio debido a retrasos operativos. Incluso descontando las ineficiencias habituales anteriores a la pandemia, alrededor de un millón de TEUS siguen siendo, en la práctica, capacidad inutilizable. La fiabilidad de los itinerarios marítimos se mantiene entre el 50% y el 65%, muy lejos del 70-80% que caracterizaba al sector durante la década anterior a la Covid-19.
Detrás de esta pérdida de eficiencia confluyen varios factores. La desviación masiva de los servicios por el Cabo de Buena Esperanza para evitar el mar Rojo, la persistente congestión en numerosos puertos y el incremento deliberado de los márgenes de tiempo en las escalas han permitido absorber parte de las disrupciones, aunque al precio de reducir la capacidad efectiva del sistema.
Paradójicamente, las empresas del sector son hoy más sólidas que hace 14 años. Durante la crisis financiera de 2008-2009, la demanda mundial de transporte cayó más del 12% y las navieras acumularon pérdidas superiores a los 20.000 millones de dólares. La pandemia mostró una reacción completamente distinta. Gracias a la cancelación selectiva de escalas, una estricta disciplina de capacidad y una mayor coordinación entre alianzas marítimas, las compañías consiguieron sostener los fletes y recuperar la rentabilidad con una rapidez inédita.
Diversos estudios advierten de que la red mundial de transporte de contenedores, pese a su expansión durante las últimas décadas, depende cada vez más de un reducido número de grandes nodos logísticos. Este fenómeno refleja una peligrosa ‘normalización de la anomalía’. Las empresas se han acostumbrado a operar con retrasos crónicos, rutas más largas, congestión permanente y fenómenos climáticos extremos. Lo que inicialmente eran soluciones temporales se han convertido en la nueva normalidad. La capacidad de improvisación ha mejorado, pero esa adaptación constante corre el riesgo de confundirse con una auténtica resiliencia.
Mientras los incentivos económicos continúen premiando indicadores como el coste por contenedor, la utilización de los buques o la rotación de inventarios, la exposición sistémica seguirá ocupando un lugar secundario en la toma de decisiones. La industria marítima ya ha demostrado que sabe aprender con rapidez y coordinarse bajo presión. El desafío de la próxima década no consistirá únicamente en construir compañías más resistentes, sino en diseñar una red logística global capaz de absorber perturbaciones sin comprometer su conectividad.

