En Derecho se conoce como prueba diabólica o prueba inquisitorial la obligación de demostrar algo que no existió, como que Antonio López no fue negrero. La carga de la prueba recae sobre quien acusa. Alharilla, carente de pruebas y de indicios sólidos, utiliza este truco para relacionar al comillano con connotados y con presuntos negreros. Esta artimaña, constante en sus obras, contribuye a hacernos creer que Antonio López se enriqueció con la trata. No le basta con destacar que éste, como tantos otros, hubiese medrado en una sociedad esclavista y permisiva con el tráfico de esclavos, se empeña en codearle con relevantes personas, alguna negrera, por el simple hecho de coincidir temporalmente en la capital cubana:
Apenas hay testimonios que nos ayuden a conocer hasta qué punto aquellos cinco jóvenes se llegaron a tratar en La Habana. Aun así, las pocas noticias que tenemos invitan a pensar que probablemente López, Manzanedo, Zulueta, Sotolongo y Calvo se conocieron entonces, siendo bien jóvenes, y que en La Habana tejieron una serie de lazos personales y de confianza que les acompañaron durante la madurez vital y hasta el final de sus días (2021:41).
Este párrafo es una fantasía novelada. Ni fechas de cuándo ni motivos ni nada de nada que respalde semejante relato. Viene a cuento a modo de confabulación, dejando caer su certeza de que a la postre todos ellos tuvieron relaciones empresariales también en el tráfico de esclavos. El que coincidiesen durante un tiempo en la misma capital no prueba ni siquiera que se conociesen. El caso es arrojar sombras. La táctica del fango que describió Umberto Eco en “Número Cero”.

Lo mismo vale respecto a los Samá. Hasta la década de 1860, que se sepa, no mantuvo con ellos relaciones empresariales en Cuba y, en todo caso, estas fueron ajenas al tráfico de esclavos. Caso distinto fueron Manuel Calvo Aguirre y Ramón Herrera San Cibrián, con quienes López mantuvo fuertes lazos de amistad y en ocasiones negocios conjuntos durante la etapa de López en Cuba. Falta por demostrar que ambos estaban relacionados con la trata, aunque les persiguen algunas sospechas más o menos fundadas. Aun así, estaría por ver si se implicaron en ello junto a Antonio López.
Con similar insidia se empeña Alharilla en vincular la riqueza de López con los supuestos negreros Domingo Antonio Valdés, Antonio Vinent, los Abarzuza, Eusebio da Guarda, Noriega… sin probar apenas ligazón con ellos respecto al tráfico de bozales. Alharilla mezcla de forma obscena el brumoso pasado de éstos con las relaciones colaterales o posteriores que López mantuvo con tales empresarios. Sería otra prueba diabólica que obligaría a demostrar que López no mantuvo relaciones negreras con ellos.
Es el caso de los Abarzuza, los primeros agentes marítimos en Cádiz de la naviera “A. López y Cía” (1862). Entre su probable pasado negrero y sus relaciones empresariales con el armador cántabro dista un cuarto de siglo. Tampoco es de recibo que Alharilla involucre a López con los negocios negreros de los Samá y de Julián Zulueta. Con los primeros no tiene intereses comunes hasta que en 1862 entró en servicio el correo marítimo a las Antillas y los barcos de López necesitaban en La Habana del carboneo y del varadero gestionado por los Samá, cuando a esas alturas la trata de esclavos sería cosa del pasado para esta saga familiar. Más claro aún resulta el caso de Julián Zulueta, con quien López no compartió intereses empresariales y políticos hasta 1868. El tráfico de esclavos había terminado dos años antes y, de todos modos, no hay el menor indicio de que con anterioridad Zulueta y López compartieran negocios relacionados con el tráfico de esclavos.

