Pongámonos en situación. El pesquero de arrastre gallego VILLA DE PINTANXO faenaba el martes a las 05.00 horas en el extremo oriental del banco de pesca de Terranova, a 280 millas de la costa, cuando le sorprendió una situación de emergencia. Arreciaba el viento de 25-30 nudos y la mala mar golpeaba al pesquero con olas de 6 metros, por lo cual algunas de ellas podrían ser casi un tercio mayor que la media; por ejemplo, las que cabalgan en la serie de olas denominadas por los marinos “las tres marías”. No debería pasarle nada a un barco avezado incluso a fuertes temporales después de 18 años de navegación. Pero es lo que tiene los imponderables del mar y de los barcos y del factor humano. Sobrevino la tragedia. A falta de saber la causa del naufragio, lo más fácil es especular que un imprevisible golpe de mar provocó un corrimiento de carga o una vía de agua abierta en algún fallo oculto de un casco con cerca de dos décadas de sobreesfuerzos (ej. soldadura abierta). También pudo ocurrir que el pesquero quedase sin gobierno por alguna avería en la máquina, en el servomotor… Y puestos a suponer, otra causa última sería un fallo humano por hacer alguna maniobra fallida en una situación ya complicada por las condiciones meteorológicas.
El testimonio de los tres supervivientes, entre ellos el patrón tras hablar con la naviera y sus abogados, el análisis de los datos trasmitidos a tierra cada 30 minutos por la Caja Azul (geolocalización satelitaria, velocidad y rumbo del pesquero) y los preceptivos análisis de la Comisión de Investigaciones de Accidentes Marítimos desvelarán -esperemos- qué pasó para que muriesen 21marinos. Lo cierto es que la situación de emergencia se dio a altas horas de la noche, a oscuras en el invierno del Atlántico Norte, cuando buena parte de la tripulación dormía y la mala mar dificultaría las operaciones de abandono del buque.
También es cierto que el antecedente de una tragedia equiparable en muertos en la pesca española se remonta nada menos que a 44 años, cuando en medio de un temporal murieron 27 de los 36 tripulantes de otro arrastrero, el MARBEL, contra las islas Cíes tras una explosión en la máquina varias horas después de zarpar de Vigo (29.01.1978). La salvedad es que por entonces la seguridad marítima estaba tan en pañales que no tiene nada que ver con la actual. Ha habido tal revolución en la seguridad de la vida en el mar que, aparte de impactar, la tragedia del VILLA DE PITANXO hasta cierto punto sorprende. El naufragio del MARBEL fue un escándalo porque desde que a las 20.40 se produjo la explosión de su máquina hasta que el pesquero se fue contra las rocas pasaron casi cuatro horas sin que se atendiese a tiempo siquiera las llamadas de socorro (Cruz Roja del Mar, la Armada… ni se enteraron) a pesar de que justo había dejado la ría de Vigo a la altura de cabo Silleiro.

Hoy sería impensable lo sucedido al MARBEL. Desde entonces han entrado en funcionamiento los satélites de salvamento Cospas-Sartat (era digital), los centros de coordinación para cumplir con el convenio internacional sobre búsqueda y salvamento marítimos, 1979 (Convenio SAR), la certificada formación teórica y práctica de todos los marinos en virtud del convenio internacional de formación y guardias (STCW), las boyas satelizadas a bordo (EPIRB) que dan la alarma automáticamente en caso de naufragio, la Caja Azul que controlan a los patrones de pesca para que cumplan con las normas en cuanto a capturas, pero también sirven de apoyo en caso de emergencia, la información meteorológica constante y exhaustiva, las balsas salvavidas cuyos containers se abren automáticamente al hundirse el barco, radiobalizas, trajes de inmersión para aguas frías, el GMDSS con la llamada selectiva digital… Esta panoplia de seguridad se complementa con eficaces equipos y estaciones de salvamento en tierra; y a bordo con uno y mil sensores y otros tantos y más procedimientos de ejercicios, mantenimiento, revisiones y checklist (manuales IMO). Hay en los barcos tantas medidas en materia de seguridad que hasta resulta difícil cumplirlas a los tripulantes. Súmale a todo ello las recurrentes inspecciones de los barcos en puerto y queda claro que formalmente poco más se puede hacer por la seguridad de la vida humana en los pesqueros. Que a pesar de todo no hay garantías lo corrobora la tragedia del VILLA DE PITANXO.
La seguridad simbólica
Las muertes y tragedias en el mar han pasado a ser mínimas si las comparamos con las acaecidas hace medio siglo. La revista “Hoja del Mar” (antecedente de la actual “Mar”) daba sin siquiera inhibiciones a principio de los años setenta las estadísticas de los marinos muertos cada año. Solían ser mayoritariamente pescadores y basta revisar dichas cifras, que sumaban a veces más que docenas, para ponernos los pelos de punta. Aun así, el mar sigue cobrándose su tributo por mucho que se intente evitarlo. Tanto más si parte de las medidas tomadas y medios disponibles con que prevenir las muertes a bordo acaban formando parte de la seguridad simbólica, esa con aspecto de que te va a salvar, de que servirá de algo, pero que uno es consciente de que si vienen mal dadas no hay nada que hacer. Algo así como las explicaciones con numerito incluido con que las azafatas nos entretienen y/o exasperan antes de despegar el avión. Es lo que pudo ocurrir en el naufragio del VILLA DE PITANXO.
Doy por seguro que ni su tripulación ni ninguna otra ha hecho un simulacro de abandono en circunstancias extremas. Por muchos ejercicios que se hayarealizado en los centros de formación marítima, en Bamio por ejemplo, o en los diversos tipos de buques, nunca se asumen riesgos, entre otras cosas, porque dichos ejercicios son proclives a sufrir percances si se hacen en serio. Es por eso, que la mayoría de los capitanes se conforman con arriar los botes hasta la cubierta principal y los hay que tienen bastante con despegarlos de los pescantes. Nadie quiere líos y menos cuando dichos simulacros interrumpen la siesta del domingo y van más allá de pasar lista y ponerse el chaleco, el casco… Encima, saldría oneroso si se emplease tiempo y medios para hacerlo en condiciones que no sean las óptimas: en puerto y con buen tiempo, y siempre con luz diurna. Más allá, ni siquiera se asumen riesgos en los centros de formación a pesar de que los que se ejercitan cuentan con monitores para que no les pase nada.
Esto explica que la tripulación del VILLA DE PITANXO estaba vendida. El arraigado fatalismo del marino aún tiene sus porqués. Tanto más cuando en dicho pesquero, supongo, no tuvieron tiempo para ponerse los trajes de supervivencia (los teletubis) imprescindibles para sobrevivir al menos un tiempo en aguas frías. Salvo que los tuviesen muy a mano y hubiesen practicado, resulta farragoso intentar ponérselo rápido. Los tres tripulantes que se salvaron -que según ABC llevaban puesto el traje de superviviencia), estarrían en el puente en el momento del naufragio, no tuvieron que participar en un premeditado abandono real del pesquero. Suerte tuvieron que horas después, tras amanecer, llegó el primer barco que faenaba en la zona, alertado por a la llamada de socorro recibida de las señales emitidas por las boyas satelizadas del pesquero naufragado.

