La estatua de Antonio López en Barcelona fue la primera que cayó en Europa relacionada con la trata atlántica y la única hasta que el reivindicativo Black Lives Matter afectó a varios monumentos de Gran Bretaña relacionados con el colonialismo y la esclavitud. Pasada esta ola de indignación, y sus excesos, la vituperada imagen del marqués de Comillas en la Ciudad Condal sigue siendo la excepción española, incluida Cataluña donde más mullido está el sentimiento antiesclavista. El monumento de Juan Güell y, menos aún, de Cristóbal Colón, no sufrieron ni una rayadura a lápiz ni se alteró el nomenclátor de Barcelona marcado por quienes se enriquecieron en Cuba mucho más que Antonio López. Es como si con la defenestración del naviero cántabro, en 2018, el Ayuntamiento y sus programas de memoria hubiesen colmado sus expectativas de ajustar cuentas con el pasado colonial y esclavista de la ciudad. Se habían cobrado su presa y ésta era lo bastante relevante como para darse por satisfechos por algún tiempo.
Una mirada retrospectiva desvela cómo se gestó en Barcelona el “Antonio debe caer”, por qué fue un caso único y, sobre todo, por qué acabó siendo una presa tan fácil que ninguna institución salió al paso para defenderla. La decisión del Ayuntamiento fue tan injusta y apelante que solo se impuso por la soledad de todo tipo que sufría la imagen de Antonio López. Su mundo ideológico y empresarial había desaparecido, pertenecía a otra época. El tronco de su familia López/Güell había dejado la ciudad, tal como confesó uno de sus actuales miembros: “No conozco Cataluña, ni reconozco Barcelona”. Y apenas quedaban las raspas de su elitista clase social marcada por la alta burguesía catalana cuyo poder económico le había conferido protagonismo político durante décadas (plutocracia, hasta 1931). Además, la resaca de su tiempo había dado paso al reflujo de valores traídos, entre otros, por la sesgada memoria histórica y por la creciente inmigración proveniente de excolonias esclavistas.
Antonio López no fue el primero ni el último de los que tienen un monumento en Cataluña tras empezar a enriquecerse en la Cuba esclavista. Antes que él hizo similar periplo Juan Güell i Ferrer (1800-1872), quien con su padre y luego por su cuenta hizo las Américas en Cuba, regresando definitivamente a Barcelona con 35 años, donde fundó empresas del sector metalúrgico y textil. Como ellos, docenas más, siendo Rómulo Bosch i Alsina (1852-1923) uno de los últimos de esta notoria saga. En su mayoría eran catalanes de orígenes modestos y, aunque poco o mucho se tiznaron con la esclavitud, predominaba entre ellos la mentalidad empresarial/comercial que no tenía por qué ser esclava de la trata ni tampoco de explotar ilegalmente a los negros.
Un ejemplo. Bosch i Alsina marchó a Santo Domingo y Cuba con 15 años y volvió a Barcelona antes de 1880, cuando empezaba el proceso abolicionista. No se le considera un indiano porque no despierta suspicacias el origen familiar y personal de su primera y nunca rastreada fortuna relacionada con la sociedad esclavista, por lo demás inevitable para cuantos hicieron negocios en ella. Sus años en Cuba son una incógnita, emborronada por su biógrafo Juan Potau Compte, y solo mal y de pasada incide en esa época su descendiente Lolita Bosch en el libro “La familia de mi padre” (2008). Aun así, su estatua erigida en la plaza Portal de la Paz (1992) no se ha librado del todo. La leyenda de su pedestal ha sido en alguna ocasión vandalizada con pintura roja.

