En terminología marítima y de navegación, la ‘derrota’ no es el fracaso, sino el trazo que marca el rumbo en la carta náutica. Sin embargo, observando alguna gestión actual de la economía azul, uno teme que el sector esté confundiendo peligrosamente ambas acepciones. Asistimos a una paradoja dolorosa en el ecosistema científico y educativo: nunca ha habido mejores buques, ni motores más eficientes, ni tripulaciones más preparadas; y, sin embargo, nunca se ha navegado con tanta invisibilidad ante los ojos de la sociedad y del mercado.
La reciente irrupción de nuevas propuestas formativas (universitarias y de formación profesional) en el área metropolitana de Barcelona, ajenas a la tradición académica y armadas con una pirotecnia visual envidiable, no debe leerse solo como un desafío de mercado. Es un síntoma clínico de una patología mayor. Y es también una señal de alarma, pues a menudo, estos proyectos que nacen de un render, una maqueta o una presentación y no del cimiento vienen capitaneados por figuras que navegan mejor en la promesa que en la certidumbre, arrastrando a veces estelas de gestión que deberían encender las alertas de cualquier buen patrón antes de embarcarse. El riesgo no es solo la competencia; es que, ante el vacío de referentes sólidos, la sociedad acabe validando espejismos financieros o reputacionales que, bajo la promesa de lo nuevo, ocultan arrecifes peligrosos.
Pese a ello, en el corazón del establishment marítimo de Barcelona parece haberse instalado un miedo a la novedad y una creencia autocomplaciente: que el rigor científico es un escudo infalible. Se ha extendido en los despachos de las instituciones con más solera -desde las facultades decanas hasta los grandes consorcios de investigación pública- una narrativa defensiva que actúa como sedante. Ante el empuje de lo nuevo (y lo incierto), algunos se consuelan repitiendo en ‘petit comité’ que «nosotros ya funcionamos y estamos preparados». Lo hacen aquellos que se sienten aferrados a una hoja de cálculo, a una ayuda pública y a indicadores de calidad que creen inexpugnables. Son los que piensan que la complejidad de sus planes de estudios o de sus grupos de investigación les blindan contra una suerte de intrusismo (con una buena dosis de marketing) o el aventurerismo empresarial. Pudiera ser que tengan razón, sí; pero no es astuto criticar iniciativas (ya sea de forma constructiva o negativa) sin conocerlas en profundidad. Es necesario desgranar el relato… si se sabe cómo hacerlo.
Es cierto, en todo caso, que la carga existe y que la densidad intelectual de la academia catalana es un activo de país indiscutible por su excelencia. Pero en termodinámica, como en la comunicación pública, la energía potencial que no se transforma en energía cinética es irrelevante. Tener una batería cargada en un cajón oscuro no ilumina la estancia; de hecho, constituye una negligencia estratégica de primer orden. El problema que afrontamos no es de capacidad de almacenamiento, sino de interfaz. Se han construido reactores nucleares de conocimiento y excelencia, pero seguimos intentando explicar su funcionamiento a la sociedad con la luz tenue de un candil, confiando en que la verdad científica brille por sí sola.
Aquí reside el núcleo de la crítica que se debe hacer… y hacerlo con una honestidad brutal. En los últimos tiempos, se ha visto con perplejidad cómo estructuras clave del sector azul decidían tecnificar sus áreas de comunicación o relaciones públicas. Bajo la premisa de un falso rigor o una agenda, se ha confiado la gestión del relato a perfiles puramente técnicos o científicos, en la creencia errónea de que quien conoce la taxonomía de las especies o la ingeniería de materiales es quien mejor puede defender la reputación de la marca. Es un error de calado, pues un ingeniero naval sabe cómo evitar que el barco se hunda por una vía de agua, pero carece de las herramientas para evitar que el proyecto naufrague por una crisis de reputación o por falta de licencia social.
Confundir el conocimiento del dato con el dominio del relato nos ha llevado a una comunicación defensiva, plana y reactiva, donde la innovación se convierte en notas de prensa o textos burocráticos que nadie lee y en memorias de sostenibilidad que solo sirven para justificar subvenciones. Hemos olvidado que la comunicación es gobernanza, es diplomacia corporativa y es gestión de la incertidumbre. Mientras algunos se enorgullecen de no hacer marketing -como si fuera una disciplina menor-, otros ocupan el espacio vacío con promesas de futuro que, sean solventes o no, conectan con la emoción del alumno y del inversor. En todo caso, el silencio administrativo de nuestros centros formativos de excelencia no se interpreta fuera como prudencia; se interpreta, llanamente, como inexistencia.
Si queremos que la verdadera economía azul -la que se basa en la ciencia y no en el render- recupere la hegemonía del discurso, es imperativo profesionalizar la traducción estratégica. Debemos dejar de ver la comunicación como un servicio auxiliar o una cosmética final para entenderla como una función directiva capaz de traducir la complejidad del papel académico al lenguaje del valor social y económico… y esto, ya me perdonarán, no lo sabe hacer (por pura experiencia) un perfil junior ni uno meramente científico. Alguien debe explicar que un proyecto de regeneración litoral no es solo biología o arquitectura, sino política territorial y bienestar ciudadano.
Del mismo modo, es urgente romper los silos de una excelencia muda. La colaboración entre universidades y centros tecnológicos no puede limitarse a la firma de convenios marco (muchos de los cuales acaban en el olvido); la ‘innovación silenciosa’ de la que tanto se habla debe empezar a resonar con una narrativa de ecosistema, presentándose como un bloque monolítico de solvencia frente a la volatilidad de las modas. Y, sobre todo, se debe humanizar y/o profesionalizar la tecnificación (la IA como herramienta de apoyo y no como compañero de reunión), pues el nuevo competidor gana porque vende sueños de empleo y futuro, mientras otros pierden el relato porque venden créditos o grupos de investigación. El rigor sin emoción es solo estadística, y la estadística, por desgracia, no moviliza voluntades.
Navegar en ‘modo silencioso’ pudo ser una opción válida en tiempos -permítanme- de ‘monopolio académico’, pero hoy es una invitación al desastre. No necesitamos recargar mejor las pilas, pues la energía existe. Lo que se necesita es saber cómo conectarla a un interruptor. Es urgente que las instituciones de referencia abandonen su torre de marfil y bajen al ágora pública, no para vender humo, sino para disiparlo. Porque si quienes poseen el conocimiento verdadero renuncian a liderar la conversación, no tendrán derecho a quejarse cuando el futuro de la economía azul lo escriban aquellos que, a falta de ciencia, de momento solo tienen un buen eslogan… y quizás, demasiadas sombras.
Daniel Molero

