Las últimas proyecciones de crecimiento del Fondo Monetario Internacional (FMI), publicadas en la actualización de julio de 2026 del informe ‘World Economic Outlook (WEO)’, apuntan a una marcada desaceleración del crecimiento del volumen del comercio mundial, que pasará del 5% en 2025 al 3,5 % en 2026. Esta ralentización está fuertemente influida por el adelanto de los envíos de mercancías realizado previamente por los cargadores, el efecto macroeconómico negativo de los aranceles a escala global y las persistentes dificultades logísticas en las regiones afectadas por tensiones geopolíticas.

Así, las rutas comerciales tradicionales orientadas al consumo hacia Europa y Norteamérica muestran un deterioro de sus fundamentos, lastradas por el débil gasto de los consumidores, los elevados precios de la energía y otros factores. A estas dificultades estructurales, se suma el optimismo del escenario base del FMI, que asume una reapertura gradual del estrecho de Ormuz a partir de mediados de julio de 2026. A la luz de las recientes escaladas del conflicto, este calendario parece poco probable.
Ante este panorama, los expertos vaticinan que la industria marítima debe prepararse para afrontar interrupciones prolongadas en las redes de transporte, cuellos de botella estructurales en la oferta y un incremento de los precios de la energía a lo largo de 2026. Por este motivo, para hacer frente a estos desafíos, las navieras deberán mantener la flexibilidad, adaptando la capacidad disponible a los corredores tecnológicos de las rutas intraasiáticas y transpacíficas, al tiempo que ajustan el tamaño de las redes con destino a los debilitados mercados de consumo de Europa y Norteamérica.