El marqués de Comillas lo tenía mucho peor que Juan Güell Ferrer y Rómulo Bosch i Alsina. Fue gran empresario, magnate, aristocrático, monárquico, no catalán, orgulloso de ser español, enriquecido en Cuba y acusado de negrero. Con este perfil, su imagen estaba muy expuesta al vituperio en la revisionista Barcelona de izquierdas y nacionalista. Tenía todos los números en contra y además era la presa más fácil y de mayor monumentalidad de cuantos indianos de similar talante figuraban en el espacio público. Su cuñado Francisco Bru Lassús ya la había mancillado en 1885 al acusarle de negrero y los milicianos derribaron su estatua en 1936 por idéntico motivo, dijeron, aunque en realidad fuera porque representaba los valores sociopolíticos que detestaban.
Estaba ya señalada, picada y debilitada para quienes en el siglo XXI buscasen un cabeza de turco para ajustar cuentas por los peores aspectos del colonialismo, de la esclavitud, de la revolución industrial, de la Restauración y de la aristocrática burguesía catalana no nacionalista. Le tocó a Antonio López. Solo a él. Estaba indefenso porque ninguna institución pública o privada le consideró de los suyos y resultaba indefendible desde que, con una campaña institucional y mediática, se le consideró negrero sin lugar a dudas.
La patria de uno es su niñez
Un factor que socavó la estatua del naviero cántabro radica en la pérdida de anclajes afectivos. Su monumento no había garreado, más bien sus familiares y la ciudad se fueron alejando del mismo. El primer marqués vivió y murió en Barcelona, en el centro-centro desde que las desamortizaciones plagaron las Ramblas de edificios señoriales y entes sociales (El Liceu). Compró el Palacio Moja (1870) para tener una pátina aristocrática como el que más y vivió allí a la vista de todos porque en aquella época los más pudientes habitaban en entornos próximos a las capas populares; no como hoy en guetos de lujos y lejos de todos los desheredados y de todo que les incomode.
Su hijo Claudio se fue alejando del palacio Moja conforme metía en él alguna que otra sede empresarial y desde 1890 pasaba cada vez más temporadas en su residencia de Madrid, donde falleció en 1925. Sus restos fueron llevados a Comillas. Juan Antonio Güell López, tercer marqués de Comillas, residió en Barcelona, de casado más bien en la Torre Güell (Sarria); y en el palacio Moja, tras su separación de Virginia de Churruca, hasta que estalló la Guerra Civil. No volvió a Barcelona, se autoexilió a medias, y murió y fue enterrado en Mallorca (1958, Cala d´Or). El actual marqués, Alfonso Güell Martos, doy por sentado que no tiene una estrecha relación afectiva con Barcelona ciudad.
En realidad, Antonio López por muy catalán de adopción que fuese, no era como las vacas, de donde pace, sino que a lo Rilke él sintió que “la verdadera patria de un hombre es la infancia”. Empezó en vida a dejar anímicamente Barcelona al iniciar en Comillas el palacio de Sobrellano y la iglesia/panteón familiar. Sus restos, junto con los de su hija Luisa, muerta en Barcelona en 1873, salieron para Comillas a finales de 1883, once meses después de morir él. Su esposa y tres de sus cuatro hijos están enterrados en dicha ciudad cántabra. Su otra hija, Isabel, está sepultada en Barcelona junto a su esposo Eusebio Güell y a su suegro Juan Güell Ferrer en el monasterio de Pedralbes, pues por algo a principios del siglo XX fue restaurado por los Güell-López. Y para cuando en 1969, los Güell/López se desprendieron del Palacio Moja, lo habían vaciado hacia Comillas de sus pertenencias afectivas que hubiesen reunido allí tras haber sido arrasado y saqueado durante la guerra civil, pasando lo mismo con el palacio Güell, adquirido en 1945 por la Diputación de Barcelona.

