Digamos que era un día de principios de abril de 1971. La turbonave PEDRO DE ALVARADO, con doce alumnos de puente y uno de maquinas a bordo, se encuentra fondeada frente a Porto Amboim, Angola, dispuesto para cargar unas 2.000 toneladas de café destinadas a puertos españoles e italianos. Tardaron varios días en tener la carga preparada y listas las lanchas y remolcadores que habían de abarloarse al PEDRO DE ALVARADO para transbordar los sacos a las bodegas mediante los puntales del propio buque.
Los alumnos, jóvenes ansiosos por conocer (algunos incluso por aprender), saltaron a tierra en cuanto tuvieron una embarcación con el plácet del capitán, un tipo serio, gran profesional. La playa les pareció un paraíso, las mujeres, jóvenes y no tan jóvenes, una promesa de intensos placeres.
Poco más se podía hacer que merodear al sexo femenino, nadar entre olas y tomar el sol, poca cosa para aquellos jóvenes bien alimentados, hambrientos de experiencia. Uno de ellos propuso volver al barco a nado, unos 800 metros de mar casi en calma. Aceptó el reto otro descerebrado, o mejor con cerebro machote. Ambos alumnos salieron animosos de la arena caliente y se adentraron en el agua azulina. Mientras avanzaban hacia el barco sentían la fuerza de la corriente que los alejaba de la línea recta entre la playa y la nave.
Nadaron con fuerza y finalmente uno de ellos llegó a la escala real tendida hasta el nivel del agua. Exhausto no valoró que buena parte de la tripulación, con el capitán a la cabeza, le gritaban con grandes aspavientos. Al llegar al portalón, el capitán se adelantó, lo cogió con fuerza del brazo y le espetó: ¡Mira, mira!

El alumno miró y atónito vio un mar infestado de aletas de tiburón que se movían sin orden hasta el horizonte. Y observó que una lancha había salido en busca de su compañero, incapaz de seguir venciendo a la corriente.
Me explicó un día el alumno que, por suerte, él no vio ningún tiburón mientras nadaba, absorto como estaba en llegar al barco contracorriente. De haberlos visto, la impresión, el miedo, le hubiera paralizado.
Muchos años después, en una comida de capitanes y pilotos en Madrid, se le ocurrió mentar ese episodio, despojándolo de la angustia de vencer a la corriente cuando apenas le quedaban fuerzas. Sólo había nadado entre tiburones sin saberlo, algo asombroso porque desde el barco se podía observar el enjambre de aletas cortando el agua. ¿Cómo no habían tropezado con alguno de ellos? Uno de los asistentes, viejo conocido desde que ambos coincidieron de agregados en el PEDRO DE ALVARADO y desde hace tiempo hermano en las redes sociales, le dijo: ¡Joder! ¿No te acuerdas? Fui yo quien compartió esa aventura.
No se acordaba, me dijo, pero pudo ser él. Era él, Félix, seguro. Ambos nadaron entre tiburones, animales estos de muy poca vista, animales aquellos capaces de jugarse la vida por nadar, es decir, por nada.
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