El gemido del cuerno alertó a todos los habitantes de Torroella de Montgrí. Desde una de las torres de vigilancia, próxima a las islas Medas, daban la alarma de la presencia de una escuadra de veinte bajeles corsarios, capitaneados por Cachidiabolo, un corsario de rostro aterrador, por su cara cortada y su único ojo de brillo demoníaco. Eran tiempos oscuros en los que los corsarios al mando de Jeredín, hermano de Oruch, también conocido como Barbarroja, se protegían en los puertos de la costa francesa del Mediterráneo, con el consentimiento de su rey, Francisco I, traidor a la cristiandad, acérrimo enemigo del rey Carlos I de España.
El rey francés había pactado con el gran turco, Solimán el Magnífico, cediéndole sus puertos de Toulón, Niza y Marsella, para que las naves corsarias se pudieran guarecer y abastecer después de saquear las costas de Levante. Cuyas primeras víctimas fueron los habitantes de los puertos catalanes y de las islas Baleares, próximos a la frontera francesa.
Tiempo atrás, los monjes Hospitalarios de la orden de San Juan de Jerusalén se habían encargado de la vigilancia de la costa, desde el monasterio de las islas Medas. Pero durante el asedio turco a los pueblos del Mediterráneo, lo que en su tiempo fue un monasterio habitado por doce monjes, bajo las órdenes de su comendador, sólo era un edificio abandonado en el que aún se conservaba su capilla, erigida en nombre de san Miguel y de la Virgen María. Aquel refugio del legendario fray Jerónimo González, más conocido como mosén Almogávar, que tanto dio que hablar en las cortes de Aragón, Cataluña e incluso en las de Valencia, por la picaresca con que se valió para conseguir substanciosas limosnas a cuenta de la fabulación con que adornaba sus enfrentamientos a los piratas argelinos.
Pero, siguiendo a lo que íbamos, unos sesenta corsarios al mando de Cachidiablo desembarcaron bajo la torre del monasterio de san Miguel de las islas Medas: unos a tramontana, otros a mediodía. Una vez coronaron la meseta de la Meda Gran, derribaron la puerta de la capilla del monasterio y cosieron a puñaladas la imagen de la Virgen del altar, robando las míseras reliquias que encontraban a su paso, que al ser de tan escaso valor, se resarcieron quemando el edificio, aquél que como dijimos fue refugio y fortaleza de los monjes hospitalarios.
El espíritu de destrucción de los corsarios de Barbarroja los llevó a incendiar las barracas de los pescadores. Y a apresar y matar a ocho hombres, guardianes de la torre y marineros. Mataron bueyes y vacas de las masías cercanas. Y se instalaron en las islas Medas, para desde allí iniciar sus razias por todos los pueblos ribereños, matando, saqueando y haciendo cautivos en todas las casas que encontraban a su paso. Los muros de Torroella de Montgrí apenas pudieron contener los asaltos piratas, porque sus habitantes los habían debilitado al valerse de sus piedras para construir sus viviendas. Algo que a pesar de estar penado por la ley se hacía a espaldas de los jurados de la villa. Porque la necesidad y la pobreza en que les habían sumido la mala administración de sus consejeros y sus reyes, les obligaba a robar durante la noche los bloques de piedras de la muralla, hasta el punto de llegar a desprotegerla permitiendo el paso a los asaltantes corsarios.
Arrumbando a Sa Punta, la flota de Barbarroja se dirigió a Palamós. Mandaban las naves corsarias: Cachidiabolo, Salah Bajá, Alí Caramane, más conocido como cara cortada y Sinán el judío. Capitanes de una corte infernal de corsarios del Gran Turco, que asaltaron por tierra y por mar Palafrugell, Montrás y Palamós, generando el hecho más luctuoso de la historia del bajo Ampurdán.
En contra de lo que la mayoría supone, aparte de los saqueos, el botín más preciado era el de los esclavos varones que vendían en el norte de África y en el puerto de Estambul. En cuanto a las mujeres no les daban tanto valor como a los hombres, porque sólo podían negociarlas para utilizarlas en las labores domésticas o en el caso de las más jóvenes, para los harenes de los sultanes. Los esclavos varones servían como animales de carga y para los trabajos más duros del campo.
Razón por la que se organizó la orden religiosa de los Mercedarios, cuya misión era servir de mediadora en el rescate de cautivos. Ofreciéndose como rehenes los mismos frailes mercedarios, para liberar a las víctimas. Algunas de las cuales sufrieron el cautiverio durante años, hasta ser rescatadas o pasar el resto de sus vidas como esclavos, muriendo en sus tristes destinos.
Un hecho que aunque parezca mentira está ocurriendo en estos tiempos, cuando los piratas del océano Índico capturan a sus víctimas y exigen cuantiosos rescates a cambio de liberarlas; como antaño los corsarios bajo las órdenes de Barbarroja.