También es indicativo que Carlos Güell de Sentmenat (1930-2012), último exponente de la estirpe Güell/López con proyección pública y política, viviese y muriese en Barcelona y, sin embargo, sus restos descansen en Comillas. No fue, pues, por falta de presencia de la saga Güell/López en Barcelona que retiraron la estatua del antepasado. La generosidad de Isabel López Bru teniendo diez hijos daba para mucho, y hoy no faltan sus retoños en Barcelona. Pero, supongo, que por muchos apegos que tengan a la ciudad, estos carecieron de suficiente relevancia para hacerla efectiva cuando estuvo en liza la imagen de su tatarabuelo Antonio López. Les quedaban aún más lejos los centros de poder en Cataluña que su magnate ascendiente. La retirada de la estatua de Antonio López confirmaría la actual irrelevancia política de una distinguida familia que lo fue todo en Barcelona.
Para el primer marqués de Comillas, su patria era la niñez. Y no sólo para él. Hay descendientes de los López/Güell y de sus colaboradores que mantienen querencia por Comillas, residan en Madrid, en Barcelona… Por lo mismo, la estatua del marqués fue retirada en la Ciudad Condal, mientras sigue firme en Comillas (reproducida en piedra por Frederic Marés tras haber sido derribada la original y fundido su bronce en 1936).
Podría decirse que los primeros marqueses de Comillas vivieron de paso en Barcelona y con el tiempo la ciudad se ha ido desentendiendo de ellos. Esto no debería influir tanto en la permanencia de un monumento que por derecho propio debería seguir en pie para agradecer, o al menos recordar, el fuerte dinamismo empresarial y cultural que Antonio López le imprimió. Es el caso de Cádiz, sede también de sus intereses marítimos (astilleros), que mantiene a Antonio López en el nomenclátor, su estatua sigue en el antiguo dique seco de Puerto Real y hace no tanto que el Ayuntamiento de Cádiz ha remozado en la Alameda de Apodaca el monumento de Claudio López, su hijo. Sin embargo, la soledad afectiva del marqués de Comillas en Barcelona contribuyó a dejar en el aire su imagen cuando arreció el vendaval contra los símbolos no gratos al poder que ahora gobierna.
Un empresario desubicado
Antonio López carece de una buena biografía y pertenece a una época tan remota que sin pruebas cualquiera tiene la ocasión de desfigurar su imagen a nada que le condenen por enriquecerse conforme a la escala de valores morales del siglo XIX. Prueba de ello fue el acto protagonizado por los sindicatos UGT y CC.OO. ante el monumento de Antonio López para reivindicar el trabajo digno (2010). De paso, pidieron al Ayuntamiento de Barcelona que retirase su estatua por haber sido negrero. Quien creó decenas de empresas y en Barcelona fijó la sede de las más importantes, con lo que esto supone de puestos de trabajo y de buenas condiciones laborales para su tiempo, hete aquí que los sindicatos mayoritarios le acusaron 130 años después de explotación laboral arguyendo su presunto pasado negrero.
Si este acto intersindical contra él hubiese sido en vida del empresario, incluso décadas después de muerto, es de suponer que los trabajadores del Grupo Comillas habrían salido a defenderle. Tanto UGT como CC.OO. juegan con ventaja contra el marqués de Comillas porque ni él, ni sus empresas, ni sus asalariados tienen la oportunidad de desdecir a los actuales sindicatos. No existen. El holding fundado por Antonio López dio sus últimos estertores a caballo del siglo XXI cuando la Cía. General de Tabacos de Filipinas empezó a fusionarse con multinacionales de Holanda y Estados Unidos. Su sede en Barcelona es hoy el Hotel 1898, todavía con reminiscencias de su pasado empresarial, destacando su nombre en la fachada lateral, pero sus trabajadores dejaron el edificio no sin protestar cuando la sede pasó a Madrid.

