No hay que ser un lince para saber que si un país tiene un déficit presupuestario elevado, tarde o temprano, tendrá que renunciar a cosas o recaudar más. Tampoco hay que ser un lince para intuir que si un país tiene una balanza comercial desfavorable, bueno, digamos que muy desfavorable, estará transfiriendo riqueza a sus socios comerciales que lo inundan de productos atractivamente asequibles y, aunque algunos sesudos doctores de economía le digan que no, que lo que haces es financiarte a costa de sus proveedores, los gestores nacionales no estarán muy convencidos de eso.
Si a todo lo anterior ponemos nombres como China-USA-UE, las cifras de los conceptos remarcables de ese triángulo amoroso-comercial adquieren proporciones de billones de euros (con B de barbaridad que decía aquel ministro predemocrático), por lo que el montante obtenido por aplicar un 25% de aumento de tasas a unas cifras billonarias, también lo será.
Si en el juego en el que estamos, el que tiene los números de intercambio comercial más en contra son los Estados Unidos, tampoco nos ha de extrañar que el nuevo repartidor de las cartas en la mesa del comercio global ya haya anunciado una subida de los aranceles muy elevada a los productos de importación provenientes de sus principales países proveedores.

Los expertos decían que eso era solo es una amenaza de Trump para luego poder cambiar cartas, pero ahora, también dicen que una recaudación mucho más alta de aranceles es un maná para el Tesoro americano. Si además con esa barrera arancelaria se ‘dopa’ a los fabricantes domésticos, esto, de entrada, facturarán más porque los consumidores locales, necesariamente, se pasarán a los productos locales y, mira por dónde, habrá más recaudación impositiva y seguramente más empleo.
Ok, hasta aquí suena muy bien y, por eso, escalar aranceles parece enormemente atractivo si no fuera porque la otra parte también juega y ya hubo un precedente reciente con los mismos actores en el mandato anterior de Donald Trump y los resultados los tenemos a la vista:
Si en 2016, el año previo al primer mandato de Donald Trump (enero 2017), el valor de las exportaciones chinas a USA fue de 462.800 millones de dólares, en 2022 el valor alcanzado de las mismas fue de 562.900.
Y más sorprendente, si lo enfocamos a las inversiones directas de EE UU en China en 2022, estas han sido de 126.100 millones de dólares y en aumento, mientras que las inversiones directas chinas en los EEUU en ese mismo año, fueron de 30.000 y en descenso porque conforme las posibilidades del retorno a la presidencia del hombre de la ‘oreja talismán’ han ido aumentando, las inversiones chinas en USA han disminuido.
En cualquier caso, de desarrollarse la escalada arancelaria anunciada por el líder del movimiento MAGA y centrándonos en la actividad marítima, las grandes afectadas serán dos de las tres principales rutas comerciales, es decir: Asia/USA y UE/USA, ya que al reducirse el volumen de intercambios entre esos tres grandes mercados por el encarecimiento de los productos comercializados, necesariamente se reducirá también la demanda de espacio en los buques que los conectan.
La sabiduría popular, es decir, el ‘big data’ emocional de los humanos, tiene claro que Dios aprieta, pero no ahoga o, el también popular, pero más poético consejo: “no llores si no puedes ver el sol porque las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”. Siendo consecuentes con esos principios, las grandes navieras, que junto a los notarios y las aseguradoras son los colectivos que mejor conocen al ‘Mundo’, están dejando (temporalmente) de centrarse en los mega buques para proveerse de buques, no tan grandes, pero más adecuados, para todos aquellos tráficos regionales que, siendo activos, están lejos de verse afectados por políticas proteccionistas y que se están tornando en opciones estratégicamente deseables para su actividad.
Es decir, desarrollar nuevas combinaciones de rutas y rotaciones en regiones comerciales concretas y asegurar los buques adecuados para que puedan ser optimizados en ellas. Esa es la moda 2024/2025.

