Tras unos cuantos años narrando el devenir marítimo y portuario, muchos de ellos desde esta casa, uno desarrolla una cierta inmunidad (o, quizá, una sana desconfianza) ante la inflación semántica que asola periódicamente al sector azul. Leyendo con detenimiento el excelente dossier especial que acaba de publicar NAUCHERglobal, resulta evidente que el ‘Horizonte 2030’ corre el serio peligro de convertirse en eso: un eslogan más, un fetiche corporativo perfecto para rellenar presentaciones, memorias de sostenibilidad y discursos de cuño político. Las tribunas de los principales actores del sector marítimo, portuario y logístico destilan, sin embargo, una tensión de fondo, que al menos creo innegable. Bajo la pátina del optimismo oficial, lo que realmente se respira en los muelles no es un debate sobre la continuidad del negocio, sino una cruda pugna por la supervivencia ante un ecosistema global que no perdona la autocomplacencia.
Asistimos a una paradoja dolorosa: por un lado, Puertos del Estado despliega un plan inversor histórico de más de 7.000 millones de euros y vemos a Autoridades Portuarias (desde Barcelona a Algeciras, pasando por Tarragona, Bilbao, Castellón, Huelva…) compitiendo por liderar la electrificación de muelles, la intermodalidad y los hubs de combustibles limpios. Se desprende una capacidad de tracción mayúscula y una energía potencial extraordinaria. Pero, como ocurre en termodinámica, la energía potencial que no se transforma en energía cinética es estratégicamente irrelevante.
Seguimos cayendo en la fascinación por el hierro de la infraestructura y el silicio de la tecnología, olvidando con demasiada frecuencia que un puerto no se sostiene hoy sobre sus metros de línea de atraque, sino sobre su licencia social para operar y su legitimidad ante un mercado feroz.
El escaparate verde y el suicidio competitivo
Y es en ese mercado donde la diplomacia corporativa choca de bruces con la burocracia. Las voces de SPC Spain, Feteia o Anesco en este dossier ponen el dedo en la llaga de una realidad incómoda: la transición ecológica impuesta desde los despachos europeos (a golpe de sistema ETS y del paquete Fit for 55) adolece de una desconexión alarmante con la operativa real: tratar de descarbonizar el transporte penalizando la viabilidad del shortsea shipping frente a la carretera es un error de diseño estratégico que provoca exactamente el trasvase modal inverso al que se predica. Se construye un inmaculado ‘escaparate verde’, mientras se corre el riesgo de vaciar la tienda, regalando en bandeja los tráficos a puertos extracomunitarios que operan sin el dogmatismo regulatorio de Bruselas. Oponerse a esta asimetría no es negacionismo climático; es exigir que la sostenibilidad no sea el eufemismo de un suicidio competitivo.
En paralelo, la tecnología ya ha irrumpido prometiendo salvarnos de nuestra (a menudo) propia ineficiencia. Estamos en un sector que abraza la digitalización o la automatización en la estiba (a pesar de las voces internacionales legítimas por salvaguardar empleos por encima de la robotización ante el silencio de algunos), el uso de IA en la gestión aduanera (como plantea Visual Trans) y proyectos de vanguardia analítica como los que abandera Salvamento Marítimo. Todo ello es impecable, pero cuidado con el espejismo: debemos recordar que el algoritmo procesa, segmenta y escupe datos en milisegundos, pero no tiene ni alma, ni ética, ni asume responsabilidades penales o medioambientales.
La tecnología no viene a sustituir el oficio, sino a ayudar y a depurarlo. Por eso, resulta tan pertinente la advertencia del Colegio Nacional de Prácticos: la inteligencia artificial y el ‘smart port’ fracasarán si quienes garantizan la seguridad operativa en la última milla (los que miran el temporal a los ojos desde el puente de mando de un buque) no están sentados en la mesa de diseño desde el minuto cero. Un desarrollador de software puede simular un modelo hidrodinámico perfecto pero, en muchos casos, carece de la experiencia, la prudencia y la cintura dialéctica de un profesional del mar cuando los engranajes crujen. Confundir la herramienta con el criterio es el primer paso hacia el desastre.
La fragmentación y la derrota del silencio
Leer con sosiego las aportaciones que vertebran este dossier (desde la visión institucional de la Dirección General de la Marina Mercante o Ports de la Generalitat, hasta el pragmatismo operativo de Boluda, el análisis de los consignatarios de Asecob o la alerta sobre las infraestructuras de la náutica deportiva de ANEN) produce una sensación agridulce. Por un lado, constata que el clúster marítimo cuenta con mentes brillantes, capaces de diagnosticar el síntoma con precisión quirúrgica en sus respectivas parcelas. Sin embargo, en una lectura transversal, el conjunto evidencia una preocupante fragmentación: cada actor defiende, de forma tan legítima como argumentada, la viabilidad de su propio eslabón; pero el escenario volátil que nos aguarda en 2030 será conjunto y no fragmentado. En este nuevo orden la resiliencia es ya más determinante que la pura eficiencia y esa resiliencia es inalcanzable si el legislador y el operador no comparten, de una vez por todas, la misma carta de navegación.
De ahí que la reflexión deba ser más necesaria: que nuestros grandes polos portuarios del país proyecten inversiones millonarias o que la Cátedra Smart Ports trace (en parte) una vanguardia académica servirá de muy poco si se es incapaz de articular una voz sectorial unificada al 100%. Como decía, las advertencias lanzadas por transitarios o empresas estibadoras en estas páginas no son el habitual lamento corporativo; son alertas tempranas de un buque que nota cómo crujen las cuadernas bajo el peso de normativas redactadas, demasiadas veces, de espaldas a la mar (y lejos de ella). Resulta imperativo que todos los que han plasmado su firma y su visión en este documento asuman una máxima incómoda pero vital: en el ecosistema logístico de la próxima década, el éxito particular en el Horizonte 2030 dependerá irremediablemente de que el compañero de muelle no naufrague.
Aquí es donde, según mi criterio, este sector falla de manera sistémica: en la gestión de lo intangible y en la comunicación estratégica. Muchas de nuestras instituciones y corporaciones siguen instaladas en un silencio defensivo, creyendo que la excelencia técnica las blinda. Confunden el marketing exprés y el postureo en LinkedIn con la verdadera gobernanza del relato. Ceden el territorio de la opinión pública a discursos populistas o a competidores con menos escrúpulos, pero con mejores renders. En la economía de la atención, el silencio no protege la propiedad intelectual ni el rigor científico; simplemente te hace invisible. Y si no somos capaces de articular una narrativa que traduzca nuestra solvencia técnica en valor social, político y económico, terminaremos siendo irrelevantes.
Gobernar el Horizonte 2030 exige, en definitiva, madurez directiva. Exige perfiles capaces de levantar la vista de la hoja de cálculo y del ‘compliance’ normativo para entender que nos jugamos el futuro en un tablero complejo, volátil y eminentemente humano. No necesitamos recargar mejor las pilas; necesitamos saber cómo conectarlas al interruptor de la sociedad y del mercado. Porque, como bien saben los marinos, el ruido de fondo no ayuda a trazar la derrota; solo distrae del horizonte. Y ahora mismo, lo que menos nos sobra es el tiempo para distracciones.
El dossier Horizonte 2030 puede aportar muchas pistas de qué deparan los próximos años. Se lo recomiendo.