Y qué sentido tiene hacer ese acto sindical frente al monumento del marqués de Comillas cuando ni sus empresas, ni las presididas por su heredero Claudio López, figuran en los conflictos sociolaborales que asolaron Barcelona desde que se fundó la naviera (1857) hasta la proclamación de la II República, pasando por la Semana Trágica, el pistolerismo y la dictadura de Primo de Rivera. Habría tenido alguna justificación, siquiera un mínimo más, haber reivindicado el trabajo digno ante la estatua del empresario del textil Juan Güell Ferrer, uno de los protagonistas de la primera huelga general en España contra los abusos laborales. No fueron los marqueses quienes perjudicaron a sus trabajadores del Grupo Comillas, sino la República, que de golpe y porrazo ajustó cuentas a sus empresas, en especial a la Compañía Trasatlántica, incluso desbaratando su mutua de pensiones, lo cual afectó a gente tan humilde como la madre del poeta Joan Salvat-Papasseit, cuyo marido había muerto en accidente laboral siendo fogonero en un trasatlántico de la naviera.
Los grandes sindicatos se apuntaron el tanto fácil de celebrar ese acto reivindicativo ante el monumento de Antonio López. No tenían pruebas contra él, ni de sus negocios en Cuba ni de su holding en España, pero al acusarle de negrero fueron decisivos para dar un duro golpe al monumento dedicado a quien, probablemente, más puestos de trabajos dignos había creado en la Barcelona de su tiempo. UGT y CC.OO., al dejarle a los pies de los caballos, contribuyeron sobre manera a que Antonio López fuese presa fácil para quienes quisieran derribarle. También su historiador de referencia fue más que decisivo, pero esto es tema aparte.
Y no son los únicos que aprovecharon que Antonio López sea un personaje desubicado para exponerle a la incomprensión, a la agresión simbólica y a la desvalorización de sus logros. Estaba expuesto a la precariedad, pues incluso la naviera Trasatlántica, su mascarón empresarial, sólo navega ya en la memoria casi medio siglo después de que la familia Güell/López dejase su timón en 1974, al poco de estallar la crisis del petróleo que dio al traste con la gran mayoría de las venerables navieras europeas. En el siglo XIX, había sido el revulsivo de la marina mercante española y durante décadas la naviera hegemónica, pero se nacionalizó (1978), se privatizó (1994), se diluyó en otras enseñas (Naviera Odiel, 2003) y quebró (2012). Se saldaron algunos flecos hasta 2015, luego nada quedó. Ni restos del naufragio.
Lo mismo pasó con su emporio financiero, Banco Hispano Colonial, hoy reconvertidas su sede y sus siglas en el hotel Bcn Hotel Colonial. Que las antiguas sedes empresariales de los López hayan pasado a ser hoteles o centros relacionados con el turismo y cultura (Palacio Moja), confirma el cambio de modelo económico de Barcelona y marcan dónde están los cimientos de la actual prosperidad de la ciudad. Patente en el desaparecido puerto comercial que hasta las Olimpiadas 92 estaba entre los silos graneleros Condeminas y la Barceloneta, hoy zona predominante para el ocio y turismo.
Un cuarto de siglo antes de que retirasen la pétrea mirada de Antonio López ya había desaparecido de su vista, a lo largo del Paseo Colón, la pléyade de reclamos visuales sobre navieras, agencias, consignatarias y seguros marítimos, publicaciones (El Vigía, Marítimas), consignatarias y demás empresas relacionadas con la marina mercante. En una fachada aún puede leerse “Condeminas”, sin referencia a la agencia marítima. Todo se ha ido lejos hacía el Llobregat, empujando a su paso también la bocana sur del puerto e incluso la desembocadura del río. Pero aquel mundo de la marina mercante que presidía la estatua de Antonio López no ha recalado en el actual puerto comercial, escondido de la vista de la ciudad tras el saliente de Montjuic. Barcelona ya no tiene navieras, ni armadores, ni astillero, ni agencias de embarque… y apenas puede contar con barcos y marinos españoles. Queda la Facultad de Náutica, aunque amenazada su sede de Pla de Palau por ocupar, desde 1932, un lugar de privilegio.
