Saliendo de Alhucemas y tomando la nacional 16 hacia el oeste, es decir, hacia Ceuta, hacia Tetuán, hacia Tánger (cuatro nombres que llevamos, conscientemente o no, en nuestra mochila identitaria), nos desviaremos al cabo de unos kilómetros por una carretera rural, estrecha pero bien asfaltada, que discurre por el parque natural de Alhoceima, un ondulante bosque mediterráneo y que en un suave descenso final nos dejará frente a una playa limitada por acantilados rocosos. En el lado de poniente, tras una estrecha lengua de arena, dominando el panorama, nos encontraremos con un espectáculo visual tan magnético como intrigante. Es el Peñón de Vélez de la Gomera y sobre el brazo de playa que lleva hasta él, extrañamente visible, se destaca una fina línea azul en el suelo que contrasta con el color dorado de la arena. Estamos delante de la frontera más pequeña del mundo, 85 metros entre dos aguas, el lado de mar España, en el lado de tierra Marruecos.
Es algo difícil de definir: el peñón quiere ser amenazante y no lo consigue; los años y el mar trabajan incansables para hermanarlo con el entorno y tampoco. Nunca pretendió ser bello, pero irradia la belleza de un viejo y desatornillado luchador aún en pie. Por eso, los escasos visitantes que recalamos en la playa nos detenemos y desenfundamos los móviles para intentar captar lo que no se puede captar.
Es y ha sido una instalación militar, antaño tremendamente útil, primero para los piratas berberiscos y asimilados y luego, tras cambiar de manos varias veces, fue definitivamente ocupada por orden de Felipe II en 1564, cuando envió contra ella una potente expedición compuesta por más de 100 buques y 14.000 soldados. Desde entonces, nuestras crónicas no lo vuelven a mencionar hasta 1939, en que un terremoto derrumbó parte del acantilado más próximo al peñón y, desde entonces, dejó de ser islote para convertirse en la fotogénica península que podemos contemplar hoy.



Si en el siglo XVI su conquista mereció reconocimientos y condecoraciones, en el siglo XXI su emergente imagen es un desconcertante monumento al desencuentro crónico entre los dos lados de esta parte del Mediterráneo.
Me refiero a ese desencuentro que, entre otras muchas cosas, nos ha llevado a no mencionar, a casi borrar, siete siglos de historia de nuestro país donde centenares de espléndidos personajes, cuya fama, ya fuera por sus logros, ya fuera por sus obras y monumentos, alcanzaba todos los rincones del mundo y situaba a la Península Ibérica en todo lo alto de la Europa medieval. Un esplendor que sigue ninguneado en los planes escolares, sea cual sea el partido en el gobierno. Solo un ejemplo: pasamos por alto que cuando se inició la construcción de la catedral de Burgos, hacía 200 años que la Mezquita de Córdoba, con todo lo que comporta, había acabado su quinta ampliación. Se mire como se mire, tenemos una deuda enorme con nuestros antepasados de las otras religiones.
Hoy en día, el Peñón de Vélez de la Gomera no vigila ni protege absolutamente nada, pero un puñado de militares de nuestro muy católico ejército sigue habitando en esa roca y aunque, por un lado, esa experiencia les da un recuerdo muy especial y así lo manifiestan, por otro lado, la aislada fortificación nos evoca la historia de aquel sargento del ejército imperial japonés que, oculto en la selva de Guam, continuó durante años movilizado porque nadie le informó que la Segunda Guerra Mundial había terminado.
El caso es que en 2023, la frontera más pequeña del mundo, la que está señalada por un cabo de nilón azul sobre la arena, está permanentemente cerrada. Prohibido pasar.
Víctor Rubio
P.S. Ojalá, del árabe ‘inshallá’ (Dios lo quiera), que la frontera más pequeña del mundo se convierta un día en el punto de encuentro más amable del mundo.

