Con el título “Revisión crítica de la decisión del Ayuntamiento de Barcelona de retirar la estatua de Antonio López y López, marqués de Comillas”, el doctor Carlos Vallvé ha dado a la imprenta una breve obra relativa a la estatua de Antonio López que estaba frente al edificio de Correos, en el extremo marítimo de la Vía Layetana de la ciudad de Barcelona. Una obra que defiende con contundencia la memoria del naviero y rechaza las acusaciones gratuitas de que ha sido objeto por parte de Martín Rodrigo Alharilla, un connotado profesor de la UPF, al parecer despechado porque los herederos del marqués no se mostraron generosos con su trabajo, de modo que ahora destila una animadversión hacia el empresario inexplicable e inadmisible en un miembro de la comunidad académica.
Vallvé hace un esfuerzo didáctico para explicar que la participación de Antonio López en el comercio legal de esclavos en la Cuba de la primera mitad del siglo XIX no le convierte en un “connotado negrero”, pues negrero era la persona que transportaba nativos africanos desde las costas de aquel continente a los puertos de América, actividad a la que nunca se dedicó Antonio López.

El grueso de la obra de Carlos Vallvé está dedicado a demostrar que quienes acusan de negrero a Antonio López no sólo carecen de pruebas, lo que ya es de por sí muy grave, sino que ignoran las investigaciones históricas sobre el tráfico de esclavos en Cuba que ni siquiera mencionan al empresario Antonio López entre los traficantes; así por ejemplo la monumental obra de Hugh Thomas “La trata de esclavos. Historias del tráfico de seres humanos de 1440 a 1870”, Editorial Planeta, 1998.
La acusación de negrero a Antonio López está basada en insidias (“al parecer”, “todo indica…”) y en interpretaciones torticeras o directamente infundadas e ignorantes. Así por ejemplo las alusiones al vapor GENERAL ARMERO, colocándolo en el tráfico negrero, una actividad a la que, sencillamente, no pudo dedicarse por su construcción y armamento.
Naturalmente, el doctor Vallvé dedica una parte a criticar la decisión del Ayuntamiento de Barcelona, una decisión de claro sesgo ideológico populista, que pretende mirar al pasado con los criterios morales y políticos del presente. Una actitud que veda la comprensión del pasado y está condenada a convertirnos en analfabetos históricos.