Desaparecido su holding naviero, empresarial y financiero, su monumento quedó expuesto al no haber en Barcelona sedes, ni empleados, ni el glacis de la marina mercante catalana que clamasen a su favor. Durante más de un siglo, sus empresas habían creado innumerables puestos de trabajo, pero los sindicatos se lo pagaron con abierta hostilidad al dejar su monumento señalado para quien viniese a por él, sea para vandalizarlo con grafitis, sea para vindicarse con actos y manifestaciones contra la explotación laboral, el racismo, el colonialismo… Fue este un persistente trabajo de zapa, también sindical, que durante más de dos décadas minaron los fundamentos de la imagen del marqués de Comilla antes de que fuera retirada con suma facilidad la estatua de Antonio López.
Una élite fuera de juego
Antonio López fue presa fácil del Ayuntamiento de Barcelona, sobre todo, porque quienes más poder y motivos tenían para defenderlo callaron; repito, callaron. Ni se posicionaron. Me refiero a los grandes empresarios catalanes y a sus organizaciones Fomento del Trabajo, Círculo de Economía, Cámara de Comercio… No dio la cara ni Fomento del Trabajo a pesar de que fue quien promovió el monumento al marqués de Comillas. Cobardía, incompetencia, dejación de funciones, inoperancia… Estaban fuera de juego.
La retirada de la estatua del marqués de Comillas retrató las carencias que adolece la burguesía catalana, las mismas que se han patentizado a resultas del procés, estuvieran sus miembros a favor o contra del mismo. Que la demolición de la imagen de Antonio López fuera coetánea con el proceso independentista recalcó el perfil distorsionado de que adolecen las clases adineradas catalanas. No encaja la visión y misión que deberían asumir como élites con su renuncia a implicarse más y más abiertamente en el debate político. La peculiar discreción en sus vidas personales y familiares la han traspuesto a la vida pública. Y eso es un error pagado por todos y una trampa para ellos mismos.
Vale que a esta clase social le pille Antonio López a trasmano en bastantes aspectos políticos e ideológicos, pero en lo fundamental él sigue siendo para ella uno de sus insignes. Figura en todas las listas catalanas de egregios burgueses y capitalistas, y en la exclusiva de “los cinco grandes” empresarios que pusieron las bases del pujante desarrollo de Barcelona, junto a Manuel Girona, Eusebio Güell, Manuel Arnús y Eusebio Bertrand, apellido del que el irónico Arnús decía que llevaba la “d” de dinero. Y aunque a diferencia de estos, López no fue catalán ni hijo de empresario adinerado, se convirtió en el referente para los emprendedores de Cataluña. Sin embargo, a la hora de la verdad le dejaron solo, a su suerte, cuando el Ayuntamiento de BComún vino a prenderle para llevarlo al Gulag del Muhba en la Zona Franca.

Por intermediación envié en septiembre de 2018 un e-correo a Fomento del Trabajo preguntando si habían tratado el caso del marqués de Comillas en la Junta Directiva y en el Comité, y qué gestiones habían hecho al respecto. También deseaba conocer qué pensaban en Fomento de que, por esas fechas, tantos connotados empresarios catalanes fuesen acusados de negreros. No obtuve respuesta. Tampoco tuve suerte en el Círculo de Economía. Tras idas y vueltas a su sede, tras cruces de e-correos, fui recibido a tono con este tipo de entes que guardan las buenas formas tanto como la buena información interna. Salí de panoli con un libro de autobombo sobre los 50 años del Círculo. O séase, nada que hiciese referencia en ese centro a la controvertida imagen de Antonio López.