Tampoco existe ligazón entre el comillano y la media docena de consorcios que controlaban la trata en la época en que López residió en Cuba. De las personas más vinculadas a Antonio López (Antonio Domingo Valdés, los Bru, los Eizaguirre, Manuel Calvo, Ramón Herrera, los Satrústegui, Santiago García Pinillos, José Gayón y demás socios del vapor GENERAL ARMERO) sólo pesan sospechas de negreros en activo sobre Manuel Calvo y Ramón Herrera. Pero tampoco hay constancia de nexos de López con ambos en relación al tráfico de esclavos a pesar de que Calvo figura de testigo en las escrituras de la sociedad del vapor GENERAL ARMERO y Herrera en la ruta marítima de su naviera por el sur de Cuba cuando López hacia la del norte. También es problemático el caso de Antonio Domingo Valdés, pues analizando a fondo las fuentes que sobre el papel podrían avalar, siquiera mínimamente, las acusaciones vertidas por Alharilla en su último libro, se infiere algo bien distinto..
Los hechos documentados desmienten la novela disfrazada de Historia que Alharilla inventa para relacionar a López con la compraventa de bozales. Tanto él como sus socios y amigos se casaron con mujeres de familias desvinculadas del tráfico de esclavos. Si hubieran ejercido de negreros, alguno que otro habría seguido la práctica endogámica de casarse entre ellos para consolidar y acotar la trata en pocas manos. Nadie del círculo de familiares, socios y colaboradores de López se emparentaron con connotados negreros. Él mismo lo hizo con la rica criolla Luisa Bru ajena, que se sepa, a la trata; y así todos. Lo mismo vale para sus negocios. Hasta pasado 1862 no tuvo nexos empresariales con los otrora involucrados con el tráfico de esclavos, salvo con Domingo Valdés. De haber amasado su fortuna con la trata resulta muy raro, por no decir imposible, que no hubiese datos, documentos, o al menos indicios más firmes que los publicados por Alharilla. También hay que valorar que un negrero, si López lo fuere, no abandonaría este negocio justo cuando empezaba el último boom del tráfico de esclavos (1853-1863) tras aprovechar, presuntamente, la década que estaba en mínimos, la peor.
Antonio López, además, no sigue la tendencia de los negreros cubanos a ocupar cargos públicos y a participar en entes privados de índole económica, cultural, de beneficencia…, un modo de mostrar fachada de respetabilidad y honorabilidad, protegiéndose así con resortes de poder que les asegurasen contactos e impunidad. Él no aparece en ningún colectivo cubano. Da la impresión de que López se comportó allí como un empresario serio, muy centrado en sus negocios. Tampoco al llegar a la Península ocupó cargos de tal índole. Solo más tarde, de paso y en contadas ocasiones, ostentó poder político institucional o presidió entes asociativas, al contrario que, por ejemplo, Juan Güell o Manuel Girona. Fue mayor hombre de negocios que ambos. Lo suyo fue la empresa, y por lo que demostró en la Península nunca hizo tratos de mala índole o ilegales. Si alguien pleiteó contra él, perdió.

Más aún, falta el cuerpo del delito. Alharilla es incapaz de rastrear ni siquiera la fortuna legal con la que López llegó a Barcelona. Menos aún el hipotético dinero que le achaca haber ganado con la trata. Si tan acaudalado acabó en Santiago de Cuba, ¿por qué no tuvo allí una mansión familiar o alguna que otra casa en La Habana? ¿Dónde le ha encontrado Alharilla signos de riqueza ostentosa antes de 1859? Ninguno, ni sonadas fiestas con invitados como alguna descrita por Emilio Bacardí en sus famosas “Crónicas de Santiago de Cuba”.
Mucha insidia, rumores y juicios de intenciones, mucho fango, mucho fantasear relaciones con negreros, pero las pruebas (salvo la DESEADA) y el dinero del tráfico de esclavos no aparecen por ningún lado. Ni cuadra el supuesto monto ilegal que, según Alharilla, debió sacar López de Cuba a partir de 1854. Las Américas las hizo en la Península. A falta de pruebas, insinuaciones y sesgos, en los que reincide Martín Rodrigo Alharilla también al explicar el enriquecimiento de López una vez en Barcelona.
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