La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, ha dado pruebas abundantes de que su ignorancia en temas marítimos sólo se ve superada por su obcecación ideológica. Se ha rodeado de una cohorte de cincuenta y cinco asesores con sueldos de 50.000-80.000 euros anuales, un número muy superior a los que llegaron a tener sus antecesores pero que, al parecer, se dedican a otros menesteres alejados del asesoramiento. Sólo así se explicaría que el Ayuntamiento haga el ridículo al contar las emisiones contaminantes causadas por la actividad del puerto de Barcelona.
Por no mencionar la camorra que montó al Port Vell en sus primeros tiempos de alcaldesa o la broma de mandar en el Port Olímpic. Trifulcas y decisiones que revelan la fobia embelesada que siente por la mar y sus gentes; naturalmente con la excepción de su héroe, el señor del entramado empresarial Proactiva Open Arms, a quien, bajo un expediente calificado de urgencia, ha regalado casi 600.000 euros del dinero que aportan los contribuyentes a las arcas municipales. La cohorte de 55 asesores y los integrantes del cartapacio municipal tal vez no se hayan dado cuenta todavía de que Oscar Camps es un charlatán sin escrúpulos, capaz de vender a la opinión pública una actividad vergonzosa de transportista de emigrantes irregulares como si fuera una angelical ocupación nada menos que para impedir que el Mediterráneo se convierta en un nuevo campo de concentración. Demagogia de la peor especie.
Como todas las personas ignorantes, Ada Colau cree que ella –¡quién si no!- es capaz de resolver los problemas que revolotean por su cabeza. Con su descaro justifica cualquier ocurrencia, error o barbaridad invocando las grandes palabras, de las que, más allá de su uso como placebo, tampoco sabe su significado ni le importa: participación ciudadana, diálogo, mandato popular, rentabilidad social, servicio público, etc. Si esa táctica populista se queda corta, se echa mano de los atributos actuales del demonio: el machismo y el heteropatriarcado, la extrema derecha (todos los que le rien las gracias), los ricos… Y si aún así no funcionara la demagogia, entonces se echa mano de los otros: la malvada Generalitat, el maldito Gobierno del Estado o los perversos diputados de Bruselas, todos culpables.
Y así vamos. Barcelona estuvo a punto de perder el Mobile World Congress porque la señora recelaba de tanta tecnología y de tanta empresa con beneficios. Intentó echar a perder el Port Vell y ahora anda empeñada en que el Port Olímpic cueste un dineral a los barceloneses. Hablan de un “nuevo modelo de gestión” para el Port Olímpic cuando en realidad prevén aplicar el rancio sistema de gestión burocrática modelo soviético años 60: un Consejo rector formado por los mandamases (¿y mandamasas?), políticos impunes con el culo de hierro de tanta reunión inacabable; un Comité técnico formado por los amigos y asesores de los anteriores, siempre irresponsables si obedecen las instrucciones que reciban del Consejo; y al final una empresa municipal con forma de cajón de sastre, que de puertos no sabe nada y que será la encargada de comerse los marrones que provoquen los miembros del Consejo y del Comité, pero con la seguridad, a cambio, de que les pagarán todas sus pifias y disparates, que para eso se califican de servicio público.
Enmarcan ese modelo, que pregonan como innovador y participativo, en un “plan” urbanístico que deberían haber acometido como Ayuntamiento sin necesidad de suplantar la iniciativa privada. El Port Olímpic pasará de una administración eficiente a una gerencia autoritaria, altamente burocratizada y carcomida por los intereses electorales de los partidos políticos. Un paso más en la degradación de la política y de la sociedad.
Desde el primer día que lució el bastón de alcaldesa, Ada Colau no ha dejado de creer que el puerto de Barcelona es una guarida de delincuentes (y ¿delincuentas?) que hacen irrespirable el aire de la ciudad, traen millones de turistas indeseables y dan cobijo a buques de crucero, petroleros, portacontenedores y demás naves molestas y desagradables. En verdad, esta señora arrastra un déficit de conocimiento muy pesado y demasiado costoso.