Retiran del espacio público la estatua más antigua y monumental de un empresario en Barcelona, acusándole sin pruebas de negrero, y ambos entes de la gran patronal se toman esta afrenta como si no fuese con ellos. ¿Qué explicación tiene? Es un fingido nonchalant y/o el temor a significarse y/o la actitud inane de quien renuncia a tomar iniciativas. El tema da para tanto que dedico todo un capítulo al protagonismo político de la élite empresarial catalana desde que Antonio López de afincó en Barcelona hacia 1853 hasta que retiraron su estatua en 2018: orto y ocaso de una burguesía que de marcar el rumbo inicial y coger el timón de la Cataluña moderna ha acabado en el cuarto de derrota, con sus foros de opinión, de debates y de propuestas al dialogo. Es decir, sobre qué deben hacer otros, los demás, mientras ellos miran por sus negocios y por lo que puedan salvar en caso de naufragio (estampida de empresas fuera de Cataluña con ocasión del procés).
La estatua de Antonio López fue retirada en 2018 porque la élite empresarial que él coadyuvó a crear llevaba justo un siglo perdiendo impulso político, primero a la defensiva y desde 1931 en fuera de juego permanente. Sus insalvables dificultades venían de muy atrás. La exitosa revolución industrial catalana se pagó con unos problemas y conflictos que ni la burguesía ni el proletariado fueron capaces de resolver mejor porque, entre otros motivos, eran inéditos. La lucha de clases entró así en el cuerpo a cuerpo del pistolerismo (1918-23), una tragedia zanjada con la dictadura de Primo de Rivera y de la cual la alta burguesía no tuvo nunca una favorable puerta de salida. Quedó fuera del juego político en la República, en la Guerra Civil, en el Franquismo, en la Transición, en la Democracia.
La Guerra Civil descabezó brutalmente a esta clase burguesa, también simbólicamente con el derribo de las estatuas de Antonio López, de Juan Güell, de Manuel Arnús (en Badalona). La de Manuel Girona Agrafel no cayó porque no tenía estatua pública, sino un sepulcro en el claustro de la catedral de Barcelona, pero su saga masculina fue tronchada en 1936 cuando su nieto Jorge Girona Salgado fue asesinado y hecho desaparecer por las checas. Algo similar sucedió con Rómulo Bosch i Alsina (1852-1923), otro prohombre de la Restauración impulsor del auge económico de Cataluña. No tenía estatua en 1936, pero su hijo y heredero empresarial Rómulo Bosch i Catarineu fue acribillado en plena calle en marzo de ese año conforme al clima prebélico en Barcelona. La ciudad llegó a ser anarco-comunista.
El franquismo restituyó la mayoría de las estatuas derribadas, pero sin el esplendor que tenían, como a desgana, porque poco debía a la burguesía catalana. La mayoría de las ejecuciones sufridas por ésta en la retaguardia republicana de Cataluña no fueron por haber apoyado el golpe de Estado, sino por pertenecer a la aristocracia o a la alta clase social, a lo Robespierre y Lenin. Por tanto, el título del libro de Esther Tusquet “Habíamos ganado la guerra” (2007) es una ensoñación, pues apenas si se habían recuperado gracias a la victoria franquista. La singular imagen de la crème barcelonesa en El Liceo, brazo en alto a lo fascista, dejó claro quién había ganado la guerra y quienes se lo agradecieron con ese gesto impostado.

La alta burguesía, en buena parte y con más o menos entusiasmo, se avino al dictado del vencedor. No siendo tiempo para hacer política, algunos de sus cachorros, tal que Carlos Ferrer Salat, Carlos Güell de Sentmenat y Joan Mas Cantí, tomaron la iniciativa de prepararse para pilotar el futuro de Cataluña en la estela del historiador Jaume Vicens Vives (1910-60). De haberse impuesto, la estatua de Antonio López seguiría hoy donde estaba. Eran los años cincuenta, tiempo de sobra para echar las bases y remozar los valores liberales, conservadores y catalanistas de sus envejecidos parientes, caso del tercer marqués de Comillas, Juan Antonio Güell López. A toro pasado, se puede opinar que empezaron sin convicción, acomodados. Para que su asociación pasase desapercibida la llamaron el club “Comodín”. Vendría a ser un acto fallido, un lapsus, no tanto por su relación semántica con cómodo, sino porque en la baraja el comodín es la carta que no tiene un valor fijo, al ser intercambiable por cualquier otra dependiendo de la jugada en curso.
De todos modos, el comodín dependía de un reparto de cartas en el que ellos, para entonces jóvenes empresarios de la alta burguesía, incidieron menos de lo esperado. Siguieron relativamente fuera de juego porque las principales partidas se libraron donde menos fuerza tenían: en plena calle (movilizaciones y asociaciones de vecinos) y en la mesa del irredento nacionalismo catalán. Ni fueron protagonistas en la Universidad (La Capuchinada, 1966). Aun así, fundaron partidos, influyeron en el curso de la Transición, obtuvieron representación política, ocuparon cargos relevantes…, bazas importantes que conforme pasaban los años se quedaron en restos, porque acabaron desbordados por un devenir que nunca tuvieron oportunidad de controlar.
¡Qué diferencia con Òmnium Cultural! (1961), también una asociación tapadera durante la dictadura franquista para después, en democracia, acabar marcando el paso del procés y de las manifestaciones multitudinarias. Mientras Òmnium llenaba las calles y mantenía la iniciativa política, el alma mater del Círculo de Economía, Carlos Güell de Sentmenat, se preguntaba un mes antes de morir “¿Hacia dónde vamos?” (La Vanguardia, 8.11.2012). No tenía comodines para salir del paso y encima venía a sincerarse asumiendo que su clase sociológica, hasta cierto punto heredera de los López/Güell, seguía fuera de juego.
Su hija Isabel Güell López aporta en su libro “La redacción del padre” (2018) suficientes datos y autenticidad para entender mejor el destino de una ilustre familia y de un sector de la clase alta catalana que en la práctica acabaron desmarcados en política. Sería el epílogo de 175 años, desde que Juan Güell echó en Barcelona las bases de una fructífera burguesía que se expandió y cohesionó durante décadas, también en el resto de España.
Su crepuscular reflejo sería hoy el Círculo de Economía con sus 35 reuniones anuales en Sitges, foros de debates y diálogo, coloquios, exposiciones, nutrida agenda… mucho traje y corbata, invitados e intervinientes de relumbrón…; total, para esto; para que este lobby empresarial catalán siga, si cargo mucho las tintas, con sus dimes y diretes en el cuarto de derrota, sin acceso al puente de mando, mientras Cataluña zozobra y su paz social puede irse al garete.
Esta marginalidad política de la élite catalana explicaría su pérdida de cohesión y de iniciativa en la escena pública, su temor/recelo evidente en la huida de las sedes corporativas a otras partes de España y, dada su clientelismo y dependencia económica de la Generalitat, su humillación con el 3% si tamaña corrupción político-empresarial estuvo generalizada.
La élite empresarial catalana no estaba en condiciones para defender a Antonio López. Tiene el recelo encostrado. Si el atentado anarquista del Liceo (1893) confirmó quién iba a ser su implacable enemigo hasta 1939; los asesinatos de José María Bultó, en 1977, y al año siguiente, de Joaquín Viola y de su esposa Montserrat Tarragona, los tres a manos del terrorismo catalán, anticiparon que, a pesar de las divergentes posturas de sus miembros ante el nacionalismo, el secesionismo/independentismo sería su más serio desafío local. Lo delatan el desconcierto y la falta de protagonismo colectivo ante el procés. Y la imagen indefensa del marqués de Comillas supuso, más de lo mismo, el ninguneo que sufre una élite económica incapaz de chistar ni a favor del monumento más antiguo y sobresaliente del empresariado catalán.
Nuevas miradas a viejas estatuas
La imagen de Antonio López fue también presa fácil porque se cebaron con ella una interpretación vindicativa de los derechos humanos y las miradas inquisidoras de los inmigrantes, provenientes de las excolonias, que cuestionaron el enaltecimiento simbólico y público de los imperios ultramarinos. La rauxa de la izquierda contestataria hizo el resto al esgrimir la memoria histórica para un ajuste de cuentas que también abarcaba la esclavitud y el colonialismo. La confluencia de estos planteamientos en Barcelona fue decisiva para que el Ayuntamiento de BComún retirase la estatua del marqués de Comillas.
No hay ley en España ni tratado internacional que obligasen a eliminar del espacio público los símbolos relacionados con la esclavitud, el colonialismo y el imperialismo. Tampoco había pruebas contra el marqués de Comillas. Para echarlo abajo hubo que recurrir a una decisión política, con el riesgo que esto comporta de implicarse a fondo con una larga e intensa campaña de propaganda no exenta de graves manipulaciones y parcialidad. Lo consiguió también porque la controversia sobre Antonio López llevaba tres décadas removida por grupos panafricanistas que criticaban “el racismo institucional” del que, según ellos, adolecía España.
Alphonse Arcelín (1936-2009), médico haitiano, residente en Cataluña y político del PSC, abrió la brecha que minaría la imagen de Antonio López. Antes se había apuntado el tanto muy válido de retirar del Museo Darder de Banyoles al negro disecado. No le fue sencillo, dada la oposición popular de una ciudad que consideraba al bosquimano parte de su patrimonio y, poco menos, que un símbolo de su identidad. El negro disecado fue primero apartado de la vista en 1991 y luego sacado a escondidas del almacén del museo para ser enterrado con toda dignidad y honores en su Botsuana (2000). Arcelín nos hizo ver que la exposición, como curiosidad, de un negro disecado atentaba contra la dignidad humana porque suponía un trato vejatorio para cualquiera y, encima, era un acto racista ya que no le habría sucedido lo mismo si esa persona hubiera sido de raza blanca.

La celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América también incidió en la imagen de Antonio López al cuestionarse el colonialismo y sus hijuelas de conquista, sometimiento, esclavitud e imperialismo. Por si fuera poco, la Conferencia Mundial contra el Racismo (Durban, Suráfrica, 2001), auspiciada por la ONU, puso negro sobre blanco los delitos de lesa humanidad de la trata y la esclavitud, así como la obligada reparación del daño hecho. Esta conferencia, y más aún las siguientes Durban II y III, acabaron en polémicas y en países que la boicotearon. Pero sacó a la palestra el enorme crimen de la esclavitud y propició al respecto sitios de la memoria, museos, rutas de los esclavos…
Nada sería igual. Tampoco para Antonio López, porque en Barcelona tomaron su monumento como el destacado chivo expiatorio más a mano. Si antes de Durban I, ya era punto de encuentro para manifestaciones y actos antirracistas, protagonizados por la creciente inmigración no blanca, después se iría celebrando allí cualquier acto contra la xenofobia, la discriminación, la explotación laboral, los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE)… Y, claro, por la misma se vandalizó varias veces el monumento con pintadas de “negrero”. Me reuní en SOS-Racismo para recabar pruebas de que Antonio López se dedicó a la trata, dado que esta ONG había pedido al Ayuntamiento retirar su estatua. No tenían. Ninguna.
Detrás de tantas movilizaciones y grafitis sólo había activistas dispuestos a cobrarse una pieza más y todavía más importante que la del negro de Banyoles. Lo lograron, no porque tuviesen razón, sino porque desde 1988 se lo habían currado, nadie les había salido al paso y encima el Ayuntamiento de Barcelona les favorecía abiertamente desde que en 2010 cambió el nombre de la avenida Antonio López por la de Francesc Ferrer i Guardia (1859-1909), pedagogo librepensador, ejecutado como cabeza de turco a causa de la Semana Trágica. Quedaba así abierta la veda contra el monumento de Antonio López.

